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El cómic rompe el silencio

Público, | 8 diciembre 2009

El Premio Nacional a ‘Las serpientes ciegas’ recuerda que el tebeo también es un formato para hablar de la Guerra Civil

 

 

GUILLAUME FOURMONT – Madrid – 08/12/2009

Cuando por fin falleció Franco, el 20 de noviembre de 1975, dejando atrás casi 40 años de dictadura, lo único que interesaba a los españoles era el sexo. La prioridad era liberarse de la moral nacionalcatólica a cualquier precio, olvidar el pasado, olvidar incluso las historias de un niño pobre y famélico, con orejas grandes, que se moría de hambre en un hogar del Auxilio Social, como la que se cuenta en Paracuellos, de Carlos Giménez. “En esa época, a la gente sólo le interesaba las tetas grandes y nadie quería leer mis historietas”, narra el maestro del tebeo español. Tras un silencio de plomo y ahora que la Ley de Memoria Histórica ha puesto de moda conversar sobre el conflicto, una historieta ambientada en parte en la Guerra Civil, Las serpientes ciegas, se llevó el Premio Nacional de Cómic 2009, y acaba de salir El arte de volar (Edicions de Ponent), en el que Antonio Altarriba narra la vida de su padre. Las viñetas también rompen el silencio.

“El cómic puede, por supuesto, participar en una labor de memoria histórica, porque conecta con la gente que nunca lee libros. Puede ampliar el foco de interés, hablar de amor y de violencia con otros lenguajes, expresar cosas que no pueden hacerse por escrito”, analiza Julián Casanova, autor de Historia de España en el siglo XX (Ariel). La mayor diferencia entre un ensayo y un tebeo es que las viñetas se centran en una historia personal, un testimonio directo de un antiguo miliciano o de un civil que sufrió el horror cotidiano de la guerra.

Es esta intención que llevó a Miguel Gallardo a publicar Un largo silencio (Edicions de Ponent) en 1997. “Mi padre esperó la muerte de Franco para hablar de su experiencia. Él no fue un héroe, pero tuvo que exiliarse en los campos de concentración del sur de Francia antes de regresar a la España franquista”, explica Gallardo. En los años noventa, la única referencia era Giménez, quien publicó a lo largo de los años 2000 los cuatro tomos que componen 36-39. Malos tiempos (Glénat).

Durante mucho tiempo, algunos críticos hablaban del “exilio de la memoria histórica” ante las numerosas publicaciones sobre la Guerra Civil en el extranjero. El propio Giménez publicó primero en Francia, en la revista Fluide Glacial. Una de las primeras obras de referencia que menciona el conflicto español es Las falanges del Orden Negro, una historia de ficción de los franceses Pierre Christin y Enki Bilal, publicado en 1979. Hugo Pratt, el padre de Corto Maltés, también habla de la España dividida en El último vuelo (Norma, 2004), una historia sobre el aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry, aunque el único autor extranjero que decidió contar en detalle la Guerra Civil es el italiano Vittorio Giardino en Las aventuras de Max Fridman. ¡No pasarán! (Norma, tres tomos, 2000-2002-2008).

Un género asequible

Los cómics escritos y dibujados por españoles no superan la quincena, pero “lo más importante es hablar de aquello. Es fundamental para la política cultural de este país”, recuerda con tono militante el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Emilio Silva. “El género del cómic es muy interesante porque es asequible para mucha gente”, continúa. Por otra parte, no hay que olvidar el trabajo del pionero Antonio Hernández Palacios, que publicaba, en plena Transición, sus trabajos sobre la Guerra Civil: Eloy, uno entre muchos (1979) y 1936, Euskadi en llamas (1981).

Las viñetas superan las diferencias entre republicanos y rebeldes. Retratan vidas humanas. La mayoría de las obras hasta ahora publicadas en castellano y por autores españoles son el resultado de una frustración, de un silencio impuesto desde que ganaron las fuerzas de Franco. Retratan al bando vencido. El régimen siempre honró a sus “caídos”, usando también viñetas en revistas infantiles de propaganda como Flechas y Pelayos. “La verdad es que me interesaría también leer historias personales franquistas”, reconoce Paco Camarasa, editor en Edicions de Ponent. Gallardo está seguro que muchas historias personales, “como las de esos hombres de la División Azul que se fueron a Rusia”, también podrían ser traducidas en un cómic.

“Ya no se puede hablar de tabú”, aclara el historiador Casanova, “aunque sí hay un rechazo por parte de la población a que la guerra se constituya en un objeto de debate en la actualidad”. Algunos álbumes como Martillo de Herejes (Dolmen, 2006) y la obra colectiva Nuestra Guerra Civil (Ariadna, 2006) hablan de los dos bandos. “Quería claramente explicar lo que pasó. Soy historiador y nunca entendí las grandes diferencias de datos sobre nuestro conflicto”, explica Juan Gómez, el guionista de Martillo de herejes. José Vicente Galadí, el coordinador de Nuestra Guerra Civil, comparte esta visión pedagógica y cree que el cómic es “un buen formato para participar” en una labor de memoria histórica.

