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Balada airada de una triste película (sin trompetas ni memoria)

Juan Carlos Monedero. Público, 14/02/2011 | 15 febrero 2011

La película de Álex de la Iglesia insiste en el tratamiento metafórico de las dos Españas

PUBLICO.

En Viva mi dueño, Valle Inclán retrata a la corte de Isabel II de manera inclemente, acompañada “con sus frailes, sus togados, sus validos, sus héroes bufos, y sus payasos trágicos”. Ya andaba herido el escritor gallego de esquirlas de esperpento, y usaba del oxímoron (payaso trágico) para insistir en ese desastre patrio que, esperando el momento de narrar su drama, arreglaba primero cuentas con la farsa. Pero nunca se rió Valle Inclán de lo que no tenía gracia.

En Luces de Bohemia no hay atisbo de risa cuando aplican al anarquista la ley de fugas y lo asesinan. Tampoco cuando una bala policial mata al niño en brazos de la madre. Y la risa está ausente en la escena con la prostituta niña que olía a nardos. El esperpento se diferencia de la comedia bufa en que no se confunde a la hora de reírse. Cuestión de inteligencia y buen gusto. Cuando quiso resumir Ramón Carande la historia del país de Rinconete y Cortadillo, dijo: “España, demasiados retrocesos”.

Cada Reforma vino en España con su Contrarreforma, lo suficientemente poderosa como para regresar a un punto de partida anterior. Para lograr tales saltos hacia atrás, era necesario cada tanto, arrancar de cuajo tanta mala hierba como fuera necesario. Hay una antiEspaña tan eterna como la España profunda. Desde que Don Pelayo pidió ayuda a la Virgen de Covadonga para lapidar al infiel en las montañas de Asturias. El problema es que siempre fue la minoría privilegiada quien empezó los retrocesos. Construyó la imagen de las dos Españas condenadas a enfrentarse, y esa metáfora simplona sirvió para ocultar que seguimos arrastrando la construcción de un país por aluvión, a través de una muy tranquila reconquista, que fue repartiendo el territorio en señores feudales que marcarían al país con impronta de oligarcas y caciques. ¿Dos Españas? Nunca se vio al cordero importunando al lobo.

Resulta difícil pensar en una película donde se hagan bromas con el gueto de Varsovia. Donde, por ejemplo, salga un rabino, o quizá también un payaso, bien maquillado y bien ridículo con, pongamos, una lanza, y transfigure su condición de poco talentoso payaso con la de asesino en serie, y en una secuencia de baile tipo MTV, asaetee nazis sin rostro a diestra y siniestra (sobre todo a siniestra).

O una película sobre el fascismo en Yugoslavia, Italia o Francia, donde se repartan culpas entre la resistencia francesa y la Gestapo, porque se supone que unos y otros están genéticamente condenados a enfrentarse, que basta mirar la historia oficial, mientras la pobre Alemania (o Francia o Italia), representada por una matrona, o por una puta con mala conciencia que sufre por la inconsciencia de sus hijos que no terminan de quererla como corresponde, aunque también queda abierto que su mala suerte puede tener que ver con su mala cabeza, o porque nos ha salido la madre un poco golfa, que ahí tampoco hay claridad.

Hay cosas que en otros pagos, con mayor conciencia cívica, no pasan, o sí pasan (pensemos en la Italia de Berlusconi), pero se monta un poco de cirio porque hay una porción de ciudadanos que lo son y no aguantan cualquier estupidez, aunque venga de Berlusconi. Incluso Tarantino (Tarantino, ese que se hace unas risas porque a un matón se le escapa un tiro y le vuela a un negro los sesos y los desparrama por el salpicadero del coche), en Malditos bastardos (una referencia fallida y constante en esta sucesión de cortos mal hilados de Álex de la Iglesia) no reparte culpas entre los nazis y los aliados, respetando ese patrón que dice que los nazis fueron lo suficientemente bichos como para no hacer muchas bromas (¿O recordamos también To be or no To be de Lubitsch, como una manera de tocar el tema desde el humor pero sin meter la pata?)

