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El día en que Matías Gimeno decidió contarlo todo

El País, | 6 febrero 2011

Un testigo ocular revela que un soldado falleció en 1944 por la agresión de un mando que acosaba a los reclutas por “rojos”

MIQUEL ALBEROLA 06/02/2011

Un testigo ocular revela que el soldado Juan Bautista García Sales, muerto en 1944 en Ceuta, a los 22 años, no falleció de apendicitis como se le comunicó a la familia de la víctima, sino por la agresión de un mando que acosaba a los reclutas por “rojos”

Ceuta, año 1944. Ser soldado y valenciano en el primer Batallón de Autos de Marruecos era un combinado fatídico. Al general Franco se le había atragantado Valencia. No solo había sido capital de la República entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, sino que también había retrasado el avance de sus tropas. La toma de la ciudad llevó ocho meses más de lo que habían calculado sus estrategas. El brigada Tejido, destinado en este batallón, no lo olvidaba. Y descargaba todo su rencor sobre el grupo de valencianos bajo sus órdenes: “¡Rojos de mierda!”, hijos de puta, ¡qué guerra nos habéis dado!”, vociferaba a menudo, henchido de ansiedad.

Bajo aquella presión, el 18 de septiembre de 1944, el soldado Juan Bautista García Sales, de Foios, un pequeño pueblo de la huerta de Valencia, cometió el error de confundir el paso durante la instrucción que realizaba en la explanada del puerto de Ceuta. Y lo pagó con su vida, tras una agonía de 11 días en el hospital militar. El Ejército echó tierra sobre el asunto: comunicó a la familia que había fallecido como consecuencia de una peritonitis derivada de una apendicitis.

Uno de sus compañeros, Matías Gimeno Orts, de Roca, la vecina pedanía de Meliana (Valencia), recibió un permiso de 11 días con el encargo de entregar a la familia del fallecido su ropa y pertenencias. Era su mejor amigo. Batiste, como era conocido por familiares y amigos, había muerto con la cabeza sobre su brazo el día de San Miguel (29 de septiembre) a las siete y media de la tarde, dos días después de haber cumplido 22 años. Matías presenció lo ocurrido y casi 67 años después todavía no ha podido olvidarlo. Ahora tiene 88. Es un labrador retirado que vive el último tramo de su vida rodeado de jaulas con jilgueros, pardillos y verderones, y no quiere morir sin que se sepa la verdad sobre la muerte de Batiste, a quien define como “una bellísima persona”.

“Me acuerdo como si lo estuviera viendo”, rememora, y se levanta de la silla y lo representa con vehemencia. “Estábamos haciendo instrucción. Éramos unos 200 o 250. Íbamos en fila de a tres. Él iba en la fila del medio, delante de mí. Se equivocó en el paso y pisó al de delante. El brigada Tejido [no recuerda su nombre de pila] lo sacó de la fila: ‘¡Alto! ¡Tú, salte de la formación! ¡Ponte firme!’. Le golpeó en la cabeza y empezó a echar sangre por la boca y los oídos. Lo reventó. Nos tenía ojeriza a los valencianos porque veníamos de zona republicana. Había terminado la guerra y aquí éramos rojos. Nos insultaba constantemente”.

Matías lo estuvo visitando en la cama número 83 del hospital hasta el momento de su muerte. Ese día recibió un recado desde el hospital: “Si quieres ver a Bautista vivo, ven, que está muy malito”. A los parientes se les recomendó que mejor no fueran a verlo. Los compañeros pasaron la gorra y pagaron un nicho en el cementerio de Santa Catalina, en el monte Hacho de Ceuta, del que cinco años después, sin aviso, fue exhumado y trasladado a una fosa. Desde entonces reposan allí sus restos con la silueta del Peñón de Gibraltar recortada sobre el mar.

El hombre que lo presenció todo continúa recordando. Cómo vació la taquilla de Batiste, cómo lo metió todo en el macuto. Tras tres tortuosos días de viaje, entregó sus cosas a la madre, entre las que había una pluma estilográfica con la que había escrito la dedicatoria de una fotografía vestido de militar, que mandó a unos amigos. Le abrió la puerta Honorato, un niño de seis años, que estaba con su abuela y su madre, Mercedes, una de las hermanas de Batiste. “Cuando entré en su casa había dos mujeres lavando en un barreño grande. Una de ellas era su madre, Amparo. Me preguntó cómo había sido y yo le dije que del apéndice. Hasta que no terminé el servicio militar y no tuve nada que ver con el cuartel no le dije que en el papel habían puesto una mentirola. Entonces conté la verdad a algunos familiares”, refiere. Pero su madre se lo calló.

