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Entrevista a Francisco Ferrándiz

El Tiempo de los Derechos, | 28 febrero 2011

Antropólogo social e Investigador principal del proyecto “Las políticas de la memoria en la España contemporánea” (PIE, CSIC)

“Las fosas comunes de la derrota han pasado de ser vertederos políticos, emocionales y simbólicos, artefactos averiados de la maquinaria de terror franquista, a convertirse en poderosas herramientas de movilización del debate público”.

En el año 2000, con la apertura de la fosa común republicana de Priaranza del Bierzo (León), comenzaba un nuevo capítulo en la compleja política española de la memoria respecto de la guerra civil. Desde entonces se han abierto en torno a 200 fosas y se han recuperado más de 4000 cadáveres.

Para Francisco Ferrándiz, antropólogo social, que ha participado activamente en muchas de las exhumaciones, recogiendo memorias orales y testimonios de estos duelos retardados, la apertura de fosas constituye un mecanismo de confrontación del pasado traumático de innegable trascendencia. Guste o no. Y tiene, además,  un efecto terapéutico.

– Usted ha trabajado mucho en el tema de la recuperación de la memoria histórica como uno de los instrumentos de la justicia transicional, ¿Por qué cree que es importante para las sociedades en las que ha habido grandes violaciones de los derechos humanos la recuperación de la memoria histórica?

– Procesos semejantes, aunque con sus propios condicionantes y plazos, están teniendo lugar en muchos lugares del mundo. Las grandes violencias dejan huellas muy profundas en las sociedades que las sufren, y es crucial poner en marcha mecanismos de reparación a todos los niveles para reinstaurar umbrales de normalidad en la convivencia. Cada sociedad tiene su ritmo y sus tensiones y grupos de presión particulares pero, como demuestra el caso español, los temas pendientes en algún momento rebrotan. Y cuando lo hacen, hay que darles respuesta satisfactoria o volverán más adelante con otro nombre y otros actores sociales detrás.

Los discursos y prácticas de los derechos humanos proporcionan además un paraguas prestigioso en el que anclar experiencias nacionales o locales y la justicia transicional, con su modelo comparativo, ofrece posibilidades que hace años no eran siquiera imaginables.

En España, el regreso de la memoria histórica de los derrotados de la guerra tras décadas de represión (durante buena parte del franquismo) y sobre todo, tras el que algunos sectores y agentes sociales implicados consideran fallido exorcismo de la transición- un proceso que podríamos llamar de gestión oblicua o paso de puntillas sobre los trapos mas sucios del Estado- no es casual o caprichoso.

Un rebrote de los debates en torno a la naturaleza y significación del pasado traumático de esta envergadura no puede ser sino el resultado de un cierre en falso de la memoria que revela carencias (que no fracasos rotundos) en la gestión colectiva del recuerdo de la represión de retaguardia en la guerra civil, previsibles durante el franquismo, especialmente en sus años más negros, pero menos imaginables tras su muerte y la instauración de la democracia. Ni los pactos políticos de alcance, expresados en la Ley de Amnistía de 1977, ni la impresionante labor historiográfica más crítica con las versiones franquistas de la historia parecen haber sido suficientes para contener este impulso.

– ¿Qué otros instrumentos pueden contribuir a “curar” a las sociedades que se enfrentan con un pasado reciente de violaciones masivas de los derechos humanos?

– Como antropólogo social me toca decir que cada sociedad y cada cultura tienen sus propios mecanismos para gestionar lo que podríamos llamar el sufrimiento social derivado de estas violencias, que es algo de una extraordinaria complejidad. Por este motivo, la cualidad terapéutica de estos procesos es muy difícil de afinar y hay que investigarla y estimarla en cada contexto.

A partir de ahí, los instrumentos pueden ser múltiples y cada sociedad tiene que dirimir su escala y valorar su eficacia. Rituales religiosos o políticos, comisiones de la verdad, investigación historiográfica, reciclajes artísticos de la violencia, políticas públicas de la memoria. No hay receta única.

