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El noble republicano

Juan Cruz. El País, 10/10/2010 | 12 octubre 2010

Las memorias de Pablo de Azcárate eliminan las sombras sobre Juan Negrín

 

JUAN CRUZ

Las memorias de Pablo de Azcárate eliminan las sombras con que la Guerra Civil y la posguerra mancharon la figura de Juan Negrín, ex jefe del Gobierno de la II República

Hay una foto en la que el diplomático republicano Pablo de Azcárate está ante el teclado, escribiendo unas memorias con las que iba a quitarle a Juan Negrín, su amigo, de quien era confidente, pero también crítico, la oscura aureola del malo de la película. Del malo de la República.

Esos textos que Azcárate dejó escritos permanecieron inéditos, a pesar del esfuerzo de su hijo Manuel, exiliado como él. Manuel Azcárate, que trabajó con nosotros en la sección de Opinión de EL PAÍS y fue escritor y analista político, intentó que esas memorias se publicaran.

Y eran esenciales para entender la peripecia de Negrín, en la Guerra Civil y en el exilio. Ángel Viñas, que recibió de Carmen, hija de Manuel, el legado de estas memorias dispersas, dice que sí, que gracias a don Pablo ahora hay la documentación que faltaba para limpiar para siempre aquella sombría aureola que presentaba al socialista canario (de Gran Canaria) como el hombre que vendió la República a la Rusia Comunista.

Dice Viñas: “No todo estaba dicho sobre la gestión política de Negrín en el exilio”. Y gracias a esta memoria ahora se puede decir que quedarán otras cosas, seguramente, “pero sombra ya no hay”. Viñas ha editado las memorias de Azcárate y las ofrece ahora en la editorial Crítica.

La consecuencia de su pesquisa (tres años de trabajo, entre legajos en los que Azcárate incluyó manuscritos inéditos, cartas, reflexiones, del propio Negrín) le ha permitido a Viñas, historiador de la República, la guerra y sus consecuencias, diplomático ya jubilado de estos quehaceres, rastrear la peripecia que muestra a aquel político republicano sobre el que descansó la responsabilidad de la guerra.

Acaso el resumen de las sombras que se han ido despejando las dejó escritas The New York Times en la necrológica que publicó el 15 de noviembre de 1956, tras la muerte de Negrín, 10 años después de que fuera defenestrado del cargo (aún vigente) de jefe del Gobierno republicano y expulsado con deshonra del Partido Socialista Obrero Español, al que perteneció. Decía el periódico en esta pieza que Viñas recoge: “Pasará bastante tiempo hasta que la figura de Juan Negrín quede situada en la historia en su auténtico esplendor. Suscitó grandes pasiones durante su vida y se creó enemigos enconados, como también amigos devotos. El régimen franquista etiquetó falsamente al Dr. Negrín como ‘rojo’. Nunca, ni remotamente, lo fue… Para muchos, dentro y fuera de España, el Dr. Negrín representaba lo más noble de la República española y de los españoles que tan heroicamente lucharon contra el franquismo”.

Esa es la sombra que describe The New York Times, que desvela las falacias que cayeron hasta muy tarde, en su propio país, al doctor Negrín, fisiólogo cultísimo que se había formado en Alemania, que se había afiliado al socialismo y que vivió las consecuencias de una guerra en medio del descrédito al que también lo condenaron los suyos.

Los documentos de Pablo de Azcárate son una resma a veces informe de papeles que Viñas ha reconstruido con la paciencia de un monje; a esa paciencia la ayuda su experiencia como historiador, pero también el ámbito en el que vive, una casa de Bruselas que parece hecha para ser habitada por los libros y por los documentos, que se esparcen por todas las habitaciones como hongos en un bosque. Allí le vimos, y en su cocina (también habitada por libros) tomamos nota de sus descubrimientos, que están en este libro que se publica estos días.

Empezó Viñas contándonos la importancia que tiene, para entender la figura de Negrín, la biografía que ha hecho Enrique Moradiellos. Se ha escrito mucho, “y se ha escrito mal, con la relevante excepción de Moradiellos”, sobre el exilio de Negrín. Azcárate, jurista de profesión, catedrático, hombre de gran experiencia internacional como funcionario de la Sociedad de Naciones y como embajador republicano en Londres, se acerca a la figura de Negrín de forma “analítica”; lo sigue muy de cerca, Negrín lo utiliza “como su consejero, como su ministro de Asuntos Exteriores, aunque su verdadero ministro de Exteriores fuera Álvarez del Vayo, que vivía en Nueva York…”.

