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Aquellos otros niños desaparecidos

Carlos Perales Pizarro. Diario de Cádiz, | 27 agosto 2010

Hasta hace muy pocos años esa barbaridad era reservada casi en exclusividad a la dictadura militar argentina

 

NUEVAMENTE en estos días aparecen noticias relacionadas con niños desaparecidos. Familias que denuncian, recordando las circunstancias de las desapariciones. En algunos casos, tras supuestas muertes de los recién nacidos y que no volvían a ver; en otros, simplemente desaparecían sin muchas más explicaciones. Incluso la Fiscalía se ha interesado por algunos de las supuestas desapariciones.

Hace algunos años, el programa de Paco Lobatón ¿Quién sabe dónde? se vio desbordado por la cantidad de consultas sobre familiares desaparecidos, en un porcentaje muy significativo ocurridas en los años posteriores a nuestra Guerra Civil.

Curiosamente, estos desaparecidos vuelven a tener actualidad, aunque en este caso no por un programa de televisión, sino por denuncias formales y que han dado origen al “mediático auto y posterior proceso contra el juez Garzón”, por su intención de investigar los crímenes del franquismo. Defiende Garzón, apoyándose en el Derecho Internacional, que el delito de “desaparición forzada” nunca prescribe, ni siquiera a través de nuestra Ley de Amnistía. No es mi intención en este artículo argumentar a favor o en contra del procesamiento del juez Garzón. Ya en otros foros he tenido esa ocasión. Sin lugar a dudas, desde el punto de vista de la recuperación de la Memoria Histórica, supone un sufrimiento añadido a las víctimas del franquismo, una discriminación más anotada en el deber de justicia para con estas víctimas.

Me quiero referir a aquellos niños perdidos del franquismo. Hasta hace muy pocos años era impensable que el régimen franquista hubiera cometido el delito “imprescriptible” de falsear, con el cambio de nombre, las identidades de miles de niños procedentes de familias republicanas, cuyas madres o estaban encarceladas o habían sido fusiladas. Hasta hace muy pocos años esa barbaridad era reservada casi en exclusividad a la dictadura militar argentina.

“Mala gente que camina” es el verso de un poema de Don Antonio Machado, que sirvió a Benjamín Prado como título de una novela suya, en la que se narraba parte de esta historia tenebrosa, que en ningún caso es una ficción, sino una mínima parte de la realidad. En 2002, la televisión catalana emitía un documental, basado en las investigaciones de Ricard Vinyes, sobre las desapariciones de los niños del franquismo, con el título “los niños perdidos del franquismo”. Desgraciadamente, este trabajo ha tenido una escasa difusión. Ha sido el auto del juez Garzón el que ha dado la máxima difusión y actualidad a un tema que permanecía siendo “tabú”. Quizás es el que más “malestar” provoca en los defensores del pacto de silencio suscrito durante la transición.

En dicho auto, basándose en todo momento en investigaciones y pruebas de máximo rigor, fundamentalmente las aportadas por el citado Ricard Vinyes, se detalla, se relata, con datos y testimonios espeluznantes lo que el régimen de Franco consideraba una labor esencial: recuperar y regenerar a los hijos/hijas de republicanas para el nuevo orden surgido.

Para ello, para la justificación de las acciones que se pretendían iniciar, contará con el Gabinete de Investigaciones Psicológicas, dirigido por el psiquiatra Vallejo Nájera, que tratará de investigar “las raíces psicofísicas del marxismo”. Autorizado por el propio Franco, experimentará con brigadistas internacionales en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña, en Burgos, y con presas republicanas de la prisión provincial de Málaga para identificar “el biosiquismo del fanatismo marxista”.

Así, con esta argumentación, se defendía la necesidad de que los niños y niñas debían ser segregados en centros adecuados, dado que la educación en ambientes democráticos y republicanos habían ido degenerando su formación. Y en su creencia de la necesidad de “reeducar” a esos niños, vio necesario “recuperar” a aquellos otros niños que el Gobierno de la República había enviado a países amigos. Para ello contaría con el Servicio Exterior de Falange Española. Desde este servicio se concreta un plan sistemático de recuperación de niños en el exterior. Eran, en definitiva, “raptados, robados, secuestrados” por agentes del Servicio Exterior de Falange y traídos a territorio nacional. Este plan, unido a las distintas disposiciones y decretos sobre huérfanos, auxilio social, cambio de apellidos, protección de menores, etc., permiten, bajo una “inmoral legalidad” desde el régimen una desaparición legalizada de menores de edad, con pérdida de identidad y cuyo número en la actualidad es indeterminado.

No sé qué pasará finalmente con la investigación abierta al franquismo. Ojalá se haga justicia a estas “víctimas de segunda”. Sí recomiendo la lectura del auto del juez Garzón. Es un auténtico relato de terror, real, ocurrido durante nuestra ominosa dictadura.

Una última recomendación: léanse algunos de los testimonios que recoge Gumersindo de Estella en su libro “Tres años de asistencia espiritual”. Sacerdote capuchino que estuvo de capellán en la cárcel de El Torrero, en Zaragoza, Gumersindo de Estella recoge las confesiones y las circunstancias de las personas que iba a ser fusiladas. Las más espeluznantes son las de aquellas madres a las que se les arrebata sus hijos para ser fusiladas. Aquellos hijos e hijas, ¿dónde estarán hoy? ¿Quién sabe dónde?

 http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/775628/aquellos/otros/ninos/desaparecidos.html