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Marcos Ana: «En la cárcel nos comíamos hasta la hierba que salía entre las baldosas del patio»

Lne.es, | 15 diciembre 2009

«Empecé a leer poemas de Alberti y Neruda en la celda de castigo; después comencé a memorizar mis propias obras, que luego escribí»

 

 

FERNANDO MACARRO CASTILLO, «MARCOS ANA»  Poeta, fue el preso político de la dictadura franquista que más tiempo pasó en la cárcel

Langreo, Luisma DÍAZ

Fernando Macarro Castillo (Alconada, Salamanca, 1920), más conocido como Marcos Ana (seudónimo formado con los nombres de sus padres), es un símbolo viviente de la lucha y la resistencia antifascista. Fue el preso político que más tiempo permaneció en la cárcel, 23 años. Estuvo condenado a muerte en dos ocasiones. Conoció su amor por la lectura y la poesía en la prisión de Burgos, desde donde, sacando sus poemas de forma clandestina, dio a conocer sus versos al mundo. Recientemente protagonizó en La Felguera un encuentro poético organizado por el colectivo cultural de mujeres «Les Filanderes».

-Presenta en Langreo su libro de memorias, «Decidme cómo es un árbol». ¿De dónde viene el título?

-Los amigos me dicen que no es un título muy comercial, porque el que no sepa de que va el libro igual piensa que es un tratado de Botánica. En realidad es el primer verso de un poema que escribí cuando llevaba 22 años encarcelado, cuando me costaba visualizar cómo era un árbol de verdad.

-Entró en prisión tras la Guerra Civil a causa de sus ideas comunistas…

-La gente debe recordar que nosotros éramos gente de ideas, y así es mucho más fácil. Estuve 23 años en ella, toda mi juventud y media vida, pero sin embargo la prisión la teníamos llena de contenidos, era una especie de universidad. En ella acabamos con el analfabetismo de los campesinos, todos estudiamos… En la cárcel he conocido la fraternidad, que es uno de los mayores valores del ser humano, la solidaridad. Es una etapa de mi vida, a la que posiblemente deba lo que soy como escritor y como ser humano.

-¿Cómo se soporta tanto tiempo en prisión?

-En la cárcel tuve dos periodos. En el primero fue de supervivencia, desde el 39 hasta 1944, nos comíamos hasta la hierba que salía entre las baldosas del patio. Había una Guerra Mundial y las potencias extranjeras no podían preocuparse mucho de nosotros. Con la derrota de los fascismos las condiciones se suavizaron, hasta los guardianes nos decían que era el director el que los obligaba a tratarnos mal… Creían que con el triunfo de los aliados el régimen de Franco iba a caer, luego desgraciadamente no fue así. Pese a ello, había muchas miradas puestas en España y recibíamos mucha solidaridad. Nuestras familias ya vivían de otra forma, los primeros años fueron muy duros. Desde el 45 recibían cartas y paquetes de gente que se solidarizaba con nosotros. La familia era nuestro talón de aquiles.

-Era a través suyo como más daño podían hacerles…

-El drama de los presos políticos era el drama de las familias. Cuando veías a un compañero cabizbajo sabías que su familia tenía problemas.

-¿Cómo empezó su afición a la lectura?

-En la cárcel había que llenar el tiempo de alguna manera, yo leí muchísimo, fui autodidacta. No fui a la escuela más que entre los 8 y los 12 años, mis padres eran analfabetos, fue la cárcel donde acabé de formarme y desarrollarme. Allí fundé una tertulia, «La Aldaba» con gente que tenía inquietudes poéticas y literarias hablase y discutiese en torno a ella.

-¿Cuándo comenzó a escribir?

-Empecé a escribir mis poemas una vez que estaba en una celda de castigo. Te quitaban la manta y echaban agua fría al suelo para que no te tumbaras. Por la noche te devolvían el petate y eran siempre los propios compañeros los que lo hacían porque los guardianes no querían llevar peso. En el petate habían abierto una pequeña ranura donde te metían un poco de comida y un día buscando tropecé con un papel muy manoseado. Eran poemas de Rafael Alberti y de Pablo Neruda, arrancados de un libro. En la soledad de la celda los leí mil veces, y entonces empecé a pensar y memorizar mis poemas. Cuando volví a salir los enseñé a compañeros, leí más poesía y aprendí la «carpintería» del poema, empecé a escribirlos y al final esto me permitió ser quien soy.