En el caso de los derrotados de la guerra civil española, las exhumaciones se han convertido en un mecanismo de confrontación del pasado traumático de innegable trascendencia, gusten o no. Hay que hacer todavía mucha investigación para valorar su impacto porque todo está yendo a mucha velocidad y a veces los debates políticos o las repercusiones mediáticas son tan estridentes que oscurecen los procesos de fondo.

El regreso de los fusilados desde las fosas comunes al control de sus descendientes tiene un evidente efecto curativo. En muchos casos, los actos de reinhumación –tras las identificaciones en los laboratorios forenses— se hacen en presencia de autoridades, lo que proporciona un plus de legitimidad que contribuye a su eficacia simbólica y política. Pero para algunos aún sería mayor si todo el proceso se hiciera bajo tutela judicial, para otros aún sería mejor si se hiciera bajo el amparo de símbolos republicanos…

– ¿Qué elementos considera necesarios para la recuperación de la memoria histórica?

– Aunque tiene sus problemas, como todo tutelaje institucional, sería muy conveniente el desarrollo sistemático de políticas públicas de la memoria, sin medias tintas. Las políticas públicas, es verdad, no garantizan nada en sí mismas, y pueden ser contraproducentes o incluso ofensivas para algunos de los supuestos beneficiarios. Muchas de las acciones que se llevan a cabo ahora lo hacen en un contexto de orfandad institucional real (el caso catalán es distinto).

Pero hagan lo que hagan las instituciones, la sociedad civil no estará quieta. Con  subvenciones o sin ellas (la mayor parte de los casos), llevan años articulando un repertorio de acciones de recuperación de la memoria, algunos más ‘clásicos’ y otros más innovadores, que cubren estas carencias institucionales. Muchas de ellas están relacionadas con un concepto de dignificación de la derrota y de la herencia política y moral de la República que ni es homogénea ni está consensuada, y que se despliega en exhumaciones, reinhumaciones, erección de monolitos o instalación de placas, y otros actos conmemorativos de muchos tipos.

– En el caso concreto de España, con la guerra civil y la dictadura franquista, ¿cuáles fueron las principales formas de violación de los derechos humanos?

– Es una cuestión que corresponde dilucidar a los historiadores, que han escrito y seguirán escribiendo libros magníficos sobre las casuísticas de, por ejemplo, las violencias de retaguardia y las diversas fórmulas de represión durante la guerra civil y el franquismo. Nosotros trabajamos más sobre la reinterpretación contemporánea que se hace de ellas, y los efectos que podemos detectar en personas que sufrieron directamente estas violaciones de los derechos humanos –que están muriendo con rapidez— o sus descendientes directos.

Respecto a la reinterpretación contemporánea de aquéllos hechos bajo el prisma de los derechos humanos y la legislación internacional, el auto de Garzón ha contribuido a popularizar nociones jurídicas que están empezando a ser utilizadas en el marco de las asociaciones de recuperación de la memoria para renombrar ciertos aspectos de la represión, como pueden ser, por poner un par de ejemplos, la noción de crímenes de lesa humanidad o la más controvertida de desapariciones forzadas –para reconceptualizar a los fusilados o paseados—, aspecto sobre el que ha habido interesante, pero aún insuficiente, polémica entre algunos historiadores y en los medios de comunicación.

– Se habla mucho de que la transición no fue tan modélica como se había afirmado, y que sus actores construyeron el escenario actual sobre el silencio y el olvido de lo ocurrido durante la etapa anterior, ¿Cree que hubiera sido posible, en la situación política y social de los años setenta, haberse enfrentado a un pasado tan reciente? ¿No hubiera sido peligroso?

– Eso sería entrar en el terreno de la política-ficción. Es evidente que las condiciones sociales, políticas, históricas, culturales… no son en absoluto las mismas. Tampoco se pueden revivir aquellos momentos y cambiar las decisiones que se tomaron con la perspectiva que tenemos ahora. La transición se hizo como se hizo, la hicieron los actores políticos que la hicieron y lo que mi generación conoce es de oídas.

