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“Los culpables. Pamplona 1936”

La Librería de El Sueño Igualitario, | 22 mayo 2010

De Galo Vierge

 

Se puede adquirir al precio de 17,50 euros a través de La Librería de El Sueño Igualitario

190 páginas

Los culpables es uno de los pocos testimonios escritos de lo ocurrido durante la Guerra Civil en Pamplona. En él, un testigo directo de los hechos habla del régimen de terror que se implantó en Navarra tras la sublevación militar de 1936.

Galo Vierge nos muestra en Los culpables los centros desde los que operó el nuevo orden del terror: los Escolapios, sede del mando requeté, donde los detenidos entraban vivos para salir como cadáveres andantes hacia las cunetas; el Gobierno Militar y el Civil, de donde partían las órdenes de «libertad» que suponían la «desaparición» de los prisioneros; la Comisaría, alrededor de la que estaban apostadas las «patrullas de la muerte»; la cárcel, en la que cientos de republicanos de los que Vierge nos da nombres y detalles de sus vidas, esperan sobrevivir a las «sacas» diarias –«exterminio de todos los que no piensen como nosotros», era la orden terminante del General Mola–. Y hasta la cárcel llegan los ecos de matanzas como la del Día de Santa María la Real en las Bardenas, cuando el obispo Olaechea declara la «cruzada», así como las anécdotas siniestras de un régimen del terror en el que el miedo impera lo mismo en la vida pública que en la privada, como un adelanto de la larga dictadura que viene.

Frente al horror y la brutalidad imperantes, Galo Vierge se propuso no dejar caer en el olvido los hechos de los que fue testigo. El resultado es este libro que reivindica tanto la dignidad como la memoria de los vencidos por el procedimiento de sacar a luz la verdad.

 

Deia, 9 de Mayo de 2010

AQUÍ el que falta es que ha desaparecido”, escuchó el hermano de José Zapatero, cuando fue a explicar, a la Comandancia Militar de Pamplona, que a su hermano, al que reclamaban insistentemente, para su alistamiento a filas, lo habían fusilado el 23 de agosto de 1936, en las Bardenas. “¡Salga por esa puerta antes de que me arrepienta y lo mande a prisión! En la España de Franco no se fusila a nadie…”.

Galo Vierge (Pamplona 1906-1997) es autor de un libro estremecedor, Los culpables. Pamplona 1936. Lo escribió en 1942. Oculto durante décadas, vio la luz en 1988, en una edición muy limitada de autor. Es “uno de los pocos testimonios directos de lo ocurrido durante la Guerra Civil en Pamplona” (Ed. Pamiela). Galo, el mayor de ocho hermanos de una familia con muchas penurias, estuvo asilado, dos años, en la casa de La Misericordia. Esa fue toda su formación. Hijo de un carpintero asalariado, el joven Galo ejerció de recadero y de peón; intentó ser torero para levantar a la familia. Se especializó como obrero metalúrgico. Era un autodidacta con inquietudes intelectuales, y socialmente comprometido, afiliado a la CNT. A Galo lo detuvieron los requetés el 31 de julio del 36, cuando regresaba del tajo. Lo llevaron a su domicilio. Tras registrarlo todo, sacaron sus libros a la calle y los prendieron fuego. También la Biblia que tenía sobre la mesilla de su dormitorio, junto a un libro de Tolstoi. “¡Será la protestante!”, dijeron.

El día del Alzamiento, en la plaza del Castillo, abarrotada de falangistas y requetés, Galo escuchó: “¡Esta tarde a Madrid, a matar más gente que Dios!”. En Navarra, “todos los días aparecían muertos en las cunetas… por requetés que exhibían en sus pechos el detente bala con el Sagrado Corazón de Jesús”. Familias enteras desmochadas, como los cuatro hermanos Goicoechea. O los Eguía, otros cuatro: el 26 de marzo del 37, en la procesión de Semana Santa, el paso de la Dolorosa se paró, en un imponente silencio, frente al número 73 de la calle de San Antón. Unos gritos desgarradores emergieron desde el balcón: “¡Virgen Santísima…! Tú lloras porque te han matado a tu hijo. ¡Cuatro hijos! ¡Cuatro hijos me han matado a mí!”. Su dolorido esposo, “la retiró a la fuerza del balcón… y la Dolorosa, escoltada por la Guardia Civil, fue izada a toda prisa”.

A Galo se lo llevaron hacia el fuerte de San Cristóbal. En aquel pinar, al fondo de la carretera, “los falangistas y los requetés ya habían fusilado a innumerables presos políticos” al día siguiente de proclamarse el Alzamiento. Del fuerte bajaba un automóvil y se paró junto al coche donde llevaban a Galo. Salió un capitán cuya cara “reflejaba un aspecto noble”, y preguntó a los requetés a dónde llevaban al detenido. “Al fuerte”, respondieron. “¿Ya le han pasado por la comisaría?”. “No, señor”. “¿Qué eso de llevar a los detenidos al fuerte sin pasar por esa obligación? ¡Venga, a comisaría ahora mismo!”.

Galo permaneció tres meses y medio en prisión. Pudo salvar su vida, gracias a que “estaba recomendado” por una popular comadrona de Pamplona (vecina y amiga de sus abuelos) cuya hija estaba casada con el hermano de un jefe de requetés. Días antes de salir (Galo estaba casado por lo civil, tenía dos hijas) el capellán de la cárcel le advirtió de los riesgos que corría si no arreglaba tan anómala situación: ¿A qué obedece esa manifestación antirreligiosa y perjura que va contra la ley de Dios?”. A los pocos días, se oficiaban en la cárcel dos matrimonios eclesiásticos, el de Galo y el de su compañero Lorenzo Yoldi, de veinte años. Días después, el 16 de noviembre de 1936, Galo salió de prisión. A Yoldi lo fusilaron ese día.

