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‘Damnatio memoriae’ y desmemoria histórica

Pedro Manuel Suárez. El Comercio, 26.11.2010 | 28 noviembre 2010

La proximidad de los hechos no nos permite juzgarlos con objetividad, distancia y en su contexto histórico

 

– PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ PROFESOR TITULAR DE FILOLOGÍA LATINA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

Venía yo cavilando, de vuelta ayer a casa, sobre lo terrible que debía de ser en la antigua Roma una sentencia de ‘damnatio memoriae’ o «condena de la memoria». La dictaba el Senado contra una personalidad notable de la vida pública cuya actuación, ‘post mortem’, reprobaba. Su aplicación suponía la consideración del individuo como enemigo del Estado, la anulación de los honores recibidos en vida y la destrucción de cuantos indicios quedaran de su existencia en la tierra. Hay muchos ejemplos del rigor con que se llevaba a cabo tal ‘damnatio’: inscripciones de todo tipo dedicadas a un nombre borrado, pinturas familiares en que falta la cara del afectado, monedas con nombres raspados e ilegibles, noticias de la quema de sus obras, prohibición de usar su nombre, etcétera. Empleóse contra todo tipo de personajes públicos de infausto recuerdo o malquerencia posterior; sobre todo, contra emperadores o ministros, mandatarios únicos: Sejano, Nerón, Galba, Otón, Domiciano, Cómodo y otros muchos. También contra algunas mujeres, como la famosa Mesalina, cónyuge del emperador Claudio, más reputada por su furor uterino que por sus cualidades como esposa de tan alto dirigente. Pero en la práctica rara vez se logró borrar del todo la memoria del condenado; unas veces porque fue restituido a la muerte de su detractor, otras porque, tratándose de esos personajes, era del todo imposible consumar el cometido: perduraron muchas monedas, referencias de escritores o la propia fama, transmitida boca a boca y luego registrada.

Si miramos hacia tiempos y países más actuales, observamos que todos los dictadores anhelan perpetuarse en estatuas, libros, monedas, nombres de calles o monumentos, quizá sabedores de lo que les espera después. Cuando caen, por las buenas o las malas, y las cosas vuelven a su sitio, los pueblos suelen restituir lo que el tirano les cambió o quitó. Pero no por eso dejan de formar parte de una historia que, como toda ella, debe ser recordada y mucho. Por ejemplo, no hay que olvidar a Hitler, ni a Mussolini, ni a Franco; tampoco a Stalin, Ceausescu, Pinochet, Fujimori o Fidel Castro, entre otros. Recordarlos deber ser un estímulo para evitar que vuelvan a reproducirse situaciones como las que en su día los propiciaron, incluso con el apoyo de sus pueblos. A la hora, sin embargo, de los desagravios conviene andar con tiento, si aún quedan cercanos, pues suelen levantarse ampollas de unos o de otros. Así, en España, la reciente Ley de la Memoria Histórica, pese a sus buenas intenciones de «contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles», no parece haber acertado ni en la oportunidad ni en la forma. En la oportunidad porque, tal como todos los días noticia la prensa, su aplicación muestra que las heridas, efectivamente, no están cerradas. Y, lejos de restañar, al hurgar en ellas se ve que sangran más. Y eso, pese a que parecía que ya nadie se acordaba o quería acordarse de ellas. Y cuando digo «nadie» me refiero a la memoria colectiva, pues en muchas familias hay todavía, entre los suyos, alguna víctima no resarcida, o de unos o de otros. Por otro lado, están las formas. Hasta ahora se habían ido aplicando disposiciones concretas tendentes a reparar daños personales y situaciones injustas. Tal vez hubiera sido un camino más seguro, por la discreción que entrañan, que el de toda una señora ley, proclamada a bombo y platillo, cuyo ámbito de actuación se circunscribe al periodo de la Guerra Civil y el franquismo. Se demuestra así que la proximidad de los hechos no nos permite juzgarlos con objetividad, distancia y en su contexto histórico.