Pero parece que el franquismo, ese que aún tiene a 120.000 demócratas enterrados en cunetas, es más fácil explicarlo con chanzas que con análisis. Pese a que aún esté pendiente la película sobre la guerra civil o sobre las razones de aquella guerra. La izquierda, con sus muertos en los caminos decidió representar en el cine la reconciliación (con muy escasas salvedades, como Canciones para después de una guerra o El largo verano del 36), repite el esquema de los dos bandos condenados a enfrentarse y prefiere la comedia a la tragedia para ofrecer una explicación (¿Recordamos también la patética La vaquilla, del maestro Berlanga, un incomprensible manchón en su carrera?).No deja de ser triste (como un réquiem de trompeta) que cada vez que se toque ese momento trágico de la historia de España, los que quieren mirar desde el lado de las víctimas se deslicen por la farsa para aproximarse (¿sin molestar a los vencedores?) a nuestro drama más cercano.

La película de Álex de la Iglesia, Balada triste de trompeta, insiste en el tratamiento metafórico de las dos Españas, cayendo en el tópico de Larra (“Aquí yace media España víctima de la otra media”) o el de Machado (“una de las dos Españas ha de helarte el corazón”) despreciando que hoy sabemos que a los liberales los necesitaba Fernando VII para dar solaz al monstruo que tenía dentro o que los republicanos le sirvieron a Franco para sacar su genocida y justificar su ascenso al poder. Que la memoria no te estropee una película.

No deja de llamar la atención que la fragmentación de la memoria en este film, venga acompañada de la propia fragmentación del relato que narra, un sumatorio fallido de escenas que difícilmente la acreditan siquiera como película. Cuando todo vale, no es fácil rastrear las razones de la arquitectura de una película. ¿Capricho? ¿Arrogancia? ¿Desprecio por la historia real? ¿Ignorancia? ¿Desmesura de quien se deja devorar por la farsa? ¿Dolor mal procesado? ¿Delirios de grandeza?…

La conclusión es una película que falla en todas sus vertientes

1.         Los personajes no tienen consistencia

Cambian su carácter sin razón alguna, de manera que es imposible saber qué van a hacer en la siguiente escena. No es que sea cine fantástico o un intento de armar una película políticamente incorrecta exacerbando un supuesto carácter hispano (como en otras muy buenas películas de este director), sino que es un disparate de quien no respeta ni las reglas de la historia ni las reglas del cine (como un pintor que pintara sin pintura o un escritor que negase la sintaxis). Los personajes pueden -y así ocurre casi todo el rato- salir por peteneras. No hay nada que permita recomponer el relato ni seguir la trama (tal es la inverosimilitud), así que podría alguno de los payasos salir volando, hablar con Tutankamon, tomarse un vermú con Viriato o viajar a la luna. O morder la mano a un Franco bondadoso en una cacería. También puede ser un ratito bueno y un ratito cabrón, como los personajes de Falcon Crest. Si tienes memoria de pez (que ni los peces la tienen), pues te olvidas cada cinco minutos de lo anterior y vas tirando. Pero, ¡ay si te da por pensar un poquito!

2. Y si los personajes no tienen consistencia, las situaciones tampoco

Resulta que al payaso triste le da una paliza el payaso gracioso con un martillo. Tal es la brutalidad, que lo llevan al hospital y le diagnostican hemorragia interna y varias costillas rotas. Cosas de la violencia entre las dos Españas. Uno, sensible ante los males del cuerpo, se descoloca cuando ve que el payaso en coma decide marcharse, arrancar los tubos y, con costillas rotas y todo, saltar verjas, correr que se las pela o cruzar riachuelos camino de no se sabe bien donde. Cuando no hay coherencia, es muy difícil establecer un diálogo con el espectador, a no ser que éste, voluntaria o involuntariamente, se lobotomice. Franco quiso hacerlo con la memoria republicana. Pero no tuvo éxito.

