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En el I centenario del nacimiento del poeta más luminoso

LQSomos. Ángel Escarpa. 15 Enero de 2010 | 16 enero 2010

Fue un tiempo de balas…pero también un tiempo de poetas y de sueños

 

Un tiempo de amores imposibles, de ciudades incendiadas en medio de la noche que ya se cernía sobre Europa, sobre los rojos y viejos tejados de Castilla y de Berlín.

Fueron tiempos en los que hombres libres supieron despojarse de su viejo traje de individualismo para abrazar un generoso compromiso colectivo.

Si hay un poeta del que pueda decirse en justicia que fue, y es, el poeta de los sin tierra, los sin pan, los sin agua, sin papeles, sin techo, sin trabajo… ese poeta es Miguel Hernández. Decía yo en otro articulo que, en tanto los verdugos del poeta de Orihuela se precipitan en las tinieblas del olvido y no queda más memoria de ellos que los crímenes contra el pueblo, la figura del poeta crece y se agiganta, insobornable, en la memoria colectiva, se prolonga como un bosque en otros poetas, regresa de la inmensa fosa a la que fue arrojado, en compañía de los que cayeron bajo el peso del odio en esos mismos días, para recordarnos nuestros orígenes, para reivindicarnos una y otra vez como los seres luminosos que fuimos en el pasado, antes de las tarjetas de crédito y el frigorífico, antes de que nuestra memoria fuese laminada por una capa de asfalto.

Hernández abandona la luz de los cirios de Orihuela para, casi inmediatamente, vestir su poesía con ropas milicianas. El poeta puro, con voz con resonancias de colmenas, desembarca en un Madrid erizado de cañones, arrastrando tras de sí un murmullo de palmeras y esquilas de cabras.

La ambivalencia de Miguel permite, como ocurre con los poetas que escriben para el pueblo, que él mismo se reivindique, tanto en el intimismo de la ternura del poema al hijo que se alimenta de cebollas como en el poema violento, apasionado que le dedica a Pasionaria.

Mucho se le reprochará su canto y adhesión a Stalin; la poca compasión que mostró con los guardias civiles franquistas que se entregaron tras la rendición del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, tras varios meses de asedio, -periodo que cubrió como corresponsal en el Frente Sur-. Pero hay que ponerse en la piel del que es testigo de los bombardeos de las ciudades. ¿Quién ve hoy las fotos de Capa, de Gerda Taro, de Centelles: aquellos cuerpos de niños, de ancianas, de hombres sanos aún que quizás horas antes se entregarían al amor en aquella misma cama que aparece en la foto como un amasijo de hierros, todos tendidos y sin vida ya sobre la tierra tras el último bombardeo “nacional”, con la mirada perdida en un punto del infinito; quién recibe la noticia del fusilamiento del poeta granadino a manos de los rebeldes; quién sabe de las salvajadas de los rífenos traídos por Franco; de los fusilamientos masivos en Badajoz; de las ejecuciones de leales gobernadores y generales que se niegan a traicionar a la República, maestros de escuela que horas antes leían la Constitución a sus alumnos en remotas escuelas de aldeas; quién oye en la radio que hoy cayó Teruel o fue “pacificada” Sevilla, tras los últimos brotes de resistencia en el barrio de Triana; quién ve arder las cosechas tras el eficaz bombardeo de los Savoia o de la Legión Condor; quién ve la Patria reducida a cenizas por los generales que representan a la “sagrada civilización occidental” y no toma en sus manos el arma que le tiende el camarada soviético o el presidente mejicano, mientras la indiferencia de la Sociedad de Naciones deja desangrarse a una democracia y la curia romana bendice la Cruzada?

Puede decirse que Miguel Hernández fue un poeta guerrero, que exaltó el canto al combatiente republicano pero, a fin de cuentas, sería más justo afirmar que no fue el Gobierno de la República quien vistió su poesía de ropas guerreras, ya que fueron los rebeldes, los que nos se resignaron a aceptar la voluntad del pueblo, libremente expresada en las urnas aquel 16 de febrero de hace 74 años, los que pusieron un fusil en sus manos, los mismos que le pusieron pena sobre pena, cárcel sobre cárcel.

Miguel, desde la revolución de Asturias de 1934, con la obra de teatro Los hijos de la piedra, toma partido por los explotados, los despojados, aquellos a los que es mejor mantener en la ignorancia para que no se opongan a las guerras coloniales; que no sepan contar los pesados costales de grano que se extraen de las tierras del Conde de Romanones, de las del Conde de la Vega Grande, mientras ellos se alimentan con mohosos mendrugos y de parcos platos de sudado gofio o mueren en el Barranco del lobo o vistiendo de rayadillo en Cuba o en Filipinas.

Pero no por eso deja de ser el poeta de la ternura, el que “llega con tres heridas: / la del amor,/ la de la muerte,/ la de la vida. Es el que, no siéndole ajena ninguna muerte, después de su ruptura con Orihuela, a la muerte de Ramón Sijé – hombre católico y poco amigo de materialismos históricos y al que nada le une ya más allá de un sentimiento fraternal- aún escribe su verso más desgarrado para reprocharle a la muerte su gesto de “enamorada” y leerlo en la Orihuela del 14 de abril de 1936, en la plaza que lleva el nombre del amigo.

No podemos simplificar y afirmar que Miguel es el poeta exclusivamente de la Revolución, ya que parte de sus poemas más luminosos se producen en las postrimerías de la guerra: entre trenes de heridos que regresan de los frentes y cartas de amor a Josefina Manresa, su esposa, con paisajes de desolación como jamás hasta entonces habían conocido estas tierras desde la expulsión de los árabes; noticias de pérdida de ciudades, de caídas de camaradas en el frente, de la muerte de su hijo Manuel Ramón. De Cancionero y romancero de ausencias, es particularmente conmovedor extraer, cuando deja atrás al poderoso y a la vez combativo poeta de Viento del pueblo:

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores

Tristes, tristes.

En Miguel conviven, en generosas proporciones, el romántico Byron, que muere tras apoyar la justa causa de los griegos, el viejo e inmortal Marx, látigo del sistema capitalista, y los entrañables e inagotables Benedetti y Saramago de nuestros días.

No, el corazón de Miguel Hernández no tiritará, como el predecía, en los fríos anaqueles de las bibliotecas o en los de las librerías, ni en la fría piedra del monumento, y menos en las palabras de aquellos que en el pasado le condenaron a muerte y hoy invocan su nombre en homenajes, los mismos que ayer corrían a tiros, a golpe de goma y a caballo a los universitarios y a los obreros por las calles de nuestras ciudades.

El permanecerá vivo en cada uno de nuestros gestos de rebeldía.

 

Honor y gloria eterna a quienes depositaron toda su fe inquebrantable y dieron sus vidas por la causa del pueblo y por la República.

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