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Supervivientes de trinchera extranjera

El País, 03-01-2010 | 4 enero 2010

Lucharon en la II Guerra Mundial junto a los aliados o junto a los nazis en la División Azul. Han asistido a la transformación de su mundo. Los últimos españoles aún vivos hacen memoria

 

JOSEBA ELOLA 02/01/2010

Alberto Díaz Gálvez se fue a la guerra por una frase que pronunció su padre. Fue un sábado, la memoria no le falla a este superviviente de la II Guerra Mundial que ya cuenta 89 años. Estaban sentados a la mesa su madre, los nueve hermanos, y en un extremo, su padre, hombre severo, siempre comiendo con un periódico en una mano y la cuchara en la otra. Reinaba el silencio sepulcral de siempre para no entorpecer la lectura del progenitor. Daban por la radio el parte, hablaban de los avances de los alemanes en el frente ruso. A un hermano de Alberto se le ocurrió hacer una broma sobre los falangistas, y aunque se trataba de una familia básicamente apolítica, el padre pidió a los chicos que no criticaran tanto, ya que ellos no estaban dispuestos a irse al frente.

Díaz Gálvez terminó de comer y se fue a cortar el pelo. Tenía 18 años. Dos años antes había intentado unirse a las Juventudes Socialistas Unificadas, del bando rojo, pero no se lo habían permitido por ser demasiado joven. Meses antes, sus dos mejores amigos se habían unido como voluntarios a la Marina de Franco, pero a él le habían rechazado: era un chico bajito, delgadito, pesaba 52 kilos.

Salió con el pelo recién cortado y se fue directo para la jefatura de las milicias de Almería. Se alistó en la División Azul -el cuerpo de voluntarios que luchó junto a los alemanes-. “Yo tenía ansiedad por salir de Almería, por irme a donde fuera”, recuerda. “Yo era muy inquieto, me apuntaba a todo. No tenía ideales políticos. Buscaba la aventura, y no ser menos que otros”.

Así comenzó la peripecia de Alberto Díaz Gálvez, uno de los miles de españoles que participaron en la II Guerra Mundial. El documentalista Alfonso Domingo acaba de publicar Historias de los españoles en la II Guerra mundial, un libro que recoge los testimonios de cerca de cincuenta españoles que combatieron junto a los aliados o junto a las tropas nazis.

Para algunos, la II Guerra Mundial fue una oportunidad de seguir luchando por la libertad tras la derrota en la Guerra Civil. Para otros, la oportunidad de detener el avance del comunismo. La mayoría de los entrevistados por este periódico no reniega hoy de sus ideas. Y coinciden en la inutilidad de las guerras. “No me reprocho haber ido a la División Azul, no me avergüenzo”, confiesa Díaz Gálvez, “pero menuda estupidez son las guerras, ¡irse a morir por la patria a Rusia!, ¡vas tú a arreglar el mundo, chalao!”, dice con el gracejo de su acento almeriense.

El 17 de marzo de 1942, Díaz Gálvez recibió un balazo que le entró por debajo del pómulo izquierdo y le salió por detrás de la oreja. Tuvo suerte, dijeron los médicos: le dispararon tan de cerca que la bala entró y salió rápido. Perdió un ojo y la audición de un oído en el batallón de choque en el que le integraron en Rusia.

Martes de la semana pasada, ocho de la tarde. En su casa de Majadahonda, José María Bravo muestra la traducción que estaba haciendo de un manual de instrucciones en ruso del avión U2. Bravo fue un as de la aviación del bando republicano. Se formó como piloto en la Unión Soviética. Su destreza en el pilotaje del Polikarpov I-16 (conocido como Mosca) le llevó a una carrera de ascensos vertiginosa. Con tan sólo 22 años, ya estaba al frente de la unidad aérea más potente del bando republicano. El 8 de enero de 1939, cruzó los Pirineos presionado por el empuje de las fuerzas franquistas. Pasó por el campo de concentración de Argeles. Pero fue en el campo de Gurs donde conoció al representante del Ejército soviético que le convenció para volver a Rusia. Allí vivió entre 1939 y 1960. Allí le pilló la II Guerra Mundial.

