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¿Historiadores o novelistas?

Lorenzo Cordero. La Voz de Asturias, 04-07-2010 | 5 julio 2010

La Historia es una larga ´novela´ escrita por veteranos historiadores incondicionales del poder

 

“Denostada hoy como mito y mentira, la Transición fue el resultado de una larga historia española iniciada por un sector de quienes fueron jóvenes en la guerra y continuada por un puñado de quienes fueron niños en la posguerra”. Esto es lo que ha escrito Santos Juliá en un reciente artículo (“Duelo por la República Española”. El País – 25-Junio-2010. pág. 31). Cuando la historia se simplifica, como lo hace el citado historiador en este trabajo, el resultado que se obtiene es más una ficción novelada que una realidad historiada. Y si a esa simplificación (intencionada) se le añade una espesa dosis de subjetivismo, ocurre lo que decía Pierre Vilar: se corre el riesgo de dejar el monopolio de la Historia en manos de los novelistas.

Con la Guerra Civil Española –aquel horror provocado por el golpe militar del 18 de julio de 1936- ha ocurrido, precisamente, lo que Vilar les advertía a sus colegas un año después de la muerte de Franco. La Historia –con mayúscula- de los sucesos ocurridos durante el trienio español del 36 al 39; la de los siguientes cuarenta años de dictadura pura y dura, y, ahora, la de los 33 años de Transición (dicen que democrática), es una larga novela escrita por los veteranos historiadores incondicionales del poder; por los conversos, que proceden de las antiguas filas de la historiografía científicamente tratada, e, incluso, por los amateurs de la nueva ciencia histórica convenientemente esterilizada por los sanitarios del franquismo. En la España actual –que es la de la Transición- sólo hay dos opciones para ejercer, profesionalmente, como historiador: una, sumergiéndose hasta el fondo en las turbias aguas de la escuela historiográfica fundada hace años, por Joaquín Arrarás; otra decidiéndose por continuar con la de Manuel Tuñón de Lara. Con la primera el éxito como novelista de la Historia está asegurado; con la segunda, los problemas que se acumulan para alcanzar un reconocimiento popular de sus méritos historiográficos científicos son demasiados y tremendos.

Quizás, esto explique –en parte- los bandazos que, últimamente, protagonizan algunos historiadores, que tenían fama de serios por su objetividad, al deslizarse desde el rigor académico analítico hasta penetrar en el espacio –comodísimo- de la fabulación histórica, la vieja retórica españolista y la posibilidad de recibir el Toisón de Oro…

Adjudicarles a los que fueron jóvenes de la guerra el papel de iniciadores de esa mutación política –del fascismo a la democracia-, y, luego, continuadores del proceso a quienes fueron niños en la posguerra, es una generalidad que, ciertamente, contribuye a mitologizar el fenómeno. Ni todos los que fueron jóvenes en la guerra, ni todos los que eran niños en la posguerra fueron los alquimistas de esa divina transustanciación ideológica que experimentó el franquismo para que una dinastía pudiera regresar al lugar que, hacía casi 50 años, había abandonado voluntariamente a consecuencia de sus propios errores.

La Transición fue una salida –dicen que la única posible- facilitada para un régimen cívicomilitar agotado políticamente, que había llegado al final de sus días; probablemente, porque se había excedido personalizándolo de una manera poco inteligente, en quien lo representaba, de cuyas responsabilidades personales, excesos y abusos cometidos –por él o en su nombre- sólo respondería ante Dios y la Historia. Al agotarse su propia vida, se agotaba también su régimen. Por consiguiente, urgía prolongarlo antes de que el caudillo se presentara ante el tribunal divino e histórico, que –con toda probabilidad- lo absolvería…

El primer indicio de una Transición institucionalizada, seguramente que fue la Ley de Sucesión. Esta fue la primera piedra que los jóvenes de la guerra (es decir, los franquistas) labraron en 1947 para, luego iniciar los cimientos del tránsito. Franco había decidido –junto con sus edecanes, democratacristianos principalmente- que su sucesor fuera un príncipe de sangre real (¿borbón o carlista?), o quien demostrara ser capaz de continuar fielmente con la causa del Movimiento Nacional.

La mecha de la discordia, en el seno del régimen, que era un polvorín, se encendió cuando se optó por Juan Carlos. La Falange se mosqueó: esta sucesión es una restauración, y la consideraron lesiva para el Movimiento al interpretarla como un sometimiento a la continuidad dinástica que se había roto el 14 de abril de 1931. Los falangistas preferían la instauración, no la restauración. Cuando la tromboflebitis concluyó su eficaz trabajo, y la estructura vital del dictador se derrumbó, se siguieron labrando más piedras para levantar el pedestal que, a su debido tiempo, habría de servir de base para el Movimiento, ya transformado en Monarquía… Probablemente, es en este período de los trabajos de mampostería para concluir la Transición, cuando algunos de los que fueron niños en la posguerra aportaron sus mejores obras de cantería artística. Hay quien asegura que la Transición es el momento fundacional de nuestro actual sistema democrático (…). Desde la superioridad moral de la libertad, se completó por fín el testamento de Azaña, pues se hizo la paz, hubo piedad, y se perdonó. (“La insobornable verdad”. Gregorio Marañón y Bertrán de Lis. “El País”. 28 –junio- 2010. pg. 29). Esta es otra gran fábula para enriquecer el mito de la Transición.

¿Por qué ese empeño en adornar, ahora con nuevos mitos y fábulas el pedestal de la Transición? ¿A qué se debe el afán revisionista de ese trampantojo que es la Transición? Sencillamente, a que la Transición es desde sus inicios, la única base legitimadora de la Monarquía; la cual, a su vez podría justificar también la próxima sucesión del heredero de aquel que sustituyó al soberano dictador. Parece ser que es necesario recrear esa vieja metáfora de la Transición democrática (sin demócratas) porque la dinastía lo necesita de nuevo. Supongo que, a partir de este momento, los novelistas de la Transición van a tener infinidad de oportunidades para ponerse a escribir otro fabuloso capítulo de la eterna Historia Sagrada de España.

Lorenzo Cordero. Periodista

http://www.lavozdeasturias.es/noticias/noticia.asp?pkid=561355