“Un ex preso político se sentía más seguro alistándose al frente, al Requeté o la Falange, que permaneciendo en retaguardia”

“Tras dejar cincuenta y dos víctimas en la gran fosa, regresaron a tiempo para incorporarse a la procesi

Ser liberado no era una panacea. Un ex preso político “se sentía más seguro alistándose al frente -al Requeté o a la Falange- que permaneciendo en la retaguardia”. Al poco de salir de la cárcel, a Galo lo visitaron los falangistas: “Tiene que acompañarnos a comisaría, donde le van a tomar declaración”. Intuyendo que era una trampa, él reiteraba que no se montaba en aquel auto. Uno, lo encañonó. “¡Dispare si quiere, pero mire lo que tengo entre mis brazos!”, le dijo, mostrándole a su bebé. Se marcharon, amenazándole que volverían si no se presentaba.

Galo tuvo que recurrir al salvoconducto prometido. “Si te ocurre algún problema, acude a mí y trataré de resolverlo”, le había dicho el jefe requeté que intermedió en su liberación. Galo fue a verlo a los escolapios, sede del cuartel general requeté. Estaba en misa, y tuvo que esperar. Al verlo salir, acompañado de otro jefe requeté, Galo se estremeció al escuchar de éste último (tras preguntarles a unos jóvenes requetés que si ya habían cogido a fulanito): “¡A ese hay que traerlo esta noche vivo o muerto!”.

Cuenta Galo que, años después, una mujer, gravemente enferma, le rogó que fuera a su casa. “Me suplicaba, sollozante, que la perdonase por aquella falsa delación”, en la que también “estaba implicado un cura” (da el nombre) “propietario de todas las viviendas y huertos que rodeaban la plazuela del camino a Esquíroz”. Galo la perdonó, y entabló con ella una cierta amistad.

En 1941, Galo Vierge fue enviado a Madrid por su empresa, Huarte y Cia, a labores de desescombro en la bombardeada ciudad universitaria. Un día coincidió con un paisano, doctor oftalmólogo, que visitaba aquellas ruinas donde había combatido como oficial requeté. Se hicieron amigos. El oftalmólogo recordó pasajes estremecedores: como aquella escaramuza en la que apresaron a una patrulla de los guardias de asalto, defensores de la República. Lo más horrible, le dijo, fue cuando el jefe mandó fusilarlos. “Sentí en mi corazón una verdadera compasión hacia aquellos hombres que no habían cometido ningún delito, sólo cumplían su deber… Fueron enterrados debajo de la escalera de piedra, las baldosas hacían de lápidas”.

El oftalmólogo, escribe Galo, lamentaba los centenares de “crímenes de guerra” cometidos en Navarra. Una cosa, le decía, era enfrentarse con el enemigo en el campo de batalla, “defendiendo un ideal más o menos justo, y cuyo lema era Dios, Patria y Rey”, y otra cosa era lo que sucedía en la retaguardia: “donde quedaban agazapados los asesinos y cobardes, que a costa del sacrificio de los demás trataban de conquistar un codiciado puesto…”. En Navarra fueron ajusticiadas más de 3.000 personas.

Uno de los pasajes más escalofriantes de Los culpables es el acaecido el 23 de agosto del 36. A la misma hora que toda Pamplona había salido a celebrar una fastuosa procesión de desagravio a la Virgen del Rosario, Santa María la Real (“el obispo, D. Marcelino Olaechea, hizo una carta pastoral, invitando al acto a todos los navarros”), salían de la prisión dos autocares con presos cuyo destino era una gran fosa, abierta el día anterior en las Bardenas. Éstos creían que iban a ser liberados, tal vez canjeados. La Junta de Guerra, denuncia Galo, “con hombres que se tenían por muy católicos”, sabía lo que ocurría a aquella hora. También el obispo, que había mandado a aquel paraje solitario a varios de sus curas, para asistir espiritualmente a los fusilados. “Uno de los sacerdotes era Antonio Añoveros, más tarde obispo de Bilbao”. Muchos años después, Monseñor Añoveros provocará la mayor crisis entre la Iglesia y el franquismo, cuando éste sometió al obispo a arresto domiciliario y Arias Navarro intentó expulsarlo del país.

Al bajar de los autocares, cuando “los presos fueron obligados a pasar, en fila, delante de los “ministros del Señor”, cundió el pánico”. Aturdidos, algunos reos se confesaban. Otros se desmayaron al oír las primeras descargas. Unos pocos huyeron, pero fueron cazados: excepto Honorino Arteta que, herido, emprendió una huida épica, hacia Francia. Los requetés y los falangistas -tras dejar “cincuenta y dos víctimas” en la gran fosa, entre ellos Constantino Preciado Trevijano, torero, amigo de Galo-, regresaron a tiempo para incorporarse al final de la procesión. De nuevo, el Sr. Obispo repitió: “No es una guerra lo que estamos haciendo. ¡Es una cruzada! Y la Iglesia, mientras pide a Dios la paz y el ahorro de sangre de todos sus hijos, de los que la aman, y de los que la ultrajan y quieren su ruina, no puede menos que poner cuanto tiene a favor de los cruzados”.

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