Bravo llegó a estrechar la mano de Stalin. Corría el año 1943 y le acababan de nombrar capitán de una escuadrilla de vuelos nocturnos. Se encontraba acuartelado en Bakú, defendiendo los campos petrolíferos. Su escuadrilla solía escoltar a los aviones que debían cruzar el mar Caspio. Un día le pidieron que escoltara con su escuadrilla a dos aviones de Aeroflot hasta Teherán. Sin darle más detalles. Bravo tenía 26 años. Pasó tres días en Teherán, oyendo rumores de que por allí andaba el jefe supremo soviético. En el momento de emprender el regreso hacia Bakú, pidieron a Bravo que formase en fila en el aeródromo central junto a los 12 miembros de su escuadrilla. Tieso como un palo, vio cómo Stalin se acercaba a saludar a todos los miembros de la escuadrilla por haberle escoltado -y ellos, sin saberlo-. Al llegar a su altura, Stalin se detuvo ante Bravo, el jefe de la escuadrilla.

-“¿Tú qué eres, ¿georgiano?”, le preguntó.

– “No, soy español, generalisimus”, contestó Bravo, comunista para quien, en aquel momento, Stalin era poco menos que dios.

-“¿Y qué haces aquí?”, le pregunto Stalin.

Bravo le contó su historia. Él y toda su escuadrilla estaban vestidos con su uniforme de trabajo en Bakú, una camisa y unos pantalones cortos que de lo desteñidos que estaban, parecían blancos. Concluida la explicación, Stalin disparó una tercera pregunta: “¿Y por qué llevas a todos tus pilotos en calzoncillos?”.

El avergonzado jefe de escuadrilla tuvo que explicar que ése era el material que les habían entregado en Bakú. Tres días más tarde, llegaban a la base nuevos y relucientes uniformes. El 10 de diciembre, el jefe supremo le condecoraba con la orden de la Guerra Patria por haber prestado servicio. “Era un dios. Entonces no sabíamos nada de las barbaridades que dicen que hizo”, contaba la semana pasada en su casa José María Bravo. Cuatro días después de hablar con EL PAÍS, Bravo fallecía, a los 92 años. “Yo nací comunista y moriré comunista”, dijo en su última entrevista el legendario piloto republicano.

También se reafirma en sus ideas de siempre José Miranda, militar que combatió en las filas franquistas durante la Guerra Civil y que llegó al frente ruso en abril de 1942. Acudió para cubrir las bajas que ya acuciaban a la División Azul y se incorporó al frente del río Vóljov.

Impecablemente trajeado, con el pelo cano peinado para atrás, Miranda ofrece un aspecto espectacular a sus 92 años. “Cuando me lo dice alguna mujer, le digo: ‘¡Pues, chica, aprovecha la oportunidad!”, suelta con su sonrisa picarona el ex militar. Sentado en el sofá de su casa en Toledo, un retrato del rey Juan Carlos custodia a sus espaldas.

Más que de los cuarenta grados bajo cero que quedaron grabados en la memoria de Alberto Díaz Gálvez, el divisionario almeriense Bravo se acuerda de las nubes de mosquitos. Llegó a Vóljov en primavera, en plena época del deshielo. Su sección tuvo que transitar por suelos enfangados, con mosquiteras que cubrían su cuerpo hasta las rodillas. Miranda, que no aparece en el libro de Alfonso Domingo, vivió la terrible batalla de Krasny Bor, en la que murieron 2.500 divisionarios españoles en un solo día. Fue el 10 de febrero de 1943.

El regimiento 262 fue el que se llevó la peor parte. El suyo, el 263, tuvo menos bajas. A Miranda le salvó su cantimplora. Lo cuenta por primera vez, y su hija, presente durante parte de la entrevista, se sorprende. Ella no conocía la historia. No sabía que a su padre le salvó una cantimplora mientras recorría la línea de los hombres de su sección en una trinchera de Krasny Bor.

“Estoy orgulloso de haber pasado por la División Azul”, dice Miranda, que después desarrolló una carrera militar y hoy es miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. “No tuve contacto con judíos y, desde luego, no se puede tolerar lo que se hizo con ellos. Pero yo no me sentí utilizado. Yo fui a luchar contra el comunismo”.