Batiste había estado de permiso en Foios un mes antes de morir, por las fiestas del pueblo. Hacía 11 meses que había salido de allí para cumplir el servicio militar. “Era muy guapo” y hacía muy poco que había reñido con su novia, “una chica de Massalfassar”, recuerda su hermana, Rosario García Sales, de 90 años. Ella lo había acompañado a la estación del Norte de Valencia. “Se iba contento. Era muy buena persona”, evoca. “Nos dijeron muchas mentiras. Que estaba muy mal, grave. Luego, dos días antes de morir, que había mejorado. Dijeron que había muerto de una apendicitis, que había tirado un gusano muy largo…”, relata postrada en un sillón con las piernas en alto en su casa de Foios. El cura les trajo la mala noticia y les contó que había tenido “muy buen entierro”. “Mi madre se quedó casi ciega de llorar durante tres meses. Se le cayeron las pestañas. Nos hacía mucha falta porque mi padre había muerto. Éramos siete mujeres y tres hombres, pero él era el único que cobraba un sueldo todos los meses”, justifica.

Batiste trabajaba de mecánico en Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE) y ayudaba a sus dos hermanos en el campo. Su padre, Miguel, republicano; su madre, Amparo, muy católica. “Eran la noche y el día”, describe la hermana. Aunque el ambiente en los talleres de FEVE estaba muy politizado durante la guerra, Batiste no había militado en ningún partido ni sindicato: “Era muy joven, no se había metido en nada”. Rosario no supo la verdad sobre la muerte de su hermano hasta que al cabo de varios años se lo reveló su marido, Tonet Palau. Él, que había sido teniente en el ejército republicano y tras la guerra hizo trabajos forzados en el Valle de los Caídos, había sido informado por Matías y otros tres compañeros de Batiste. Pero su mujer no quería saberlo: “No me lo vuelvas a decir, mi hermano está muerto y no quiero saberlo”, le espetaba cada vez que trataba de contárselo.

Tampoco quería saber nada su hermano Vicente, cinco años menor que Batiste, que cambiaba de acera cuando veía por la calle a Matías. “Mi padre rehuía la verdad porque no podía hacer nada”, explica su hijo, Vicent García Devís. “Era una injusticia muy grande y no se podía hacer nada. La dictadura era un muro inmenso. España estaba gobernada por militares y los fusilamientos estaban a la orden del día. Además, era una familia sin recursos, que no hablaba apenas en castellano, sin contactos… No habían podido ir ni al entierro. Ceuta estaba muy lejos. Había que ir en tren hasta Alcázar de San Juan, después hasta Cádiz, luego coger un barco a Ceuta… ¡Era más difícil que ir hoy a Birmania! La familia se quedó con la versión oficial, que era la más feliz”.

Pero con la llegada de la democracia, su padre le contó la verdad: “Me transmitió ese malestar, que es como una herida sin cerrar, y sentí que tenía que hacer algo”. Hace 21 años, Vicent acudió al Ayuntamiento de Ceuta, consiguió una fotocopia del libro de defunciones y averiguó en qué nicho había sido enterrado su tío. Iba con el propósito de recuperar sus restos para llevarlos al cementerio de Foios e inhumarlos junto a los de sus abuelos. “Me los habría traído en una caja de zapatos si hubiese podido”, se sincera. Pero se encontró con que el nicho estaba ocupado por los restos de otra persona: “Por lo visto, los amigos, que debían de tener muy poco dinero, adquirieron una concesión de uso de solo cinco años, pero ni preguntaron a la familia si la quería renovar”. Tras una investigación posterior descubrió que sus restos, “en solo tres minutos”, habían sido retirados del nicho y depositados en la fosa del patio número cinco. “Lo primero que hice fue llevarle un ramo de flores, el primero que podía ofrecerle la familia después de tantos años. Tomé una fotografía y la mostré a mis parientes”, se emociona.

