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Uruguayos en la guerra civil española

Jorge Barreiro, | 1 diciembre 2010

Un puñado de uruguayos no dudó en ir a combatir a España no bien se enteraron del levantamiento de los defensores del “orden natural”

 

Las historias que se narran a continuación son las de un puñado de uruguayos que no dudaron en ir a combatir a España no bien se enteraron del levantamiento de los defensores del “orden natural” el 18 de julio de 1936. Es el resultado de varios meses de investigación, de tardes enteras en la Biblioteca Nacional de Montevideo leyendo la prensa de la época, de cartas que me entregaron sus familiares, de conversaciones con algunos de sus descendientes. Muchos murieron en el curso de la guerra, otros volvieron al Uruguay. Ninguno de ellos vive.

En estos días se cumplen 35 años de la muerte del generalísimo (y dictador) Francisco Franco. En la casa de mis abuelos maternos estuvo colgado durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia un retrato enmarcado del personaje, dedicado de puño y letra a mi abuelo. Sí, crecí en una familia franquista de pura cepa, con denominación de origen (tío abuelo ministro del régimen incluido). Oí hablar de los “rojos” como si fueran seres no del todo humanos. A pesar de que mi familia lo consideró siempre el gran líder de la cristiandad, eso no me impidió descubrir con el paso de los años el rostro menos amable de Franco: los crímenes, las desapariciones forzadas, que no inventaron los dictadores latinoamericanos por cierto, y el oscurantismo en el que sumió a España durante cuarenta años. Por si eso no bastara para retratarlo, además puso fin a una experiencia republicana que, con todas sus ambigüedades y contradicciones, se propuso desterrar el autoritarismo, la opresión secular de los campesinos, la influencia de la Iglesia en los asuntos mundanos, jubilar a los borbones y convertir a España en un país laico, democrático y socialmente justo. Durante cuarenta años, lo mejor de España marchó al exilio, a la cárcel o terminó en fosas comunes. Y aunque parezca un asunto menor frente a la magnitud de esa tragedia, no puedo dejar de pensar en cuánto pudo haber cambiado la historia de este continente si en lugar de Franco, España hubiera seguido gobernada por Azaña. Al menos tendríamos una tasa de caudillos, curas y militares per cápita sensiblemente inferior a la que tenemos.

Desde luego que también pasé por una etapa de idealización de quienes resistieron a las hordas franquistas. El Frente Popular, el POUM, los anarquistas ibéricos, además de detener a Franco, querían hacer la revolución social. Suficiente para venerarlos, como hice a fines de los 70 cuando me exilié en Barcelona (azares de la historia: cincuenta años después de que España exportara a Uruguay a un católico protofranquista, Uruguay le devolvía un nieto ateo y anti-franquista). En España visité con devoción los lugares que evocaban la resistencia contra el fascismo, leí tomos y más tomos sobre la guerra civil y el franquismo, me enteré de las comunas ácratas de Aragón donde se quemaba el dinero, asistí a exposiciones fotográficas, de afiches al mejor estilo del realismo socialista y a muestras de cine de aquellos tiempos. Dejé de idealizar a los anti-franquistas, pero eso no me impidió seguir pensando hasta hoy que la razón estaba del lado de la República. Se ha dicho hasta la saciedad que durante la guerra ambos bandos cometieron atrocidades. Y las cometieron. No eludí la incómoda pregunta de qué hubiera sucedido si el PC español, uno de los más estalinistas de Europa y que hacia el final de la guerra era hegemónico en el bando anti-franquista, hubiera terminado gobernando España. Un anticipo de esa posibilidad no realizada fue el asesinato y desaparición de Andreu Nin, dirigente del POUM, y de no pocos anarquistas a manos de los comunistas y la Cheka.

Sobre todo esto se seguirá escribiendo y discutiendo, porque la historia, en particular la historia contemporánea, no es un saber definitivo y acabado, pero ninguna nueva versión de aquellos episodios podrá alterar el hecho de que Franco se levantó contra un gobierno legítimo, que defendía el orden constitucional vigente, y que para detener las transformaciones que emprendió el gobierno del Frente Popular no dudó en encarcelar, desterrar, torturar, fusilar y desaparecer a quienes se le pusieron en el camino.

Vaya este pequeño prólogo para justificar las historias que voy a contar a continuación. Los datos que reuní hace ahora diez años estaban destinados a publicarse en una revista uruguaya pero, a tono con los tiempos que corren, sus editores los juzgaron demasiado extensos y no tuvieron mejor ocurrencia que destriparlos y reducirlos a la tercera parte. Son datos muy fragmentarios. Abundantes en algunos casos, escasos en otros.

