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“Jose Alonso Mallol: el hombre que pudo evitar la guerra”, de Pedro Luis Angosto

La Librería de El Sueño Igualitario, | 12 marzo 2010

Prólogo de Josep Fontana

 

Se puede adquirir al precio de 18 euros a través de La Librería de El Sueño Igualitario. 351 páginas. 21 x 14 cm

José Alonso Mallol, formó parte de una generación de alicantinos nacidos a finales del siglo XIX que influyeron decisivamente en la renovación del republicanismo español. Gobernador civil de Asturias y Sevilla, actuó decididamente contra quienes perturbaban el orden e impedían a los gobiernos republicanos llevar a cabo su labor reformista. En 1936 fue nombrado Director General de Seguridad, consciente de los peligros que acechaban a la República, colocó escuchas telefónica -cosa que se hizo por primera vez en la historia- en las casas y en los cuarteles donde conspiraban los golpistas, de modo que en mayo de 1936 pudo presentar a Santiago Casares Quiroga y Azaña una relación de más de 500 golpistas con la intención de que fuesen detenidos de inmediato, lo que habría supuesto el desmantelamiento de la conspiración. Azaña y Casares, temerosos de posibles reacciones, no consintieron tales detenciones y el golpe de Estado siguió su camino.

Tras dimitir como Director General de Seguridad, Alonso se trasladó al Norte de África por encargo del José Giral, Presidente del Gobierno, con la intención de sublevar a los rifeños y cortar el suministro de mercenarios a la rebelión. Ya no volvió a España, salvo en contadas ocasiones. Espía de los aliados, a los que facilitó una enorme cantidad de datos sobre los movimientos nazis, trabajando para la JARE, logró salvar a más de 4.000 refugiados de caer en las manos de Hitler o Franco. En 1944, tras ser condecorado por los aliados, se exilió en México donde continuó luchando contra la dictadura franquista.

 

Índice:

Prólogo. Introducción. Alicante en el cambio de siglo: infancia y mocedad de un muchacho arrabalero, 1893-1905. El compromiso con el ideal, 1905-1930. República y guerra: todo por la libertad, 1930-1939. La victoria del odio: muertos, perseguidos y exiliados. Fuentes y bibliografía.

 

Prólogo de Josep Fontana

La historia de la Segunda República española, esto es, la historia de los años que van de 1931 a 1939, está marcada, y deformada, por el impacto de la historia de la guerra civil, que debería ser una parte de ella y ha pasado, por el contrario, a absorberla y minimizarla. Hay una explicación para ello, y es que los vencedores de la contienda civil, que eran quienes iban a determinar lo que nos convenía saber, se dedicaron a magnificar la guerra como una epopeya, lo cual dejaba los años anteriores como un antecedente y, en su visión de las cosas, como una justificación de la necesidad de la sublevación militar de 1936.

En el Manual de la Historia de España, segundo grado, que el Instituto de España publicó en 1939 con la intención de que se convirtiese en libro de texto obligado para todas las escuelas, lo que se decía de la etapa republicana se reducía a disparates como: “La República era como una concentración y alianza de todos los constantes enemigos de España para hacer, contra ella, un esfuerzo definitivo. Napoleón, brazo de la Revolución francesa, volvía a entrar en España detrás de la masonería. Lutero, detrás de los bolcheviques, asiáticos y destructores”. Después de estos años de infamia venía, para redimirlos, la gloria de la Cruzada, con maravillas tan sorprendentes como “la portentosa conquista de Barcelona, en la que el glorioso genio militar de Franco demuestra por primera vez al mundo cómo se rinde y conquista una población de dos millones de habitantes”. Como es sabido, lo único que hicieron los militares franquistas fue entrar de paseo en una ciudad que no les ofreció resistencia alguna. Y lo que “demostraron al mundo” no fue el genio militar del “Caudillo”, sino la miseria humana de unos vencedores que sometieron a una población civil en la que no quedaban responsables políticos del bando republicano, que habían podido huir a Francia, a sufrir millares de asesinatos.

Lo peor de esta deformación de la historia es que la trampa que implicaba centrar el relato de estos años en la guerra civil tuvo éxito, y sigue todavía vigente, lo que significa que nos hemos dejado atrapar por el afán de combatir la masa de mitos y de mentiras que se construyeron para legitimar la dictadura, y que formaban la base de la historia que se nos enseñaba en la escuela y que se transmitía al público a través de las conmemoraciones. Nos hemos dedicado sobre todo, en estos años en que el ejercicio de la investigación histórica acerca de estos temas goza de mayores márgenes de libertad –aunque todavía se siguen poniendo dificultades a la consulta de algunos archivos-, a demostrar la falsedad del relato franquista, a tareas como la de desmentir, por ejemplo, las cifras de muertos de la represión que daba el general Salas Larrazábal, mostrando que las víctimas del franquismo eran como mínimo tres veces más de las que este pretendía hacer pasar como cifras “exactas”.

