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“Vivir a muerte. La última carta de los fusilados en los campos de concentración”

| 9 diciembre 2009

De Guy Krivopissko (ed.)

 

Se puede adquirir al precio de 24 euros a través de La Librería de El Sueño Igualitario

312 páginas

Vivir a muerte es la selección de las últimas cartas de condenados a muerte en los campos de concentración franceses en la ocupación alemana. Un último mensaje que a veces es piadoso, a veces rencoroso , valiente o temeroso, desesperado o tranquilo. Es un fresco de la condición humana colocada en la situación más extrema posible: la de una muerte segura.

<<¿Con qué derecho podemos leer, publicar o comentar estos últimos mensajes de condenados, cuando han sido destinados a los parientes, a los esposos, a los próximos que querían? Un testimonio personal y real de personas que ya no tenían nada que perder. Con el derecho y el deber de la fraternidad humana: estas últimas cartas se dirigen a nosotros. Porque hablan de la vida de estos hombres y de estasmujeres, lo que cuenta frente a lamuerte, palabras de hombres sobre la vida del hombre. Y también porque los condenados han querido explícitamente que el sentido de su compromiso, de sus vidas, de su muerte llegue a nuestro conocimiento.>>

Francois Marcot, del prólogo

 

Cuando de nuevo la vida se recupere en ti, cuando su ritmo haya superado el ritmo de mi recuerdo, piensa una última vez en mi y vuélvete deliberadamente hacia el futuro; sé feliz en los brazos de otro.

 (Félicien Joly, 15 de noviembre de 1941).

La muerte no me impresiona nada. Sabía desde siempre que la lucha exigía sacrificios y los asumí todos sin vacilar.Vale más perder la vida que las razones de vivir.. (Robert Beck, 5 de febrero de 1943)

Felicidad a aquellos que van a sobrevivirnos y catad las mieles de la Libertad y de la Paz de mañana… El pueblo alemán y todos los otros pueblos vivirán en paz y en fraternidad después de la guerra que no durará mucho más. Felicidad para todos…(Missak Manouchian, 24 de febrero de 1944)

Un testimonio personal y real de personas que ya no tenían nada que perder.

Edición y selección a cargo de Guy Krivopissko

 

“Mi última carta: me fusilan hoy”

‘Vivir a muerte’ reúne misivas de resistentes franceses condenados a la pena capital

JACINTO ANTÓN  (El País)

¿Qué escribiríamos si supiéramos que nos van a fusilar dentro de unas horas? ¿Qué mensajes dejar a los seres queridos, al mundo, a la posteridad? ¿Qué horrores de esos momentos postreros conjuraríamos, qué cuentas trataríamos de ajustar con la vida, qué arrepentimientos, despedidas, recuerdos o desafíos plasmaríamos en el papel? ¿Cómo sería nuestra última carta? “A las 4 me van a fusilar. Si vieras lo calmado que estoy, mamá querida”, escribió Robert Busillet, de 19 años, en la prisión de Fresnes en 1941. “Vive, tienes que vivir”, anotó otro reo para su amada antes de caer bajo las balas de los nazis. “No tengo miedo, no es mi costumbre”, fue el último, valiente mensaje a su familia del rehén Michel Dabat, abatido por el pelotón de fusilamiento en Nantes. Vivir a muerte, un libro conmovedor, imposible de leer sin que en más de una ocasión se inunden los ojos de lágrimas -“voy a llevar en el pecho vuestras fotos para que me acompañen en el ataúd”, “mi alegría más grande sería que pensaras en mí lo menos posible y que rehagas tu vida”, “besos grandes, besos como sólo podemos dar cuando son los últimos”, “me gustaría que cuando el niño fuera mayor le habléis mucho de mí”, “no te olvides de mis zapatos, los llevé a arreglar, se los das a Maurice”-, recoge un centenar de cartas de resistentes de Francia, franceses y extranjeros -hay un español-, que sufrieron la pena capital, la mayoría fusilados por los nazis (muchos como rehenes), aunque alguno en la guillotina o decapitado por hacha en Alemania. Dos son de mujeres. Todas fueron escritas entre 1941 y 1944.