Tal vez los motivos que los empujaron a embarcarse e ir a combatir a 10.000 kms de distancia fueran muy diferentes para cada uno de esos hombres, pero tenían algunas cosas en común: todos estaban convencidos de que aquella guerra civil no era un asunto estrictamente español. Pensaban, y así lo aseguraban explícitamente muchos de ellos, que en España se jugaba la causa de la libertad de todos, independientemente de dónde se hubiera nacido. Llama la atención ese cosmopolitismo o ese internacionalismo, por decirlo con las palabras de antes, en una época en la que el carácter global de nuestro mundo y, por tanto, de las luchas por ampliar la libertad y la justicia no era tan evidente como es ahora. Cuando proliferan ridículos nacionalismos es cuando más se echa en falta esa disposición internacionalista que algunos juzgan vetusta.

Lo segundo que tenían en común era su convicción de que vencerían, de que como la razón estaba de su parte y la causa a la que estaban dispuestos a inmolarse era justa, los vientos de la historia necesariamente terminarían soplando en la misma dirección en la que ellos se movían. Es difícil compartir hoy ese optimismo, que, sin embargo, no deja de resultar conmovedor. He tratado de interferir lo menos posible en los relatos, cartas y declaraciones de familiares para conservar el lenguaje y la mentalidad de esa época, y cuando lo he hecho ha sido sólo para dar cuenta de un contexto que tal vez no resulte evidente para el lector no familiarizado con la guerra civil española.

La historia de estos hombres demuestra que esa figura circunspecta y cínica que colgaba de una pared de la casa de mis abuelos también tenía sus enemigos jurados en este remoto lugar del mundo.

Militar y demócrata

Las convicciones democráticas y el azar fueron los que condujeron al alférez del Ejército Juan José López Silveira (“El Tape”) a alistarse en el Ejército Republicano español. Hijo de un diputado nacionalista y médico rural, López Silveira había nacido en Tacuarembó en 1912. Opositor a la dictadura de Gabriel Terra, desertó del Ejército en 1935 y se trasladó a Buenos Aires, donde estaba su amigo y camarada de armas, el capitán Atanasildo Suárez. Era este último, y no “El Tape”, quien tenía una plaza reservada para embarcarse a España, pero a último momento Suárez le confesó que había conocido a una mujer, que se casaba al día siguiente y le ofreció el lugar que tenía reservado a su amigo Juan José. Apenas un mes después del levantamiento de Franco, pues, López Silveira viajaba a Marsella.

Antes de partir ya figuraban en el currículum de López Silveira su negativa a firmar una carta de apoyo al dictador Terra en ocasión de un atentado que había sufrido en el hipódromo de Maroñas y su oposición a que el Ejército uruguayo realizara tareas administrativas durante un plebiscito organizado por el gobierno.

De su pasaje por España se conservan cartas, relatos de protagonistas famosos y los suyos propios, ya que retornó con vida de España. “Mi padre no hablaba conmigo de la guerra, para no trasladarme toda la violencia que había vivido”, me dijo su hijo Román López Queijeiro, quien, sin embargo, asistió de niño a las conversaciones de su padre con el coronel republicano Francisco Galán. Este no se cansaba de destacar las virtudes militares de López Silveira, muy apreciadas en el Ejército republicano, en el que no sobraban los oficiales formados. Desde el punto de vista estrictamente militar desempeñó un papel destacadísimo, entre otras, en la 46 Brigada Motorizada, dirigida por el famoso muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, el mismo que años más tarde encabezó, sin éxito, una banda stalinista para asesinar a Trotsky. En un pasaje de sus memorias (“Me llaman el coronelazo”), Siqueiros relata que “nuestras fuerzas se vieron obligadas a retirarse precipitadamente. Ayudado por el teniente López Silveira, un extraordinario oficial uruguayo, que durante un tiempo desempeñó el puesto de oficial artillero en el estado mayor de mi Brigada, pretendimos detener a los soldados que huían despavoridos”.

Testimonio de su optimismo incurable y de su convicción de que los republicanos aplastarían a las tropas de Franco son las cartas que envió a su familia. En una de ellas cuenta que “he estado dos días viajando y cuatro alojado en un cuartel de una fracción de las Brigadas Internacionales (…), que no están constituidas por aventureros ni por mercenarios, sino por quienes quieren contribuir con sus vidas a la derrota del fascismo. Saben que combaten por la humanidad, que luchan por un mundo nuevo y mejor. Esto es lo que constituye la fuerza moral de las Brigadas Internacionales”. En otra comenta que “ahora hemos sido trasladados al frente de Córdoba. He mandado una compañía de infantería y otra de ametralladoras en Sierra Morena. Parecía un bandido, barbudo, en mi propio pingo tordillo, mascando hojas de floridos olivares, durmiendo una noche aquí y otra allá. Ahora he vuelto al estado mayor de dicha Brigada con un puesto de importancia”.

A pesar de la guerra, López Silveira seguía leyendo la prensa uruguaya. Lo demuestran sus cartas, en las que no dejaba de quejarse de que “los diarios de esa con tendencia fascista falsean las noticias. Yo te puedo asegurar una verdad: nosotros ganaremos la guerra. De eso no cabe la menor duda”. Y concluía: “me gusta mucho el campo español. Claro que ahora tiene el único atractivo de que en él estamos destrozando al fascismo. Es más que suficiente para volver con alegría. Cuando paso por las carreteras en automóvil, en moto o galopando, me emociona la cantidad de pibes que saludan levantando el puñito cerrado. Es por ellos, vieja, por quienes luchamos”.

