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Benedicto XVI o la vuelta a la Cruzada franquista

Antonio Mora Plaza. Nueva Tribuna, 9.11.2010 | 10 noviembre 2010

Comparar la situación de la Iglesia Católica en la España actual con lo que sucedía en 1936 supone una ignorancia supina

 

NUEVATRIBUNA.ES –

El Sr. Ratzinger viene a España a resucitar la cruzada franquista al socaire quizá del alza de las encuestas del P. P., porque este Sr. sigue considerando a España la Reserva Espiritual de Occidente, el brazo secular de la ley por antonomasia, la luz de Trento, martillo de herejes, la patria de la última cruzada contra rojos, masones y ateos, que son los culpables de que haya menos practicantes de la religión de la hostia consagrada.

Me hubiera sido indiferente la venida del jefe del Estado Vaticano, el Sr. Ratzinger -el Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, Obispo de Roma, etc.-, si no fuera por dos cosas: la primera, porque me ha costado dinero, al igual que a todos los españoles, sean de la confesión que sean o -como es mi caso- no lo sea de ninguna; la otra cosa es la ignorancia de este jefe de Estado. Comparar la situación del estado de privilegio de facto que tiene la institución privada de la Iglesia Católica en la España actual con lo que sucedía en la España del 36 supone una ignorancia supina. De momento no quiero creer que se trata de mala fe, de mentiras y de una provocación, porque no vaya a ser que tenga un accidente y no le pille al jefe de los católicos confesados y se vaya con Pedro Botero a la eterna quema, cual chuletón de Ávila. De facto, aquí los curas -que así los llamamos para abreviar tanto a los miembros de estructura institucional de la Iglesia católica como a los miembros de las órdenes religiosas- gozan aún de una financiación anticipada y de privilegio del Estado. Y no confundo lo que reciben del Estado para obras sociales y para mantenimiento del Patrimonio religioso -que es de todos, no sólo de los católicos, puesto que lo pagamos con los impuestos de todos- con lo que perciben en salarios y otros gastos los religiosos. Sobre lo primero la única objeción puede ser la administración de esos recursos; sobre la segunda financiación debiera estar claro: que la paguen los católicos que quieran pertenecer a ese club, lo mismo que los abonados al Real Madrid se pagan sus abonos. La segunda ignorancia acompañada -esta vez sí- de mala fe es confundir algunas de las cosas que ocurrieron durante la II República -como alguna quema de conventos- con inculpar a la II República como causante de estos hechos. Eso no es nuevo porque lo han venido haciendo los vencedores de la in-civil guerra durante el franquismo hasta nuestros días. Eso es como inculpar a Aznar de los crímenes de ETA que ocurrieron durante su lamentable mandato, aunque lamentable por otras cosas. Hay que recordar que uno de los presidentes de la II República fue D. Niceto Alcalá Zamora (1877-1949), que era católico de rezo y comunión diaria. Es una confusión nada inocente, repugnante, provocadora. Lo único que puede reprochar el Jefe del Estado Vaticano al Gobierno de la II República fue la expulsión de los jesuitas. Quizá tenga razón en este punto -que él no ha mencionado- el Sr. Ratzinger: así, visto ahora, la II República se equivocó. Ahora y siempre, no hay que expulsar a nadie; menos quemar en la hoguera -como hacían los ancestros papales del Sr. Ratzinger- a los que se apartaban de la ortodoxia vaticana. Con dejar los púlpitos a los curas y que allí se explayen con sus proclamas golpistas -no en todos los casos, claro- es y era suficiente; con quitarles la enseñanza concertada ahora sería suficiente, porque esta enseñanza la pagamos todos, creyentes y no creyentes, católicos, aventistas del séptimo día y hasta neoliberales creyentes en Adam Smith. Que la mayoría de los curas sean reaccionarios, añorantes del franquismo, votantes del P. P., no importa, pero desde las iglesias y lejos de los niños, por favor.

Pero no, el Sr. Ratzinger ha venido a otra cosa. Ocurre que el fundamentalismo del Jefe de los católicos, de su curia, de la cúpula -perdón al Sr. Ratzinger porque esta palabra tenga una onomatopeya tan parecida a cópula- de la institución de la Iglesia Católica, está llevando a vaciar los seminarios, las iglesias, los confesionarios; a alejar incluso a los que se sienten católicos de sus jefes de club. ¿Cómo decir en este año del 2010 que hay que volver a la castidad, a la relaciones sólo dentro del matrimonio, y estas sólo con el fin de tener hijos y no por gusto?, ¿que hay que tener los hijos que “dios nos de” aunque no se quieran ni se deseen?, ¿que los homosexuales no se pueden casar entre ellos? Como si dentro de los católicos -incluso dentro de los votantes y militantes del P. P.- no hubiera gente que prefieren el sexo de su misma orilla, tener hijos cuando se deseen y practicar el sexo con la libertad del libre consentimiento mutuo. El Sr. Ratzinger viene a España a resucitar la cruzada franquista al socaire quizá del alza de las encuestas del P. P., porque este Sr. sigue considerando a España la Reserva Espiritual de Occidente, el brazo secular de la ley por antonomasia, la luz de Trento, martillo de herejes, la patria de la última cruzada contra rojos, masones y ateos, que son los culpables de que haya menos practicantes de la religión de la hostia consagrada. Ahora el Sr. Ratzinger añora la época en que la Iglesia Católica española metía al dictador bajo palio; añora, la época en la que los cardenales Gomá y Pla i Daniel y demás obispos y arzobispos -primados y no primados- saludaban con el brazo levantado al modo falangista; añora cuando Franco agradecía el apoyo de los curas al Alzamiento Nacional metiendo a la curia celtibérica en las Cortes, en el Consejo de Estado, en las instituciones del Estado; añoran el concordato que declaraba la religión católica religión de Estado y ponía en nómina a los curas.

¡Ay si pudieran el Sr. Ratzinger y el Sr. Rouco traer de nuevo las hogueras y los autos de fe para salvar nuestras almas descarriadas por el diablo de la modernidad, sin preguntarnos siquiera donde queremos pasar la eternidad! Pero de momento no pueden y no podrán si no les dejamos. Y ahora tenemos una ventaja los no creyentes y los católicos críticos con estos señores: que ya sabemos por la Historia de lo que son capaces los de la cúpula católica con tal de salvarnos.

Antonio Mora Plaza – Economista

http://www.nuevatribuna.es/noticia/42042/OPINI%C3%93N/hubiera-ganado.html