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La memoria reta a la cal viva en Benamahoma (Cádiz)

La Voz Digital, | 20 junio 2010

Un parque acoge los restos de 110 fusilados de la Sierra

 

 

El Ayuntamiento destina a uso público el recinto donde se encuentra la principal fosa común del pueblo

Carmen Menacho tenía nueve años cuando su madre le dio un puñado de monedas envueltas en un pañuelo y le dijo: «Por si no vuelvo». Los falangistas de Villamartín habían ido a buscar a su padre hasta la choza del carbonero, en la sierra de Santa Lucía. Su esposa se empeñó en acompañarlo. Un vecino del pueblo la avisó: «Corre a Prado del Rey y pide clemencia. El que duerme aquí, no amanece». Lo fusilaron el 25 de agosto, en la tapia del cementerio de Benamahoma. «No hay nada que hacer», le habían advertido en el cuartel. «Está en la lista».

Hay, al menos, otros 109 cadáveres en esa fosa. Muertos suficientes como para que, durante meses, las paredes sangraran. Los fluidos empapaban la tierra y encharcaban la calle empedrada que baja hasta el río. Las autoridades ya no sabían qué hacer. «Es agua», decían. Y por la noche vaciaban en la tumba sacos y sacos de cal viva. De día, las mujeres rumiaban su desgracia y limpiaban el reguero con arena y sosa.

Cuando, hace unos años, el Ayuntamiento inició las catas previas a la excavación, los arqueólogos fueron tajantes: «Aquí no quedan huesos». Los 110 hombres de la tumba se habían convertido en un único bloque de cal.

Carmen acudió ayer, nerviosa pero entera, a la inauguración del Parque de la Memoria de Benamahoma, donde descansa su padre. «Mi hijo no sabía si traerme. Pero yo le dije que sí, que aguantaba». Y Carmen aguanta, de pie, los rigores del protocolo. Y la flama de junio. Y el discurso, lento y amable, del alcalde. Y las palabras, obligadas, de la alcaldesa de Grazalema. Y los agradecimientos infinitos de la diputada. Y el corte solemne de la cinta. Y las fotos. Y los aplausos. Aguanta, quieta, mientras la misma puerta que se abrió entonces para Francisco Menacho, se abre ahora para ella.

En el parque de la memoria hay un mural con siluetas: las sombras de las víctimas, abrazadas en la pared. Y una escultura de piedra, con hombres y mujeres inmóviles, que miran hacia la fosa, congelados en el tiempo, de espaldas a la calle. Han plantado algunos árboles que aún tienen que crecer mucho para dar sombra. El lugar donde reposan los muertos está acotado con una hilera de pétalos y ramas. Enfrente, han colocado 110 velas.

Velas y poemas

María Sarmiento y su hermana dejan un ramo de flores sobre la tumba de su padre, obrero y republicano. Pilar Jaime Oliva pone otro, en recuerdo de su abuelo, sindicalista y trabajador del campo. Antonio Domínguez comienza a recitar un poema en memoria de su hermano, fusilado con 19 años, «no sé por qué». Pero le faltan las palabras. Empieza de nuevo. No se acuerda. La voz se le ahoga. Alguien aplaude. Los vecinos se acercan en silencio y prenden las velas.

Termina el acto. El programa del día incluye la inauguración de una muestra de esculturas, de Andrés Montesano. Y la proyección de un documental sobre la represión en Grazalema y Benamahoma. Y un ágape de cierre, con tapas, refrescos y cervezas.

Pero Carmen aguanta allí todavía, conmovida y serena, del brazo de su hijo. Aguanta las valoraciones de unos y de otros, los apretones de manos, los abrazos, los reencuentros, las preguntas inoportunas de algún periodista. Aguanta mientras una ‘troupe’ de vecinos, familias con niños, políticos y cámaras, pasean por el cementerio viejo, y salen a la calle después de haber pisado el albero con una mezcla de respeto y alegría. «Porque éste no es un día triste», dice. Aunque lo parezca.

http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20100620/sierra/memoria-reta-viva-benamahoma-20100620.html