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Segovia: camisas azules en las ruinas de San Agustín

El Norte de Castilla, | 14 marzo 2010

Los restos de la iglesia albergaron en el pasado grandes demostraciones de adhesión a la dictadura de Franco

 

CARLOS ÁLVARO | SEGOVIA.

Las ruinas de la antigua iglesia de San Agustín languidecen en el olvido. Excepto los empleados municipales de Parques y Jardines, nadie tiene acceso a ellas. Los niños que juegan en los jardines de Carlos Martín Crespo y Luis Martín García Marcos utilizan la embocadura del acceso principal como portería de fútbol. La verja impide que la pelota se cuele y que nadie penetre en un recinto que rezuma olor a pasado. Los nombres de los caídos del bando vencedor durante la guerra civil llenan de letras los muros del templo derruido. En los días de lluvia, el agua se filtra por las juntas de las piedras y alimenta el musgo que cubre los contrafuertes. -¿Qué hay dentro? ¿De quién son esos nombres de las paredes, papá? -me pregunta mi hija. Como no sé qué responderle, voy a contarlo en este artículo, porque hay episodios del pasado que es preciso no olvidar, aunque duela.

Después de construir el hospital 18 de julio, el régimen de Franco aprovechó el arruinado ábside de la antigua iglesia de San Agustín -el templo, junto con el convento que se levantaba en el solar que ocupa el Policlínico, fue desamortizado en 1835- para erigir un monumento que honrara la memoria de los segovianos que lucharon en el bando ‘nacional’ durante la guerra civil española. La iniciativa, que partió del entonces gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Pascual Marín, acabó materializándose el domingo 11 de febrero de 1951, día en que se inauguró el «grandioso monumento a los gloriosos caídos segovianos», tal y como recoge la prensa de la época.

Las autoridades franquistas tenían contabilizadas en la provincia de Segovia 1.896 víctimas, que son las que aparecen inscritas en los muros de San Agustín. Evidentemente, sólo están los que cayeron luchando al lado de Franco, porque los que lo hicieron por la República quedaron en el olvido para siempre, incluidos los más de doscientos segovianos que fueron asesinados en los primeros meses de la contienda por la acción represora de los sublevados el 18 de julio. La prensa y los propagandistas de Franco se encargaron de presentar el monumento como «símbolo del glorioso sacrificio de muchos miles de españoles, para que no les olvidemos jamás y vivamos una vida adecuada a su gloria», decían.

La noticia de la inauguración del panteón de nombres y fechas se abre paso en ‘El Adelantado de Segovia’ entre las informaciones que llegan de la guerra de Corea. El caudillo envió como representante a su ministro de Justicia, Raimundo Fernández Cuesta, que presidió el acto en medio de una gran parafernalia de banderas, estandartes, uniformes, sotanas y brazos en alto. Lo cierto es que el acto tuvo una relevancia mayúscula en una Segovia gris en la que raras veces ocurría algo de interés. La Subsecretaría de Educación Popular asumió la ornamentación de las calles, repletas de gallardetes y mástiles con banderas españolas y de la Falange. En numerosos coches de línea llegaron muchas personas procedentes de los pueblos.

Misa y desfiles

Elprograma oficial comenzó a las diez y media de la mañana en la Catedral, donde se ofició una misa. Una hora después, a las once y media, el gentío llenaba los alrededores de las ruinas de San Agustín. Había pancartas de adhesión al régimen con lemas de este tipo: ‘La Organización Sindical con Franco y la Falange’; ‘Las Hermandades y Cooperativas de Segovia saludan al Caudillo’; ‘Los agricultores segovianos con Franco. Arriba España’; ‘Aguilafuente saluda a los mandos nacionales’ o ‘La Falange de Coca, fieles a su Caudillo’.

La batería de honor del Regimiento con estandarte, banda y escuadra formó en la calle de San Agustín, además de una centuria del Frente de Juventudes y la banda municipal de Coca. Dentro de las ruinas, en el mismo ábside de la antigua iglesia, se levantaba una gran cruz de pórfido, y en el centro de los brazos, vertical y laterales, había cinco rosas simbólicas. En las paredes podían leerse los nombres de los caídos, agrupados por partidos judiciales. Desde las ventanas traseras del hospital, personal sanitario y enfermos presenciaban el ‘acontecimiento’. Los discursos de rigor comenzaron cuando llegó el ministro de Justicia, que lo hizo con retraso. Fernández Cuesta pasó revista a las tropas que le rendían honores mientras sonaba el himno nacional, y retumbaban los gritos de «¡Franco, Franco, Franco!». El ministro señaló en su alocución que los principios de unidad «son hoy más necesarios que nunca ante los acontecimientos que cabe prever en el mundo», mientras que el gobernador civil afirmó lo siguiente: «Aquí estamos, resuelto el ánimo, para jurar ante estas sombras sagradas que nos presiden, una pureza de actuación falangista que los momentos exigen».

El acto concluyó con un desfile que protagonizaron militares y falangistas, pero Fernández Cuesta aprovechó antes de regresar a Madrid para entregar las llaves de 35 viviendas a los beneficiarios de las mismas, lo cual tuvo lugar en la Delegación Provincial de Sindicatos, e inaugurar la casa de la Sección Femenina y el Hogar de la Falange ‘Francisco Franco’.

«Este monumento -subraya el periodista de ‘El Adelantado’- nos sirve para honrar la memoria de todos los camaradas que cayeron, no solamente para liberar a España de las garras del comunismo, sino también para que la vida nacional se desenvuelva dentro de una plena dignidad humana, formando todos nosotros una comunidad ejemplar de hombres libres y una España para todos los españoles». Tremendo.

Desde entonces, el régimen utilizó el Monumento a los Caídos como sede de sus manifestaciones patrióticas y actos de fe. Los falangistas organizaban actos conmemorativos todos los días 20 de noviembre, aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, así como los 29 de octubre, Día de los Caídos y de la Fe.

http://www.nortecastilla.es/v/20100314/segovia/camisas-azules-ruinas-agustin-20100314.html