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Entrevista: Tiempo de represión, silencio y disparates

El País, | 19 julio 2010

Jesús García de Dueñas impartirá un curso magistral en Santander sobre Cine prohibido

ÁNGEL SÁNCHEZ HARGUINDEY 17/07/2010

El historiador cinematográfico Jesús García de Dueñas impartirá un curso magistral en la Universidad Menéndez Pelayo, en Santander, sobre Cine prohibido. Censura y represión bajo el franquismo, con la proyección de cuatro filmes

Fueron 38 largos años de censura sobre la frágil industria del cine español, décadas en las que la represión más feroz se entremezclaba con el delirio y el disparate absurdo. Tantos años de control absoluto no podían dejar indemnes ni a los propios censores, que no solo censuraban lo invisible y prohibían en función de sus retorcidas hipótesis sobre los, en su opinión, ocultos fines del realizador, sino que alguno de ellos acabó escribiendo y publicando alguna bazofia con pretensiones de literatura erótica. Del 19 al 23 de julio, el historiador cinematográfico Jesús García de Dueñas impartirá un curso magistral en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, sobre Cine prohibido. Censura y represión bajo el franquismo.

PREGUNTA. La primera pregunta, ¿de qué hablamos cuando hablamos de cine prohibido?, es la misma con la que usted comienza su curso.

RESPUESTA. Es una interrogación retórica, puesto que el contenido del curso se refiere a la deliberación de la llamada eufemísticamente “Junta de Apreciación de Películas”, nada más acabar la Guerra Civil, para implantar los mecanismos de control que el sistema franquista había decidido establecer con objeto de salvaguardar la salud moral de los españoles. Años después de su puesta en marcha y funcionamiento regular, el ministro Gabriel Arias Salgado se jactaba de que gracias a la actividad de la censura se habían “salvado” miles de almas nacionales

… Cuando hablamos de cine prohibido nos referimos, en rigor, a uno de los episodios más infames de la presión agobiante de la dictadura, porque no solo se prohibía, sino que se obstaculizaba e impedía la circulación libre de ideas y pensamiento.

P. Cuénteme algunos casos de los expedientes de censura.

R. Sería interminable referenciar los casos -extravagantes, pintorescos y siempre tremendamente crueles- de tales expedientes que, por cierto, pueden ser consultados en la sección cinematográfica del AGA (Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares), pero, por citar uno de los más divulgados y expresivos de la maligna actitud censora, evocaré lo que sucedió con un guión de Berlanga, en cuya primera página se leía: “Secuencia 1ª. Exterior Noche. Plano General de la Gran Vía”. El diligente censor tachó en rojo la línea, y cuando le preguntaron la razón argumentó que, conociendo a Berlanga, seguro que lo que iba a mostrar era a unos cuantos obispos entrando en Pasapoga… Más allá de lo esperpéntico que pueda resultar este hecho, la anécdota revela la irracional obcecación y la suspicaz contumacia de aquellos defensores de la moral franquista.

P. Todo parece indicar que Berlanga fue el director español más castigado por la censura, ¿qué otros problemas tuvo?

R. Uno de los más llamativos, si es que la imagen fantaseada de unos cuantos obispos ingresando en la sala de fiestas paradigmática del vicio capitalino -y que es lástima que nadie se haya atrevido a rodar aún- no fuera suficiente, es el que le congregó en varias reuniones con el famoso padre Garau, eminente teólogo jesuita y activo censor en la época, a propósito de las vicisitudes de la escritura del guión de Los jueves, milagro (1957). Según cuenta el propio Berlanga a su confidencial biógrafo Antonio Gómez Rufo, “hasta llegaron a contratar a un cura, un cura censor, el padre Garau, para que me ayudara. ¡Joder con la ayuda! El tío escribió 200 páginas sobre lo que debía hacer o dejar de hacer san Dimas. Ahora no recuerdo si figura como guionista en los títulos de crédito, pero yo lo propuse seriamente, incluso con mi abogado, que entonces era mi paisano Vizcaíno Casas”. No hay que dejar pasar la ocasión para mencionar que uno de los principales accionistas de la productora en cuestión era Alberto Ullastres, significado miembro del Opus Dei y, a la sazón, ministro de Comercio. Pero con todo lo siniestramente gracioso que pueda resultar todo esto, a mí me parece particularmente significativo lo que sucedió con ‘La muerte y el leñador’, en la película de episodios Las cuatro verdades (1962), en la que el rubio actor alemán Hardy Krüger encarnaba inapropiadamente -todo hay que decirlo- a un castizo organillero madrileño: las escaramuzas con la censura son memorables en esta ocasión, escandalizando la escena en la que un jumento hace sus aguas menores en la superpoblada piscina sindical. A partir de este momento, el realizador valenciano está en el punto de mira, si es que no lo estaba ya.