A pesar de lo que pueda aparentar su discurso, Juan José López Silveira nunca integró el Partido Comunista. Su hijo admite, sin embargo, que en la nada amable controversia entre comunistas y anarquistas españoles en torno a la conveniencia de ganar la guerra primero (como sostenían los comunistas) o hacer la revolución y la guerra simultáneamente (como proponían los anarquistas), López Silveira siempre estuvo con los primeros.

Román se enteró tardíamente de que su padre no se trajo de España únicamente recuerdos heroicos, sino también sufrimiento y miserias, que su hijo recuerda sin eufemismos ni justificaciones piadosas: presenció u ordenó fusilamientos, tanto de franquistas como de soldados indisciplinados de su propio Ejército, conoció el hambre, que lo condujo a alimentarse de ratas y gatos, y los abusos de oficiales republicanos.

De sus últimos momentos en España se conservan los conmovedores relatos sobre el cruce de la frontera con Francia, cuando las tropas de Franco ya habían tomado Barcelona en enero de 1939. Dichos relatos aparecieron en el semanario “Marcha” e ilustran sobradamente la desilusión padecida por López Silveira, una vez cruzada la frontera. Después de haber recorrido a pie los 180 kms que separan Barcelona de la frontera con Francia (“hubiera sido capaz de soportar algunas jornadas más de marcha si no hubiera sido por aquellas malditas llagas en los pies. Desde hacía dos días la carne viva rozaba las plantillas deshechas”), miles de brigadistas internacionales, ancianos, mujeres y niños que huían de los franquistas, creían que del otro lado de los Pirineos les esperaba la libertad. Tuvieron que andar varias decenas de kilómetros más, custodiados por soldados, hasta que oyeron “el romper de las olas del Mediterráneo. Estábamos en una playa. En grupos de dos, de seis, de diez, caímos rendidos en las arenas heladas… del campo de concentración”. El trato que las autoridades francesas dieron a los que huían del franquismo merece formar parte de la historia universal de la infamia, pero no es ésta la oportunidad de recordarlo.

Allí pasó varios meses hasta que un tío suyo, con pasaporte diplomático, logro sacarlo y llevarlo a París. El día antes, su hermano Román, también internado en el campo, moría prácticamente en sus brazos a causa de una pulmonía.

De regreso a Uruguay se recibió de contador, escribió un libro titulado “Guerra de guerrillas” (publicado por capítulos en revistas del Ejército), en el que proponía esa estrategia de defensa para el caso de que el país fuera invadido por una potencia extranjera. Dedicó casi diez años de su vida (entre 1942 y 1951) a un juicio al Ejército uruguayo para que el calificativo de “desleal”, que figuraba desde sus tiempos de oposición a Terra, desapareciera de su legajo. No solamente lo consiguió, sino que además logró que se le pagaran los salarios generados entre 1939 y 1942, que se le restituyera el grado que le hubiera correspondido y –por increíble que parezca— con expresa valoración de los servicios prestados en el Ejército republicano español (al parecer teníamos unas Fuerzas Armadas diferentes a las que 30 años después irrumpirían en el escenario político). Concluido el juicio, él mismo editó un libro titulado “Reivindicación del teniente coronel Juan José López Silveira”, en el que narra las peripecias de aquella demanda contra el Ejército.

“Lo que obtuvo de las reparaciones económicas –me contó su hijo Román— lo repartió con algunos amigos y el resto se lo gastó todo en un cabaret en Buenos Aires. La sensualidad fue uno de los componentes esenciales de su vida”.

Dos años después de volver a Montevideo, ya quería retornar a Europa y alistarse en el Ejército británico para combatir a Hitler, pero su médico se lo impidió. Las secuelas de su participación en la guerra civil española aún estaban vivas: anemia y “varios plomos de metralla” o balas, que su hijo y su última esposa descubrieron recién cuando se dispusieron a incinerar su cuerpo, tal como era su deseo.

Culto, de prosa fluida y lector empedernido, López Silveira colaboró desde su regreso a Montevideo con el semanario “Marcha”, en el que escribía con el seudónimo de Viriato, nombre de un caudillo íbero que resistió las invasiones de los romanos a la Península. A riesgo de su propia vida, no pudo eludir la tentación de retornar tres veces clandestinamente a España bajo el franquismo, gracias a los buenos oficios de otro tío diplomático, residente en La Coruña y amigo personal de Franco. “Nunca, nunca durante la guerra pude sentir ni disfrutar la belleza del paisaje de España. Jamás tuve capacidad suficiente para desligarme de los problemas de la guerra y entregarme, aunque fuera por momentos, al panorama que mis ojos miraban pero no veían”, escribió.

