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«A Franco le pusieron una bomba en una Feria de Muestras, pero ni lo reflejó la prensa»

Lne.es, 27-12-2020 | 29 diciembre 2010

«Memorias» de el naviero Claudio Fernández Junquera (Gijón, 1931)

Gijón, J. MORÁN

«El alcalde Olivier a veces no discurría bien: tomó a un grupo de mendigos de la calle, los puso en un tren y los mandó a León»

Nacido en Gijón en 1931, Claudio Fernández Junquera pierde a su padre, director del puerto de Avilés, al comienzo de la Guerra Civil, cuando es sacado de su casa y fusilado en Cayés (Lugones). Junto a su madre y sus dos hermanas pasa a vivir entonces en la casa gijonesa de su abuelo, Gumersindo Junquera, propietario de una empresa naviera. Siguiendo la tradición familiar, estudia en el colegio de los jesuitas e inicia la carrera de Derecho en Deusto, para continuarla en la Universidad de Oviedo.

El naviero Claudio Fernández Junquera (Gijón, 1931) repasa en esta segunda entrega de sus «Memorias» la incorporación a la empresa familiar, la etapa como concejal y la entrada en la Cámara de Comercio, cuando renace la Feria de Muestras.

l Discusiones con Torcuato. «Digo que Torcuato Fernández-Miranda se definía a sí mismo como “socialista nomocrático”, es decir, siempre dentro del concepto actual de Estado de derecho. Con esto rechazaba el socialismo marxista, pero lo de socialismo ahí quedaba. Torcuato me ayuda en aquella época a ver las cosas desde el punto de vista teórico, técnico: lo que es el Derecho Político o las formas de Estado y gobierno. Cuando a partir de las primeras elecciones generales españolas se utilizó el sistema D’Hont yo ya sabía lo que era porque habíamos estudiado con él todos los sistemas electorales, entre ellos el de D’Hont, cuya finalidad era evitar una fragmentación en muchos partidos, porque se temía la diversidad que hubo durante la República. Torcuato no es una influencia para mí, sino un maestro, aunque sin que llegáramos a la compenetración de maestro y discípulo. Yo le llevaba mucho la contraria. Había la costumbre en el Colegio Valdés Salas de que los alumnos comíamos por turno en la mesa que Torcuato presidía. En esa mesa se trataban temas que él suscitaba, y yo siempre discutía. Sin embargo, le admiraba por su calidad como profesor. El curso segundo de Derecho Político lo dedicó prácticamente entero al sistema liberal democrático, y conservo aquellos apuntes como oro en paño. Al final del curso daba cuatro o cinco lecciones sobre el fascismo, el comunismo, el socialismo…, es decir, otros sistemas, pero ni los preguntó en el examen».

l Accidentes navales. «Después de los estudios universitarios yo estaba predestinado a la empresa de mi abuelo, Gumersindo Junquera. Lo tomé como algo natural, sin ningún trauma. Al hacer el servicio militar en el cuartel de El Coto de Gijón comencé a ir por la empresa. También trabajé unos meses en el despacho del abogado Guillermo Quirós, para ir ambientándome, y cuando terminé la mili en agosto de 1954 me incorporé a la oficina de mi abuelo, en la calle de Linares Rivas. La empresa era entonces parte de lo que es ahora, es decir, naviera, consignataria de buques y estibadora. Mi abuelo había llegado a reunir seis barcos desde que inició su actividad, en 1918, pero después tuvo varios accidentes navales y perdió cuatro. Así que al comienzo de la guerra tenía dos barcos, que además se los habían incautado y después los recuperó. Yo me encontré con esos dos barcos en la empresa, la cual con el tiempo fue adquiriendo otros y fue incorporando la actividad de los remolcadores de El Musel (ocho o diez), un barco asfaltero, una pontona para transportar carga pesada (en sociedad con Duro Felguera), servicio de suministros de combustible para barcos y otras actividades marítimas. Mi abuelo Gumersindo murió a los 77 años, en 1955. Padecía una dolencia de corazón, pero tenía bien la cabeza. Me casé con María Isabel Marmiesse Erviti, nieta de un enólogo francés que se estableció en la Argentina, para trabajar en viñedos de la zona de Mendoza. Nace su hijo en la Argentina y vuelve a Francia a estudiar. Luego le contrata la Vacum, una petrolera norteamericana, y viene destinado a España como jefe de la agencia, primero en Bilbao y luego en Gijón. Mi mujer nace en Gijón y aquí permanece después la familia. De nuestro matrimonio nacerán siete hijos: cinco chicas y dos chicos».