Azcárate, recuerda el historiador, “era un hombre frío que cuando se sienta a escribir utiliza su mentalidad analítica”, que va al grano, y se ocupa del exilio, del Gobierno y de sus ineficacias; no es una loa a Negrín; es la vida “con Negrín”. Dejó las memorias incompletas (don Pablo murió en 1971), y en esa materia informe se ha metido Viñas como si visitara los secretos de viejos amigos… Lo que más le sorprendió es la capacidad de Azcárate para transmitir la convicción de Negrín sobre “la legitimidad republicana”. Azcárate estima, como Negrín, que el Gobierno legítimo es el que está en el exilio, el que preside el político socialista. Azcárate “no era ni socialista ni comunista, no estaba adscrito a ningún partido político. Era esencialmente republicano”. Y aunque fuera una ficción, esa República sin territorio, él sigue defendiendo esa legitimidad. “El gran cáncer que termina haciendo metástasis”, evoca el historiador, “se centra en las querellas sobre quién es el sujeto de esa legitimidad. Las Cortes, dicen unos, el Gobierno, afirman otros. Este dilema esencial no estaba hasta ahora tan claramente expuesto en la literatura como lo hace Azcárate en sus memorias”.

Un punto culminante, y terrible de esa querella que hace metástasis se produce cuando a Negrín “lo echan a patadas en la reunión de Cortes, en México, en 1945”. Son páginas patéticas que Azcárate vive desde Londres. Dice Viñas: “Sobre esto también hay mucha literatura, pero Negrín nunca dijo una palabra, no está todo explicado. Como Azcárate no estuvo en México, tampoco pudo. Pero con los papeles que le envía Negrín y lo que él piensa hace una cierta presentación de lo que ocurre y cuáles son las consecuencias de ese tremendo cambio en la política republicana en el exilio”.

En 1943, Negrín había vislumbrado que el fin de la Guerra Mundial iba a abrirle las puertas del regreso, tras el consiguiente fracaso de Franco, y redactó un documento en el que exponía sus exigencias para la vuelta. “Reconocimiento de la existencia del Gobierno. Sin tal reconocimiento, y desvestido, por consiguiente, del mandato que se me confirió, no estoy dispuesto a intervenir en la vida pública más que como simple ciudadano a través del partido al que estoy afiliado y sometido a su disciplina, de la que tan sólo estoy relevado mientras presida un Gobierno de coalición”.

Viñas reproduce entera la nota. Y añade, a pie de página, una consideración que explica la dimensión de esta declaración melancólica del jefe de la República sin territorio: “Negrín reconocía su sometimiento como militante socialista a la disciplina del partido, pero no en su calidad de presidente de un Gobierno en el que tenía que templar gaitas con muchas otras tendencias en él representadas”.

Tres años después, su legitimidad moral (como militante) y su legitimidad histórica (como jefe de Gobierno) se van a la basura, cuando lo echan de todas partes.

Mientras tanto, él le había ido dando forma a un sueño, que Azcárate deletrea minuciosamente, con documentos que él va guardando en medio de las hojas de sus propias memorias. “Y lo que dice”, acota Viñas, “me suena muy verosímil. Toda la gestión política de Negrín en Londres tiene una orientación: cuando termina la Guerra Mundial vamos a ver si se arreglan cuentas con Franco o no, y hay una alternativa a Franco, que es el Gobierno legítimo en el exilio”. Para mantener esa ficción “o alternativa posible”, Negrín “hace lo humano y lo divino. Y Azcárate también, como fiel escudero”.

Lo cierto es que las Cortes lo desposeen de toda dignidad, y con ese vestido machadiano se vuelve a Londres. “Nadie sabrá qué hubiera pasado -si es que hubiese pasado algo- en el caso de que Negrín hubiera sido confirmado por las Cortes de México”. Añade Viñas: “Lo que sí sabemos es lo que pasó, que el nuevo Gobierno de Giral no tiene interlocutor, no lo conoce ni su padre. Y Negrín, que sufre la mayor derrota de su vida, tira la toalla porque es consciente de que ya no hay nada que hacer. Todo lo demás son futuribles”.

