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Don Juan Negrín López

Pedro L. Angosto. Nueva Tribuna, 16/08/2010 | 17 agosto 2010

Fue ante todo un hombre bueno, un hombre que sacrificó su vida para evitar que en su país ocurriera lo que tras la victoria de los felones ocurrió

  

NUEVATRIBUNA.ES – 16.8.2010

Fue ante todo un hombre bueno, un hombre que sacrificó su vida para evitar que en su país ocurriera lo que tras la victoria de los felones ocurrió. Uno de los más grandes científicos y estadistas de este país logró salir de la mano de Moradiellos del vertedero de la ignominia y la mentira donde todavía yacen miles de españoles esperando que se haga la luz.

Éramos chavales, bastante revoltosos por cierto, de entre ocho y doce años. Corríamos por las calles embarrancadas, subíamos a los árboles, robábamos fruta para comerla en el acto, parábamos las acequias, registrábamos escritorios llenos de papeles sin sentido, baúles con olor a membrillo donde yacían sábanas, colchas de punto y algunos recuerdos, jugábamos horas y horas dentro y fuera de casa, patadas al balón de goma, cristales rotos. Judíos, gitanos, sois más malos que Negrín, nos decían los vecinos, los padres, los abuelos. Luego venía la alpargata, de vez en cuando alguna hostia, y otra vez la frase: Más malos que Negrín, más malos que Negrín…

El lavado de cerebro que acompañó al genocidio franquista –sin el cual no habría sido posible- surtió efecto en muy poco tiempo. Negrín, de héroe de la resistencia democrática pasó a villano en el régimen del Nacional-Catolicismo, del fascismo español. Sin embargo, nunca se sufrió tanta hambre –en todos los sentidos- como cuando los curas, los militares y los terratenientes recuperaron a sangre y fuego el poder que “por naturaleza” les correspondía. Las píldoras del Dr. Negrín, esas lentejas tan denostadas que fueron elegidas por el maestro de fisiólogos dado su valor proteico y energético para alimentar a un pueblo sitiado por todos lados, impidieron que la hambruna acabara con la vida de miles de personas en la zona leal. Ni alimentos nos vendían las grandes potencias democráticas temerosas de que el Führer enfureciera, pero sabedoras de que lo haría, de que lo había hecho ya en España, en Austria, en Checoslovaquia. Enrique Moradiellos, uno de los grandes historiadores de este país, escribió hace no mucho una tan monumental como esperada biografía, la de Don Juan Negrín López, cubriendo un vacío ya lacerante. Para ello no sólo contó con el archivo personal del gran científico y político, sino con los de la CIA, el FBI, el Foring Office, el KGB, los bancos de España, Francia, México, Inglaterra, Rusia y todos los archivos estatales de los países que tuvieron algo que ver, por activa o por pasiva, con la guerra y la posguerra española. Y no dejó cabos sueltos, es un libro de historia para la Historia.

Don Juan Negrín fue ante todo un hombre bueno, un hombre que sacrificó su vida para evitar que en su país ocurriera lo que tras la victoria de los felones ocurrió. Políglota –dominaba a la perfección cinco idiomas y con bastante tino otros tantos-, se formó en Alemania, siendo el maestro de casi todos los grandes fisiólogos españoles del siglo XX, desde Severo Ochoa a Grande Covián, pasando por García Valdecasas, José Puche, Blas Cabrera o Rafael Méndez. Comisario para la construcción de la Ciudad Universitaria madrileña, su meticulosidad y celo le llevaron en ocasiones a subirse a los andamios donde los albañiles trabajaban a marchas forzadas para acabar las nuevas facultades. Lo suyo fue siempre estar al pie del cañón.

La misma entrega, idéntico metodismo, ilusión, voluntad e ingenio que había aplicado a la formación de médicos y fisiólogos o a la supervisión de la construcción de la Ciudad Universitaria, dedicó Negrín a la política cuando de la mano de su íntimo amigo Indalecio Prieto accedió al Ministerio de Hacienda. Tras poner orden en las arcas públicas, Negrín, con el asentimiento del resto de ministros, decidió trasladar las reservas de oro a Rusia, el único país dispuesto a vender, y a qué precio, armas al gobierno democrático español. Años después de la guerra, Negrín entregó al Banco de España franquista justificantes pormenorizados que aclaraban en qué se había gastado ese dinero: Armas, comida y ayuda a los desterrados. Franco ocultó esos justificantes y siguió alimentado el mito de Satanás-Negrín. Ahora, Enrique Moradiellos –antes Ángel Viñas- nos los pone delante de los ojos junto con los de su archivo personal: No sólo se gastaron esas reservas, sino que el Gobierno español dejó sin pagar un crédito a la URSS.

Negrín sabía que sin la ayuda de las democracias la guerra estaba perdida. Soldados sin armas ni municiones, mal nutridos, difícilmente podrían ganar a un ejército bien pertrechado. Una y otra vez, hasta el final mismo de la contienda, apeló a las democracias para que obligasen a Franco a firmar una paz sin represalias; una y otra vez tanto Francia como Inglaterra se negaron, una y otra vez el fascista general Franco ignoró sus ruegos de paz sin venganza. Todos sabían lo que los fascistas españoles habían hecho en los territorios que habían ido tomando: Un exterminio político; también sabían lo que harían si ganaban la guerra. No se equivocó Negrín ni quienes le defendieron hasta la derrota. Negrín utilizó al partido comunista, nunca el Partido Comunista a él, para organizar la política de resistencia, seguro como estaba de que la guerra mundial estallaría de un momento a otro uniendo la causa de la democracia española a la de los aliados. El bienintencionado pero desgraciado golpe de Estado del coronel Casado dio al traste con su política de resistencia, pero Don Juan Negrín no se dio por vencido y desde la posición Yuste, en las proximidades de Elda, apenas custodiado por unos cuantos soldados, quiso proseguir la lucha junto a su pueblo. Salió de Alicante cuando los mercenarios le pisaban los talones, pero nunca se rindió.

Uno de los más grandes científicos y estadistas de este país logró salir de la mano de Moradiellos del vertedero de la ignominia y la mentira donde todavía yacen miles de españoles esperando que se haga la luz. Don Juan Negrín López, su verdad, nuestra verdad está al alcance de todos, lo que no quita para que quien quiera siga “instruyéndose” leyendo a ignorantes aviesos como César Vidal o Pío Moa: Éste es un grave problema de difícil y lenta solución, más cuando los historiadores e intelectuales “correctos” nutren las filas de la equidistancia cómplice.

http://www.nuevatribuna.es/noticia/38528/OPINI%C3%93N/hubiera-ganado.html