P. La primera de las proyecciones que se incluyen en el curso es Rojo y negro, un filme del falangista Carlos Arévalo que sin embargo fue retirado por la propia productora, asustada de las posibles repercusiones de su estreno. ¿Qué mensaje incluía para tomar tan radical decisión?, ¿hubo más casos de películas de realizadores falangistas con problemas con la censura?

R. La película es de una espléndida calidad estética, y una verdadera rareza inflamada de ardor falangista que, según se ha reiterado sin fundamento, es prohibida personal y fulminantemente por Franco tras su estreno. La verdad es que, ante el temor de represalias por la índole inoportuna del mensaje conciliatorio, la propia productora -Arévalo P. C.-CIFESA- decide retirarla de la circulación, como ha quedado documentadamente probado en un penetrante estudio publicado hace algunos años por Alberto Elena. La historia de Rojo y negro (1942) no puede resultar más provocativa en los momentos álgidos del reforzamiento del nacionalismo patriótico, a poco de terminar una confrontación bélica que los vencedores asumen como gloriosa cruzada. Una de las circunstancias más curiosas de esta singular película es que fue asesorada, tanto ideológica como históricamente, por una personalidad tan destacada del régimen como José María Alfaro, pero, claro está, el atrevimiento, la ingenuidad o la inconsciencia de Carlos Arévalo son tan descomunales como para sugerir nada menos que la reconciliación nacional en una época tan temprana, cuando están sin cicatrizar las heridas de la Guerra Civil… Y hay otro caso de problemas graves de cineastas falangistas con el sistema. En esta ocasión, nueve años después, un grupo de falangistas de “izquierdas”, encabezado por el director, José Antonio Nieves Conde, y los escritores Eugenio Montes, Gonzalo Torrente Ballester y Natividad Zaro, se atreve a poner en marcha un proyecto que causa muchos quebraderos de cabeza al régimen: Surcos (1951), agria y seca historia de denuncia social sobre la migración rural a la ciudad. La película desafía frontalmente uno de los mitos más entusiastas de las políticas “sociales” franquistas: la atención laboral al fenómeno de las migraciones interiores y el asentamiento en las grandes capitales, especialmente Madrid, de grandes contingentes de campesinos.

P. En una de las sesiones del curso hace referencia a las triquiñuelas para burlar la censura. ¿Podría comentar alguna de ellas?

R. Lo normal era poner en el guión unas cuantas escenas salteadas que evidentemente no iban a pasar el filtro de los alertas vigilantes para distraer la atención de otras que interesaban mucho más y que pasarían, así, inadvertidas. Lo más frecuente era colocar como cebo situaciones de alto contenido erótico, muy llamativas, que distrajeran la atención de otras cuestiones que interesaban más a los cineastas.

P. Los realizadores jóvenes suelen hacer referencia a las dificultades económicas como una forma de censura. ¿Cree que esto es así, es decir, que existe una pervivencia represiva?, ¿es el mercado, también, un censor?

R. Los realizadores jóvenes tienen razón. Hay una pervivencia represiva y las leyes del mercado poseen reglas perversas, pero esto ocurría ya en esos años -demasiados- oscuros del franquismo, porque la llamada Junta de Apreciación y Calificación, al tiempo que controlaba el contenido, eliminando frases, disponiendo “arreglos y modificaciones” o prohibiendo lisa y llanamente, decidía unas clasificaciones que iban desde Interés Nacional a 3ª Categoría, pasando por 1ª, 1ªA, 2ª y 2ªA, a cada una de las cuales se otorgaba una asignación económica -en función del presupuesto presentado- y unas cuantas licencias de importación, todo lo cual estructuraba un sistema de premios a los dóciles y penalizaciones a los desafectos.

 http://www.elpais.com/articulo/portada/Tiempo/represion/silencio/disparates/elpepuculbab/20100717elpbabpor_40/Tes