Antes de morir en 1965, a los 53 años, aún tuvo tiempo de ir en 1961 a Bahía de Cochinos, en Cuba, cuando se enteró del intento de invasión. Allí fue, pero cuando llegó los anti-castristas ya habían sido derrotados. Lo que se dice una vida sin concesiones.

Román López Silveira era tres años mayor que su hermano Juan José. Más politizado que él, ya antes de partir a España estaba vinculado a medios de izquierda en Uruguay y miraba con simpatía a la revolución rusa. Ello no le impidió –según su sobrino, del mismo nombre— ser “amigo del tango, la poesía y la bohemia. Era amigo de Blanca Luz Brum, prima de Baltasar, y amante de Perón (siempre según su sobrino)”.

Fue estudiante y luego funcionario de la Biblioteca del Palacio Legislativo. Según las especulaciones de su sobrino, su partida a España se debió a sus convicciones políticas, pero también a un sentimiento de culpa determinado por el hecho de que Juan José –sobre quien ejercía cierta influencia—ya estaba combatiendo allí. Estuvo “preparándose” militarmente en Brasil hasta que consiguió viajar a España, también desde Buenos Aires, seis meses después que su hermano. A diferencia de éste, sí integró las Brigadas Internacionales. Román me enseñó con orgullo el certificado que lo acreditaba como tal y que conserva como un tesoro. Su ignorancia en el manejo de las armas lo colocó en condición de soldado raso, desde la cual peleó en diferentes frentes, e incluso en la mítica batalla del Ebro. Su sobrino afirma que fue en España donde “se hizo definitivamente del PC, aunque por temperamento era anarquista, bohemio y antidogmático”. Cruzó los Pirineos con su hermano en febrero de 1939. Fue hecho prisionero y conducido a un campo de internamiento en el sur de Francia y a la edad de 30 años “lo sorprendió la muerte una fría mañana en el desamparo de la miseria de la inhospitalaria conducta de los apaciguadores franceses”, según relata Alberto Etchepare, cronista uruguayo en la guerra civil.

Si su tío Lucas, el mismo que consiguió sacar a Juan José del campo de internación de Geurs, hubiera llegado tan solo un día antes, la trágica muerte de Román López Silveira quizás se hubiera evitado. Pero cuando llegó, Román ya había muerto como tantos otros de los miles de españoles y brigadistas internacionales que llegaron a estar internados en los campos del sur de Francia. “No aguanto más estos piojos, me voy a bañar”, le anunció a su hermano, quien trató de persuadirlo de que no se metiera en un mar con temperaturas bajo cero. Murió a los pocos días de pulmonía y en su memoria el hijo de Juan José lleva su nombre.

El aviador que leía a Dostoievsky

Luis Tomás Tuya nació en Mercedes en 1909. Según Alberto Etchepare “su vida transcurría igual que la de la mayor parte de los jóvenes del interior. Unos estudios no completados en aquel liceo que tenía un no sé qué de jaula, que ahuyentó rápidamente su alma hecha para respirar en los grandes espacios, hambrienta de lejanías”. Un día llegó a Mercedes un aviador extranjero, y Tuya fue el único mercedario que, previo pago de una suma de dinero, se decidió a subir al aparato. En su libro, “Don Quijote fusilado”, Etchepare cuenta que Luis Tuya “habló siempre de su pueblo con amargura. Con la amargura de quien no sólo no es comprendido, sino que también recibe el calificativo de loco”. Sus horas de juventud las consumió entre la lectura de Lamartine y Dostoievsky y la pasión por la aviación. Finalmente, y a pesar de la resistencia familiar, consiguió el brevet, que lo autorizaba a pilotar aviones.

Pocos años antes de luchar en España había combatido del lado paraguayo en la Guerra del Chaco, que enfrentó a Paraguay y Bolivia. Fue condecorado por sus méritos durante el conflicto, pero quienes lo conocieron sostienen que fue su espíritu de aventura el que lo condujo a volar sobre el Chaco. Llegó a España en setiembre de 1936 desde Buenos Aires, y gracias a las facilidades otorgadas por sus amigos del diario porteño Crítica.

Cuando Etchepare lo conoció en España lo describió como “un romántico barnizado de marxista, quizás un poeta y en estos tiempos para ir en busca del azul, qué mejor que un avión. El pueblo uruguayo tiene ya su representante en las alas rojas, que luchan contra los negros pajarracos de cruces gamadas”.