Si repasamos algunos hechos más lejanos, en cambio, no dejaremos de sorprendernos de lo tolerantes que somos con el pasado. Así, por ejemplo, en Oviedo existe una plaza dedicada a Primo de Rivera, padre. Su cambio de nombre se discute; pero, ojo, no entra en la ley, ya que su protagonismo es anterior a la Guerra Civil y al franquismo. La memoria de tal dirigente está muy vinculada a la de su cómplice Alfonso XIII, rey complaciente, blando, tornadizo y de más capricho que criterio. Aunque, en realidad, el primer Directorio, al menos, gozó del visto bueno de todos en la época, pues la situación era caótica. ¿Merecería el rey Alfonso XIII una ‘damnatio memoriae’ por consentir a un golpista? La abuela de Alfonso XIII, Isabel II, fue reina y causa por ello nada menos que de la primera Guerra Carlista. No tuvo la culpa, claro. Pero no fue una reina modelo. De hecho, acabó en el exilio después del éxito de la Revolución de 1868 y, tras ella y el efímero rey Amadeo I, llegó la I República, proclamada por monárquicos. Sin embargo, su recuerdo pervive en nombres de obras (como el canal que impulsó en Madrid), calles, parques o indirectamente en pintorescas manifestaciones gastronómicas, como el famoso Desarme ovetense que cada 19 de octubre conmemora la ingenua pérdida de armas de las tropas carlistas en la ciudad, a la manera, ‘mutatis mutandis’, del caballo de Troya. (Ojo, carlistas, si alguno habéis: no comáis garbanzos ese día, pues no está bien celebrar la causa del rival). Luego, gracias a otro golpista, el general Arsenio Martínez Campos, se restituyó la monarquía actual en la persona de Alfonso XII, en quien la reina había abdicado en París. Paz y gloria. ¿Se ha planteado cambiar, por ejemplo, el nombre de la calle Isabel II en Madrid, acordado en 1838? ¿Y derribar la estatua ecuestre del golpista que acabó con la democrática I República? Más atrás nos encontramos a ese gran alcalde de Madrid, a costa del dinero de todos, el absoluto ilustrado rey Carlos III. Y los españoles vamos a la capital y veneramos la famosa Puerta de Alcalá, construida a instancias de quien, entre otros méritos, firmó la ‘Pragmática Sanción’, o sea, nada menos que la expulsión de los jesuitas de España: golpe definitivo a la educación patria. ¿Quién arrebataría al Museo del Prado su retrato pintado por Goya? ¿Y sus numerosas calles, como la de, sin ir más lejos, Gijón?

Todavía antes de todo esto podemos buscar agravios en la figura del mismísimo fundador de la Universidad de Oviedo, Fernando Valdés Salas, Gran Inquisidor de España, promotor del más famoso ‘Índice de libros prohibidos’, perseguidor de los de Erasmo, redactor de las ‘Instrucciones al Santo Oficio’, instructor de procesos contra luteranos… ¿Habrá que perdonarle esos pecadillos, como decía Fermín Canella, al defender la estatua que se asienta en el patio del Edificio Histórico, en conmemoración del 3er Centenario de la Universidad, a cambio de valorar su mecenazgo en esta y otras empresas culturales o, por el contrario, habremos de condenarlo al exilio del olvido?

Hay muchos ejemplos de que la Historia está llena de oprobios. Pero no molestan cuando quedan lejos. ¿No sería mejor dejar, entonces, que algunas cosas maceren en paz y atender solo a aquello que es urgente? Tiempo habrá para revisarlo todo y ponerlo, cuando enfríe, en su sitio. Está claro que a nosotros nos quema.

http://www.elcomerciodigital.com/prensa/20101126/opinionarticulos/damnatio-memoriae-desmemoria-historica-20101126.html