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“Todos habíamos asumido que íbamos a ser fusilados”

| 27 octubre 2009

Dos ex FRAP que sobrevivieron a las últimas ejecuciones del franquismo rompen su silencioPATRICIA LÓPEZ / Ó. LÓPEZ-FONSECA – MADRID – 26/10/2009

“Que las muertes de mis camaradas y la mía sean las últimas”. Estas fueron las últimas palabras que José Humberto Baena, militante del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), pronunció el 12 de septiembre de 1975 ante el Consejo de Guerra que le iba a sentenciar a morir fusilado. Junto a él estaban otros cuatro integrantes de la organización creada por el PCE (m-l). Manuel Blanco Chivite y Vladimiro Fernández también fueron condenados a la pena capital, aunque el Gobierno se la conmutó por la de 30 años de cárcel horas antes de ser ejecutados. Los otros dos, Pablo Mayoral y Fernando Sierra, recibieron condenas de 30 y 25 años.

Quince días después, Baena fue fusilado junto a los también integrantes del FRAP Ramón García Sanz y José Luis Sánchez Bravo y los miembros de ETA Ángel Otaegi y Juan Paredes, Txiki. No habían pasado dos meses cuando moría Franco. Dos de los supervivientes de aquellos fusilamientos, los últimos del régimen franquista, recuerdan tras 34 años de silencio aquellos días para Público con motivo del próximo estreno del documental Septiembre del 75, que hace memoria de aquellas víctimas de la dictadura.

Blanco Chivite era el mayor: “Tenía 30 años, era periodista y escribía en revistas económicas. Desde que era estudiante militaba en el PCE (m-l) y para entonces ya había sido detenido dos veces. De hecho, cuando me arrestaron por aquella muerte, estaba en libertad provisional. A pesar de ello, me encargaba de coordinar el partido y el FRAP en Madrid”.

Pablo Mayoral también tenía un puesto relevante. Se encargaba de la propaganda y de la revista del partido. “Tenía 24 años y trabajaba en una multinacional arreglando máquinas. Meses antes habían detenido a mi hermano y yo sabía que era vigilado, por lo que cambiaba de casa constantemente”, rememora. Él era también el encargado de ayudar a los compañeros del FRAP que, desde otros lugares de España, buscaban refugio en la capital. Así fue como conoció a Humberto Baena. “La Policía lo buscaba en Galicia porque había recogido firmas y dinero para el entierro de un obrero caído en una protesta. Vino a Madrid con su novia”, asegura.

Chivite recuerda que fue en 1975, con un régimen volcado en la represión, cuando el partido decidió llevar a cabo lo que denomina “acciones personales puntuales”. Una de ellas costó la vida el 14 de julio al policía Lucio Rodríguez, en Madrid. Al día siguiente comenzaron las detenciones. El primero en caer fue Pablo: “Llevaba un tiempo viviendo en casa de un compañero de trabajo. Por la noche, cuando bajé a tirar la basura, me detuvieron”. El día 16 lo era Blanco Chivite: “Me detuvieron en la calle. Llevaba días preparando una cita del partido que tenía fuera de Madrid”. El 22 de julio se produjo el último arresto, el de Baena.

Cuando se les pregunta si participaron en aquella muerte, eluden la respuesta directa. “¿Alguien les ha preguntado a los policías que nos torturaron y a los militares que nos condenaron sin una sola prueba?”, responde de modo seco Manuel. Mayoral se limita a asegurar que él nunca empuñó una pistola. En lo que ambos son más explícitos es en recordar la semana que pasaron en la Dirección General de Seguridad (DGS) interrogados por el comisario Roberto Conesa y sus hombres. “Las palizas eran interminables. El último día nos hicieron firmar una confesión que no sabíamos qué decía”, asegura Pablo.

Silbar La Internacional

De la DGS pasaron a la prisión de Carabanchel, a celdas de castigo que Manuel recuerda muy bien: “No teníamos ni sábanas ni mantas. El colchón lo metían por la noche y lo sacaban por el día. Sólo había un agujero que hacía de retrete, un grifo y una botella de plástico vacía. No había luz la mayor parte del día”. Así estuvieron hasta que el 11 de septiembre se inició el Consejo de Guerra. “Nuestros abogados pidieron la práctica de más de 190 pruebas. Las rechazaron todas. Ni siquiera presentaron en la vista la pistola con la que decían que habíamos matado a aquel policía”, rememora Manuel. “Todos habíamos asumido que se iban a confirmar las penas de muerte”, recalca Pablo.

Así fue al día siguiente. Tres penas de muerte y elevadas condenas de cárcel para Mayoral y Fernando Sierra. Baena, Fernández y Chivite quedaron incomunicados de nuevo en las celdas de castigo de la prisión, mientras los otros dos miembros del FRAP pasaron a una galería. “Un día, el resto de presos se puso a silbar La Internacional para animarnos. Les obligaron a callarse”, recuerda Manuel.

El viernes 26 de septiembre, el Consejo de Ministros confirmó las penas de muerte para dos miembros de ETA y tres del FRAP. A otros seis se las conmutó. “Era ya de noche cuenta Manuel cuando entró un funcionario en la celda para llevarme a una sala. Allí mi abogado me abrazó y me dijo que me habían conmutado la pena de muerte. No me lo creía. También me dijo que a Vladimiro le habían hecho lo mismo, pero que se confirmaban las de otros tres camaradas, que iban a ser fusilados al día siguiente. Fue una noche muy dura. A la mañana, cuando me subieron con el resto de presos políticos, ya habían muerto. Me abrazaron, pero el silencio en la galería era terrible”.

Manuel y Pablo salieron de prisión a finales de 1977, con la segunda amnistía. El primero es en la actualidad escritor y dirige la pequeña editorial El Garaje. Pablo trabaja en una imprenta. El PCE (m-l), tras ser legalizado en 1978, se disolvió en 1993. Ambos aseguran que rompen ahora su silencio, “no para que se juzgue a nadie por lo que pasamos”, sino para denunciar que la Ley de Memoria Histórica está fallando. “Queremos que aquellos Consejos de Guerra y juicios sumarísimos sean declarados nulos”.

http://www.publico.es/espana/263907/asumido/ibamos/fusilados