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Versos que campan en la memoria

Alfredo Conde. El Correo Gallego, | 7 diciembre 2009

Thomas, da una cifra de ciento noventa y tantas mil sentencias de muerte firmadas por el anterior jefe del estado durante los dos primeros años de su dictadura

 

 ALFREDO CONDE

Leí dos libros de Lord Hugh Thomas. El primero lo escribió cuando aún no era lord, ni había conocido a Mariluz Barreiros. Lo tituló La guerra civil española. El segundo que leí de él fue escrito cuando ya había conocido a la hija de su biografiado. No me creerán pero, ahora mismo, no me acuerdo de su título. Sí de que se trata de un gran libro, de una gran biografía, que hace el retrato exacto de un tiempo, el que envolvió al personaje que retrata y enaltece: Eduardo Barreiros.

Me acordé del primer texto hace unos días viendo en la tele a Flor Baena, hermana de Fernando Baena, uno de los fusilados el 27 de septiembre de 1975. Si recuerdo bien, ya saben que todo lo fío a la memoria puesto que se me quedaron atrás demasiados libros, Thomas, da una cifra de ciento noventa y tantas mil sentencias de muerte firmadas por el anterior jefe del estado durante los dos primeros años de su dictadura. Describe como el ferrolano solía desayunar utilizando tres sillas, sentándose en la de en medio y utilizando las otras dos para depositar sobre sus asientos los expedientes recién firmados: sobre una los de las condenas a muerte, en otra, las conmutadas por cadena perpetua. Así hasta casi doscientas mil. Me lo imagino tomando café con leche con churros, o con porras, pulcramente cogidos con la yema de los dedos, mientras leía velozmente y decidía a dónde enviar a cada uno. Creo recordar que la escena se describe o en un apéndice de la obra o en una de las múltiples notas a pie de página que la ilustran. El ímpetu que lo movió, la inercia que tal afán produjo lo trajo tal cual hasta ese fatídico 27 de septiembre. Qué pronto nos olvidamos de todo.

Me sobrecogió algo que contó Flor Baena en su entrevista televisada. El enterrador encargado de dar tierra al cuerpo del asesinado cavó la fosa pero se negó a sepultar el cadáver, a cubrirlo de tierra. Se negó a participar en barbaridad tamaña como la que se acababa de cometer y tuvieron que ser los propios hermanos del difunto los que realizaron tarea tan ingrata y cruel. Al oírlo recordé un poema de Neruda y algún que otro verso suelto que todavía campa en mi memoria: que un río de ojos de niños muertos te recorra el cuerpo eternamente, general, reza uno de ellos. Al día siguiente de la entrevista leí como en el juicio no fueron admitidas ciento cuarenta y cinco pruebas aportadas por la defensa de Fernando Baena. Entonces me acordé de Don Nicolas Salmerón, presidente de la Primera República Española, masón y hombre de bien. Dimitió antes que firmar una sentencia de muerte. Murió ajeno al afán que guió la mano que cogía los churros con delicadeza extrema. No así las porras, como es bien sabido y no siempre recordado.

http://www.elcorreogallego.es/opinion/firmas/ecg/versos-campan-memoria/idEdicion-2009-12-07/idNoticia-494704/