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Robert Capa, el fotógrafo que se acercaba demasiado

Javier Martín Calderón, 3 de enero de 2011 | 4 enero 2011

Durante su estancia en Madrid, Capa logró reflejar mejor que nadie el sufrimiento de una población asediada

5 de Septiembre de 1936, Cerro Muriano, provincia de Córdoba. Robert Capa llega hasta esta localidad para retratar la que se perfilaba como la primera victoria republicana en una guerra marcada por el imparable avance de las columnas franquistas. El ejército republicano había iniciado una ofensiva en la segunda mitad de agosto para recuperar Córdoba. Milicianos y soldados regulares republicanos se mezclaban en las trincheras bajo el sol implacable del verano andaluz. Ese día, la historia había reservado a Capa un nombre entre sus páginas. Movido por un compromiso moral hacia los anarcosindicalistas de la CNT, se acercó hasta las trincheras que ocupaban en las afueras del pueblo. Nunca ocultó su simpatía hacia su causa. Le recibieron con cordialidad y afecto. La moral era alta: las fotografías que Robert Capa tomó esa mañana reflejan rostros sonrientes, puños alzados y armas en ristre. Poco más tarde, comienza la ofensiva y Capa decide acompañarlos. Los milicianos avanzan campo a través sorteando los pequeños barrancos que salpican el terreno. En un momento del ataque, las líneas nacionales responden desde sus trincheras. Instintivamente, el fotógrafo, que se encuentra a cubierto tumbado en el suelo, mira hacia atrás y dispara su Leica 35mm, retratando el momento exacto de la muerte de Federico Borrell García, militante de la CNT. No lo sabía, pero acababa de hacer la mejor fotografía de guerra civil española. Durante los tres años siguientes, realizaría muchas más en los diferentes escenarios de la contienda, convirtiéndose en el fotógrafo más célebre de la tragedia que serviría de laboratorio a las ambiciones bélicas de nazis y fascistas italianos.

La controversia en torno a si la fotografía del miliciano abatido en Cerro Muriano es auténtica o falsa no afecta a su profundo significado. La figura del miliciano cayendo  a tierra representa a los incontables combatientes que perdieron la vida en un conflicto, donde se luchó con ferocidad para preservar la democracia, poner en marcha una revolución o implantar una dictadura fascista. Federico Borrell, el miliciano anarquista, ejemplifica la fragilidad de la vida humana.

André Friedman, verdadero nombre de Robert Capa, nació en Budapest en 1913 en el seno de una familia acomodada. Desde muy joven, mostró interés por el arte y la política. En seguida se implicará en los diversos movimientos sociales y artísticos. En esas fechas, Budapest es un auténtico hervidero de creatividad. Su oposición a la legislación antisemita y protofascista del régimen del Mariscal Horthy no le dejará otra alternativa que el exilio. Se establecerá en  Berlín para estudiar Periodismo, profesión que le permitirá aunar sus dos grandes pasiones: la literatura y la política. Allí entra en contacto con miembros revisionistas del Partido Comunista Alemán, que influirán notablemente en el joven André.

La Depresión económica mundial afectó seriamente al negocio de sus padres. Se vio obligado a abandonar sus estudios universitarios y comenzó a buscar trabajo. Consigue un puesto de ayudante en la agencia de fotografía Dephot, donde se inicia como fotógrafo cubriendo diversos acontecimientos relacionados con la política. En 1933, debido al ascenso del nazismo en Alemania, se traslada a París, donde conocerá a Gerda Taro. Taro sería su compañera sentimental hasta su trágica muerte en 1937. Hija de judíos polacos y militante socialistas, Gerda Taro también desempeñaría un papel esencial como corresponsal en la guerra civil española. André le enseñará la técnica fotográfica, pero Gerda no tardará en desarrollar un estilo propio. Al parecer, el nombre de Robert Capa surge de  un alarde de ingenio. La pareja se inventa a un presunto fotógrafo norteamericano al que representan para vender sus reportajes. Supuestamente es una figura de enorme prestigio en los Estados Unidos. Las agencias y los periódicos creen la historia y compran sus fotografías. André Friedman se convierte en Robert Capa. Ya no cambiará de nombre.

