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La reconquista 4. El mito fundacional

José M. Roca. Nueva Tribuna, | 12 mayo 2010

El día que muere Franco señala el fin de una era y el comienzo de otra, erigida sobre la general desmemoria

 

NUEVATRIBUNA.ES – 15.4.2010

El país parece afectado por la repentina epidemia de Alzheimer que impide recordar los hechos más recientes.

Políticamente, la sociedad española de nuestros días se erige sobre el mito de la refundación democrática de la segunda restauración borbónica -o la tercera si se tienen en cuenta la de Fernando VII, en 1814, y la de Alfonso XII, en 1875- y la reforma del Estado plasmada en la Constitución de 1978, proceso conocido como transición a la democracia.

En nuestro moderno mito fundacional los elementos racionales y visibles, los componentes históricos y sociológicos verificables se combinan con pasajes ambiguos o notablemente oscuros, cuya vigencia explicativa se debe más a la creencia de los gobernados en la necesidad de compartir ciertas ficciones político -jurídicas, que a su relación con hechos verificables y actitudes demostrables. Pese a ello, ese relato se ha convertido en hegemónico.

Este discurso, surgido públicamente al intentar dirigir el sentido de aquellos hechos y luego brillantemente reformulado a la luz de los resultados, ha quedado, para uso interno, como la explicación dominante sobre la transición y, para uso externo, como un modelo que ha sido propuesto -exportado- a países de América Latina y del Este de Europa que han abordado cambios políticos similares.

Este relato sobre la transición, en que se reparten abundantes halagos para sus protagonistas, afirma, en síntesis, que el cambio de régimen desde la dictadura franquista hasta la monarquía parlamentaria fue un proceso democrático en sí mismo -transición democrática-, cuya realización ha sido posible por la madurez cívica del pueblo español, porque fue conducido de manera serena por una clase política responsable -tanto la élite originaria del franquismo como la surgida de la oposición democrática-, por el respeto mostrado por los llamados poderes fácticos, en particular por el Ejército, por la intercesión de la Iglesia católica en favor de la reconciliación entre españoles, por haber estado impulsado por un noble motor -la Corona- y por haber sido patroneado hasta buen puerto por un excelente timonel -el Rey-.

Esta delineada explicación, ideal, o mejor dicho ideológica, pues responde a intenciones derivadas de conveniencias de grupo y de intereses de clase, al hacer que esa interesada representación de la realidad sea asumida por toda la sociedad española, destaca los acuerdos, elimina las diferencias y oculta los intereses particulares, que, provenientes, sobre todo, del bloque social dominante en la dictadura, han conseguido pervivir posteriormente amparados en el interés general, nacional y pretendidamente racional, del nuevo Estado de derecho. Nos hallamos, pues, ante una muestra del hilo que une la narración histórica con el cálculo político.

Como sucede con otros mitos, para poder cumplir satisfactoriamente su función aglutinante, el moderno relato legitimador necesita ser recordado, repetido, hasta convertirse en la incuestionada explicación dominante que adquiere socialmente la misma consistencia que un mito; que lo tenido por cierto, sin refutación racional posible.

Pero nuestro moderno relato fundacional, el discurso que debe ser recordado, se yergue, curiosamente, sobre la amnesia.

El día que muere Franco señala el fin de una era y el comienzo de otra, erigida sobre la general desmemoria. El país parece afectado por la repentina epidemia de Alzheimer que impide recordar los hechos más recientes. Epidemia si cabe más dolorosa porque hace olvidar no eventos remotos sino la historia inmediata, la historia personalmente vivida por la gran mayoría de los españoles. A partir de esa fecha, los ciudadanos deben renunciar a sus recuerdos y esperar lo que los amanuenses de la transición decidan imprimir sobre sus mentes.

El consenso con que empieza la transición -el pacto para no hablar del pasado ni exigir cuentas, y el acuerdo sobre las reglas de juego del régimen democrático- se prolonga como una amenazadora sombra hacia el porvenir; el consenso táctico -el acuerdo coyuntural entre élites políticas- se convierte en el diseño estratégico de la desmemoria social y en el compromiso doctrinal que habrá de alumbrar la interpretación posterior de los acontecimientos según lo acordado en aquel pacto fundacional erigido sobre el olvido.

José M. Roca – Escritor.

http://www.nuevatribuna.es/noticia.asp?ref=32956