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El legado de una familia franquista

Público, | 6 junio 2010

Cultura compra los archivos personales de Severiano y Rafael Martínez Anido

 

PEIO H. RIAÑO MADRID 05/06/201

La confianza es una cuestión de propaganda. Basta con que los enemigos hablen mal de alguien, para ver refrendada la lealtad de sus compañeros. El odio que se sea capaz de despertar también es una forma de definirse. A Severiano Martínez Anido la propaganda le reportó grandes aliados durante su carrera como militar represor. El general fue uno de los cargos más crueles de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y un estorbo en puestos claves con la de Francisco Franco. Las crónicas en la prensa conservadora el día después de su muerte, en la víspera de la Navidad de 1938, hablaron de él como “un excelente militar, gran patriota, político enérgico y austero”; ensalzaron su “lealtad, su honradez, su valía”. “Todas sus imponderables virtudes cívicas estaban avaladas por la inquina desesperada, por el odio obsesionante, por los violentos ataques que mereció de todos los enemigos de España”, se puede leer en la edición de Sevilla del ABC.

En los próximos días llegará al Centro Documental de la Memoria Histórica en Salamanca el archivo personal de la familia Martínez Anido, desde principios de siglo XX hasta nuestros días. La Junta de Calificación del Ministerio de Cultura ha comprado por 15.000 euros a los herederos los documentos, entre los que se encuentra la copia de la carta que Unamuno mandó a Severiano en septiembre de 1936 pidiéndole disculpas por un artículo escrito diez años atrás sobre su proceder como gobernador civil; los mensajes en los que el abogado republicano Alejandro Lerroux, ya exiliado en Portugal, le expresa su “absoluta confianza en el triunfo de la causa nacional”; el borrador de renuncia como ministro de Orden Público de Franco; la correspondencia con Pepe Quiñones de León, diplomático retirado en París, en las que le cuenta los preparativos de la sublevación del ejército; una carta de 1931 en la que su secretario le anima a quedarse con unos fondos sin destino por valor de medio millón de pesetas; y el archivo fotográfico y militar de su hijo, Rafael Martínez Anido, capitán de la Legión durante la guerra civil, entre otros objetos.

Un archivo excepcional

Según fuentes del ministerio, se trata de un archivo excepcional porque no es habitual que el bando sublevado entregue sus papeles. Entre los que se conservan destaca el borrador de renuncia que Severiano Martínez Anido preparaba, unos meses antes de morir, para entregar a Franco. En el escrito demuestra el ocaso de sus días de honores. Por primera vez, como él mismo escribe al generalísimo, ve sus “facultades mediatizadas y sin disponer de la libertad de acción que tanto se necesita”. El problema era la nula división y separación de tareas entre los ministerios de Orden Público e Interior, dos órganos con las mismas funciones, enfrentados y carentes de “un margen material que limite las acciones policíacas y administrativas”.

Arranca la carta con un “mi querido y respetado general: Constituye para mí un verdadero dolor tener que interrumpir con una preocupación más su cotidiana y gloriosa labor guerrera al frente de nuestras tropas”. La retórica de la sumisión, la amenaza y el miedo es otro de los atractivos de este archivo, en los que la trayectoria familiar de los Martínez Anido, como protagonistas de una España golpista y fascista, les hace bailar de un lado a otro del poder, arrastrando rencores y revanchas que se consuman cuando ocupan posiciones desahogadas tanto con Primo de Rivera como con Franco.

El general, anciano y menospreciado, no soporta que ministros más jóvenes no se sometan a sus exigencias. Lo achaca a una falta de “respeto por la edad y el empleo”. Incluso se diría que aquel sanguinario militar se vuelve hasta escrupuloso con los métodos del órgano represor rival: “Llegando a castigar en su actuación al extremo de detener a personas respetabilísimas, castigar de una manera cruenta en mi jurisdicción a detenidos para lograr declaraciones y otros excesos, que dejan en muy mal lugar a la policía en general, por ser una de sus funciones el evitarlo y garantizar el amparo y respeto de las personas”, escribe sin cinismo.

Unamuno frente al rencor

Aquel Martínez Anido que al caer la Segunda República regresó corriendo de su exilio en Francia para “poner su espada al servicio de la patria”, llegó con todos los galones por delante, dispuesto a sembrar orden entre quienes se habían atrevido a cuestionar sus funciones y servicios junto a Primo de Rivera. Fue el caso de Miguel de Unamuno, que escribe una carta llena de disculpas al tiránico personaje, en la que se arrepiente de sus “adjetivas locuciones y

excesos de lenguaje” de unas palabras dichas por el viejo filósofo hacía más de diez años.

