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Un cuento de verano que podría ser real

Tomás Montero, 12-08-2010 | 14 agosto 2010

Había una vez un Ministerio cuyos sucesivos responsables tenían el reto de democratizar y retirar cualquier vestigio que recordara su cruel pasado

 

 

“Cuento de verano” que no de navidad, que ha redactado Tomás Montero sobre el injustificable traslado del Museo del Ejército al Alcázar de Toledo por parte de la Ministra de Defensa Carme Chacón, tal como quería el Dictador y queda claro en el Decreto 335/1965 del propio Franco

 

Había una vez un Ministerio cuyos sucesivos responsables tenían el reto de democratizar y retirar cualquier vestigio que recordara su cruel pasado.

Empezaron por cambiarle el nombre y, en lugar de la Guerra, le llamaron de Defensa. Luego, como en aquellos tiempo sobraba el dinero, se anticipó la jubilación a quienes mantenían su carácter tirano para que la hicieran compatible con otros trabajos e ingresos. Más tarde, se fueron retirando caballos y jinetes, escudos y hornacinas, águilas, cabras y cabrones, pero todo despaciiiiito, muy despaciiiito, para no despertar al ogro que estaba presente en la montaña, bajo una roca que pesaba toneladas y siempre con algún ascenso por medio o alguna inversión obscena.

Pero llegó un momento en que era difícil seguir limpiando. Se trataba de un museo, donde para bien o para mal cabe todo lo antiguo. Qué dilema para los nuevos gobernantes Qué hacemos, se preguntaron. Etiquetamos debidamente las piezas como horrores del pasado o las hacemos desaparecer sin más.

Sabían que cualquiera de las dos opciones soliviantaría al ogro y sus ogreznos, así que se les ocurrió una feliz idea: trasladar el museo a un lugar querido por el ogro y aprovechar para “perder” su contenido más comprometedor en el camino (un despacho, una división del color de los gnomos…).

Pero amiguitos, los ogreznos se dieron cuenta y recurrieron rápidamente al ogro. ¡Que nos quieren quitar tus recuerdos, nuestra “gloriosa historia”!¡Es un truco!¡Qué no se lleven el museo!.

Y por muy fuertes y democráticos que se sentían los gobernantes (ya que habían sido elegidos por el pueblo), bastaron unos cuantos taconazos de ogreznos y algunos pergaminos que envió el ogro desde su descanso serrano para que tooooodo saliera al revés.

Ahora, se puede seguir venerando al ogro y todas sus crueles hazañas y, además, en el lugar que más le gustaba.

Moraleja: no lo habría hecho “mejor” ni Mayor Oreja.

Y colorín, colorado, este cuento nos ha decepcionado.

 

Por desgracia, la decisión de Carme Chacón de instalar el Museo del Ejército (al margen del poco rigor historiográfico desde una visión democrática del mismo), no sólo le da el gusto a los seguidores del golpismo y a los defensores del franquismo, negacionistas/consentidores de sus crímenes, sino que insulta a sus víctimas y a quienes constatamos que son precisamente ministros provinientes de un partido cuya militancia fue masacrada, los que ahora se burlan de la Memoria Democrática y claudican ante los símbolos y deseos más deleznables de sus artífices. Está claro que la decisión la tomó Franco, pero su ejecución en democracia no. Eso es lo grave.

Tomás Montero