Para enrolarse Tuya se dirigió al Ministerio del Aire, que por entonces se encontraba en Valencia. Cuando llegó, el capitán Parrondo, jefe de los pilotos extranjeros, le preguntó cuánto exigía como paga. “Solamente quiero un avión. Yo no cobro por defender la justicia”, dicen que fue la respuesta de Tuya. No voló muchos meses, por cierto, pero mientras estuvo con vida se lo consideró un piloto extraordinario. De su eficacia hablan los cuatro trimotores que derribó en el frente de Madrid, mérito que se realza aun más si se tiene en cuenta que la aviación republicana era muy inferior a la franquista, pertrechada con aparatos alemanes de última generación. Despegó de las bases de Prat de Llobregat, Reus y otras en Aragón. Intervino en la lucha en diversos frentes del sur y finalmente fue enviado al País Vasco. Allí murió una tarde bajo los cielos de Bilbao, con el grado de teniente y apenas cinco meses después de haber llegado a España. Sobre las circunstancias de su muerte circulan dos versiones bastante similares. Difieren únicamente en las causas que lo llevaron a inmolarse. Una sostiene que sobre el frente de Bilbao su avión y el de un oficial republicano apellidado Varela se vieron rodeados por una cuadrilla de aviones alemanes y la otra, que se quedó sin gasolina. En cualquier caso, ambas coinciden en que, al verse perdido (Varela saltó en paracaídas y fue fusilado por los “nacionales”), Tuya dirigió su avión contra un trimotor alemán y una ola de fuego envolvió a ambos aparatos. Tenía 28 años. Y entre vuelo y vuelo solía recitar versos de “El Viejo Pancho”.

Su sobrino Arquímedes Tuya me dijo durante una conversación telefónica que hace aproximadamente quince años la embajada española en Montevideo le comunicó a su hermano Rudeber que tenía en su poder la espada y la gorra que habían pertenecido a su tío. Arquímedes no sabe siquiera si el hermano fue a recogerlas.

Los semidioses del Ebro

Los nombres de Felipe Torres Pereira y de José Facal están indisolublemente ligados por las circunstancias de su muerte en España: ambos murieron en la batalla del Ebro en setiembre de 1938.

Felipe Torres Pereira nació en 1914 en Melo. Al igual que otros voluntarios uruguayos que fueron a España, tuvo un breve pasaje por los cuarteles. Era cabo cuando en 1935 se encontraba destacado en un batallón de Paso de los Toros esperando un alzamiento contra el gobierno de Terra organizado desde Brasil. Las tropas “rebeldes” nunca llegaron y, según cuenta Washington Torres, hermano de Felipe, éste “desertó o le dieron de baja”.

De padres nacionalistas, Washington sostiene que su hermano se vio muy influido por el diario “El País”, que por entonces defendía a la República española (y luego se convertiría en vocero de la dictadura). Sobre las inclinaciones políticas de su hermano, Washington sostiene que “es posible que al momento de partir ya estuviera muy influido por las ideas socialistas, pero creo que se hizo comunista en España. También es posible que Felipe Torres ya tuviera decidido ir a combatir por la República cuando, sin avisarle a nadie, se fue a Buenos Aires. Sin embargo, desde allí le escribió un 22 de marzo de 1938 a su familia comunicándole intenciones muy diferentes, tal vez con el piadoso objetivo de no alarmar a sus padres: “Mañana embarco como corresponsal de un rotativo argentino en la guerra española. Estaré lejos de esta tierra querida, que ya no sé si volveré a ver. Ruego a mi estimado padre sepa perdonarme mi espíritu aventurero”. La carta concluía, sin embargo, con una pista sobre sus propósitos: “el que no arriesga no gana”. Era soltero y tenía 24 años.

Ya en Barcelona, el ánimo es otro: “Vi el sacrificio en las puertas de Madrid (…), una demostración palpable de lo que puede un pueblo dispuesto a morir por su libertad. Lleno de moral y de fe, dispuesto a sucumbir antes que ceder un palmo de terreno. ¿Un conflicto puramente español? Ya nadie duda de que las ansias de rapiña del fascismo internacional pretenden implantar sus garras en suelo español”.

Otra carta del 2 de enero de 1939 del diputado socialista uruguayo Emilio Frugoni a su madre, aún hoy en poder de Washington Torres, da cuenta de la búsqueda desesperada de noticias por parte de la familia: “Hace días puse en manos del cónsul español su carta y se me prometió remitirla en el primer despacho para tener noticias de su hijo. Comprendo su dolorosa incertidumbre y me siento profundamente solidarizado con su pena. Sosténgale en su dolor de madre el pensamiento de que su hijo es un héroe de cuyo sacrificio nos honramos y enorgullecemos todos los uruguayos amantes de la libertad. El nombre de Felipe Torres Pereira se halla grabado en el corazón de cuantos seguimos con ansiedad el drama de España”.

En una carta de febrero de 1940, dirigida a la madre de Felipe y firmada por un tal R. Prieto Bernié, “de paso por Montevideo”, y con certeza compañero de Torres en España, se narran algunos detalles de su muerte. “Cayó en los combates del vértice de Gaeta el 3 de setiembre de 1938 –dice la carta–. Era un magnífico combatiente, de una pureza casi infantil. Ascendió a sargento por su valor en el paso del río el 25 de julio, fue enviado a la Escuela Popular de Guerra a realizar el curso de oficial, de donde volvió a fines de agosto. Recibió el mando de una sección en la Tercera Compañía del 4° Batallón de la 12ª Brigada y murió el 3 de setiembre cuando al frente de sus hombres atacaba posiciones enemigas. No sufrió dolor y agonía. Al marchar al ataque, una bala le partió el corazón. Allí fue enterrado con otros camaradas entre el respeto y la emoción de los que sobrevivieron. El ideal de libertad por el que murió su hijo es patrimonio universal. Alguien dijo que los internacionales como Felipe, eran ‘hombres árbol’, cargados de semillas de libertad”, concluye la carta de quien obviamente no tuvo el coraje de enfrentar cara a cara a la madre de Torres.

