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El terror de la incomunicación: la represión que no acaba

Silvia María Álvarez Merino, | 15 octubre 2010

Conclusiones de una exhumación desde la psicología

 

 

por Silvia María Álvarez Merino, Psicóloga de la exhumación de la Fosa nº1 de Menasalbas (verano de 2010) 

 

El terror se basa en la incomunicación.  

Rompa el aislamiento.  

Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.

Derrote el terror.

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Rodolfo Walsh, desaparecido en el régimen  de Videla.

 

Hace poco, el 30 de Septiembre de 2010, el presidente electo de Ecuador, Rafael Correa, fue objeto de un golpe de Estado por parte de la policía del país. El resto del mundo se ha echado las manos a la cabeza y, desde casi todas las opciones políticas, ha sido condenado.

Nadie habla de lo buen o mal político que es Correa; un golpe de estado está fuera de toda posible discusión: igual que no hay asesinato “bueno”. Sin embargo, cuando se habla de la guerra civil española, y su estallido en forma de sublevación militar, parece algo lejano, excusable por ser algo “coyuntural”. Pero si hablamos de Hitler, también de hace muchos años, pocos son los que niegan su brutalidad e inhumanidad. Es como si el régimen de Franco, en cuarenta años de gobierno, consiguiera lo que no logró Hitler: convencer a los países de que las violaciones de los derechos humanos cometidos bajo su gobierno eran justificables. Y no estoy hablando de que se lo crean fanáticos franquistas, como Pío Moa u otros autores; estoy hablando de algo más grave: la gente de la calle, y la mentalidad colectiva. Es muy peligroso excusar, de cualquier forma, golpes de estado, apresamientos políticos, censuras o desapariciones; peligroso porque, en un país donde se violan los derechos humanos y no pasa nada, se está abonando el terreno para nuevos abusos. Quizá por ello se ha anulado la Justicia Universal en España. Es escalofriante pensar que, si ocurre cualquier delito por parte de un Estado, los otros no harán nada y se cruzarán de brazos; como fue escalofriante el Tratado de No Intervención por parte de las democracias que no ayudaron al gobierno legítimo de la República.

Cualquier violación de los derechos humanos debería afectarnos a todos y cada uno; como bien dice Martin Niemöller ante los nazis:

“Primero fueron a por los judíos,

y yo no hablé porque no era judío.

Después fueron a por los comunistas,

y yo no hablé porque no era comunista.

Después fueron a por los católicos,

y yo no hablé porque era protestante.

Después fueron a por mí,

y para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí”.

             Las armas de los poderosos para subyugar todo un país a sus órdenes son siempre las mismas: ignorancia, desinformación, miedo, violencia e indiferencia. Como dice José Martí, “Los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes”. Y parece que en España hay muchas pruebas de que estas armas, sembradas por un régimen fascista y dictatorial durante cuarenta años, aún habitan entre nosotros:

             No se ha investigado de ninguna manera los crímenes del franquismo, y a quien ha intentado hacer algo, dícese el juez Garzón, le criminalizan. Mientras, en otros países, actualmente incluso, se están juzgando a los responsables de desapariciones y otras violaciones de los derechos humanos muy similares, como es Videla.

Nadie se plantearía ni condenaría, si matan a un niño, que su familia quiera que se juzgue a los responsables. Menos aún se les tildaría de vengativos o rencorosos. Sin embargo, a los represaliados del franquismo, se les achaca eso ¿Por ocurrir hace mucho tiempo, ya deja de ser un crimen? (volvamos al juicio de Videla) ¿Por ser en un entorno de conflicto, es excusable? (recordemos los juicios sobre las torturas en Irak) ¿Es que algunos muertos valen menos que otros? (también hubo niños asesinados y secuestrados en época franquista).

Nos olvidamos de que, detrás de tanto partido político, leyes, posiciones enfrentadas, etc., si miramos de cerca la situación y aproximamos “nuestro zoom”, sólo vemos a un niño de dieciséis años que paseaba sus ovejas cuando vinieron a detenerle: le torturaron y fusilaron. O un hijo que ha crecido en orfanatos, solo desde los cuatro años, porque mataron a su padre, de un tiro en la cabeza, tras torturarlo y mutilarlo (y no pienso en entrar en posibles razonamientos sobre la causa de todo ello, porque es plantear que el asesinato, alguna vez, pueda tener una justificación, cosa que no es cierto).