Alfonso Domingo, documentalista que ha enfocado más sus trabajos hacia el bando republicano -“pertenezco a una generación a la que hurtaron una parte de la historia”-, afirma que la División Azul tiene una parte “quijotesca”. Cuenta en Madrid que entrevistó a una cincuentena de ex combatientes para sus documentales o lo largo de diez años. Muchas historias se quedaron fuera de los documentales, así que las volcó en su libro. “Ellos son antibelicistas, pero casi todos volverían a hacer lo mismo”, explica. “El español, como soldado, tiene valores de sacrificio, de abnegación, es muy bravo”.

Brava fue la hazaña del legendario comandante Robert. Al mando de 300 hombres, liberó la ciudad de Foix, en el sur de Francia. Echó a los nazis en apenas cuatro horas. Fue el 18 de agosto de 1944. “Pude tener frente a mí a la raza superior de rodillas”, dice con orgullo, en conversación telefónica, desde Agen, al norte de Toulouse, Francia. Para él, la Segunda Guerra Mundial fue una revancha tras de salir derrotado de España.

Empuñó por primera vez un rifle, el mítico Winchester, en la Guerra Civil, a los 17 años. Participó en la batalla del Segre: “Recuerdo el entusiasmo de matar, porque nosotros no tuvimos juventud, pasamos directamente de la adolescencia a la vida adulta. Nos enseñaron a matar para que no nos mataran”.

El comandante Robert se llama José Antonio Alonso. Se puso ese nombre de guerra en homenaje a un compañero de la Resistencia francesa que murió. Le costó abrirse camino en el maquis, la guerrilla antifranquista, por ese aspecto de dandy que tenía, imberbe, con ese pelo teñido de rubio. Pero su arrojo le convirtió en un héroe de la Resistencia. No ha vuelto a vivir a España porque considera que nunca se ha reconocido el papel de los republicanos que se refugiaron en Francia durante la II Guerra Mundial. Alonso encabezó una brigada en el fallido intento de liberación del valle de Arán, en 1944. “El pueblo español nunca ha reaccionado contra el franquismo”, manifiesta. “La democracia no existe más que de nombre. Hoy en día, es el capital el que manda. No comprendo cómo la gente no reacciona. En mi época, los jóvenes reaccionaban”.

Neus Catalá también intentó luchar contra la dictadura desde territorio francés. Colaboró con la Resistencia francesa, siempre fue una luchadora, su compromiso empezó durante la Guerra Civil, cuando se convirtió en miembro de las juventudes del PSUC. Pero fue durante la II Guerra Mundial cuando pudo pasar a la acción. Transportaba armas y comida por los bosques para el maquis. A finales de 1943 fue detenida y torturada en Francia. El 3 de febrero de 1944 entraba en el campo de concentración de Ravensbrück (Alemania), con sus barracas verdinegras, sus 22 grados bajo cero y sus cuervos atraídos por el olor a carne quemada. La colocaron en la fábrica de obuses. “Cada día te metían el miedo en el cuerpo”, recuerda por teléfono desde su casa en Rubí. “Te tenían 12 horas trabajando de pie para fabricar armas que matarían a los tuyos. ¿Imagina lo que es eso?”.

Estuvieron a punto de ahorcarla por sabotaje en la fábrica, como a sus dos mejores amigas, que acabaron en uno de los cuatro hornos crematorios que había en este campo de concentración para mujeres. Después fue trasladada a un campo de concentración en Chequia. Nunca sospechó que en un campo cercano estaba detenido su marido, Albert Roger, que murió en el trayecto de vuelta a Francia, tras la liberación: “Estaba agotado”. A sus 94 años, Catalá se declara, como siempre, comunista. “Pero estamos muy lejos de ganar la partida”.

Unos y otros lucharon por sus ideas. Por sistemas que acabaron en otra cosa. Ellos, los supervivientes, no pagaron la guerra con su vida, pero la siguen arrastrando. “Las guerras no resuelven nada”, decía la semana pasada en su casa José María Bravo, el as de la aviación republicana, cuatro días antes de fallecer. “¿De qué sirven la guerra de Irak, o la de Afganistán?”.

 

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