l Operación de sustitución. «Desde que había entrado en la empresa familiar yo era vocal de la Asociación de Navieros de Asturias, en la que también estaba Ignacio Bertrand como representante de su naviera. Era alcalde de Gijón el general Cecilio Olivier y entonces Bertrand nos convenció a varios para formar una candidatura a las elecciones municipales. Fui elegido concejal en febrero de 1961, por el tercio de representación familiar. En la candidatura íbamos, entre otros, Javier Loring, Luis Cueto-Felgueroso (que fue alcalde después), Juan Suárez… Nos vinculaba la amistad y yo era entonces el más joven. Pero el que movió todo aquello fue Bertrand y yo creo que era un movimiento preparado porque don Cecilio duró en la alcaldía sólo unos meses más. Bertrand tenía bastante relación con el gobernador de entonces, Marcos Peña Royo, abogado del Estado y combatiente en la guerra. Yo creo que hubo esa operación de sustitución, aunque no tengo datos concretos. Olivier no estaba bien: tenía una herida de guerra y llevaba una placa en la cabeza, por pérdida de parte de hueso en el cráneo. En el fondo, era un caballero y muy buena persona, pero a veces no discurría bien y hacía cosas raras, como ordenar que en la cuesta de Begoña los peatones subieran por la acera de la derecha y bajasen por la de la izquierda. O cuando tomó a un grupo de mendigos de la calle, los puso en un tren y los mandó a León. En el gobierno municipal se había unido con tres o cuatro concejales un poco peculiares. Total, que Olivier no llevaba bien el Ayuntamiento y por eso yo sospecho que si Bertrand, de un modo más o menos solapado, estaba detrás de esta candidatura, aunque él no iba en ella, y después se sustituye al alcalde y lo nombran a él, es porque estaba de acuerdo con el gobernador de alguna manera».

l Gijón sin agua. «En septiembre de 1961 nombran a Bertrand y me hace teniente de alcalde y presidente de la comisión Cultura. A los tres años, en el siguiente mandato, me nombra presidente de la comisión de régimen interior y delegado de organización y métodos. Se incorpora entonces de oficial mayor (secretario segundo) Alfredo Villa, que estaba de secretario en Belmonte de Miranda, y también Faustino González Alcalde, como viceinterventor. Realizamos una gran reorganización del Ayuntamiento y creamos la Empresa Municipal de Aguas (EMA), porque en Gijón había un problema muy serio de abastecimiento, con constantes pérdidas de agua de la red. La idea de la EMA fue de Alfredo Villa y mía y trabajamos juntos en ella. Lo primero que hicimos fue traer a una firma alemana para que estudiase el problema. El mapa de aguas del Ayuntamiento era poco mayor que dos folios de papel transparente, roto y pegado con celo. Las pérdidas eran tremendas, del orden del cincuenta por ciento, y había cortes continuos. Se hizo el estudio, se decidió el plan de obras y se pensó que sería más operativo descentralizar el servicio de aguas. Acudimos a la idea de la empresa municipal, que hasta entonces los ayuntamientos no habían utilizado. Sí había empresas nacionales, a porrillo, pero no municipales. Redactamos los estatutos y tuvimos incluso que convencer al notario para hacer los trámites, porque la ley de régimen local sólo contenía unas referencias muy vagas. Trajimos a José Díaz-Caneja de director de la EMA, al que Villa conocía como director de la presa de Belmonte, y yo lo trataba desde la infancia. El Ayuntamiento tenía un presupuesto ridículo para una ciudad de ciento y pico mil habitantes. Hicimos un nuevo presupuesto, que fue impopular por los impuestos. Bertrand se preocupó mucho de la cultura y de la educación, sobre todo de las escuelas, que eran otro desastre. Hicimos un plan de escuelas y se crearon los dos primeros grupos escolares, el de la Calzada y el Rey Pelayo. Había limitación de mandatos y estuve seis años en el Ayuntamiento. Bertrand siempre me trató con muchísimo cariño y la verdad es que le debo mucho, aunque es un hombre que tuvo muy poco cartel y fue en parte impopular, quizá por su carácter. Pero era un hombre culto, que había estudiado en el extranjero, en el colegio de España de Bolonia. No fue un gran alcalde por falta de medios».

l Resucitar la Feria. «En 1963 fui elegido vocal de la Cámara de Comercio por el sector de navieros, cuando Luis Adaro accede a la presidencia y pone en actividad la antigua Cámara, que estaba muerta desde la guerra. Adaro es un hombre activo y entregado al trabajo, por ejemplo a impulsar la nueva etapa de la Cocina Económica. Buscaba secretario de la Cámara y sugerí a Pedro García Rendueles, que lo era de la Asociación de Navieros. Pedro era hombre de temperamento, a veces demasiado, y muy eficaz. Siempre trabajamos juntos y nos conocíamos bien nuestras manías. Con Adaro tuvo algunas diferencias, por el temperamento de ambos, y yo tuve que mediar alguna vez. Adaro me nombra vicepresidente de la Feria de Muestras en 1966, y de la propia Cámara en 1968. Resucitar la Feria fue lo que más trabajo nos llevó. La última edición había sido en 1930. Luego hubo una en 1946, aislada, una Feria del Noroeste, que vino a inaugurar Franco. Fue en los jardines del Continental, detrás del cine Campos Elíseos, y cerca del cuartel de la Guardia Civil. El día que viene Franco, antes de que llegase, de repente explota una bomba que estaba metida en un tiesto a la entrada de la feria. No era de mucha potencia y el autor la hizo explotar antes de que hubiese público. Se armó un gran revuelo, pero se ocultó el suceso. Creo recordar que los periódicos ni lo reflejaron».

http://www.lne.es/asturias/2010/12/27/franco-le-pusieron-bomba-feria-muestras-reflejo-prensa/1012529.html