Lo que me parece crucial es aceptar que, en la España contemporánea, se pueda (y deba) cuestionar la transición sin que todo el país se rasgue las vestiduras. El cuestionamiento de la transición –frente a algunas defensas numantinas e incluso la patrimonialización que hace actualmente la derecha de su presunto ‘espíritu’– no puede sino enriquecerla históricamente, mostrando sus características, sus condicionantes, sus límites, y su alcance, es decir, el valor que tiene para las generaciones futuras.

El elogio sin matices no le hace ningún favor. La transición no es un objeto clásico de museo. Su percepción no se puede imponer por decreto. Es evidente que hay algunas críticas desinformadas pero hay otras que no lo son, y de lo que se trata es de promover, enriquecer, matizar y mantener vivo el debate, aunque tenga un precio.

Aquí hay además una cuestión en buen aparte generacional. En relación con el cuestionamiento que se hace desde las asociaciones de recuperación de la memoria histórica, las críticas emergen de la generación de los nietos de los vencidos, que ni ha experimentado el franquismo ni participó como agente activo en los debates y consensos que tuvieron lugar durante la transición. Ahora están sacando los cadáveres de sus abuelos de las cunetas. ¿No tienen derecho a opinar que hay aspectos cruciales que no se gestionaron bien?

– ¿Cómo se inicia en España el movimiento de recuperación de la memoria histórica? ¿Qué papel ha jugado la sociedad civil?

– Los que vemos ahora no es un fenómeno radicalmente nuevo sino un impulso nuevo a una cultura antifranquista que tiene raíces en la clandestinidad durante la dictadura y en el exilio. Su repercusión tiene que ver con haberse producido en la llamada sociedad de la información y el conocimiento.

La sociedad civil ha tenido un papel crucial todo este proceso. Fue la iniciativa de Emilio Silva de promover la exhumación de una fosa común republicana en Priaranza del Bierzo (León) en octubre de 2000, que contenía trece cuerpos, entre ellos el de su abuelo, la que puso en marcha un nuevo capítulo en la compleja política española de la memoria respecto de la guerra civil. Esta exhumación se hizo ya con la presencia de especialistas (arqueólogos y forenses) y dio lugar a un informe técnico. Desde entonces, se han abierto en torno a doscientas fosas recuperando más de cuatro mil cuerpos.

– ¿Qué papel han jugado en el mismo la clase política y los jueces?

-En esta trayectoria de abajo arriba, el trabajo de la memoria se ha diversificado enormemente, con un recorrido social, simbólico y político muy extenso y profundo que ni los más visionarios podían anticipar en un principio. De hecho, no creo que se exagerado decir que, por regla general, los políticos y los jueces se han visto obligados a responder ante las demandas de las asociaciones y agrupaciones de familiares, y ante la presión social que se ha generado. Que estas respuestas supongan intentos de congelamiento institucional del proceso, como muchos piensan que es el caso de la Ley de Memoria Histórica –cuyo reglamento está apenas sin desarrollar—, es un debate de gran interés.

La crispación política hace muy difícil que se dé un debate mínimamente tranquilo sobre este tema— ni siquiera setenta años después. Mirados retrospectivamente, los debates en torno la Ley de la memoria enrarecieron e intoxicaron mucho el debate, para que luego sus resultados prácticos hayan sido de momento muy limitados. Aunque, claro, no todo el mundo actuó igual ni se movía en el mismo registro, quizá ahí perdieron colectivamente su oportunidad. Dudo que haya otra semejante en esta generación.

Respecto a los jueces, hay algunos que han apoyado el proceso desde el principio, asesorando a las asociaciones y escribiendo o concediendo entrevistas en los medios de comunicación. Sin embargo, visto desde fuera, no parece que el estamento judicial sea especialmente proclive a  apoyar a los que apoyan, o a los ven indicios suficientes para abrir causas –como es el caso del auto de Garzón—. Más bien al contrario. Pero, a pesar de los bloqueos y zancadillas, las asociaciones seguirán buscando resquicios e imaginando escenarios.

– ¿Los nietos tienen más interés que los hijos en descubrir el pasado?