Resulta evidente que este trabajo de denuncia y desmitificación era necesario, pero está muy lejos de ser suficiente. Puesto que los publicistas que continúan hoy la tarea de desinformación del franquismo, los Moas, Zavalas y compañía, siguen repitiendo las viejas mentiras sin ninguna vergüenza, conscientes de que su discurso se dirige a un público al que no le llegan los trabajos de erudición de quienes se han dedicado a la labor de investigar en los archivos la realidad de los hechos. Y así, obsesionados por esta tarea, hemos acabado colaborando con ellos, sin darnos cuenta de ello, al seguirles a su terreno, en lugar de denunciar ante todo la primera y más grave de sus mentiras, que es la ocultación de la República misma, dejándoles que nos lleven a centrar el análisis y la discusión en los acontecimientos de la guerra civil, como si fuese ahí donde hubiese que buscar las respuestas. De este modo vemos que, al lado de numerosos libros dedicados a la guerra y al primer franquismo –a unos años en que, terminados los enfrentamientos en el campo de batalla, siguió la guerra de los vencedores contra los vencidos- hay muy pocos que se ocupen de lo que significó realmente la República, que son los que deberían ayudarnos a entender por qué estalló la guerra civil, promovida por quienes se negaban a aceptar las propuestas de libertad y de progreso social que planteaban los republicanos.

De ahí el interés que tiene este libro, como una nueva y excelente contribución a esta historia de la Segunda República española que está todavía en construcción. Pedro L. Angosto no es nuevo en este terreno, como lo muestra, entre otros trabajos suyos, su labor de recuperación de la vida y la obra de Carlos Esplá. Sin embargo, la biografía de José Alonso Mallol que nos ofrece ahora me parece que tiene un interés especial. No se trata sólo de recuperar la trayectoria vital de un republicano, miembro de una izquierda moderada que recogía la tradición secular del republicanismo español, algo que el propio Angosto intentó anteriormente a través de la figura de Carlos Esplá, clarificando lo que significaba realmente la herencia de anticlericalismo y masonería que compartían la mayoría de estos republicanos.

En mi opinión la vida de Alonso Mallol, tal porque en este caso la reconstrucción de su aportación intelectual tenga menos importancia que en el de Esplá, tiene la virtud de permitirnos seguir la evolución de la política republicana a través de la experiencia personal de uno de sus actores secundarios, lo que nos permite ver con mayor claridad el contexto. Cuestiones como las dificultades del mantenimiento del orden público contra la hostilidad de las derechas y la impaciencia revolucionaria de los anarquistas, la experiencia de un gobernador civil ante los complejos problemas de Andalucía, las elecciones del Frente Popular, etc., reciben nueva luz a través de esta visión. Pero hay, sobre todo, un tema que me parece de una extraordinaria importancia, que se enriquece a partir de la experiencia de Alonso Mallol, que tuvo en este caso, como Director General de Seguridad del gobierno republicano, hasta su dimisión a fines de julio de 1936, un papel muy destacado. Me refiero a la escalada de la violencia de la derecha que sirvió como preparación del levantamiento militar del 17-18 de julio.

La versión franquista nos ha estado vendiendo una interpretación según la cual habrían sido las izquierdas las que, con su violencia, habrían obligado a las derechas a ponerse a la defensiva y a prepararse para evitar esta fantasmagórica revolución roja que hoy sabemos muy bien que nadie se proponía empezar. Un mito al que contribuyeron los obispos españoles en aquella infame “carta colectiva” de 1937, con estupideces miserables como la afirmación de que “El 1º de mayo siguiente (1936) centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución”.

Muy distinta era la visión que de esos acontecimientos tenían los republicanos. Leo de las memorias de Romero Solano: “Hoy doce de marzo de 1936 han sonado los primeros disparos en Madrid. Los fascistas han intentado asesinar, a la salida de su domicilio, al profesor y diputado socialista don Luis Jiménez de Asúa. Han matado al policía señor Gisbert, que le daba escolta”.

Este era el inicio de una escalada de violencia que no iba a terminar hasta el estallido de la revuelta y en la que el asesinato de Calvo Sotelo fue tan sólo un incidente más, y en modo alguno el factor desencadenante de una revuelta que Gil Robles y Francisco Franco habían intentado iniciar desde la misma madrugada del 16 al 17 de febrero, a medida que los resultados de las elecciones anticipaban el triunfo del Frente Popular.

Haber realizado una reconstrucción de esos meses decisivos a través de la actividad del Director General de Seguridad, que se enfrentó enérgicamente a la violencia, ilegalizando a Falange, es uno de los méritos indudables de este libro. Por desgracia las evidencias disponibles son todavía muy escasas, aunque algunas, como el testimonio del hijo de Alonso Mallol, resultan de un extraordinario interés. Pero las páginas que aquí se dedican a esta etapa decisiva de la historia de la República tienen, cuando menos, la virtud de prevenirnos ante la persistencia de los mitos franquistas y de obligarnos a mirar la génesis de la revuelta militar con otros ojos.

Pienso que debemos, por ello, felicitar a Pedro L. Angosto, no sólo por este libro, sino por su labor de recuperación de una parte sustancial de la historia del republicanismo español, que sigue siendo la gran ausente en la mayor parte de las visiones globales de nuestro pasado.

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