Ni Viñas ni nadie, y tampoco Azcárate, tienen “la menor idea de si, de haber sido reconfirmado Negrín como presidente del Gobierno”, hubiera tenido mejor interlocución con los aliados… “Azcárate divisa posibilidades de acción alternativas que no se tomaron”; y lo cierto es que el descrédito de la expulsión que sufrió Negrín (del Gobierno, del PSOE) alejó al ex mandatario de las relaciones que había mantenido con el Reino Unido…

Hay un lunar tan grande como la luna en la biografía de Negrín, que fue aventado desde todas las direcciones (los franquistas, los monárquicos, los socialistas, los trotskistas…): que el socialista canario “estuvo vendido”, también en la Guerra Civil, “a los comunistas”. “Me he llevado una gran alegría”, dice el historiador, “al comprobar que, por vías completamente diferentes, a través de la minuciosa reconstrucción de la acción política de Negrín durante la Guerra Civil- yo había llegado a las mismas conclusiones que Azcárate: Negrín nunca fue un juguete de los comunistas. Los embridó bastante bien durante la Guerra Civil y continuó pensando que de alguna manera tenían que estar presentes en la política española en una alternativa a Franco. ¡Como finalmente ocurrió!”.

En realidad, además, “Negrín no era procomunista. Lo que entendía era una cosa muy clara: que no podías separar radicalmente a los comunistas, había que meterlos en el tinglado. Aparte del testimonio de Azcárate, me he fijado en el de un antiguo ministro laborista, Noel-Baker, muy amigo de Negrín”.

A Viñas le sorprendió, en estas memorias a las que él le ha puesto cemento editorial, que Azcárate vislumbra, a partir de lo que le dijo Negrín, un futuro de España parecido a este que pisamos. “En los papeles que guardó se puede ver que Negrín tenía una visión del futuro como resultado de la conjunción de fuerzas de la oposición que no va a ser muy diferente de la que va a tener lugar en la transición”.

Le sorprendió, claro. “Es que hasta leer esto [las memorias de Azcárate] no sabía que Negrín pensara en esas dimensiones. Nadie conoce muy bien lo que pensaba Negrín en los años del exilio. De ahí viene, de lo que escribe y le da a Azcárate, de lo que escribe el propio Azcárate y de los documentos que éste conservó”. Y especula Viñas: “Negrín no era monárquico, claramente. Si hubiera habido una alternativa viable políticamente a Franco, desde el exterior, me pregunto si él no hubiera hecho causa común con los monárquicos…”.

Azcárate dice: “Las querellas de la guerra siguen en el exilio”. Fuera y dentro se culpó a Negrín (y a los comunistas) de la derrota. “Mienten”, dice Viñas. Tergiversan también la ahora aclarada disputa sobre el oro utilizado en la Guerra Civil, “basada en especulaciones que son completamente absurdas”: Negrín fue autorizado por el Consejo de Ministros en pleno, presidido por el socialista Largo Caballero, a enviar el oro fuera de España…

Dice Azcárate sobre Negrín: “Estaba entre los pocos auténticos hombres de Estado que han aparecido en la escena española en los tiempos modernos”. ¿Lo corrobora, Viñas? “Absolutamente… Viene de una formación científica alemana. No es Azaña, es un hombre diferente. Capta que la guerra es la guerra, y requiere disciplina. En segundo lugar, tiene claro que es una guerra internacional. España combate contra Franco, contra la Legión Cóndor, contra los italianos, contra el desprecio del que le hacen objeto las democracias. Y en tercer término, sabe que, aunque, como se decía en la época, ‘nunca se es suficientemente anticomunista’, la URSS es la que puede ayudar. Esos son los pilares de su estrategia. Y nadie diseña una estrategia alternativa, pero muchos políticos republicanos no están dispuestos a extraer las consecuencias operativas que se desprenden de eso”.

¿Podemos decir, Ángel Viñas, que aquel malo de la película es ahora el bueno de la película, a partir de lo que dice Azcárate, entre otros? “Ja ja. No es lo mismo. El malo de la película era el hombre en el que se cebaban todos los odios. No puedo decir que Negrín sea el bueno de la película, porque también hay otros que eran buenos. Pero ya se le ha ido quitando toda la caspa, todos los infundios y camelos que le han desfigurado. Fue el gran estratega de la República, el gran político de la República en guerra”.

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