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Las armas secretas de Mussolini en España

El País, | 14 diciembre 2009

La investigación de un periodista italiano da cuenta de que el fascismo desarrolló un letal y ambicioso programa de armas cargadas con virus y que lo ensayó contra los republicanos

 

MIGUEL MORA 13/12/2009

 

El libro se titula Veleni di Stato (Venenos de Estado), ha sido escrito por el periodista Gianluca de Feo, redactor jefe de la revista italiana L’Espresso, y reconstruye una historia terrible y sistemáticamente silenciada por varias generaciones de políticos, historiadores y militares de las grandes potencias. Entre 1935 y 1945, el laboratorio microbiológico de Celio, situado en un sótano de apariencia inocente a dos pasos del Coliseo, experimentó y produjo a gran escala armas químicas y bacteriológicas de efectos letales. De Feo revela que Benito Mussolini puso en marcha un plan genocida y planeó construir 46 plantas químicas y destilar 30.000 toneladas de gas anuales.

Cotejando decenas de documentos inéditos depositados en el National Archive de Londres -informes de inteligencia, papeles diplomáticos, actas de reuniones de gobierno, intervenciones privadas de Winston Churchill-, el periodista ha calculado que el régimen fascista produjo entre 12.500 y 23.500 toneladas de gas letal cada año durante la II Guerra Mundial.

Venenos de Estado aporta los primeros rastros documentales y testimonios que prueban que el régimen fascista (1922-1942) experimentó y produjo además armas todavía más infames y monstruosas: bacteriológicas. Virus y bacterias transformadas en bombas. Un grupo selecto de científicos, guiado por un veterinario llamado Morselli y apodado El Doctor Germen, incubó decenas de virus raros y de eficacia altísima en el laboratorio militar romano. Un horror concebido con una única misión, explica De Feo: “Diezmar las poblaciones de las ciudades enemigas con pestilencias de todo tipo, ántrax, tifus, peste amarilla, aviaria y otras enfermedades que todavía hoy siguen en el centro de los secretos inconfesables de las grandes potencias”.

En sus declaraciones a un grupo de médicos y policías aliados, llegados a Roma en 1944 para intentar conocer los planes finales de Adolf Hitler, Morselli ofrece la lista de los virus y patógenos en los que se había concentrado el laboratorio secreto del Duce: la peste bubónica (“muy letal y aplicable por nebulizador, ratas y pájaros”), la brucelosis humana (“no mortal, pero fácilmente transmisible por los animales ovinos y bovinos”), el bacilo de Whitmore (“elevada virulencia, fácil de cultivar, altísima mortalidad humana”), y varias formas de ultravirus “difíciles de producir en gran cantidad, como la fiebre de los papagallos, el afta epizoótica, o el tifus, que es posible esparcir a través de parásitos lanzándolo con aviones o difundiéndolo con saboteadores”.

Entre los documentos hallados por De Feo, hay uno muy novedoso que se refiere a España. Se trata de un escrito a máquina fechado el 3 de agosto de 1944, y muestra de que Mussolini no se conformó con hacer experimentos teóricos, ni con mandar 50.000 soldados en apoyo de Franco junto a cientos de aviones, ametralladoras y morteros, sino que probó sus armas bacteriológicas en la Guerra Civil.

El secreto fue revelado por un célebre médico y científico, Ugo Cassinis, a un pequeño grupo de investigadores estadounidenses enviado a Italia para interrogar a los italianos que colaboraron con el Reich alemán en la invención de las armas finales de Hitler.

En su casa de Roma, Cassinis, máximo responsable del Hospital Militar de Celio y de los laboratorios secretos de Mussolini entre 1939 y 1942, confiesa que el Ejército italiano había llevado a cabo ese ambicioso y macabro programa de armas químicas y bacteriológicas y que había lanzado esporas del virus del tétano contra la población republicana.

En su declaración, el profesor no facilitó detalles ni indicaciones precisas de lugar o fecha. Su mención señala que las bacterias se “extendieron sobre el terreno para intentar contagiar el tétano al enemigo”, y añade que cree que “los resultados no fueron alentadores -encouraging-, pero admite que no tuvo “un conocimiento definitivo” sobre eso. Además, afirma que las tropas italianas habían sido “inmunizadas contra el tétano”.

