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Santos Juliá en el limbo de los justos

Pedro Luis Angosto. Nueva Tribuna, 22/07/2010 | 23 julio 2010

Después de recibir las loas de Pío Moa, el eminente historiador Don Santos Juliá ha entrado en el limbo de los hombres justos y equidistantes

 

NUEVATRIBUNA.ES – 22.7.2010

Después de recibir las loas de Pío Moa, máximo exponente de los seudohistoriadores revisionistas que utilizan la causa general franquista como paradigma historiográfico inalterable, el eminente historiador Don Santos Juliá, biógrafo de Azaña y premio nacional de Historia, ha entrado en el limbo de los hombres justos y equidistantes…

Como tantas otras personas acomodadas, Juliá -al que muchos leímos sin demasiado deleite pero con interés, eran otros tiempos- ha cubierto la sinuosa senda que va del trabajo por develar el pasado que nos fue negado conocer hasta la historia oficial. Difícil viaje ese, doloroso viaje cuando en él se deja el coraje y la sabiduría, cuando de investigador se pasa a pontífice y a predicar verdades absolutas que casi nadie cree pero que complacen a los que siempre estuvieron complacidos con su victoria cuartelera, cuando se pasa de hurgar en la mentira para hallar la verdad, a darle la vuelta a la tortilla para quedarse dónde muchos, como el comisario Comín Colomer, ya estaban en los años cuarenta del pasado siglo.

El 25 de junio pasado, día de Santa Eurosia, virgen y mártir, Santos Juliá publicó un lamentable artículo en el periódico narcisista El País, diario que durante muchos años fue un referente para muchos pero que hoy apenas se diferencia de su homólogo matutino ABC. En el artículo en cuestión, titulado “Duelo por la República española”, Juliá, que parece haberse apropiado de Azaña para su personal uso, erigiéndose en su máximo intérprete y sacerdote, compara a los golpistas africanistas con aquellos que decidieron ser leales a la República, a quienes tenían la obligación de mantener el orden constitucional a toda costa, por sus juramentos y por sus sueldos, con quienes defendieron de un modo u otro ese orden sin estar capacitados para ello, pues, evidentemente, no era su trabajo. El historiador asustado, temeroso de que los españoles puedan decidir alguna vez por sí mismos, sin tutelas, sin transiciones impuestas, sin vigilantes, de que puedan de una vez por todas ponerse en paz con su pasado, argumenta que tanto en uno como en otro lado se quiso exterminar al disidente ideológico y que si en la zona republicana no se mató más fue porque ya no quedaba a quien matar -¿cómo se puede decir semejante barbaridad? ¿Está el Sr. Juliá en sus cabales?-, para lo que instrumentaliza los pensamientos íntimos de Azaña y los explica a su modo como si los demás lo necesitásemos a él para leer e interpretar al extraordinario político y escritor de Alcalá de Henares. Luego aduce, increíblemente, que de no haber triunfado los africanistas, lo habrían hecho los revolucionarios, con lo cual la República habría desaparecido igualmente.

En primer lugar, en los meses anteriores a la guerra civil, la situación social de España no se diferenciaba demasiado de la que se vivía en los países europeos de nuestro entorno. La conflictividad social en Francia era tal que muchos creían próximo el estallido de una guerra civil; en Alemania mandaba Hitler después de haber acabado con la República de Weimar y con el movimiento obrero; en Italia, Mussolini, y en el resto de Estados nada estaba claro.

En segundo lugar, Azaña sintió deseos de dimitir tras los crímenes de la cárcel modelo madrileña, pero antes se había negado a firmar la detención de los golpistas que figuraban en una lista que le entregó el Director General de Seguridad, José Alonso Mallol. Azaña sentía un inmenso dolor, como la mayoría de los republicanos, al ver arder su patria después de tantos sacrificios, pero pese a ese dolor continuó presidiendo la República española hasta casi el final de la guerra.

En tercer lugar, Azaña debió dimitir al sentirse incapaz de dirigir la resistencia al fascismo. Inevitablemente, cuando quienes tenían la obligación ineludible de defender el orden constitucional republicano decidieron utilizar las armas contra ese orden, todo era posible y cualquier medida adoptada por el pueblo para atajar la traición habría sido legítima.

En cuarto lugar, como muchas veces se ha dicho, Azaña tenía en su cabeza un modelo de Estado muy parecido al de la Tercera República francesa pero adaptado a la realidad española, lo que necesariamente obligaba a afrontar de una vez por todas una justa articulación del país reconociendo las peculiaridades de cada una de sus partes y a encarar las reformas sociales de calado a las que la oligarquía se opuso con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la Ley. Azaña fue un gran reformista para tiempos de paz, pero quiso olvidarse de que el verdadero núcleo de poder en España no estaba en la Gaceta ni en las mayorías, sino en la oligarquía tradicional y en la gran burguesía, que fueron quienes hicieron fracasar con sangre sus buenas intenciones.

En quinto lugar, jamás en la España de los años treinta habría triunfado una revolución social, primero porque no se daban las condiciones objetivas, segundo porque el Estado, de no haberse sublevado los encargados de mantener el orden, tenía resortes suficientes para controlar movimientos que nunca tuvieron una organización estatal; en tercer lugar, porque el Partido Comunista, muy minoritario antes de las sublevación, había aceptado el Estado parlamentario y no estaba por revoluciones de ningún tipo.

En sexto lugar, en cuanto los sucesivos gobiernos republicanos pudieron reconstruir medianamente el aparato del Estado cesaron los crímenes callejeros, que desde luego nunca se produjeron por órdenes de ningún ministro republicano. Me gustaría que el Sr. Juliá nos dijese quienes eran los Mola, Queipo de Llano y Franco de los distintos gobiernos republicanos.

En séptimo lugar, no fueron cincuenta mil los fusilados por Franco. La edad no es un límite para nada siempre que uno sepa barajarse, pero sí cuando se pierde la noción de la realidad y el control de la razón: A los fusilados que dice el Sr. Juliá habría que añadir, los 113.000 desaparecidos que todavía yacen en fosas, hecho sin precedentes en Europa Occidental; los ciento cincuenta mil exiliados y sus descendientes que nunca pudieron regresar a España; los miles de muertos por “enfermedad” en campos de concentración, cárceles, cuarteles y comisarías; los miles de torturados, los millones de castrados vitales e ideológicos que creó ese maravilloso régimen criminal durante décadas de opresión.

En octavo lugar sí, la transición fue el resultado de una serie de conversaciones que comenzaron en el exterior a principios de los cuarenta, pero esas conversaciones, gracias a Gran Bretaña y Estados Unidos no llegaron a ningún sitio, permitiendo que la dictadura sanguinaria se acabase por consunción, protegida como estaba por las grandes potencias democráticas. La transición tuvo su momento, pero no me venga ahora con monsergas, treinta tres años después de las primeras elecciones democráticas tenemos derecho a saber y podemos prescindir perfectamente de los manijeros de la historia.

Por último, para haber llegado al mismo lugar que Pío Moa, Zavala, Vidal, Losantos, La Cierva y compañía, podría usted, Sr. Juliá, haberse ahorrado tanto el viaje como las alforjas.

Pedro L. Angosto

http://www.nuevatribuna.es/noticia/37700/OPINI%C3%93N/retos-educaci%C3%B3n-p%C3%BAblica-madrile%C3%B1a.html