Fue el último presidente del gobierno, Juan Negrín, quien bautizó a los combatientes del Ebro como semidioses. Es que la contraofensiva republicana en el frente del Ebro, concebida en plena retirada de sus ejércitos, parecía una meta imposible. Sin embargo, gran parte de los 60.000 hombres que allí había concentrado el Ejército Republicano logró cruzar el río. La batalla duró tres meses y ambos bandos sufrieron en ella más bajas que durante el resto de la guerra. La superioridad militar de Franco detuvo la contraofensiva, lo que prácticamente supuso el principio del fin del gobierno del Frente Popular.

“Fue una muerte prácticamente inútil la de mi hermano”, me comentó con amargura y lucidez Washington Torres, “porque el Ejército republicano no precisaba más hombres, sino más armas. Francia e Inglaterra dejaron sola a la República española”.

“España Democrática”, órgano del Comité Nacional de Ayuda al Pueblo Español, que se editaba en Montevideo desde 1936, afirma que al momento de su muerte, Felipe Torres llevaba en su pecho un retrato de su madre y una bandera uruguaya.

Juan Facal, el otro “semidios” del Ebro, había sido estudiante en Montevideo, estuvo preso en los días del golpe de Estado de Terra en 1933. Fue obrero de la construcción e incluso conoció la vida de cuartel. Fue militante de la Juventud y del Partido Comunista del Uruguay, y ya en España, miliciano del Ejército Popular. Se despidió a principios de 1938 del entonces miembro del PC, e historiador, Robert Ares Pons, con un premonitorio “va a pasar mucho tiempo sin que nos veamos”. También murió peleando en la batalla del Ebro.

“Se tuvieron que realizar incendios de iglesias”

Juan Llorca era español y llegó de niño a Montevideo a principios del siglo XX. No dudó en marchar a España una vez desatada la guerra civil. Fue un destacado dirigente sindical de los trabajadores de la pesca. En una larga entrevista (“Forjar el viento”), el secretario general del PC uruguayo Rodney Arismendi lo defiende insólitamente como un “anarquista procomunista”. No sé sabe cómo, pero ya el 29 de julio de 1936 (once días después del levantamiento de Franco), se encontraba en Barcelona, desde donde escribía al periódico comunista Justicia:

“Estimados camaradas, os escribo para que sepáis del heroísmo sin límites de los trabajadores catalanes, cómo se trabaja en unidad revolucionaria sin reparar en ideologías, teniendo como norma la lucha contra el fascismo. Quisiera poder pintaros cómo los trabajadores se iban incautando de los edificios para casas de asistencia de los heridos, cómo se iban desmoronando por la acción del fuego de fusilería, ametralladoras y cañones todas las bastillas del fascismo. Después de las luchas encarnizadas en las calles, se tuvieron que realizar incendios de iglesias y conventos, pero ello únicamente contra aquellos desde los que se hacía fuego contra el pueblo”.

El odio anticlerical (el historiador español M. Tuñón de Lara señala que comunistas y anarquistas fusilaron durante la guerra civil a casi 4.000 sacerdotes y no menos de 800 monjas) derivaba del explícito alineamiento de la Iglesia Católica con la monarquía primero y con Franco después. “Para constataros la verdad de estos hechos –continuaba Llorca— os diré que estando yo presenciando el incendio de la iglesia de San Miguel, los sótanos sintieron el calor del fuego e hicieron explosión dentro de ellos gran cantidad de municiones que sembraron el pánico entre el público que presenciaba la hoguera. Para terminar, quiero deciros el inmenso valor que tiene para los españoles que luchan por la libertad, el aliento y la ayuda de los restantes pueblos”. Según Justicia, Juan Llorca murió “erguido, pistola en mano”, en la ciudad de Barcelona.

Otros notorios militantes comunistas que murieron en España durante la guerra fueron Antonio Pereyra y Rómulo Sánchez, ambos vinculados a los ambientes sindicales de su época. El primero de ellos, compañero de la fallecida poetisa Paulina Medeiros, murió en la defensa de Madrid. Lo mismo que Julio Calachik, otro obrero uruguayo que cayó en las cercanías de la Ciudad Universitaria de la capital española. Rómulo Sánchez murió en el frente de Teruel (Aragón) entre diciembre de 1937 y febrero de 1938. Aunque no estuvo combatiendo, el también comunista José Lazarraga desarrolló tareas de organización en la retaguardia en Cataluña. Años después de su regreso fue diputado por el Partido Comunista.

