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La memoria espera en una cuneta

Beti Vázquez. El Progreso, | 14 abril 2010

79 aniversario de la II República

 

14/04/2010 –

“El más alto llevaba abrigo y pantuflas, el otro unos zapatos que parecían nuevos”. Él siempre iba elegante, así que fue el gabán que años antes le había enviado su hija desde Argentina el que ayudó a dar con sus huesos detrás de la capilla de Cortapezas, en el municipio lucense de Castro de Rei. Allí compartía fosa común con ‘el otro’, el de calzado reluciente, posiblemente un guardia de Sarria que también murió fusilado.

Severino Rivas fue el primer exhumado en Galicia. La casualidad hizo que, el mismo día en que una calle se bautizaba con su nombre, su hijo Darío, acompañado por una sobrina, entrase en un bazar. Su acento forjado en la emigración lo delató. “¿Es usted turista?”, preguntó la dependienta. “No, soy gallego”, respondió. Explicó que había nacido en Lugo, pero el destino lo empujó a cruzar el charco hasta Buenos Aires. También le contó la historia de su padre, el ex alcalde socialista de Castro de Rei al que los falangistas pegaron un tiro en la cabeza y lo dejaron tirado en una cuneta el 26 de octubre de 1936.

Contra las ideas, fusiles

A la mujer le sonaba el cuento. “Me dijo que recordaba que cuando era joven vio como fusilaban a dos personas en la carretera, y me dijo que uno de ellos iba bien vestido, con un gabán. Mi hermana le había enviado uno… y deduje que podría ser él”, cuenta ahora Darío. Tiene 90 años y lleva la mayor parte de su vida intentando hacer justicia, acumulando papeles en una mesa de escritorio en busca de algún dato que ayude a demostrar que “la gente que estuvo enterrada u oculta, a la que asesinaron y amontonaron en fosas comunes, no son víctimas”.

Son “los héroes” que se enfrentaron a las tropas de Franco tras la sublevación de 1936. Los que defendieron un Gobierno elegido por el pueblo que acabó diseminado a ambos lados de la carretera. “Mataron nuestras ideas, ¡y eso no podemos permitirlo nunca, querida!”, enfatiza al otro lado del teléfono, desde donde su voz, erosionada por el paso de los años, adquiere un timbre casi metálico.

Cuando se cumplen 79 años desde la instauración de la II República, el 14 de abril de 1931, Darío Rivas presentará en Argentina una querella contra los asesinos de su padre, echando leña a la polémica que se ha abierto tras la decisión del juez Luciano Varela de sentar en el banquillo de los acusados a Baltasar Garzón por su afán de investigar los crímenes del franquismo. “No pueden incriminarlo, no pueden juzgar a un juez empeñado en conocer la verdad… ¡es una barbaridad!”, dice un indignado Darío, quien manifiesta su compromiso de recurrir al Tribunal de Estrasburgo si la causa sigue adelante. “Quienes ponen trabas a Garzón por no argumentar su causa no podrán hacer lo mismo conmigo. Yo tengo un motivo: ellos mataron a mi padre”.

Historias de la guerra

La historia de Severino es otra de tantas de la guerra “incivil” española. Elegido alcalde de Castro de Rei, estuvo en el cargo sólo unos meses y pasó por la cárcel hasta en dos ocasiones. La última vez los falangistas “lo secuestraron” en el café España, en Lugo, con una orden por la que debía ser fusilado por traición a la patria y posesión de armas. “Al haber mucha gente que se interesaba por mi padre, lo sacaron de prisión para pasearlo. Al día siguiente lo mataron y lo dejaron tirado en una cuneta”. Según consta en su parte de defunción, murió “en el margen derecho de la carretera a causa de una hemorragia provocada por un proyectil de arma de fuego”.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica desenterró sus restos en el 2005, gracias al empeño de Darío y a las declaraciones de los vecinos. Sus hermanos sabían dónde yacía, pero “se llevaron el secreto a la tumba porque sabían que yo montaría mucho lío y en plena dictadura los matarían a ellos y a mí”. La humedad de la tierra donde estaba sepultado lo fue tragando poco a poco, y sólo aparecieron algunas partes, como una pieza dental y un cráneo agujereado, que ya descansan en el panteón familiar al lado de su esposa. “Lo mataron con la cara hacia arriba para escarmiento de todos, que era el proceder de los falangistas, y le pegaron el tiro de gracia en la nuca. Esa es la triste noticia. Ellos lo llamaron paseo; yo lo llamo asesinato”.