– Son experiencias históricas distintas y formas de relacionarse con el pasado distintas. Es decir, el interés es de otra naturaleza. Es normal que esto sea así si pensamos la relación que individuos y colectivos sociales con el pasado como un proceso poliédrico, siempre controvertido y en continua transformación. Como comentaba antes, son en buen aparte – aunque no exclusivamente—los nietos de la derrota los que lideran este proceso. Ya se están incorporando algunos bisnietos.

Muchos de los testigos directos de la guerra que quedan vivos ahora, los hijos, fueron niños entonces, y cuando nos hablan de sus memorias de aquélla época se refieren a recuerdos infantiles elaborados, por supuesto, durante el resto de su vida. En ocasiones, especialmente en los pueblos, algunos ancianos se sorprenden de que a alguien pueda interesarles en absoluto sus experiencias de la derrota o lo que sabe del arresto y asesinato de su padre.

Hay sin duda un franquismo sociológico que impregna, con matices, a toda esa generación, que durante décadas no pudo elaborar relatos alternativos públicos y legítimos y ha tenido que asumir abrasadoras retóricas de martirio derivadas de la victoria militar de los sublevados. Esa experiencia histórica marca, incluso tras la llegada de la democracia, y en ocasiones nos la tropezamos hoy en día. Hay alguna gente que tiene el miedo inscrito en lo más profundo de su estructura de sentimientos y no habla, o susurra su testimonio.

Los nietos, nacidos en el tardofranquismo o directamente en la democracia, no están afectados más que muy tangencialmente por los efectos paralizantes que tiene un régimen fundado sobre el terror y el miedo, como fue el franquismo. Y quieren saber hasta los detalles aparentemente más nimios, porque les dotan de contenido político y consideran que la circulación de estos relatos incrementa la calidad de la democracia.

El interés de los nietos despierta y modifica el de sus padres, en una dinámica de retroalimentación muy interesante. Entonces, cada experiencia histórica se despliega en un tipo de relación con el pasado diferente que a su vez, en cada caso, es dinámica.

-Como antropólogo, usted se ha especializado en la recuperación de la memoria histórica a través de la exhumación de las fosas comunes. ¿Qué representan?

-La presencia de fosas comunes y colectivos de personas desaparecidas o, quizá podríamos decir en algunos casos, cuasidesaparecidas, tiene el potencial para inyectar grandes cantidades de desorden, ansiedad y división en una sociedad determinada a corto, medio y largo plazo.

Esto puede fácilmente comprobarse en el caso español. Paisajes de terror paralizantes durante los momentos más duros de la represión, distribuidores de miedo durante décadas, controvertidos en el presente. Los campos de desconocimiento, ambigüedad y desconfianza que generan las fosas comunes de la guerra civil, en tanto que espacios de muerte esculpidos disparo a disparo y palada a palada para la parálisis política, social, económica y emocional de los adversarios durante la contienda y, posteriormente, de los derrotados, han evolucionado con el tiempo llegando hasta el presente como un daño sobrevenido, cuya gestión ha sido demorada durante décadas.

Que los desaparecidos y las exhumaciones hayan llegado hasta Garzón, y Garzón hasta las figuras jurídicas relativas a los crímenes contra la humanidad, no es sino un ejemplo de su eficacia todavía operativa, si bien muy diferente de la originaria, y de la necesidad de una solución permanente. También indica la imposibilidad de barrer bajo la alfombra los trapos sucios de la contienda esperando su desactivación espontánea.

En este proceso, las fosas comunes de la derrota han pasado de ser vertederos políticos, emocionales y simbólicos, artefactos averiados de la maquinaria de terror franquista, a convertirse en poderosas herramientas de movilización del debate público.

-¿Qué reacciones adversas a dichas exhumaciones se han producido?

-Ha habido (y seguirá habiendo) reacciones adversas desde todas las sensibilidades políticas y sociales, incluso al interior de los movimientos para la recuperación de la memoria histórica, donde hay algunas asociaciones que piensan que exhumar borra la barbarie y es más pedagógico para la sociedad española del presente y del futuro localizar, marcar y conmemorar las fosas, pero manteniéndolas vigentes.

En los contextos locales es evidente que hay gente que prefiere no remover las cosas, y cuestiona las exhumaciones desde que empieza la movilización para llevarlas a cabo, lo mismo que para otros se convierte en uno de los momentos más importantes de su vida.