Historias íntimas

Giménez sabe que a su obra la consideran como testimonio de primera importancia. “Un amigo me dijo un día: La memoria histórica la inventaste tú, pero no lo sabías”, recuerda. Y matiza: “Lo más importante, más allá de una supuesta labor de memoria, es la sinceridad. Lo importante es interesar a la gente”. En 36-39. Malos tiempos, el dibujante cuenta “el drama de la gente que se moría de hambre, que tenía miedo en una guerra horrible. Quería meter en primer plano la vivencia de la guerra”. Sus historietas están basadas en entrevistas que hizo a personas que vivieron el conflicto.

A Altarriba, autor de El arte de volar, le traumatizó el suicidio de su padre, en 2001. Como el progenitor de Miguel Gallardo, este nunca había hablado de la guerra. “Mi prioridad era sacar el dolor y luego honrar a mi padre”, confiesa Altarriba. Utilizó las cuartillas de su padre para narrar su vida, desde el inicio del conflicto hasta el discreto regreso de su familia a la España franquista.

Mientras el guionista de Las serpientes ciegas (BDBanda, 2008), Felipe H. Cava, insiste en que su obra “no es sobre el conflicto español, sino que es una intriga que muestra el horror que engendran las ideologías totalitarias”, Giménez recuerda que “pocas personas que vivieron la guerra siguen vivas y hay que recoger sus testimonios. Es ahora o nunca”. Altarriba no condena la labor de las nuevas generaciones, pero reconoce que haber vivido la dictadura le ayudó en su trabajo. Jóvenes autores como Paco Roca ya tienen proyectos en marcha: le han encargado un tebeo sobre el exilio al sur de Francia. A Javier de Isusi (Los viajes de Juan Sin Tierra, Astiberri) le gustaría mucho trabajar sobre la Guerra Civil, aunque en un marco “más amplio, dentro de una obra sobre las guerras de España”.

Los cómics sobre la Guerra Civil ayudan a romper un silencio impuesto por años de terror, que algunos aún creen que no han terminado. El domingo 31 de noviembre, el obispo de Alcalá ofició una misa para “los caídos” junto a la bandera con el águila de San Juan. La preconstitucional. En Paracuellos, el pueblo donde creció Carlos Giménez.

Ciegos de tanto mirarte

ÁNGEL DE LA CALLE (autor de cómics, participó en el álbum ‘Nuestra guerra civil’

En el libro que dedicaron a la Guerra Civil en el cómic, Norman Fernández y Pepe Gálvez mostraban que los trabajos con este asunto como eje central o paisaje en el mundo de las viñetas, después de 1939, eran poco numerosos. Desde que ese ensayo fue publicado, no aparecieron más de media docena de cómics sobre el tema. En el año del setenta aniversario del comienzo de la guerra, se publicaron casi 300 libros, de novela, historia o ensayo sobre el confl icto fratricida. En el mismo año aparecieron sólo cinco cómics. Ese fue el interés editorial del tebeo español. Los autores que hemos abordado historias que trascurren durante la guerra, o que hablan de ella, supongo que lo hacemos con perspectivas diferentes según sea la generación a la que pertenecemos. Los autores de más edad y que la habían vivido, como el caso de Hernández Palacios o Julio Ribera, tienen enfoques más próximos a la crónica o a la aventurera bélica. A la crónica cotidiana se acerca Carlos Giménez y de la aventura de espías se nutre Río de sangre, de Giardino.

La generación siguiente, nacida en los sesenta, se plantea la recuperación de la memoria; la familiar, como en el caso de los participantes en el libro colectivo Nuestra Guerra Civil (el mejor intento de refl exionar sobre la guerra), la histórica, en el caso de Primavera tricolor de Santamaría y Farruco, y la particular, con El arte de volar de Altarriba y Kim. No nos alejamos mucho en el cómic, de la corriente general, de la moda del momento. He de contar que cuando realizaba el cómic Modotti una mujer del siglo XX, fotógrafa y heroína de la guerra, estuve a punto de hacer una elipsis que sobrevolase su participación en los tres años del confl icto, porque ¿cómo contar la Guerra Civil de manera que no haya sido contada antes?, ¿cómo contar la vida de una persona durante ese periodo sin hacer historia de manual?. Lo resolví con la ayuda de Pablo Picasso y Cesar Vallejo. Pero como lector y autor de cómic, sigo esperando la llegada a este lenguaje de nuestro Alberto Méndez y Los girasoles ciegos.

http://www.publico.es/culturas/276298/comic/rompe/silencio