Unamuno le demuestra su sometimiento lamentándose por haberle herido con aquellos términos “tan en lo vivo”. Dubitativo, amenazado, de un lado a otro, desestimando sus adjetivos, pero confirmando sus juicios, redacta un sobrecogedor pasaje para librarse de la muerte por represalia: “No me doy clara cuenta de que al cabo de este tiempo y de lo que en él ha pasado, y sobre todo lo que está pasando ahora, pueda nadie resucitar viejos agravios casi enterrados, ni con qué fines”, escribe.

“Más de todos modos, me siento en el deber de decirle”, continúa Unamuno, “y en medio del actual desenfreno patológico de pasiones políticas, que si en aquellos días, mucho más serenos que estos, me pude exceder en la dureza y la rudeza, a las veces cruel, de expresiones en mis juicios, no creo que a la actuación gubernativa y policíaca de ustedes entonces, por perjudicial que me hubiera parecido, le llevó egoísta móvil de lucro personal y que trató usted de dejar a salvo su estricta honradez”.

Un poder sin límites

El militar de méritos en Filipinas y Marruecos, ayudante honorario de Alfonso XIII y director de la Academia de Infantería, se ganó las glorias en 1917 aplicando mano dura como gobernador militar en Barcelona durante las primeras manifestaciones obreras. “Y allí, en Barcelona, en medio de la gran marea, un hombre mantenía firmemente el timón. Acababa de llegar con la misión de volver las aguas a sus cauces y mantener a toda costa la normalidad”, Severiano tenía 55 años y una reputación por delante que adornar con un sinfín de atentados, extorsiones y asesinatos. En el primer mes que estuvo al frente del puesto, murieron 22 personas en las represalias. Creó con la ley de fugas una de las páginas más sucias de la historia, y fundó el sindicato libre, que junto con los servicios de la policía, trituraron a la CNT.

Martínez Anido era un peso pesado dentro y fuera de España. Las misivas que le envió el diplomático y golpista Pepe Quiñones de León confirmaban que no había desaparecido ni en el exilio: “La situación militar buena, pero falta de aviones. Se trata por todos los medios de remediar. Situación militar embrollada, pero confío que no irá a mayores. El hecho de que Italia y Alemania hayan admitido acudir a la Conferencia de los Cinco, es decir, con Inglaterra, Francia y Bélgica, me da cierta esperanza”, le escribe el antiguo embajador español el 2 de julio de 1936. Incluso llega a proponerle formar parte de la futura Junta Nacional de Defensa.

Notable también es la carta de agradecimiento que el 23 de septiembre de 1938 le escribe Alfonso XIII desde Lausana. “He recibido tu amable carta y muy de corazón te agradezco la parte que tomas en mi inmenso dolor por la muerte de mi hijo Alfonso ocurrida en las tristes circunstancias que tú conoces. Recibe un fuerte abrazo de tu antiguo y buen amigo”.

El léxico del miedo

La palabra se hace de nuevo amenaza con los aterrorizados escritos del cordobés Lerroux, quien, a salvo en Portugal, pretendía garantizarse un retorno a España sin consecuencias, después de haber sido presidente de la República. En una carta con el membrete de su despacho madrileño en O’Donnell, el abogado, en un bochornoso tono, le pide disculpas por no haberle contestado a dos cartas y un telégrafo que Severiano le mandó cuando estaba al frente del Gobierno.

El general le ha hecho llegar su enfado por un tercero, años después. Lerroux, muerto de miedo, le explica: “Mi cortesía no le hubiese dado por respuesta la grosería del silencio y mucho menos aún mi gratitud, porque si usted en cumplimiento de su deber ordenó dos veces mi prisión -como en su caso hubiese hecho yo- no puedo olvidar, ni olvido, ni olvidaré la atención, benevolencia y caballerosidad con que trató a mi mujer y a mi hijo”.

El pánico que se cuela entre las líneas de las cartas de este archivo recuperado para la memoria es la prueba del odio y el rencor con el que se levantó el orden y la tranquilidad que demandaba la familia franquista.

http://www.publico.es/culturas/318131/legado/familia/franquista