Hemos escuchado a no pocos políticos criticar las exhumaciones por cuestionar el espíritu de reconciliación de la transición y fomentar un enfrentamiento gratuito entre las dos Españas. Incluso hemos oído a políticos de la izquierda recomendando moratorias, o poniendo límite a lo exhumable. Es normal que esto sea así, como también lo es que las exhumaciones continúen mientras haya gente dispuesta a hacerlas, y más en el limbo legal en el que la mayor parte de ellas tienen lugar.

Desde un punto de vista pragmático, ya que se van a seguir abriendo fosas, uno pensaría que no sería insensato llegar al consenso de que si se hace, se haga de la mejor manera posible.

-¿Cuál es el papel de los medios de comunicación y de la imagen en este proceso? ¿Se ha convertido el horror en espectáculo?

-Vivimos en una sociedad del espectáculo y era prácticamente imposible que un proceso de desvelamiento de las violencias del pasado de esta naturaleza, con los restos de los fusilados a la vista, no desembocara en una cierta espectacularización del horror.

Pero no es suficiente con llevarse las manos a la cabeza. Es importante analizar en profundidad este tema en el contexto más amplio sobre las políticas de la representación de la violencia en las sociedades contemporáneas, que tienen un eje de debate crucial en relación con el Holocausto, pero también con el consumo casi diario de catástrofes en los telediarios o, por poner ejemplos de otra naturaleza, en algunas de las campañas de sensibilización de la Dirección General de Tráfico o en la ficción audiovisual.

Es decir, tenemos la retina saturada de catástrofes, y es sobre ese poso que se inscriben las nuevas visualizaciones de las violencias de la guerra civil, tal y como se expresan en las fosas comunes.

Las acusaciones de pornografía de la violencia son, desde luego, legítimas y es importante que el debate se mantenga abierto. Ha habido importantes discusiones entre las asociaciones sobre la adecuación de abrir o no las fosas sabiendo que su contenido se amplificaría por mil a través de los medios de comunicación y por el ciberespacio.

Pero también parece indudable que el impacto mediático de estas exhumaciones, es decir, la irrupción en la prensa diaria y en las pantallas de la televisión nacional e internacional –y por lo tanto, el consumo masivo— de esqueletos y cráneos acribillados y amontonados en cunetas y descampados, acompañados de testimonios de familiares de las víctimas y del análisis de diversos tipos de expertos, ha actuado como catalizador y dinamizador de otros procesos paralelos de recuperación de la memoria histórica –algunos anteriores, otros simultáneos, otros que pueden considerarse producto directo—.

Ha habido, por otro lado, un proceso de rutinización y normalización de algunas de estas imágenes e iconografías, a medida que las exhumaciones se han ido acumulando, que nos hace pensar que el desasosiego y la incredulidad inicial se han transformado en otra cosa que aún tenemos que nombrar.

-¿Cuál es el papel de los técnicos (antropólogos forenses, arqueólogos, historiadores, etc) en esta actividad?

-Lo que más distingue a este ciclo contemporáneo de exhumaciones de otros anteriores, como los que tuvieron lugar tras la muerte de Franco, es la presencia sobre el terreno de equipos técnicos (aparte del impacto mediático que ya mencionamos).

No todas las exhumaciones cuentan con los mismos medios, ni los equipos son homogéneos. Pero sí hay una tendencia hacia la mejora paulatina de la calidad técnica de las exhumaciones a pesar de que, como en otros aspectos de este proceso, el Estado ha renunciado a responsabilizarse directamente de llevar a cabo las exhumaciones y ha optado por fomentar, a través de financiación de Presidencia del Gobierno, una especie de subcontrata a las asociaciones y agrupaciones de familiares para que solucionen ellos mismos los problemas y se busquen a sus equipos.

Hay ya una experiencia importante acumulada, desde el año 2000, y algunos de los especialistas que colaboran tienen incluso recorrido internacional. La mayor parte de las veces estas colaboraciones se hacen como un voluntariado, o en el marco de proyectos de investigación.