3.         La estructura está hecha de cortos sin hilo alguno entre ellos

(Herencia, supongo, de los orígenes, esto es, de la magnífica Mirandas asesinas que, por fortuna, no pretendió convertir en un largo). Vistos en solitario, algunos, pocos de esos sketchs, pueden tener su gracia (como llevar a un accidentado al veterinario montado en un elefante asesino -animal extraño a semejanza del rinoceronte de Fellini-. O que unos payasos escalen la cruz del Valle de los Caídos detrás de una señora jamona. O que un tipo viva desnudo en el bosque. O que un payaso pregunte a los ejecutores de Carrero Blanco de qué circo son. Pero sigue faltando el hilo y la coherencia. Pretender que eso tiene algún sentido en el contexto de la España de 1973 es, muy al contrario, una falta de consideración. Y no funciona siquiera como retruécano. Sólo se ve algo cuando lo pone el espectador. ¿Y qué van a poner los que no nacieron en esa época? Algo que no pasa en La siesta del fauno (los extranjeros interpretan mejor nuestra historia que nosotros mismos. Triste país que en 2011 aún sigue necesitando hispanistas) donde lo fantástico es una lectura paralela de lo real, y no una rayada anfetamínica. Seis cortos son seis cortos, no una película. Aunque pulpo, cuando eres presidente de lo que sea, sirve para interlocutor internauta, animal de compañía o cobrador del frac de la SGAE . Dudo bien mucho que a un primerizo le permitan estas desbarradas. Y tampoco se debieran permitir a quienes han hecho buen cine antes (como El día de la bestia o La comunidad). ¿Perdemos la perspectiva cuando nadie puede decirnos: te estás pasando? La historia de España no es una farsa inconexa. Las minorías siempre han tenido claro cuál era su papel. Y lo han ejercido con una dureza implacable.

4.         Los anacronismos en la película son constantes

Y al mismo tiempo se hace el truco fácil -usado por Loach en Tierra y libertad- de cruzar la película con documentales para dar sensación de verosimilitud. Llamar a los grises maderos, hablar de la Audiencia Nacional, que aun no había sido creada, usar armas que no son de la época, colocar a Franco en ese año de 1973 con la salud suficiente como parair de cacería, más que licencias son estupideces. ¿Y el rey? ¿Por qué no sale el rey? Porque ya teníamos rey por esas fechas. ¿No encajaba bien el rey entre tanto payaso? Mira que un rey vestido de rey da mucho juego en un teatro de época… Pero en una película de payasos en el trasfondo del fin del franquismo, mire usted, no sale el rey. ¿No es suficientemente payaso? Podía haber salido vestido de almirante, de general de tierra, de aviador, de frac, de motero. Nada. Igual si sale el rey no ganas tantos Goya. Vamos, que de documentación cero, cuando, al mismo tiempo, está pidiendo al espectador durante toda la película que comparta algunas claves históricas (no se inventa una historia, sino que recrea hechos históricos e insiste en ello) sobre las cuales el mismo director hará las aclaraciones pertinentes, para al final saltarse las claves cuando le sale de la academia. (haz una película de dibujos animados, pero no pidas complicidad para unas cosas y para otras te pasas los acuerdos por el arco de los Goya).

5.         Es un insulto presentar al circo -esto es, a la cultura- como ajeno al conflicto entre el fascismo y la república en España

Uno de los payasos grita, después de un bombardeo franquista, justo cuando están a punto de entrar los fascistas en Madrid, que es un payaso y que no tiene nada que ver con la guerra. Mentira. La cultura tuvo su edad de plata en la República y siempre lo supo. O aparece un ridiculizado Líster, con maneras de fascista (lleno de cicatrices, para que no se nos escape su condición de perro peleado), reclutándoles a la fuerza y poniéndoles la pistola en la cabeza, cuando la cultura se volcó con la República desde el primer momento sin necesidad de violencia. Presentar así a un personaje histórico de tanta relevancia durante la guerra civil es bien triste. ¿Necesitaba ponerle nombre y apellido? Vamos, que cuando quiere hacer algo, el director lo hace, y ha optado por ridiculizar a Líster. Lo contrario sería engañarnos.

6.         Es un insulto sacar a una mujer de las filas republicanas (en el reclutamiento del circo)

Ya que estuvieron, de mil maneras diferentes, combatiendo en el frente. Es consistente con el papel que se le entrega a la mujer en la película. En conclusión, se niega el papel de las miles de mujeres que murieron defendiendo Madrid en el frente, y todo por hacer un chiste malo sobre la mujer barbuda del circo a la que un miliciano ha confundido con un hombre. Gracia, ninguna.