Menos referencias existen del húngaro-uruguayo Koravic, quien participó en la revolución de los consejos obreros de su país de origen, ocurrida casi veinte años antes, y que después de la guerra civil retornó a Hungría.

Un divulgador del “bello ideal ácrata”

Pedro Trufó había nacido en Montevideo en el seno de una familia acomodada. Antes de su partida a España estudió derecho en la Universidad de la República, donde fue un activo militante estudiantil. Según la revista anarquista Esfuerzo, editada en Montevideo durante la guerra civil, “rompió con su clase de origen y divulgó entre el estudiantado uruguayo las bellas concepciones del ideal ácrata. Ello le valió la pérdida del título de universitario, pero ganó el de rebelde. Dejó de ser un privilegiado para ser hombre”.

Partió a Cataluña, bastión del anarcosindicalismo ibérico, en diciembre de 1936 y allí murió durante los sucesos de mayo del 37.

De su prestigio dentro del movimiento ácrata internacional puede dar una idea el hecho de que las arengas de Tufró se emitían por la radio que la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica) tenían en Barcelona. A través de sus emisiones pudo escucharse alguna vez la voz de Tufró que decía: “Tiempos nuevos son los actuales, porque lo viejo resquebrajado por sus propias contradicciones se hunde sin remedio. Sangre nueva, pues, sangre joven, es la que puede alimentar plenamente las necesidades vitales del presente, que es de acción, sobre todo de acción (…). Todos los grandes partos de la historia son dolorosos y éste no podía ser menos, porque de la hora actual no puede, no debe, salir para España otra cosa que la liberación definitiva de los yugos seculares que la tenían en permanente laceración”.

Pedro Tufró fue el único uruguayo que durante la guerra civil cayó segado por armas comunistas. Para entender su absurda muerte es necesario recordar lo que varios historiadores han denominado “los sucesos de mayo de 1937”. La CNT y la FAI controlaban en Cataluña gran parte de la producción fabril, las fronteras y, a través de sus “patrullas de control”, los organismos de orden público. A pesar de su ambiguo respaldo al gobierno del Frente Popular, tanto la FAI como la CNT sostenían que la revolución social que estaba teniendo lugar en España era frenada desde el gobierno. De ahí su resistencia a perder el control del aparato de seguridad en Cataluña. El gobierno autónomo catalán, y sobre todo el PC, intentaron desarmar a los anarquistas y desalojarlos de los espacios de poder que detentaban. El resultado no pudo ser más dramático. Según Tuñón de Lara, entre la última semana de abril y la primera de mayo de 1937, los muertos por los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas llegaron a 500. Uno de ellos fue Pedro Tufró.

“El cadáver de Tufró fue reconocido”, escribió el dirigente anarquista español Fidel Miró el 17 de mayo de 1937. “En nuestros rostros quedó grabada una mueca de indignación y de tristeza. Poco podía él pensar, cuando llegó hace apenas cinco meses a España, la suerte que le aguardaba. Horrible tragedia la suya, que, frente al fascismo hubiera caído con una sonrisa en los labios, satisfecho de dar la vida por el ideal, al constatar en los momentos postreros de su vida, que caía por las balas fratricidas”, agrega Miró.

Entre los anarquistas uruguayos que llegaron a Barcelona hay que mencionar también al propio Alberto Etchepare, periodista, quien a su regreso publicó un libro de entrevistas titulado “Don Quijote fusilado”. Murió en la década de los 60 y hasta entonces escribió en el semanario “Marcha” una columna sobre actualidad parlamentaria, llamada “El salón de los pesos perdidos” y firmada por “El que apretó el tomate en la Kermesse”.

No fue a combatir, peo también estuvo José Gomensoro, médico neurólogo, que prestó servicios en Barcelona hasta el final de la guerra. Gomensoro ingresó tardíamente a Cataluña, junto a Roberto Cotelo, quien murió en suelo español.

El guerrillero desconocido

Ramón Tajes fue otro de los uruguayos que combatieron en el lado republicano, pero su nombre no es habitualmente recordado en los discursos apologéticos  ni en las conmemoraciones de la guerra civil ni por los contemporáneos que aún viven. Tal omisión no es fácil de explicar, pero puede deberse tanto a que Tajes ya se encontraba en España cuando estalló la guerra como a que no pertenecía a ninguna organización política influyente.

Había nacido en Salto y sus actividades políticas se remontan a la época de la dictadura de Uriburu en Argentina. Allí conoció la prisión primero y el destierro más tarde. Relata Etchepare en el citado libro que, “mezclado con el pueblo en Barcelona salió a la calle el 19 de julio y ocupó su puesto en las barricadas de la libertad. A pesar del gran partidismo reinante en Barcelona, Tajes se definía como “demócrata y hombre libre”. Tal vez esto explique que asumiera una actitud de neutralidad ante “la dolorosa lucha interna del antifascismo catalán”.

Del final de Ramón Tajes nada se supo. Apenas una imagen dibujada por la pluma de Etchepare, de quien se despidiera en un andén de la estación de trenes de Barcelona “aguardando la hora de la victoria y levantando su puño”.