Hasta 1936, Capa viaja por el continente europeo fotografiando, entre otros acontecimientos, el desfile conmemorativo del cuarto aniversario de la República Española. Comienza entonces el idilio entre España y Robert Capa. La fascinación que sintió por este país será la que le lleve a viajar, junto con Taro, a Barcelona tan solo dos semanas después del inicio de la contienda. Una vez allí, acude al frente de Aragón, pero ante la escasa actividad bélica deciden desplazarse a Córdoba, donde el Gobierno republicano había comenzado una ofensiva para recuperar la ciudad. Será allí donde realice la fotografía que le dé la fama: Muerte de un miliciano. En noviembre, viaja a Madrid para retratar la resistencia republicana frente al avance de las columnas nacionales. Madrid constituirá el auténtico bautismo de fuego de Capa. Las imágenes que tomó del asedio de la capital son un documento de incalculable valor histórico, que reflejan la transformación de los civiles en combatientes. Gracias a su inquebrantable determinación, Madrid resiste tres años con el enemigo a las puertas. Allí conocería a John Dos Passos y a Hemingway, que utiliza sus fotografías de la ofensiva republicana de La Granja para escribir Por quién doblan las campanas.

Durante las semanas que duró su estancia en Madrid, Capa logró reflejar mejor que nadie el sufrimiento de una población asediada. La grandeza de Capa residía en su talento para captar el horror de un rostro entre unas ruinas, el desamparo de unos niños sentados frente una pared agujereada por la metralla. Las imágenes de la destrucción de Madrid dieron la vuelta al mundo, concienciando a la opinión pública internacional de la necesidad de no cerrar los ojos ante el drama español. Fue en la capital donde la cámara de Capa se convirtió en una poderosa arma bélica. Su fotorreportaje para la revista Regards, La capital crucificada, supuso su consagración como fotógrafo de guerra.

Ante la inminente caída de Bilbao, en mayo de 1937, Capa y Taro deciden viajar hasta allí para cubrir la batalla. En Bilbao, Capa realizará otras de sus grande fotografías. Durante un ataque de la aviación franquista, Capa se encuentra en la calle tomando instantáneas. Aterrorizada, la población se precipita hacia los refugios antiaéreos. Una niña corre con su madre, sin prestar atención al fotógrafo. La niña se ha abrochado mal el abrigo, presa del pánico. La madre mira al cielo atemorizada, mientras sujeta firmemente la mano de su hija. Capa poseía esa habilidad especial para captar la crudeza de una guerra en los detalles más ínfimos. Un abrigo mal abrochado, el miedo en un rostro, una mano crispada por el temor.

En julio de ese mismo año, Gerda Taro se halla en Brunete, a las afueras de Madrid, cubriendo la ofensiva republicana. En una retirada desorganizada de las filas republicanas, Taro se sube al estribo del coche de un general. Un tanque fuera de control arrolla el coche, aplastándola. Morirá al día siguiente, víctima de las heridas. Al enterarse de la noticia, Capa, que está en París, se queda desconsolado. Después de la tragedia, incapaz de afrontar su regreso a España, planea un viaje a China para documentar la resistencia frente a la invasión japonesa. Antes de marcharse, decide cubrir la batalla de Teruel, primera y única capital de provincia conquistada por los republicanos en la guerra.

Capa pasa los nueve primeros meses de 1938 en China. Cuando regresa a España en octubre llega a tiempo de fotografiar el acto de despedida de las Brigadas Internacionales en el castillo de Montjuic de Barcelona. Fotografía el último desfile de los brigadistas, centrándose en los rostros endurecidos de los soldados. Los semblantes abatidos de los brigadistas, sus ojos llorosos, evidencian y anticipan la derrota de la República. Aquel 25 de octubre, las Brigadas entonan por última vez la Internacional en tierra española.