El deseo de Darío sería juzgar a quienes mataron a su padre. Consiguió hasta el nombre del falangista que lo entregó a los militares, Andrés López, que emitió un escrito en el que informaba de los cargos contra Severino y en el que se despedía con un irónico ‘Que viva usted muchos años’ dirigido al Comandante. Aunque sabe que su deseo es casi una utopía. “Casi todos están muertos”, lamenta, para señalar a continuación con el dedo a alguien que por aquel entonces ocupaba el ministerio de Información y Turismo: Fraga Iribarne. “Debería sentarse en el banquillo como imputado, pero está muy mayor. Es mi amigo, me llamó ‘guerrillero incivil’ en un artículo en la prensa, y yo le respondí que nunca llevé pistola ni estuve en una trinchera”, cuenta, mientras ríe a carcajadas.

”España aún vive de su dictadura”

Darío Rivas no entiende la justicia española. O la entiende mejor que nadie. “Yo siempre digo que España siguió viviendo su dictadura. Ustedes tienen unas leyes que no son propias de una democracia, sino que fueron impuestas por unos vencedores a unos vencidos. ¿Por qué los del bando de Franco fueron enterrados y homenajeados, mientras los del otro bando, los que defendían un Gobierno legal, siguen en las cunetas?”, se pregunta.

 Su padre acabó en una fosa común detrás de la capilla de Cortapezas, fuera del camposanto, donde fue hallado 69 años después. El hijo quiso marcar el lugar con una cruz, pero el párroco no se lo permitió. Había que solicitar un permiso al obispado. “A mí se me ocurrió que lo único que tenía que decirle al obispado era que fue cómplice de asesinato y de ocultación de una víctima de la dictadura”, recuerda entre risas.

Darío llegó a Castro de Rei hace cinco años dispuesto a encontrar a su padre. Localizó a un hombre que vivía al lado del cementerio y que, cuando joven, ayudaba en misa. Fue él quién le dijo que de los dos fusilados en la carretera cuando lo mataron “el más alto llevaba abrigo y pantuflas, el otro unos zapatos que parecían nuevos”.

‘Tu niño mimado, Darío’

Cuando la Asociación para la Recuperación de la Memoria le devolvió sus restos, los enterró en el panteón donde yacía su madre con un epitafio cuya lectura estremece: ‘Descansa en paz, Te lo pide tu niño mimado, Darío’. “Cuando tenía seis años murió mi madre. Mi hermana estaba en Argentina y pidió a mi padre que me enviase con ella. Él, un hombre adelantado a su tiempo, me preguntó si quería ir. Me subió a un barco, subió conmigo y quiso saber de nuevo si cruzaba el océano o volvía a la aldea. Siempre fui su niño mimado. Siempre me dejó hacer lo que quise”.

Su voz entrecortada recuerda que “yo ya conseguí bastante”. Severino tuvo un desagravio público por los cargos de traición a la patria y posesión de armas, los cargos que lo llevaron a la muerte. Aún así, Darío seguirá adelante con su pelea por que el resto de las familias recupere los cuerpos. “¿Quiénes son ellos para ocultar la identidad de un abuelo o de un padre? Eso no es democracia, querida, es verdadera dictadura”.

La orden de procesar al alcalde republicano de Castro de Rei fue firmada con la pluma de un falangista, el mismo partido que ahora se persona en la causa contra el juez Baltasar Garzón por investigar los ‘paseos’ del franquismo. “En España se elogia la transición a la democracia, pero sus leyes fueron dictadas por Franco, que dijo que dejaría todo ‘atado y bien atado’, y lo ha dejado”. Darío no entiende tanto halago. Y por ello este miércoles interpondrá su querella. Espera que la balanza de la justicia se incline, por fin, hacia el lado de los ‘héroes’.

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