7.         Las obras del Valle de los Caídos se representan de manera ridícula

Y ni al Cela encubridor de La colmena se le hubiera ocurrido dejar con vida a un miliciano que hubiera hecho bajas en el combate, como hace con el payaso interpretado por Santiago Segura. O que un niño se pasee todo contento para arriba y para abajo. ¿O es que a los niños hijos de republicanos no les hicieron pagar el pecado de sus padres? ¿Recordamos también a las 13 rosas?

8.         Las mujeres en la película son, como decía, todas ridículas:

Maltratadas a las que les gusta que les peguen, traidoras, esposas sometidas a sus maridos, mandonas encabronadas, en definitiva, o tontas o malas. Bueno, es la visión de Álex de la Iglesia que, supongo, le gustará a su amigo Santiago Segura o, al menos, a su alter ego Torrente. Pero en una película que quiere jugar con la historia de España resulta patético. Cómo no recordar Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Pero las comparaciones son odiosas.

9.         El sexo en la película tiene un tratamiento americano

¡Cuidado con que se vea un pezón! Pura gringolandia. Puedes poner al macho follándose a ¿la puta España? contra un cristal, con toda la violencia que resiste la ventana, o al trasluz de una lona, pero eso sí, que no se le vea un pezón que la clasifican X y no puede exhibirse en los Estados Unidos. Un sexo con lascivia y violencia pero sin sexo. Casi creacionista. En cambio, malos tratos que no falten, patadas en el vientre incluidos. Lo más coherente es Raphael, que como es yerno de Bono, algo de rollito católico le presta al asunto.

10.       Presentar la guerra civil como un conflicto genético, es de lo más triste de la película

Pío Moa por lo menos tiene el coraje de decir que la culpa era de los rojos. Y encima, al final, cuando España muere, envuelta en el rojo de la bandera, no en el amarillo -aunque eso de que es España, insisto, lo tenemos que poner nosotros, que De la Iglesia no da muchas pistas y España no suele tener los ojos verdes-, digo, cuando las dos Españas se quedan solas ante el cadáver de la patria, se reconcilian. ¿Dónde? En el furgón de la policía (gran sitio para que se reconcilien las dos Españas). Qué hallazgo. ¿O es una propuesta política?

11.       Las metáforas son vulgares y si a alguien se le escapa, la música lo recuerda como si fueras un/una descerebrada

(Ahora te emocionas, ahora te asustas, ahora te excitas). Música para adolescentes que necesitan que les ayuden a entender las cosas. Las metaforas, digo, pateticas: como España está en ruinas, el circo – que se supone que tiene caché- actúa todo el rato en ciudades derruidas; los payasos, como las dos Españas, son muy feos y se agreden a sí mismos (¿Así que la República, la edad de plata de la cultura española, con Lorca, Buñuel, Alberti, Altolaguirre, Juan Ramón, León Felipe, Ortega, Justa Zambrano, Victoria Kent, Miguel Hernández y mil más, se agredieron a sí mismos? Por eso, la España del fin del franquismo la sitúa en los puticlubs -que claro que existían- y no en las huelgas o las manifestaciones de estudiantes universitarios -que también estaban ahí-. Qué gran retrato…

12.       La estética, la fotografía, la luz es de videoclip norteamericano

Para que lo cojamos fácil. ¿Y la España de los setenta? Podía haber jugado con la luz para crear un poco de atmósfera de manera más inteligente que con música conductista. Pero no hagamos preguntas estúpidas. Lo importante es el ritmo, los efectos especiales, el resultado catártico, con los tiros, la sangre y la bulla. Vamos, para niños, pero niños, eso sí, que no sean muy listos.

En fin, una película para ver saltando del aburrimiento a la indignación. Memoria fragmentada al servicio de los que sacan algún tipo de provecho ayudando a que la gente no sepa lo que pasó o lo sepa mal. Con el precio que acompaña a ese interesado olvido. Un país que no sabe elaborar su memoria, es un país que no sabrá elaborar su presente. Y la memoria, bien lo saben los nietos que están recuperándola junto a los restos de los abuelos de la democracia republicana, no hay que dejársela ni a fascistas, ni a mentirosos ni a payasos.

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