Sobre el terreno, las tareas se reparten y acotan antes de comenzar las tareas, y cada uno trabaja específicamente en lo que está especializado, tratando de coordinar aspectos que se puedan solapar. Hemos aprendido con el tiempo a complementarnos. Si los arqueólogos y forenses trabajan meticulosamente hacia el interior de la fosa, los antropólogos y psicólogos trabajamos más desde la fosa hacia el entorno social, político y simbólico que la rodea.

-¿Qué aporta, en concreto, un antropólogo a estas exhumaciones?

-Un antropólogo social y cultural, como es mi caso, suele trabajar fundamentalmente en la recogida de testimonios en el entorno de la fosa. Tenemos experiencia en la recogida de memorias orales y esa es nuestra función principal. Estos testimonios a veces complementan datos historiográficos, o en otras ocasiones nos desvelan, en su fragmentación y subjetividad, el daño infligido por las políticas represivas y la ausencia de discursos estructurados para hablar de su experiencia. También documentamos fotográficamente, y a veces en vídeo, todo el proceso.

Como investigadores, la metodología preferente de los antropólogos sociales y culturales es la etnografía, es decir, la documentación y análisis de los procesos sociales, políticos, sociales y culturales mediante el trabajo de campo intensivo. Nuestra presencia sobre el terreno en las exhumaciones nos permite recoger información sobre la emergencia y circulación de diversos discursos de la memoria –desde los familiares a los propios medios de comunicación—, sobre el impacto de los restos encontrados sobre los diversos actores sociales que presencian la exhumación, sobre las formas de gestión individual y colectiva de los duelos retardados, sobre los nuevos rituales que emergen en un contexto para el cual no hay hoja de ruta emocional o simbólica, etcétera.

-Actualmente, usted es el investigador principal del proyecto “Las políticas de la memoria en la España contemporánea: El caso de la guerra civil”. ¿En qué consiste este proyecto? ¿Qué aspectos destacaría?

Las políticas de la memoria de la guerra civil, pasadas y presentes, son todo un mundo, y hay algunos autores como Paloma Aguilar que lo han trabajado con solvencia. Por eso he elegido las exhumaciones y su impacto en la España contemporánea como eje articulador de la investigación.

Como he comentado antes, durante las exhumaciones, tomo testimonios a los familiares que quieren participar de esta manera en la exhumación, donando su recuerdo, y registro distintos tipos de procesos que tienen lugar a medida que transcurre la excavación.

Pero ese es sólo el punto de partida. Luego hay que seguir y documentar el recorrido de estos cadáveres por los laboratorios forenses y en su camino de regreso a sus municipios, donde son reinhumados de diversas maneras.

Otro aspecto clave es analizar cuál es el recorrido que tienen estos cuerpos desenterrados en distintos ámbitos: en los discursos políticos, en las representaciones mediáticas, en las producciones artísticas, y en las propias ciencias sociales y humanas.

A pesar de que he tratado de acotarla, sigue siendo una tarea inmensa y es fundamental formar y consolidar paulatinamente equipos interdisciplinares que puedan ocuparse más en detalle de ciertos aspectos para los que otros investigadores están mejor preparados.

Pero creo que es muy importante hacer análisis y balance crítico de todo este proceso desde la academia, y más ahora que se van a cumplir 10 años desde la exhumación de Priaranza del Bierzo, que es considerada por casi todo el mundo como el momento fundacional de este ciclo de exhumaciones.

Trabajar sobre aspectos tan de actualidad tiene, por otro lado, muchos problemas. Uno de ellos es que la devolución de conocimiento y análisis a la sociedad, si uno sigue los ciclos de publicación académicos habituales, es un proceso lento. Desde hace años vengo defendiendo que la antropología social, si quiere incrementar su relevancia social, debe incorporar cada vez más a sus registros expresivos el de disciplina de ‘respuesta rápida’. Sin renunciar a los demás registros y sin perder rigor, por supuesto.

Es decir, debe ser capaz de diversificar sus intereses y los espacios de la etnografía, de modular sus estrategias de investigación para enfrentar problemas que evolucionan a mucha velocidad, ampliar el repertorio de medios de transmisión de nuestro análisis –como puede ser esta entrevista que se publicará online— y así contribuir de una manera más ágil a los debates sociales cuando verdaderamente importa.