Las cartas, un camposanto de vidas truncadas donde aletea aún el eco terrible del tiro de gracia y por el que uno discurre atribulado hasta el quebranto, están todas documentadas en el libro, con el nombre del remitente y una semblanza biográfica. Desprenden los textos, escritos en la situación más angustiosa y límite que puede afrontar un ser humano, un torbellino de emociones: amor, coraje, esperanza, orgullo, ternura. También, una urgencia, lógica, y una implícita mirada al gran misterio de la muerte.

La mayoría de los condenados se disculpa por el dolor que, involuntariamente, va a causar a sus seres queridos. Tratan de tranquilizarlos, mostrando valor, resignación, serenidad o sosiego. Deseamos que fuera eso lo que en realidad sentían. “No he sufrido antes y ya no más después, por supuesto”, “pasamos el tiempo contando chistes”, “siempre soñé, mira tú por dónde, morir de pie un día en que el sol brillara”. La última frase la escribe Fernand Zelnikov, empleado de peletería parisiense de origen judío ruso, que participó en varios atentados contra soldados alemanes. Por su parte, el rehén Bernard Grinbaum anota poco antes de ser pasado por las armas, con lermontoviano desdén: “Bah, no importa”.

Es una constante en los hombres con pareja pedir a ésta que rehaga su vida: “Te deseo que encuentres un buen proletario digno de ti”, escribe a su mujer el tornero comunista y combatiente clandestino Maurice, que reconoce: “Es duro decir esto porque estoy celoso aun ante la muerte”.

El humor y la ironía brillan por su ausencia; en cambio, abundan el patriotismo y la religión. Hay reos de todas las clases sociales y profesiones, incluso un abad. Las cartas son remitidas por las autoridades después de la ejecución. Una del libro lleva un mensaje secreto en código. Varias son enviadas clandestinamente, incluso lanzadas por encima de los muros de la cárcel.

En algunas cartas leemos desesperación, rabia, miedo, odio o afán de revancha. “Vengadme”, escribe el judío Simon Fryd, que ha atacado con granadas a un destacamento de la Wehrmacht. Otros perdonan; Émile Bertrand escribe: “He cumplido con mi deber, sólo siento, y de todo corazón, haber matado”. Guy Môquet, detenido por pegar carteles y al que fusilan con 17 años, escribe a su Odette: “Siento no haber podido tener lo que me prometiste”. No es el más joven. Henri Fertet cuenta 16, pero mucho valor: “No quiero venda en los ojos ni que me aten”.

Pese a que todos tratan piadosamente de hurtar los detalles escabrosos, en algunas misivas se percibe la provisionalidad atroz de las últimas horas: “Te escribo de pie, a la luz que pasa a través de la mirilla”; “mi escritura es quizá un poco temblorosa, pero es que tengo un lápiz muy pequeño”; “te escribo sobre un cubo nauseabundo”; “sed fuertes como lo seré yo cuando las balas me sacudan”; “vienen a buscarnos”.

Se traslucen dudas: “Creo que voy a morir con valor”, “creo que todo irá bien” (!) “y sabré morir como un hombre”; “tengo mucho coraje, pero estoy un poco nervioso”. Algunos tratan de ser prácticos: “Dejo mi chaqueta de cuero, trata de recuperarla”. Uno incluso recuerda devolver los volúmenes de La Pléiade prestados. “Haz editar mis poemas”, escribe el líder partisano de origen armenio Missak Manouchian. Hay verdaderos testamentos. Otros filosofan. Predomina la contención pero hay anotaciones desgarradoras: “Hallaré valor pensando en tu amor”; “sabes que alguna vez hemos discutido, pero te quería mucho”. “Un último largo, largo beso en tus labios”, escribe el maquisard Paul Meyer a su mujer. Y otro a la suya: “Lamento profundamente no haberte hecho feliz”.

 

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