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Banquillos, cunetas y paredones

Pedro Díez Olazábal. Nueva Tribuna, 26-03-2010 | 29 marzo 2010

Hoy los banquillos se preparan para acoger a los que osen turbar la memoria de los asesinos

 

Hoy los banquillos se preparan para acoger a los que osen turbar la memoria de los asesinos. No importa que las víctimas supervivientes de aquella barbarie hayan hecho acto expreso de renuncia a todo espíritu de revancha y prediquen a diario la reconciliación nacional o que gobiernen los nietos de los represaliados.

NUEVATRIBUNA.ES – 26.3.2010

Siete menos cuarto de la mañana del 30 de marzo de 1938, una camioneta y dos coches se encaminan hacia Puente Castro en las afueras de la ciudad de León, llevan a ocho hombres camino de la muerte. El piquete de ejecución aguarda ya formado, con las armas listas. A su lado, fuman en silencio el juez, el secretario y dos médicos, militares, por supuesto. Más apartados, esperan dos operarios del cementerio. Todo “legal” y limpio. Es la saca del día, tras el “enterado” de “Su Excelencia” a la sentencia pronunciada por el Consejo de Guerra Permanente en juicio sumarísimo contra los acusados por “auxilio a la rebelión”. Es la rutina cotidiana en todas las ciudades en las que funcionan los tribunales de Franco. Desde el 17 de julio de 1936 fueron decenas de miles los hombres y mujeres, mayores y menores de edad, que fueron pasados por las armas. Los primeros en caer, los militares leales al Gobierno legítimo de la República, con simulacro de juicio o llevados directamente desde los cuartos de banderas a los paredones. Los traidores ejecutando a los leales. Y al mismo tiempo, en todos y cada uno de los pueblos de España, conforme iban siendo conquistados, se fueron abriendo bocas negras en las cunetas para acoger los cuerpos de obreros, campesinos, alcaldes, poetas, sindicalistas, maestros, asesinados por los autodenominados defensores de una nación española “grande y libre”, tan grande como el inmenso dolor que sembraron y tan libre como la honda extensión de sus prisiones. Durante tres largos años toda España fue una carnicería, en el frente y en la retaguardia. También en el bando legal se cometieron muchas atrocidades, pero la matanza sistemática, organizada y planificada, la iniciaron y perpetraron una banda de militares traidores y sus aliados de camisa azul y boina roja, con el aplauso de aristócratas, el dinero de banqueros y la bendición de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Y después de la guerra siguieron matando sin pausa hasta que la esvástica de Hitler empezó a declinar, en que pasaron a hacerlo de modo más selectivo porque no había que provocar a los que iban venciendo y a partir de los cincuenta, por no dejar demasiado en evidencia al nuevo aliado americano. Así hasta el final se despidieron matando, dicen que tiro a tiro, en Hoyo de Manzanares.

Hoy los banquillos se preparan para acoger a los que osen turbar la memoria de los asesinos. No importa que las víctimas supervivientes de aquella barbarie hayan hecho acto expreso de renuncia a todo espíritu de revancha y prediquen a diario la reconciliación nacional o que gobiernen los nietos de los represaliados. Los herederos ideológicos de aquellos que portaban los “valores de la España inmortal” en los puños y las pistolas, van a sentar en el banquillo de los acusados al único juez que se ha atrevido a indagar en el crimen de lesa humanidad que fue la sublevación militar del treinta y seis y a escuchar a sus víctimas. La ofensiva conjunta de corruptos y fascistas, con el apoyo total de la derecha mediática, jurídica y política, va a lograr desactivar al juez que se ha distinguido en la lucha contra la delincuencia organizada y el terrorismo y que rompió la impunidad de los crímenes de las dictaduras de América Latina. El gran significado del caso Garzón, no es jurídico, sino político. Un juez que acabará juzgado por pretender hacer justicia. Como aquellos hombres del amanecer en Puente Castro también es un acusado de “auxilio a la rebelión” por los rebeldes y puede que, como a ellos, también se le condene. El caso Garzón será ante el mundo y ante nosotros mismos, la prueba del nueve de la democracia española. Su resultado, más allá de los galimatías legales, de los agravios y las envidias, marcará o el final definitivo de la transición democrática española, por lo que se ve aún no acabado, o la vuelta de nuevo a los banquillos de aquellos que busquen la concordia en la reparación de la verdad y la justicia, aunque, eso sí, siempre será, como hace setenta y dos años, todo “legal y limpio”. ¿Miraremos hacia otro lado?

Pedro Díez Olazábal participó en la fundación del Sindicato de Enseñanza de CC.OO y ha estado siempre vinculado a los movimientos sociales. Ha desempeñado los cargos de Alcalde de Arganda del Rey, diputado de la Asamblea de Madrid y Vicepresidente Tercero, portavoz en la Comisión de Medio Ambiente y Presidente de la Asamblea de Madrid.

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