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Termópilas republicana

Félix Población. Público, | 6 noviembre 2010

Se ha comparado la heroica resistencia ofrecida en el Mazucu con la Batalla de las Termópilas

 

La ermita de la localidad de El Mazucu, en el concejo de Llanes (Asturias), tiene por campana la ojiva de una bomba lanzada por la Legión Cóndor durante la Guerra Civil. No hace mucho, en las estribaciones del monte que lleva el nombre del mismo pueblo, se encontraron restos de obuses de la batalla que tuvo lugar en la Sierra del Cuera y sobre la que historiadores tan renombrados como Gabriel Jackson pasaron por alto, sin significar la muy combativa entidad de la lucha librada en esos escarpados parajes. La llamada Batalla del Oriente de Asturias, que terminó con la caída de Gijón el 21 de octubre de 1937, se resolvió a favor del ejército faccioso gracias a la derrota de la milicia republicana en esa sierra entre el 5 y el 15 de septiembre de ese año.

Según explican Luis Aurelio G. Prieto e Ignacio Quintana en un documentado estudio que analiza esa batalla, el Consejo Soberano de Asturias y León decidió reorganizar, tras la caída de Santander en manos de Franco, una línea defensiva apoyada en los Picos de Europa y en su primer escalón litoral, la Sierra del Cuera. Se juntaron allí 5.000 milicianos pertenecientes a las tropas cántabras, batallones vascos no nacionalistas y batallones asturianos. Enfrente, 33.000 soldados componían las Brigadas Navarras, tropas de élite del bando sublevado, apoyadas por la Legión Condor nazi y el crucero Almirante Cervera, que desde el mar no dejó de cañonear las posiciones republicanas.

La lucha fue de una dureza extraordinaria, de la que dan constancia los relatos que todavía hoy cuentan los lugareños, algunos de ellos marcados en su niñez por la memoria de aquel trágico episodio. El olor a metralla, a fronda y a carne quemada sustituyó el fresco y dulce aroma de la hierba al término del verano. De las cumbres bajaban todos los días camiones llenos de cadáveres. Escribe en sus Memorias Adolf Galland, uno de los jefes de las escuadrillas de la aviación alemana, que en la Sierra del Cuera se ensayó un nuevo sistema de ataque aéreo conocido por la noria y que sus mecánicos inventaron una especie de bomba de napalm rudimentaria. Racimos de bombas incendiarias y ametrallamientos a baja altura se cebaron en el enemigo.

El olvidado y magnífico escritor y periodista asturiano Juan Antonio Cabezas, autor de un libro sobre la Guerra Civil en Asturias, comparó la heroica resistencia ofrecida por la milicia republicana con la Batalla de las Termópilas, pues como en la Grecia del año 480 antes de Cristo frente el acoso del ejército persa de Jerjes I, la defensa de la Sierra del Cuera era determinante para frenar el avance del ejército fascista. No lo consiguió Leónidas, el líder espartano, ni tampoco Higinio Carrocera, el dirigente anarquista que, al frente de las tropas republicanas, pretendió una defensa imposible de la que sólo sobrevivieron 1.500 hombres.

El 15 de septiembre, Carrocera emprende la retirada desde el Alto de la Tornería y El Mazucu para resistir hasta el 22 en Peñas Blancas, donde todo acaba con una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo, un mes antes de la definitiva caída del frente norte con la llegada a Gijón del ejército sublevado. Los mandos de ese ejército le ofrecieron a Higinio Carroceda sustituir su fusilamiento por su integración en las tropas franquistas, pero no quiso: “Muero con la mayor tranquilidad que en estos momentos se puede tener –cuentan que dejó escrito en una carta a una tía suya–, puesto que la conciencia de nada me acusa, no teniendo más pesar que el estado en que quedan mi madre y hermanas”.

Todavía hoy, 73 años después, hay alguien que puede detallar en vivo aquella lucha. Se llama Felipe Matarranz Lobo y ha dejado escrito su pormenorizado testimonio como combatiente antifascista en el frente norte, desde Irún a la Batalla de la Sierra del Cuera. Matarranz no se conformó con una activísima campaña en la Guerra Civil que le costó una pena de muerte, sino que una vez terminada la contienda, y después de cumplir condena en varias cárceles, se incorporó a la resistencia antifranquista como enlace de la VI Brigada Guerrillera del Norte, también conocida como Brigada Machado, de cuya historia Matarranz dio cuenta en su libro ¡Camaradas, viva la República!, una minuciosa narración que suple la elementalidad de su escritura con el conocimiento personal de quienes integraron aquella lucha y el vívido relato de sus penalidades, que muchas veces acabaron con un espeluznante y trágico final, y en el caso de Lobo con más años de cárcel.

La salud y memoria de Felipe Matarranz Lobo, de 95 años, siguen siendo excelentes, quizá porque no deja de avistar y revistar con los ojos sus muchas vivencias, ancladas en las escarpadas y neblinosas montañas donde combatió al franquismo más allá de la derrota en la Guerra Civil, cuando se daba por “cautivo y desarmado al ejército rojo”. Sin embargo, allá arriba, en las faldas del Mazucu donde la República tuvo sus Termópilas, sigue erigido un monolito –insólito en Europa– en memoria de cuatro pilotos alemanes de la Legión Cóndor, la misma a la que Matarranz combatió y que sembró de muerte las ciudades de España. Por ley, y por delicadeza también hacia Felipe Matarranz, ¿no sería hora ya de que los ojos del anciano luchador, al levantar la mirada hacia el encumbrado territorio de su lucha por la libertad, no se toparan más con ese homenaje al fascismo, culpable de querer acabar con la de todo un continente?

Félix Población es escritor y periodista

http://blogs.publico.es/dominiopublico/2641/termopilas-republicana/