Vicent se sentía impulsado a hacer lo posible para reparar la memoria de su tío. Siguió haciendo investigaciones, “siempre sin decir para qué quería la información, ya que en el ámbito militar todo va gota a gota y siempre te dan lo mínimo”. Así obtuvo el expediente personal de Batiste del Archivo Intermedio Militar de Ceuta, con el documento que el jefe del Batallón de Autos de Marruecos mandó a la Guardia Civil para que, dos días antes de su fallecimiento, comunicara a la familia que el soldado “se encuentra mejorando de la enfermedad que padece”. Y encontró el expediente del hospital militar, cuyo resumen histórico detalla que el soldado ingresó con “apendicitis”: “Presenta fuertes dolores en fosa ilíaca derecha y defensas en paredes. Fórmula y recuentos elevados. 16.600 leucocitos. Intervenido mediante raquianestesia, se encuentra el apéndice en malas condiciones, se le extirpa y se le coloca un drenaje de goma. Se da parte de gravedad por peritonitis consecutiva de apendicitis”. Lo firmó el jefe de la clínica primera de cirugía del hospital Militar de Ceuta, el teniente coronel Enrique Ostale González. Los documentos del cementerio también consignaban que la causa de la muerte había sido una “peritonitis inmediata”.

Obtener esa información le ha costado años. “Si la hemos conseguido es porque dijimos que no teníamos nada suyo y queríamos algún recuerdo, aunque fueran papeles. De lo contrario, no nos la habrían dado. Son militares y tratan de protegerse”, se duele. Vicent habló de las indagaciones con su prima Charo Palau García, hija de Rosario, que conocía a las hijas de Matías Gimeno y le habían revelado la verdad sobre la muerte de su tío. “Era la historia que nos había contado desde siempre nuestro padre y que tanto nos hacía llorar”, recuerdan Carmen y Amparo Gimeno. Ellas les indicaron que Matías “estaba ansioso por contar la verdad y quería irse de este mundo con la conciencia tranquila”. Vicent y Charo se pusieron en contacto con Matías, quien se vació enseguida ante ellos. “Le dijimos que queríamos recuperar sus restos para enterrarlo con sus padres y cerrar la herida. Que queríamos acabar con la versión oficial y feliz de su muerte, porque la verdad es la única manera de hacer justicia”, apunta Vicent.

Matías les firmó una declaración y además accedió a que le grabaran otra en un vídeo “porque el proceso es muy largo y él muy mayor”. A este material han añadido un escrito con la información reunida sobre el caso, en el que reclaman la recuperación de los restos y la reparación de la memoria. La petición va avalada por 50 firmas de familiares directos en nombre de unos 300, entre los cuales están representadas varias ideologías.

“Es la demanda relacionada con la memoria con más peticiones de España”, expone el representante del Grupo de Recuperación de Memoria Histórica de la Fundació Societat i Progrés, Matías Alonso, que ha asumido la asesoría del proceso de Juan Bautista García Sales. Alonso destaca que se trata de “un proceso especial” y “muy difícil” porque no guarda relación con los casos habituales de memoria histórica, en los que hay uno o varios familiares fusilados. “No es el típico caso, pero igual constituye una vía nueva, ya que abre una perspectiva inédita sobre las condiciones en las que los vencidos realizaban el servicio militar en la época. ¿Cuántos casos más ha habido de chavales que murieron en esas condiciones, como consecuencia de odio político, sin que se le entregara el cadáver a la familia?”, se pregunta.

Él lo conceptúa como “un caso frontera”, porque “se trata de soldados que pagaron el pato del odio sin haber tenido ninguna implicación en la guerra”. “Es un terreno desconocido, pero estamos hablando de derechos humanos, de una familia que entregó una persona al Estado y el Estado no garantizó su integridad”, argumenta. Alonso considera que lo apropiado sería enfocarlo por el derecho de la familia a que se sepa la verdad de lo que ocurrió “con la prepotencia e impunidad de oficiales ante la indefensión de soldados que no sabían ni cuáles eran sus derechos”. En ese sentido, sostiene que el cauce apropiado que debe seguir el proceso es a través del Ministerio de Defensa, y no del de Justicia, ya que “el propio Estado está implicado”. Alonso es muy prudente respecto al desenlace del caso, porque pese a ir avalado por “un testimonio de primera magnitud” tiene un complicado encaje con la Ley de Memoria Histórica, aunque destaca que “los familiares no buscan ningún enfrentamiento, sino, si es técnicamente posible, recuperar sus restos”. Con todo, previene que el caso podría zanjarse con “un memorial junto a la fosa”, con “una reparación simbólica”. Sus familiares lo prefieren a la versión manipulada.

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