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Militares italianos en la Guerra Civil española. Italia, el fascismo y los voluntarios en el conflicto español

La Librería de El Sueño Igualitario, | 5 mayo 2010

Carlos Murias, Carlos Castañón, José María Manrique García

 

Se puede adquirir al precio de 24 euros a través de La Librería de El Sueño Igualitario

336 páginas. 16 x 24 cm

 

Si analizamos la internacionalización del conflicto español de 1936-1939 desde una perspectiva militar, la participación en el mismo de las Fuerzas Armadas y de los camisas negras de la Italia fascista ha sido, quizás, uno de los temas menos tratados por los historiadores en general, a pesar de suponer la mayor aportación de hombres y material bélico hecha por una sola nación a la conflagración hispana y de que los integrantes del Regio Esercito, la Milicia Voluntaria per la Sicurezza Nazionale, la Regia Marina y la Regia Aeronautica tuvieron una destacada actuación por tierra, mar y aire.

Militares italianos en la Guerra Civil española describe la historia, la organización y el material militar empleado por el contingente italiano, desde su modesto inicio en la campaña de Málaga hasta llegar a ser, a partir de noviembre de 1936, un verdadero ejército expedicionario totalmente profesional que trató de influir decisivamente en la dirección de las operaciones militares de los sublevados comandados por el general Franco. Esta influencia se vio trastocada por la derrota de Guadalajara, que limitó considerablemente su margen de actuación. Sin embargo, hasta el final de la guerra, los italianos lucharon con gallardía en las campañas del Norte, en Teruel, Levante y Cataluña, organizaron y colaboraron en diversas academias, tanto de oficiales como de suboficiales, vigilaron y bloquearon el Mediterráneo para el Ejército nacional y su aviación participó en prácticamente todas las campañas del conflicto.

Carlos Murias nació en Zamora en 1970. Licenciado en Derecho, desde muy joven su gran pasión es la historia militar, especialmente la de la Guerra Civil española. Actualmente es colaborador de la revista de historia y actualidad militar Ares Enyalius y ésta es su primera obra sobre la contienda española.

 

Carlos Castañón, periodista e investigador militar, ha publicado numerosos artículos de temática histórica y militar en publicaciones como Revista Española de Historia Militar, Ares Enyalius o Historia de Iberia Vieja. Es coautor de una monografía sobre artillería cohete del Ejército español y ha prestado su colaboración a diversos escritores contemporáneos en asuntos relacionados con la Guerra de Marruecos, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Es propietario de una magnífica colección de fotografías bélicas de los conflictos más representativos del siglo xx.

José María Manrique García (Burgos, 1949) es coronel de Artillería, Diplomado de Estado Mayor. Ha estado destinado, entre otros, en el Grupo Antiaéreo de Jerez, en El Aaiún -capital del antiguo Sahara español-, en el Regimiento Lanzacohetes de Astorga, en la Brigada Acorazada XII -El Goloso- (Grupo ATP y Cuartel General), en la Academia de Artillería y en el Grupo II/71 de Getafe. Cuenta en su haber con los cursos militares de Electrónica -Detección y localización de objetivos-, Guerra NBQ, Superior de Personal y Gestión Logística. Asimismo, es piloto privado de ala fija, de vuelo sin motor y paracaidista deportivo. Autor de varios libros y monografías, también ha publicado numerosos artículos en “Memorial de Artillería”, “Boletín de Difusión de Artillería” y en las revistas “Defensa”, “Ejército”, “Armas y Municiones”, “War Heat Internacional” e “Historia Militar”.

 

Algunas consideraciones previas

El conflicto intestino español que estalló el verano de 1936 fue un choque revolucionario que venía larvándose desde tiempo atrás, cuyas causas, tanto internas como externas, fueron ciertamente complejas. Por ello, como veremos sucintamente más adelante, es difícil de encasillar aquella guerra, fundamentalmente ideológica, en sus vertientes religiosa y política, sin caer en simplificaciones peligrosas o tendenciosas. Sobre todo porque tampoco fue meramente civil, tanto en los componentes ideológicos como en los económicos y estratégicos, estando implicados en su desarrollo diferentes naciones y grupos supranacionales.

Lo anterior tiene claro reflejo en su denominación y definición. Históricamente, y como tal figura en los documentos de la época, el término alzamiento o sublevación se empleó indistintamente por los habitualmente conocidos como nacionales para describir los sucesos acaecidos entre el 17 y el 19 de julio de 1936, por lo que, en su propia terminología, ellos mismos eran alzados o sublevados. Para sus oponentes, los ahora denominados casi unánime y únicamente republicanos —aunque utilizaron para sí mismos, en muchas ocasiones, calificativos como leales, frentepopulistas o gubernamentales—, los sublevados eran golpistas, rebeldes, insurgentes, facciosos o fascistas.

En esta última denominación ya aparece la clara impronta ideológica: fascistas, un término muy en relación con la materia que conforma este libro. También lo era el término nacionales frente al internacionalismo de las corrientes social-comunistas. En este sentido, tanto las instrucciones de la Tercera Internacional (febrero de 1931), como las del VII Congreso de la Internacional Comunista (Moscú, julio de 1935), invitaban a convertir España (y Portugal) en una «República Soviética Ibérica». Las fechas propuestas para el comienzo de aquella revolución, versión corregida y aumentada de la de 1934, según testimonia el general Díaz de Villegas en su obra La paz española (Editora Nacional, Madrid, 1964), estaban próximas al mes de agosto de 1936.

Y, desde luego, existió la no mencionada hasta ahora denominación de los sin Dios, aplicada a quienes, así autodenominados, propiciaron la mayor persecución religiosa de la historia. La Iglesia acuñó el término de cruzada, pues para ella fue, en gran medida, una guerra de religión.

