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La CNT y el anarquismo

Antonio Elorza. El País, | 27 octubre 2010

El 30 de octubre de 1910 se reunió un Congreso Obrero en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona

 

ANTONIO ELORZA 27/10/2010

El 30 de octubre de 1910 se reunió un Congreso Obrero en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona. Su resultado fue la constitución de un nuevo sindicato, de composición básicamente catalana, pero de ámbito español: la Confederación Nacional del Trabajo. La visión tópica identifica la historia del nuevo sindicato con la del anarquismo hispano, fundiendo de paso anarquismo y anarcosindicalismo, y le asigna un conjunto de valores enteramente positivos, que culminaría en las colectivizaciones de la Guerra Civil. En esto se encuentran de acuerdo los falangistas que juzgaban que “el anarquismo es lo nuestro” y los defensores de una Disneylandia libertaria, al modo de Ken Loach en Tierra y libertad. Hubo también falsificaciones interesadas, como aquella que suscribieron algunos historiadores en Cataluña, atribuyendo a Salvador Seguí, el Noi del Sucre, el más famoso de los líderes anarcosindicalistas, unas palabras favorables a la independencia catalana que nunca pronunció. Y a pesar de la notable historiografía sobre el tema, no faltaron tampoco menciones disparatadas, del tipo de las difundidas por Eduardo Mendoza en La ciudad de los prodigios.

Para empezar, el Congreso constituyente de la CNT (o CGT), cuyas actas publiqué en 1974, no dio lugar a una organización anarquista, sino a una organización explícitamente sindicalista revolucionaria, en la línea de la Carta de Amiens, adoptada en 1906 por la CGT francesa. A los sindicatos era asignada, no solo la mejora de las condiciones de trabajo, por medio de la acción directa, sino la emancipación de la clase obrera, y con la huelga general como instrumento principal. Otra cosa es que los anarquistas pudieran predominar en el obrerismo catalán, y consecuentemente en la nueva organización. De ahí la tensión entre anarquismo y sindicalismo que recorre su historia.

Inexplicablemente, se da una curiosa reserva a aceptar la influencia de los modelos extranjeros sobre un anarquismo presentado como autóctono, cuando desde el principio encontramos como primer referente a Bakunin, y para nada a la imaginaria fusión de liberalismo y comunitarismo. Al igual que sus seguidores españoles, Bakunin dio el salto al antipoliticismo, a la anarquía, una vez comprobado por su parte en la Italia del Risorgimento el fracaso del republicanismo democrático, a cuyos supuestos seguirá ligada la mentalidad libertaria; el enfrentamiento radical a la estaticidad rusa hizo el resto. Pugachev precedió a Casas Viejas. Más tarde, el patrón de la interferencia orgánica -la trabazón- de una organización anarquista, la FAI, con la CNT, dando lugar al movimiento obrero anarquista a efectos de evitar tanto la desviación sindicalista como la infiltración comunista, llegó en los años veinte por el ejemplo de la federación obrera argentina, la FORA. Episodio de sobra documentado que los exponentes de la ortodoxia ácrata entre nosotros se han negado a admitir, sin percibir que una cosa era que en España la supervivencia del movimiento libertario permitiese hablar del “anarquismo en un solo país”, parafraseando lo del “socialismo en un solo país”, y otra que la trayectoria histórica del anarquismo español haya sido siempre endógena.

Hablar del anarcosindicalismo (identificado erróneamente a anarquismo) como contenido único de la CNT lleva a no entender la historia confederal desde 1919, año del Congreso del Teatro de la Comedia, en el cual se registra su momento culminante tras el despegue de la afiliación y del prestigio en los años de la Gran Guerra. Es entonces cuando el ideario de Bakunin resulta adoptado como seña de identidad de la CNT, al tiempo que la adhesión temporal a la Revolución rusa. Es entonces, también, cuando con Barcelona como epicentro estalla la violencia terrorista entre las organizaciones llamadas libres, con respaldo patronal y militar, y los grupos de acción anarquistas. En la línea de Salvador Seguí, los dirigentes más prestigiosos como Pestaña y Peiró intentaron en plena convulsión conjugar la pertenencia individual al anarquismo con la autonomía del sindicato frente a los grupos de acción. En su contra, la exigencia de mantener la ortodoxia revolucionaria, el sello anarquista sobre la CNT, dio lugar en 1927 a la fundación de la FAI.

La tensión entre ambas corrientes presidió la historia confederal a lo largo de la Segunda República. Los dirigentes anarcosindicalistas, agrupados en el Manifiesto de los Treinta, se vieron desbordados por la corriente insurreccional, impulsada desde la FAI y con el grupo Nosotros, de Durruti, García Oliver y Ascaso por referente en la acción y los artículos de incitación al sacrificio revolucionario de Federica Montseny en La Revista Blanca como soporte doctrinal. Sin olvidar que la represión republicana favoreció la victoria faísta.

Recordemos las palabras de Azaña ante el primer brote insurreccional: “Se fusilaría a quien se cogiese con las armas en la mano”, pues “no estaba dispuesto a que se me comiesen la República” (Diarios, 23-I-1932). No era tiempo para moderados. En medios anarquistas la proclamación del comunismo libertario parecía al alcance de la mano y para compensar la ventaja comunista con la construcción efectiva del socialismo en la URSS proliferaron las pequeñas utopías donde era descrito el mundo feliz posrevolucionario. Solo que las insurrecciones bakuninianas de 1933 fracasaron, sobreviviendo la CNT-FAI en permanente crisis hasta julio de 1936, si bien con recursos suficientes para oponerse al golpe militar y ocupar en Cataluña, Aragón y otros lugares el vacío de poder subsiguiente.

El legado de violencia se desplegó también, en la doble dimensión de jacobinismo comunal y terrorismo, al lado de la puesta en práctica de la utopía con las colectivizaciones. La oscilación del péndulo llegó al máximo entre la participación en el Gobierno de Largo Caballero, por responsabilidad antifascista, y la materialización a gran escala del insurreccionalismo en los sucesos de mayo de 1937. Nada más lejos de las imágenes idílicas que se han intentado transmitir.

Los valores del anarcosindicalismo quedaron así sofocados, ocultando la vertiente más fecunda del movimiento libertario español: la configuración de fragmentos de una nueva sociedad presidida por ideales humanitarios, de fraternidad, cultura, respeto a la naturaleza, educación sexual, emancipación de los trabajadores. Lo contrario del “hombre nuevo” de los totalitarismos. No es casual que el treintista y ministro Joan Peiró nos haya dejado uno de los testimonios más lúcidos y sensibles de la guerra en su Perill a la reraguarda. Con una calidad humana que compartían otros libertarios que aún tuve la fortuna de conocer en los años setenta: Domingo Torres, Diego Abad de Santillán, Ramón Álvarez, Juanel, Lola Iturbe, José Peirats, Joan Manent. Pero eso no debe hacernos olvidar la pasada existencia de los “reyes de la pistola obrera de Barcelona”, según definiera a su grupo García Oliver, compañero de Durruti, cuando aún juzgaba inseparables anarquismo y violencia. Como lo es la idea del paraíso con la espada del arcángel San Miguel.

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