Aparte de citar el bacilo utilizado, Cassinis aportó otros datos. Habló de “esporas mezcladas con glass particle, partículas de cristal: un método utilizado todavía hoy, señala De Feo, “para alargar la vida de gérmenes y vacunas, que es la aproximación ideal para construir una bomba bacteriológica experimental”.

El testimonio de Cassinis confirmaría el único acto de guerra bacteriológica registrado nunca en Europa, y sumaría puntos tanto a la barbarie insaciable de Mussolini como al carácter de laboratorio y campo de pruebas del conflicto bélico español.

El coronel Morselli negó con rotundidad ante los aliados que hubieran usado el tétano y definió las afirmaciones de Cassinis como “ridículas”. Tenía sus razones, explica De Feo: “El Doctor Germen no era ningún ingenuo; se había adherido a la República de Saló y era prisionero de los aliados. Sabía perfectamente que las armas bacteriológicas estaban vetadas por las convenciones internacionales: experimentar con ellas no era un crimen, usarlas para contaminar a los españoles, sí: un motivo más para mentir”.

Diversos historiadores italianos y españoles consultados por este diario coinciden en dar verosimilitud tanto al documento inédito como al contexto y la interpretación que traza Gianluca De Feo. “Sería una novedad absoluta, pero no me extrañaría nada que fuese verdad”, afirma Lucio Ceva, historiador de la Universidad de Pavía. “Los fascistas eran capaces de cualquier aberración. Era una banda de delincuentes, sólo mitigada por la desorganización, de intenciones muy pérfidas. Ya habían usado antes gases tóxicos, en Etiopía por ejemplo”, recuerda. “Los bombardeos de Barcelona fueron los más feroces de la Guerra Civil, y sabemos además que Mussolini envió también a España armamento químico, aunque parece que finalmente no fue usado”.

Julián Casanova, catedrático de la Universidad de Zaragoza, piensa que el hallazgo del documento secreto en el archivo londinense es “importante y novedoso, y debe ser completado con investigaciones que analicen, por ejemplo, la incidencia del tétano en los lugares donde hubo tropas italianas”.

El autor de Venenos de Estado apunta que “las ojivas llenas de esporas debieron ser lanzadas con artillería ligera”. Y recuerda que en la zona republicana el tétano llegó a representar una verdadera emergencia. “Hubo incluso recogidas de fondos para comprar sueros protectores organizadas por los sindicatos en Irlanda y en Francia”.

Gabriel Cardona, especialista en historia militar, explica desde Barcelona que el episodio “tendría muchísima relevancia” porque apoyaría “una tesis bien documentada: Mussolini quería acabar la Guerra Civil él mismo y lo antes posible, ya que el coste político era cada vez más alto y veía que Franco no tenía prisa”. Tras el desastre de Guadalajara, Franco le gastó “varias jugarretas”, recuerda Cardona, y ambos se despreciaban sin disimulo. “De hecho, Mussolini había mandado los primeros aviones a Mola a Marruecos y un enorme contingente de tropas en trasatlántico hasta Cádiz sin que Franco lo supiera”.

El fantasma de la guerra química y bacteriológica agitó el miedo de mucha gente en los años veinte y treinta. José Andrés Rojo, autor de la biografía del general Rojo y nieto suyo, recuerda haber visto en los archivos de su abuelo papeles sobre armas químicas. El libro de De Feo menciona a su vez algunos ataques químicos en la guerra española.

El historiador inglés Kim Coleman, en su Historia de la guerra química, citó una ofensiva republicana en Guadarrama, agosto de 1936, con granadas lacrimógenas y una posterior represalia franquista sobre Madrid con proyectiles asfixiantes.

Jan Medema, experto holandés en armas químicas, probó que Italia entregó a los nacionales municiones con cabezas cargadas de gas, extremo que confirmó en los años noventa el propio Alto Estado Mayor italiano (Alberto Rovighi e Filippo Stefani, La partecipazione italiana alla Guerra civile spagnola, Ufficio storico dello Stato maggiore dell’Esercito, 1992). Aquel libro dio carácter oficial a la presencia de diversas compañías químicas entre la masiva expedición de los tres ejércitos y camisas negras (30.000 de ellos voluntarios) enviada por Mussolini a España.

