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La colina que defendió Donnelly

El País, | 28 febrero 2010

Rivas dedica una estatua a los brigadistas que lucharon por la República

 

JERÓNIMO ANDREU – Madrid – 28/02/2010

Charlie Donnelly nació en 1914 en los valles de Dungannon, Irlanda, y murió con 23 años en la batalla del Jarama. Recibió un tiro en el brazo, otro en el costado y un tercero, en la cabeza. Donnelly no era un militar. Sobrevivió poco más de un mes a la guerra en España. Era un joven poeta que escribió un puñado de versos en la universidad, pero cuya consagración literaria llegó con la muerte. El último día de la batalla del Jarama defendía la Colina del Suicidio. Rodeado de soldados del bando nacional, parapetado tras un olivo, un camarada canadiense le escuchó murmurar bajo el ruido de la metralleta que esquilmaba a su compañía: “Hasta las aceitunas están sangrando”. Así se lo repitió el testigo al escritor irlandés Joseph O’Connor -hermano de la cantante Sinéad O’Connor-, que tituló con la cita una biografía del poeta. Minutos después de la frase, Donnelly fue abatido. Era el 27 de febrero de 1937. Sus compañeros no pudieron recuperar el cuerpo hasta el 10 de marzo para enterrarlo junto al Jarama.

Desde ayer, 72 años después de su muerte, una estatua labrada en piedra de Dungannon recuerda en el parque de Mira el Río de Rivas-Vaciamadrid la figura de Donnelly, escritor, periodista y activista político. El monumento es un homenaje a los soldados de las Brigadas Internacionales. Cerca de 60.000 voluntarios de 54 países llegaron a España para pelear por la República. Unos 10.000 cayeron en combate. En la batalla del Jarama, 3.000.

Como rúbrica al romanticismo que impregnó la aventura de los voluntarios internacionales quedan sus escritos. En un libro presentado también estos días en Rivas dentro de la conmemoración de la batalla del Jarama, Hablando de leyendas. Poemas para España (ediciones de Baile del Sol), Jim Jump, Antonio Díez y David González recogen los poemas que algunos de los 2.300 contendientes en la Guerra Civil procedentes de Reino Unido e Irlanda dedicaron a su experiencia en la guerra. El volumen incluye poemas de Donnelly y de otros escritores conocidos y desconocidos.

Versos escritos en cartas o diarios, garabateados en los bordes de los libros que leían los soldados en las interminables esperas antes de las batallas, o en el reverso de las órdenes militares. A veces se componían para animar a los soldados y se publicaban en las revistas de las Brigadas, en otras ocasiones se enviaban a la familia o se conservaban como memoria personal del desastre. Un tercer tipo son las piezas que los brigadistas elaboraron de regreso a sus casas, una prueba de la muesca que la guerra había dejado en su memoria. David Martin, uno de los autores recogidos en la antología, escribió muchos años después de volver: “La poesía no es algo expansivo, sino compresivo como un alambre enroscado. Con el centro duro y erizado. En España todo era duro y descarnado”.

En el mundo anglosajón es común referirse a la Guerra Civil como la de “los poetas”. El calificativo irrita a los combatientes, de los que el 80% eran obreros. Aun así es innegable que el conflicto supuso el cénit de cierta forma de compromiso intelectual y artístico. Un ejemplo claro es John Cornford, arquetipo del joven creador de los treinta, aventurero e intelectual marxista de prestigio que aunó en su producción guerrera reflexiones políticas y versos de amor y miedo. Antes de morir en el frente, le dejó a su novia el descarnado A Margot Heinemann, uno de los símbolos poéticos de la guerra, que aparece en la recopilación ahora publicada.

En octubre de 1938, Dolores Ibárruri despidió a los supervivientes de las Brigadas en Barcelona: “No os olvidaremos, y, cuando el olivo de paz florezca entrelazado con los laureles de la victoria de la República Española, ¡volved!”. Desde el fin de la dictadura, regularmente los brigadistas han ido visitando España. Ayer no estuvo ninguno presente en la inauguración del monumento a Donnelly. Sí acudió una delegación de Dungannon. Estaba prevista la presencia de Jack Edwards, uno de los 40 brigadistas que quedan vivos, pero se lo impidieron problemas de salud. “Ya es muy difícil”, se lamenta Ángel Rojo, presidente de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales: “Esta semana han muerto tres de los cuatro brigadistas cubanos que quedaban. Ha sido un invierno muy duro”.

La asociación de Rojo batalla contra los años y el olvido. Y contra algo más: la lucidez desencantada con que leen la historia muchos héroes. Otro brigadista, David Marshall, dejó escrito antes de morir:

“Éstos son mis camaradas, mis compañeros (…). En sepulturas sin memoria yacen / sin ningún boato, sus canciones en el olvido, / a nuestros hijos no se les enseña su historia”.

“Y tú les olvidas bajo tu responsabilidad / porque a pesar de que luchas tan bien como ellos, / serás traicionado, como lo fuimos nosotros”.

http://www.elpais.com/articulo/madrid/colina/defendio/Donnelly/elpepiespmad/20100228elpmad_11/Tes?print=1