– La iniciativa del juez Garzón sobre las desapariciones forzadas, las querellas que se han presentado contra él, la polémica sobre la exhumación de la fosa donde se encuentra García Lorca.. ¿Nos queda mucho para llegar a la fase de “sosegamiento” del trauma social en España?, ¿Cómo cree que va a evolucionar el proceso de recuperación de la memoria histórica en nuestro país?

– Llevo investigando este tema desde el año 2003, y he tenido la oportunidad de presenciar una evolución muy acusada. Por ejemplo, en las exhumaciones, por lo general, hay bastante menos tensión ahora que hace unos años, cuando el proceso estaba empezando, los equipos se estaban constituyendo, el grado de ‘shock’ de la sociedad española era mayor y, en algunos contextos rurales, la desconfianza y el temor se podían percibir con mucha claridad. Creo que la acumulación de exhumaciones, actos conmemorativos, etcétera ha contribuido a que haya un mayor sosiego en este nivel.

Tampoco he presenciado nunca actos que puedan considerarse guerracivilistas en las exhumaciones, como a veces se ha argumentado. Lógicamente hay tensión, pero también alivio. Ahora incluso conocidos políticos de la derecha reconocen públicamente el derecho de los familiares a llevarse a sus muertos, si no se politiza, claro.

Los espasmos mediáticos y judiciales están resultando más tenaces de lo que yo anticipaba hace un año, por ejemplo, aunque como vivimos en una sociedad bulímica, funcionamos a base de picos y valles de interés.

Mientras el caso de Lorca, que por su proyección universal es una de las joyas de la corona de las exhumaciones potenciales, no se resuelva definitivamente –cuando algún juez decrete que se abra la fosa o no— va a seguir generando controversia y noticias contradictorias.

El auto de Garzón pudo ser, paradójicamente, con todo el despliegue mediático y el remolino político y social que produjo, un momento de intensidad de atención que va a ser difícil recuperar. Es decir, aunque todavía tiene recorrido y cada semana hay alguna novedad, al poner el listón de visibilidad tan alto, puede haber contribuido a iniciar ese proceso de sosegamiento que tiene que ocurrir en algún momento. Ninguna sociedad puede estar eternamente repensando sus muertos con tanta intensidad.

*Francisco Ferrándiz es  Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (1986). MA en Antropología Social y Cultural por la Universidad de California en Berkeley en 1991 y PhD en la misma Universidad en 1996 con la tesis doctoral “The Body in Its Senses: The Spirit Possesión Cult of María Lionza in Contemporary Venezuela”. Premiado en 1995 en UC Berkeley con la Outstanding Graduate Student Instructor Award y la Teaching Effectiveness Award.

Ha sido profesor y/o investigador de las Universidades de Berkeley (Lecturer y Research Fellow, 1997), Virginia, Central de Venezuela, Utrecht, Autónoma del Estado de Morelos, Deusto y Extremadura. Ha impartido también docencia de postgrado en las Universidades Central de Barcelona, Complutense, Rovira i Virgili y del País Vasco.

En la Universidad de Deusto (1999-2006), fue Director de la Cátedra UNESCO para la Formación de Recursos Humanos para América Latina (2001-2002), coordinador académico de la Universidad en las redes europeas EDEN y EDMIDI, y fundador y Director del Doctorado “Migraciones y conflictos en la sociedad global” (2002-2006).

Actualmente, es coordinador del módulo de Antropología en el Máster Erasmus Mundus de Acción Humanitaria de la Network of Humanitarian Action (NOHA), y miembro de la NOHA Faculty. Es investigador principal del proyecto ‘Las políticas de la memoria en la España contemporánea’ (PIE, CSIC), y ha participado como investigador en dos proyectos internacionales y tres nacionales sobre temas vinculados con el análisis de la memoria, la imagen, la corporalidad y la violencia.

http://www.tiempodelosderechos.es/component/content/article/97-entrevista-a-francisco-ferrandiz.htm