El testimonio de Ugo Cassinis parece en todo caso fiable por distintas razones. Principalmente, porque era un reputado médico y fisiólogo. Antes y después del fascismo. El galeno sentó las bases de la medicina deportiva italiana y fue el impulsor del riguroso método antidopaje que todavía hoy utiliza el Comité Olímpico de su país (CONI). Como tantos jóvenes italianos de esa época, Cassinis se alistó al fascio en 1925 y, escribe de Feo: “Fue un oficial muy bien valorado por los jerarcas hasta 1942, año en que fue apartado del cargo de director del Hospital de Celio por ser”, según declaró él mismo a los norteamericanos, “demasiado liberal a la hora de conceder bajas médicas a los oficiales destinados al frente”. Una forma de resistencia humanitaria que le honra, apunta De Feo, porque suponía salvar las vidas de los que debían ir a morir a las trincheras de África, Grecia o Rusia.

Quizá por eso, a los aliados, Cassinis les pareció una fuente digna de crédito. “Además de médico y docente, había sido el número uno de las estructuras del Celio, nunca tuvo palabras de crítica hacia Mussolini y no había motivo de sospechar de su fidelidad al Duce. El laboratorio secreto había dependido formalmente de él, y no suena probable que alguien le hubiera mentido sobre el ataque en España dando tantos detalles, incluso de su supuesto fracaso”.

El tétano, dice De Feo, fue uno de los primeros virus explotado con fines bélicos. Gran parte de los experimentos realizados en esos años partieron de ese microorganismo. “Los japoneses lo utilizaron con prisioneros chinos y estadounidenses. Tiene características que hacen fácil su conservación y el empleo y, además, es mimético: la enfermedad puede ser atribuida a las heridas que a menudo la difunden de modo natural”, apunta De Feo.

La acusación de Cassinis fue rebatida ante los investigadores norteamericanos por los demás responsables del laboratorio secreto; según De Feo, todos temían a esas alturas repercusiones internacionales porque se trataba de armas prohibidas.

El pequeño equipo de detectives que entrevistó a los científicos fascistas había llegado a Roma mezclado con las columnas festivas del ejército que el 4 de junio de 1944 liberó la capital ocupada por los nazis durante diez meses, “Portaban el encargo de frenar el Apocalipsis anunciado por Hitler en sus proclamas gritadas”, cuenta De Feo. “Su misión era clara: buscar respuestas en Roma, en los laboratorios de la armada que había usado por última vez el gas en una batalla bombardeando Etiopía, que había colaborado con el Reich facilitando informaciones decisivas sobre las cobayas humanas, y que tenía la primacía indiscutible de la química”.

Un año antes, en mayo de 1943, en Berlín, “antes de la caída del régimen littorio, los científicos de Mussolini intercambiaron pareceres en una cumbre con sus colegas alemanes sobre la represalia que debería revertir el conflicto y salvar al Eje de la imparable ofensiva de los soviéticos y los angloamericanos”.

“El equipo estadounidense recibía órdenes directamente de la inteligencia de Washington, y se coordinaba con sus colegas británicos”, escribe De Feo. Eran un puñado de oficiales médicos y ex policías al mando del coronel William S. Moore, “con plenos poderes y una lista de nombres a encontrar a toda costa”. En lo alto del elenco había cinco personas, considerados artífices del programa de las armas secretas fascistas. Ugo Reitano, el profesor que desde 1932 dirigió la estrategia de guerra bacteriológica llamada Operación Epidemia; el citado coronel Giuseppe Morselli, conocido como El Doctor Germen, que desde 1934 había guiado los experimentos sobre el terreno en África; Fausto Vaccaro, el oficial que construyó la maquinaria para esparcir los virus; el general retirado Loreto Mazzetti, antiguo número uno del hospital del Celio donde se hacían las investigaciones; y el general Ingravalle, cuyo nombre no se conoce”.

Por suerte, el delirio químico de los años treinta acabó. Llegó la paz, y todo el mundo intentó deshacerse de sus arsenales venenosos sin dejar huellas. De Feo revela que todos los mares de Italia están llenos de bombas químicas: italianas, alemanas y americanas. Una planta en Civitavecchia guarda todavía miles de cilindros de cemento con veneno dentro. Esperando un ataúd definitivo.

http://www.elpais.com/articulo/reportajes/armas/secretas/Mussolini/Espana/elpepusocdmg/20091213elpdmgrep_9/Tes