Otro anónimo combatiente –del que tampoco existen mayores referencias, salvo un artículo aparecido en “España Democrática” en diciembre de 1938— fue el capitán Ernesto Bauer. En esa única mención se dice que Bauer (no se sabe si nacido en Alemania o Uruguay) había estado 15 meses en el estado mayor de una unidad móvil, que entraba en acción dónde y cuándo se lo requería.

El artículo reproducía declaraciones de Bauer en radio Ariel. Había ido a España “a luchar por lo que amo y en contra de lo que odio”. A pesar de que en esa fecha la guerra estaba prácticamente perdida para los republicanos, Bauer conservaba su fe ciega en el triunfo final: “Peritos alemanes de fama universal no pueden comprender cómo es posible que todavía resista este ejército (el republicano), teniendo en cuenta la superioridad bélica del enemigo (…). ¿Quién va a vencer? Muchos creen que Franco. Eso es un disparate. La suerte de España no está en Berlín, Roma o Washington, sino en las manos del pueblo español y esta nación heroica tiene tanta sed de libertad que vencerá”.

La entrevista radial también sirvió para que Bauer divagara sobre asuntos menos castrenses: “La mujer española de hoy ya no es más la dulce y romántica señorita de Sevilla. El español de hoy no es más el cantor soñador de canciones flamencas de ayer”. Y concluía: “Aunque Franco triunfe, la rebelión será incontrolable. Irán apoderándose gradualmente de las armas alemanas e italianas y los mercenarios italianos y alemanes serán degollados por el pueblo”.

Los desconocidos

En octubre de 1938 la situación militar era decididamente desfavorable para el gobierno republicano. Los intentos de llegar a una paz negociada naufragaron, y el gobierno legítimo de España decidió retirar a todos los extranjeros que combatían en sus filas. Para contrarrestar el efecto diplomático de tal iniciativa, Franco retiró un número equivalente de soldados italianos (10.000 aproximadamente). No obstante, permanecieron en España entre 40.000 y 80.000 soldados de Mussolini. El día 28 de aquel mes, 200.000 españoles despedían en Barcelona a los brigadistas internacionales. Estaban en el acto el presidente de la República, Manuel Azaña, el presidente del gobierno, Juan Negrín, el poeta Antonio Machado y la dirigenta comunista Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, quien les da el último adiós: “Vais a marchar con la cabeza muy alta. Vosotros sois la historia, sois la leyenda. No os olvidaremos nunca”. Entre aquellos brigadistas que se dirigían desarmados a Francia se encontraba un grupo de anónimos uruguayos cuyos nombres raramente se mencionan.

Todos ellos pasaron largos meses en campos de internación en el sur de Francia, y su exigencia de que los dejaran retornar a Uruguay generó en estas latitudes un vasto movimiento de solidaridad. Una multitud fue a recibir a los tres primeros (los únicos cuyos nombres quedaron para la posteridad): Andrés Risso, dirigente tranviario comunista, que fue expulsado del PC uruguayo durante el período en el que Eugenio Gómez ejercía la secretaría general; Alberto Cabot, quien retornó con una prótesis en el cráneo, producto de una herida recibida en combate y que fuera el uruguayo con más alta graduación militar (capitán de las Brigadas Internacionales), y Edgardo Mutti, italiano nacionalizado uruguayo.

Sin embargo, fueron muchos más los que estuvieron luchando en el bando republicano y que terminaron en campos de internación franceses. La siguiente lista, aparecida en la edición de “España Democrática” del 19 de mayo de 1939, desmiente la idea predominante hasta hoy de que sólo una escasa decena de “famosos” uruguayos fue la que cruzó el Atlántico para luchar contra la sublevación franquista. He aquí sus nombres como homenaje póstumo.

Terminada la guerra, además de los tres arriba mencionados, se encontraban en el islote J. Campo de Guers: Regino Baez Quintana (Carmelo), Jorge Palanco Verdugo (Montevideo), Francisco Pastor Esquiroz (Montevideo), Lorenzo Palermo Martínez (Minas), Francisco Haro Guerrero (Montevideo), Rabino Mateo Mestre (Pando), Pastor Ontíveros Rodriguez (Montevideo), Enrique Baudeville (Montevideo), Angel Tzareff (Montevideo), Carlos del Valle (Sarandí del Yi), José Herrera Pérez, Salvador Loy, Benjamín Alvarez Pena, José Feredici (húngaro residente en Uruguay desde 1930), Esteban Balogh (rumano, en Uruguay desde 1930), Américo Gayer, Salomón Goldstein y Ernesto Pizarro (chileno nacionalizado uruguayo).

En el estadio municipal de Norts deux Serres se encontraban: Carlos Alvarez Pérez (Montevideo), Manuel Santos (Montevideo), Walter Walls Castro y Margarita Mitjavilla de Arismendi, junto a sus dos hijos.

http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/11/25/uruguayos-en-la-guerra-civil-espanola/