El azul, color de la camisa falangista, fue determinante para la propia catalogación de los componentes del bando nacional, quienes lo utilizaron para definir, en muchas ocasiones, a unidades militares. Como ejemplo más notable podemos considerar la denominada Patrulla Azul, la primera patrulla de caza de la Aviación nacional, al mando del mítico piloto García Morato; inicialmente, alguna vez se utilizó el término de blancos, por similitud con la relativamente cercana guerra civil revolucionaria rusa.

Y lo mismo se puede decir del color rojo, que los gubernamentales gustaron de emplear en sus banderas y símbolos, a imagen y semejanza del ejército y de la revolución que era su modelo, la soviética, para autocalificarse con verdadero orgullo. De esta manera nos encontramos con la Guardia Roja del acorazado Jaime I, con la escuadrilla Alas Rojas de Sariñena, con la juventud Bandera Roja, con el periódico para los combatientes Frente Rojo, o con la cuestación popular a favor de los combatientes republicanos denominada Socorro Rojo. A su ejército se le titulaba oficialmente como Ejército Popular de la República (EPR).

Por último, la República organizó gran parte de su propaganda basándose en el supuesto de que aquélla era una nueva «guerra de la independencia» contra la invasión de las tropas italo-germanas, mientras que el régimen de Franco siempre utilizó el concepto de «guerra de liberación» frente al comunismo.

Los autores en ningún caso vamos a eludir utilizar cualesquiera de esas denominaciones según convenga en cada momento, por razones de tipo estilístico, literario o de mero abuso en la reiteración de términos, sin que en ello pueda verse afán peyorativo o malintencionado alguno.

Sirva lo anterior para centrar la ayuda de la Italia fascista, la más desinteresada de cuantas recibieron los combatientes españoles de ambos bandos, y la actuación de aquellos soldados italianos en España, los cuales, en no pocas ocasiones, lucharon contra compatriotas suyos, anarquistas y comunistas, encuadrados en numerosas unidades del otro bando.

Antecedentes

Entre 1861 (proclamación de Víctor Manuel II como primer rey de Italia) y 1871 (el Estado Vaticano quedaba reducido a un barrio romano) nacía Italia como Estado moderno; en ese mismo periodo, España pasaba por una de sus más convulsas épocas, incluso con un rey italiano, Amadeo I de Saboya (1869-1873), en su trono. Por entonces la población española era de unos 16 millones, frente a 22 millones que poblaban Italia.

En el Mediterráneo, solamente Francia contaba con un imperio norteafricano (Argelia) e Inglaterra había conseguido el Canal de Suez. En 1881 la ocupación francesa de Túnez, como protectorado, y la anexión inglesa de Egipto, generaron el encono italiano; un año más tarde, Alemania, Austria e Italia firmaron la Triple Alianza frente a Francia. Ante esa situación, Italia se expandió hacia Abisinia (1887-1889), y en 1896 se reconocían las colonias italianas de Eritrea y Somalia, prácticamente al tiempo que España perdía Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

En el ambiente internacional cuajó la catalogación de España como potencia derrotada, viéndose presionada a entregar algunos de sus derechos en todo el mundo; concretamente, en África se cedió a Francia y Alemania gran parte de los de Guinea en 1900, ampliando las cesiones anteriores de 1884-1885. En 1902 se proclamó rey a Alfonso XIII y ese mismo año se pactó el primer acuerdo hispano-francés con relación a la zona de influencia española en África, el cual sería revisado a la baja en 1904, debido, fundamentalmente, al miedo de Maura a inquietar a los ingleses, aunque por vergüenza no sería publicado hasta 1911. Tras la crisis del Imperio turco, en el año 1902 se firmaba el pacto secreto Berrère-Prinetti, por el que Francia se adjudicaba unilateralmente Marruecos e Italia se quedaba con Libia.

Cuando en 1911 franceses y alemanes intervinieron en Marruecos, Canalejas, con una firmeza desconocida en la política exterior española, movilizó tropas y organizó una expedición que dejó a salvo los intereses españoles; iba a ser la primera —y la última— ocasión en que la España liberal hablara fuerte en el lenguaje internacional.

En ese contexto, tras el triunfo de las tesis anglo-francesas en la Conferencia de Algeciras, celebrada en 1906, y que contemplaban el reparto de Marruecos en dos protectorados y la Zona Internacional de Tánger, Italia declaró la guerra al Imperio otomano en 1911-1912, haciéndose con el control de Tripolitana y Cirenaica (Libia) como colonias, a la vez que ocupaba Rodas y el Dodecaneso.

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial Italia se declaró neutral, aunque un año más tarde el afán por «liberar» del Imperio austrohúngaro los territorios irredentos del norte —Trieste y Trentino-Alto Adagio—, y la ambición de otros en el Adriático y África, le hizo unirse a la Triple Entente, pese a que al final conseguiría muy pocas ventajas territoriales —«victoria mutilada», fue la denominación italiana de aquel resultado— a cambio de quinientos mil muertos y un millón de heridos, más una grave crisis socioeconómica. Mientras, España se desangraba en la larga guerra de África de 1909-1927, pero con bajas incomparablemente menores a las italianas. Y en el mundo sonaba el aldabonazo del triunfo de la Revolución rusa de 1917, tras un intento fallido en 1905.

De toda esta época le quedó muy claro a Italia que, en caso de conflicto con Francia, para cortar las líneas de aprovisionamiento francesas entre Argel y Marsella debería controlar el eje Valencia-Baleares-Cerdeña o, al menos, impedir su control por Francia.

 

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