-¿Cómo se las ingeniaban para sacar los poemas a la calle?

-Había muchas formas. Con un tubo de pasta, abrías la parte de atrás, metías un papel impermeable en forma de cigarrillo y se sacaba. A veces también algunos guardianes, a los que teníamos más ganados, nos hacían estos favores. A otros los comprábamos con dinero. No siempre tuvimos posibilidad de sacar cosas, pero lo hacíamos bastantes veces. Luego, nuestras familias eran nuestro puente entre la cárcel y el mundo.

-Y entonces, su obra comenzó a ser conocida…

-La mayor satisfacción que tuve fue cuando de forma clandestina nos llegó a la cárcel un paquete que procedía de México, en él venía un libro mío de poesía. Entonces me di cuenta que la poesía podía ser un arma más en la lucha por mi libertad y la de mis compañeros. Esto contribuyó a que empezase a ser conocido y a la campaña a nuestro favor, con gente como Neruda o Alberti. Entonces fue cuando en 1961 Amnistía Internacional presionó y logró arrancarme de la prisión. Me considero hijo de la solidaridad, y por eso siempre procuro devolverla. Por eso he viajado por América latina, por Palestina, por el Sahara…

-¿Qué le parece que un director tan conocido como Pedro Almodóvar quiera hacer una película sobre su vida?

-Me parece bien, porque no lo conocía, pero una vez lo he hecho he descubierto a un hombre con gran sensibilidad. El tenía que hacer dos películas antes, una ya se ha estrenado y la otra la está haciendo. Así que supongo que empezaremos con la mía en la primavera del año que viene.

-Este año fue candidato al premio Príncipe de Asturias de la Concordia…

-Fue una situación incómoda, porque yo no me postulé, fue el consejo de Gobierno de la Universidad de Granada, también Saramago, con 14.000 firmas. Era una forma de echar un pulso a la Casa Real para ver si era capaz de reconocer a un republicano, a un comunista. Pero me sentía incómodo, había compañeros que me decían que si me lo daban no debía recogerlo. Por otro lado, había quien decía que era un premio que podía dar publicidad. Al final me dieron la Medalla de Oro al mérito al Trabajo y otros premios menos incómodos. Me alegré de verdad de que no me lo dieran, aunque entiendo que desde el punto de vista político era interesante. No lo hubiera recibido a título personal, si no en nombre de todos los que murieron y estuvieron en la cárcel luchando por la libertad.

-¿Qué queda de la utopía por la que ha luchado toda la vida?

-En el transcurso de una vida es muy difícil ver siempre los resultados de por lo que uno ha luchado, las medidas históricas y las humanas son distintas. Es muy difícil que los grandes cambios de fondo se produzcan en una vida. Ahora vivimos en un régimen democrático, con muchas insuficiencias, con un PSOE que no se atreve a tomar el toro por los cuernos. Hay que seguir luchando, que la libertad no sea una palabra vacía, hay que llenarla de contenidos. El capitalismo ha conseguido atar a la gente, con la hipoteca, con su crédito del coche. Nos ha convertido en pequeños conservadores.

-¿Todo el mundo piensa que tiene algo que perder?

-Sí, pero se equivocan. Recordando a Ford, el inventor de la cadena de montaje, en su biografía se dice que subía el sueldo a los trabajadores para comprar sus coches en cómodos plazos. No era un gesto de generosidad, era echarles la mano al cuello. Los partidos de izquierda hemos cometido muchos errores, hay que bajar con las ideas a la calle y hablar con la juventud, conectar con ellos. Yo sigo siendo comunista, por encima de los partidos y de los países comunistas, que malversaron su ideal. Quiero una sociedad donde el hambre, la guerra y las desigualdades desaparezcan.

http://www.lne.es/cuencas/2009/12/14/carcel-comiamos-hierba-salia-baldosas-patio/847476.html