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Las fosas y la memoria histórica

Francesc de Carreras. La Vanguardia, 24/12/2009 | 25 diciembre 2009

Lo importante es que se sepa que a Lorca lo asesinaron por defender sus ideas republicanas, por su preocupación por acercar la cultura al pueblo, por su anticonvencional manera de vivir

 

 

El equipo de historiadores y arqueólogos que ha rastreado los restos mortales de Federico García Lorca en Alfacar, junto a Granada, llegó el pasado viernes a la evidencia científica de que tales restos no se encontraban allí y todo lo dicho y escrito pasaba a ser leyenda. Su gran biógrafo Ian Gibson ha asegurado con imprudente obcecación que allí estaba enterrado Lorca, según le había revelado en 1966 un presunto testigo. Pues bien, esta única prueba oral se ha demostrado infundada. El equipo investigador ha afirmado rotundamente que debido a las características del terreno, y tras las comprobaciones pertinentes, nunca pudieron ser allí enterrados los cadáveres de García Lorca ni de ninguno de sus compañeros de infortunio. La noticia, a mi parecer, merece algunas consideraciones. Hace algunos años se inició el debate sobre la memoria histórica, que, simplificando un poco, enfrenta a dos posiciones. Por un lado, están quienes opinan que el trauma humano y social originado por la Guerra Civil y la posterior dictadura no acabará hasta que se identifiquen todas las víctimas y se establezca la responsabilidad de los culpables. Los poderes públicos deben ser los principales encargados de asumir esta tarea. Por otro lado, están aquellos otros que sostienen que la ley de amnistía de 1977 y el espíritu de la transición reflejado en la Constitución de 1978 ya supusieron la reconciliación entre los españoles, quedando así cerrado el capítulo de la Guerra Civil y la dictadura franquista. La verdad histórica deben establecerla los historiadores y no los poderes públicos.

Resultado de este debate fue la llamada ley de la memoria histórica aprobada en el 2007, que, ante estas posiciones contrapuestas, optó por una vía intermedia que ha resultado ampliamente aceptada y, por el momento, ha pacificado dicho debate. Los artículos 11 a 14 de esta ley tratan precisamente de la localización e identificación de las víctimas desaparecidas. En virtud de estos preceptos se ha procedido al intento de exhumar los restos de García Lorca, probablemente la víctima más conocida de la Guerra Civil y, junto con el Gernika de Picasso, el símbolo más célebre del aquel trágico desastre.

Efectivamente, los indicios señalaban que los restos de Lorca estaban emplazados en Alfacar e incluso dicha zona había sido bautizada oficialmente con el nombre de parque García Lorca. Ahí parecían encontrarse, pues, las míticas reliquias. De repente, desde el viernes pasado, el mito se ha desvanecido, algo que ciertamente no es malo en sí mismo, pues averiguar la verdad es, precisamente, la función de la investigación histórica. Sin embargo, tal error debe hacernos reflexionar sobre los riesgos y los límites de la memoria histórica, especialmente sobre su mismo concepto.

Es muy respetable la extendida costumbre de rendir culto al lugar donde están enterrados los muertos. De ahí los cementerios y las ceremonias mortuorias que, en memoria de los fallecidos, allí se celebran. Ahora bien, hay que distinguir entre la personalidad de los difuntos y lo que ahí ha quedado enterrado. No son lo mismo. Allí, en las tumbas y en las fosas, no están los muertos, sino solamente sus restos, que, ciertamente, pueden contribuir a su recuerdo pero que no son lo recordado. Para evocar a los difuntos es mucho más importante la memoria que nos queda de su vida y de su obra, aquello que han ido sembrando poco a poco en familiares, amigos y conocidos. En el caso de personalidades públicas, este recuerdo, bueno o malo, se extiende difusamente hacia la sociedad en general, a personas que el finado ni siquiera conocía.

Federico García Lorca es un caso paradigmático. Todo el mundo –literalmente, ya que su fama es mundial– sabe que es un grandioso poeta y, además, por lo que se conoce de su vida, estaba dotado de una personalidad fascinante: sensible, generoso, simpático, alegre y buena persona. Recuperar su memoria es, pues, conocer su obra literaria y aprender de su vida, no encontrar el lugar donde yacen sus restos mortales. En este lugar no está Lorca, sino sólo lo que queda de sus huesos. Lorca está, sobre todo, en sus poemas, en sus obras de teatro, en su prosa lírica y hasta en sus dibujos y canciones, además de en el recuerdo personal.

Tampoco esta infructuosa búsqueda añade nada al papel de Lorca como símbolo de todas las víctimas de aquella gran tragedia: qué más da donde se encuentren sus despojos. Lo importante es que se sepa, como ya se sabe desde siempre, que lo asesinaron por defender sus ideas republicanas, por su preocupación por acercar la cultura al pueblo, por su anticonvencional manera de vivir. Desde su muerte, Lorca ha sido siempre símbolo de la libertad frente a la oscura España fanática que tan bien supo retratar en sus obras.

En todo este proceso de inútil búsqueda siempre me ha parecido ejemplar la actitud de sus familiares. Ningún interés han tenido en exhumar sus huesos, sólo en guardar su memoria. Su sobrino Manuel Fernández Montesinos, cuyo padre, alcalde republicano de Granada, fue asesinado cuatro días antes que el poeta, dijo muy claramente: “Lo que hay que hacer con Lorca es leerlo y saber por qué está en una fosa común. No nos parece necesario exhumar tumbas para saber que los generales levantiscos eran unos criminales”. La memoria histórica del poeta está en su obra y en su testimonio, no en la desconocida fosa donde están enterrados –solamente– sus restos mortales.

 

F. DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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