A la República aún le quedaba energía para otra ofensiva, que será la última. La batalla del Ebro comienza en noviembre de 1938 con el objetivo de evitar el aislamiento de Cataluña del resto del territorio republicano. Capa, junto con Hemingway, cruzan el río Ebro en un pequeño bote para pasar un día con el general Líster y su Quinto Regimiento. Dos días después, Capa se dirige a cubrir el punto más caliente de la ofensiva republicana, en el oeste. La serie de fotografías que Capa realiza esos días constituyen un estremecedor documento gráfico del combate en primera línea. Casi puede percibirse el olor acre de la tierra y el polvo levantados por el efecto del bombardeo. Nadie antes había captado el momento exacto de la explosión de las bombas. Nadie antes había conseguido combinar conceptos y emociones en fotografías que trascendían el mero reportaje. Capa captó el miedo, la angustia, el valor, la poesía, lo incierto.

Más tarde, Capa cubrirá la retirada republicana desde Cataluña hasta Francia. Su Leica recogerá el drama humano de los caminos atestados de refugiados, las condiciones inhumanas de los campos franceses, la desesperación de los rostros atezados por el hambre, el cansancio y la falta de higiene. Soldados y civiles se entremezclan en la arena de la playa de Argèles-Sur-Mer. Muchos morirán a causa de las enfermedades y la malnutrición.

En la frontera francesa, la historia de Capa con España se desliga. Comienza una nueva etapa, donde vivirá en primera persona alguna de las batallas más importantes de la Segunda Guerra Mundial. Desembarcó en Normandía junto a los aliados, tomando tres carretes de fotografías, pero dos de ellos quedaron inservibles y sólo pudieron rescatarse seis imágenes. Capa también estará presente en la guerra árabe-israelí de 1948. Está a punto de morir mientras fotografía los combates en Jerusalén.

En 1954, se dirige con otros compañeros de la recién fundada agencia Magnum a Vietnam. Su objetivo es tomar imágenes del conflicto de Indochina, donde Francia intenta conservar la colonia, pese a la guerrilla del Vietminh (Liga para la Independencia de Vietnam). Un día decide acompañar a una expedición militar francesa, que se dirige al norte para entablar combates con las guerrillas de Ho Chi Minh. Durante la caminata, se detiene un momento para sacar fotografías de los soldados avanzando con el sol de frente. Pisa una mina y la explosión le alcanza de lleno. Las heridas le causan la muerte. No es un fin a la altura de su carrera. Después de sobrevivir a la batalla del Ebro y el desembarco de Normandía, pierde la vida en un lugar apenas transitado de la selva vietnamita.

La Historia tiene una deuda con Robert Capa. Nos ha dejado un testimonio gráfico imprescindible, donde se muestra con poesía y crudeza el sufrimiento que causaron las principales guerras del siglo XX. Su obra es el último parapeto entre el hombre y el vacío. Cincuenta años más tarde, Miguel Gil, corresponsal de guerra en Sarajevo, Sierra Leona y Chechenia, escribiría en su diario: “Cada dolor es único e irrepetible. Por las más sobrenaturales razones.” Estas palabras reproducen el espíritu de Robert Capa, que desprecio el riesgo para estar en el escenario de los grandes dramas de su tiempo. Capa estableció un imperativo categórico para las futuras generaciones de fotógrafos: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no estabas suficientemente cerca”.  La verdad necesita testigos, pero a veces se cobra vidas, que nos iluminan a todos, revelándonos el dolor ajeno.

JAVIER MARTÍN CALDERÓN

Periodista

http://intothewildunion.blogspot.com/2011/01/robert-capa-el-fotografo-que-se.html?zx=1460eecad18655ad