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Por Dios y España: El asesinato de Ana Lineros

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Kaos en la Red | 7-3-2010 | 8 marzo 2010

En septiembre de 1936, Ana Lineros fue asesinada. No fue la primera ni la última de las mujeres (…) a las que se les aplicó el Bando de guerra

 

Después de siete décadas de silencio, después de más de treinta de conquista de las libertades públicas durante los cuales ha gobernado municipalmente la izquierda (PTE, PCE, IU, PSOE, según los momentos), al fin, se ha acabado editando un estudio sobre La represión militar en La Puebla de Cazalla, 1936-1943, obra de José Mª García Márquez, con prólogo (sin desperdicio) de Francisco Espinosa Maestre. En el mismo año hubo dos ediciones, una primera auspiciada desde IU, que gobierna el municipio, y una segunda desde el PSOE, ambas con apoyos institucionales. Aunque García Márquez sigue en sus pesquisas, sin dejas el hilo de los documentos y las entrevistas, se trata de una obra que deja claro y conciso lo fundamental. Exhumaciones recientes han echado más vinagre sobre las heridas en los familiares de las víctimas, y en los que hemos crecido con el aliento del aquel horror soplándonos en la conciencia, y es que tales exhumaciones han venido a demostrar que las víctimas no solamente fueron asesinadas por “rojos” (o sea “no personas” en el código impuesto por los militares fascistas), sino que también fueron duramente maltratadas…

    El libro cierra una época en la que esta historia se sostenía sobre todo por la memoria alucinada der los testigos directos (que vieron como se llevaban a los suyos), y en el agitado recuerdo de los que entrevieron algunos fragmentos agitados de una realidad vista desde el espanto, desde los comentarios narrados en voz baja y desde la seguridad de que no pudiera escucharles nadie. Eran como una historia de catacumbas en el que el concepto de “guerra civil” poco tenía que ver con lo que se ha entendido como tal, o sea era algo sin el menor parecido a lo que pudieron ser por ejemplo las guerras carlistas, lo mismo que la palabra “dictadura” poco tenía que ver, pro ejemplo con lo que había sido la de Primo de Rivera.   Así, el libro se extiende hasta el 43, pero podía haber llagado hasta fechas recientes, a realidades que se vislumbran en detalles como la desaparición de la documentación municipal o de la de la Falange, por no hablar de lo que significaron los años de dictadura, tiempo durante el cual parte de las “autoridades” fueron los mismos “innombrables” asesinos a los que el ilustre Queipo de Llano les dio carta blanca

  Se podría hablar de la emigración precoz, de hecho obligada. De una huída obligada por las amenazas o por la amargura de tener que aguantar la humillación de tener que agachar la cabeza al paso de los sicarios. No hace mucho,  con ocasión de que de unas conferencias por unos cuantos pueblos de Sevilla,  se me acercó un hombre al que le había llamado la atención la ficha que había encontrado en uno de mis libros. Aunque el tiempo borra muchas cosas, al momento encontramos familiares más o menos comunes. Luego me contó su historia, era un niño en una familia republicana, socialista, y pudo ser testigo de sucesos que marcarían toda su vida. Él me contó que no fue solamente contra los republicanos, fue en contra de los trabajadores, querían dar un escarmiento total, y me contó un suceso del que no pude tomar notas, el de unos mandos militare que trataron de “achicharrar” a tiros a unos obreros que trabajaban en una carretera, y de los que solamente uno se pudo salvar. Por supuesto, nunca pudo contar lo sucedido.

    Es una historia de la misma naturaleza que la del asesinato de Ana Lineros Pavón. El libro de García Márquez nos cuenta lo siguiente de este caso:

      “En abril de 1928 Ana Lineros, conocida como “la niña de Pavón”, de 20 años y natural de Villanueva de San Juan, contrajo matrimonio con Andrés Díaz González, de La Puebla de Cazalla, conocido por “el hijo del Agostizo”. El enlace, según los testimonios de los vecinos, se llevó a cabo por acuerdo entre los padres de ambos y permitió al padre de Andrés, Andrés Díaz Real, que se encontraba en una difícil situación económica y acosado por acreedores, traspasar sus bienes a su hijo y evitar un embarazoso embargo.

  Ana Lineros se fue a vivir con su marido a la hacienda de éste en el Pinalejo y, en muy pocas semanas, decidió separarse de él y retornar con sus padres a Villanueva. El motivo de la separación que repetidamente aducen los vecinos en sus testimonios, no fue otro que Andrés era homosexual (en los informes y declaraciones se dirá siempre, como era corriente en el lenguaje machista de la época, afeminado, invertido, etc.). Ana, al poco tiempo, reanudó relaciones con el que era su novio antes de casarse, Rafael Hormigo, de El Saucejo, viviendo juntos y teniendo varios hijos. Cuando se produjo el golpe militar y el pueblo fue ocupado, Rafael Hormigo huyó a zona republicana y Ana se marchó a casa de sus padres en Villanueva. Andrés Díaz, por su parte, fue detenido por orden del Comité de La Puebla, junto a los derechistas más significados del pueblo y encerrado en la cárcel doce días, hasta la llegada de la columna del Comandante Figuerola, el 31 de julio de 1936. A su salida ingresó muy pronto en Falange, colaborando muy activamente en la “pacificación” del pueblo.

    Hasta ahí la pequeña historia de una separación más, si no fuera porque la sublevación militar de julio de 1936, sería la que pondría el punto y final a la ruptura de la pareja. En septiembre, Ana Lineros fue asesinada. No fue la primera ni la última de las mujeres de Villanueva a las que se les aplicó el Bando de guerra. Su asesinato sería uno más de los que se cometieron y cayeron en el olvido si no fuera porque Ana estaba en avanzado estado de embarazo y, según la memoria popular, dio a luz cuando era asesinada”

    El  hecho –un crimen legal perpetrado por alguien amparado de la impunidad de la camisa azul-   produjo un impacto considerable en la localidad, hasta el punto de que la autoridad militar se sintió obligada a intervenir, pero al final de cuentas, todo queda en nada, y la ley del silencio se impuso. No hay ninguna duda de que su asesino fue Andrés Díaz González, un tipo que murió como tantos otros, sin haber pagado el equivalente de una multa de tráfico. Yo no lo recuerdo, aunque tuve que haberlo visto muy a menudo de niño, entre oras cosas porque vivía en las proximidades del cine de verano, un lugar que formaba parte de mi atención diaria. Me cuentan lo desagradable que era, y el desprecio que le rodeaba. Sin embargo ese desprecio no pudo jamás manifestarse, a lo máximo le sucedería como a otros, que a su sepelio a lo mejor fueron únicamente los más allegados, los que no podían faltar. Recuerdo el de uno de ellos allá en 1980, porque me llamó la atención. Detrás del féretro apenas si caminaban media docena de personas, y casualmente, una de ellas era un viejo conocido.    Me acerqué a interrogarle, y me hizo un aparte para contarme el porqué no había nadie: “Es que este hijo de puta era de los de la pistola. Yo he venido porque su hijo es cliente mío y no tiene culpa de nada”. Creo que le contesté: “No. Bastante desgracia tiene con haber tenido semejante padre”.

      El crimen de Carmen Lineros fue condenado al anonimato, lo fue incluso en un lugar pequeño en el que se hablaba de todo. De haber sido asesinada por los “rojos”, habría tenido calles en numerosas ciudades, y si hubiera sido una persona de orden, de misa, ya haría tiempo que habría estado canonizada.

http://www.kaosenlared.net/noticia/dios-espana-asesinato-ana-lineros