Si alguien viene reclamando los asesinatos cometidos por los republicanos les diría que los mismos dramas nos podemos encontrar, por supuesto. Pero no las mismas consecuencias: esos muertos están enterrados y homenajeados (si no ha sido así, no es porque el estado franquista lo impidiera). Durante cuarenta años ellos eran “los buenos”, y su familia lo asumió con dignidad con la ayuda de la sociedad. Justicia, siempre que pudieran, la hubo; no sólo con juicios, sino con juicios sumarísimos en los que, sin información ni intención de hacer un proceso justo, se condenaba a los “sospechosos”. Incluso podía llegar “la sombra alargada” de la “justicia” del Estado a hijos, hermanos u otros familiares que no tenían nada que ver (vemos esto varias veces en cualquier exhumación, por ejemplo). Se podría decir que no sólo se les hizo justicia a los familiares de caídos simpatizantes de los sublevados, sino injusticia, sobrepasando los límites; algo que, obviamente, suena más a venganza que a justicia. El estado franquista reparó, de multitud de formas, a los familiares de “sus” caídos. Mientras, los suelos de España seguían sembrándose de cadáveres, cuyos familiares no podían velar, ni llorar, ni enterrar; sólo ver cómo, un año, tras otro, su padre, o su hermano, o su hijo, se iba evaporando del recuerdo de todo un país. Y aún hoy…

Pero ese familiar no cayó solo. Murió por las mismas razones que otros; lo que les convierte en grupo: grupo de represaliados, perseguidos y censurados, pero también grupo en ideología. Aún siendo de distintas tendencias políticas, los caídos por la República murieron por defender un estado democrático frente a las armas fascistas y dictatoriales. Olvidar esto es olvidar lo que defendían, por lo que murieron; es dar por inútil su lucha y, por ende, cualquier lucha por la defensa de la democracia. Tacharles de mero bando en conflicto es equiparar a un Estado legítimamente elegido, a la lucha por el poder de unos militares fascistas; es igualar la democracia a la dictadura. Demonizar la ideología es demonizar las herramientas de la democracia. Demonizar la ideología que compartían es darles la razón a sus verdugos y justificar sus asesinatos.

El caso de las exhumaciones, se puede decir que es un lujo de reparación para estos familiares de víctimas que han tenido que callar durante décadas. Toda la verdad, justicia y reparación que se les ha devuelto con estas labores es algo mínimo: el que de verdad puede (y debe) hacer algo es el Estado.

Estos familiares, frente  a lo que muchos creerían, no tienen los ojos inyectados en sangre, o están carcomidos por el odio; más bien al contrario: J. M. es una mujer muy dulce, con temor a volver al pueblo que no ha vuelto a pisar desde que mataron a su padre y hermano (además de rapar a todas las mujeres de su familia). Siempre está sonriendo y, de lo nerviosa que se pone, casi se cae encima de los huesos de su padre cuando intenta besarlo. J. E. tiene ochenta y siete años y se sienta todas las mañanas al pie de la fosa esperando encontrar las sandalias del padre que dejó de ver a los catorce años. Cuando por fin la tiene delante, se “hace el duro” y no quiere llorar, pero no para de resoplar. S. G. es una mujer tan agradable que pregunta al equipo de voluntarios cómo estamos antes de decirnos su nombre. Mientras responde nuestras preguntas, su hijo llora emocionado y al rato se interesa por si necesitamos agua…

Son sólo algunos ejemplos: son víctimas de un trauma enorme, que les ha cambiado todo. Sin embargo, muchos les miran con suspicacia, incluso odio. Ninguna persona merece ser odiada por el mero hecho de ser víctima. Nadie merece un mínimo daño por pensar de determinada manera. Y aún así, el propio Estado Español, incluso en la actualidad, no les da el mismo tratamiento que a cualquier otra víctima…