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Albert Ferrarons: “Para el franquismo, los homosexuales no eran ciudadanos”

El Periódico, | 5 febrero 2010

Autor de “Rosa sobre negre” (La Busca Edicions), sobre la historia de un colectivo que tiene más de negra y siniestra que de rosa

TERESA PÉREZ. BARCELONA

 LIBRO SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD EN ESPAÑA.

Albert Ferrarons (Santa Coloma de Gramenet, 1983) ha seguido el rastro de la homosexualidad masculina en la España del siglo XX. Lo que ha recopilado lo cuenta en el libro Rosa sobre negre (La Busca Edicions), sobre la historia de un colectivo que tiene más de negra y siniestra que de rosa. El libro se presenta hoy.

–La persecución del colectivo es larga, pero empecemos por la etapa más siniestra, el franquismo.

–La homosexualidad se castigaba hasta con penas de tres años de prisión. En la Modelo había celdas para los llamados invertidos y en Nanclares de la Oca los homosexuales llevaban en la gorra dos barras cruzadas, símbolo de invertido. Además, perdían el nombre y recibían otro en femenino.

–¿Cuanto duró la represión?

–Hasta los años 70. En las cárceles, los homosexuales eran vejados, insultados, hacían los peores trabajos como lavar a mano la ropa de los demás… y todo con la aprobación de los funcionarios. A partir de los 70 se apostó por la reinserción.

–¿Cómo se reinserta la sexualidad?

–Según teorías de psiquiatras como Antonio Vallejo Nágera, utilizaban electrochoques. A los homosexuales se les mostraban imágenes sugerentes de hombres y mujeres. Con las femeninas no pasaba nada, pero con las masculinas recibían descargas eléctricas para causar rechazo.

–¿Y qué consiguieron?

–Nada, claro. Solo dolor, mucho dolor y una angustia, que aún perdura. Otros optaron por el suicidio.

–El franquismo no tuvo piedad…

–Los homosexuales no eran ciudadanos, ni se les debía respetar. Eran traidores a la patria.

–En ese contexto, ¿qué estrategias seguían para sobrevivir?

–La mayoría se refugiaban en el matrimonio, en la doble vida, en la clandestinidad y en ámbitos en los que el régimen era más permisivo.

–¿Había alguno?

–El mundo del espectáculo, pero también hubo denuncias por revanchas y celos. Otras veces eran vecinos o gente anónima los que daban nombres a la policía.

–También se hacían redadas.

–En los lavabos de la plaza de Catalunya y en bares. Eran arbitrarias y clasistas. Al que iba mal vestido lo detenían, y el que tenía dinero se libraba.

–El libro revela que seminarios y noviciados fueron destino recurrente de homosexuales.

–Hay muchos testimonios orales pero es difícil probarlo. La Iglesia ni lo acepta ni lo aceptará.

–¿Ahora cómo están?

–Perdura una devastadora homofobia. Aún debe nacer el homosexual que no la haya padecido.

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