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Las cenizas de Isabel esperan por la Sima

Canarias 7, 21/02/2011 | 22 febrero 2011

Isabel dispuso antes de morir, que la incinerasen y arrojasen sus cenizas a la Sima de Jinámar, donde le dijeron que los franquistas tiraron a su padre

Gaumet Florido  / Las Palmas de Gran Canaria

Isabel tuvo un último deseo antes de morir, que la incinerasen y arrojasen sus cenizas a la Sima de Jinámar, donde le dijeron que los franquistas tiraron a Justo, su padre. Con pena, su familia ha dejado a medio hacer su última voluntad. Isabel espera por que una excavación confirme si Justo está o no allí. Se reencontrarían 74 años después.

Agaete. 4 de abril de 1937. Medianoche. Justo García, que regenta una tienda de comestibles, está acostado. Tocan a la puerta y su mujer, Carmen, extrañada, abre. «¿Está su esposo? Venimos a buscarlo». Lo suben a un camión y se lo llevan. Fue la última vez que lo vio Carmen. Justo, de 35 años, se volvió para decirle que cuidara de sus niñas. Le dejó cuatro hijas, un dolor que tuvo que tragarse y un luto de por vida. Murió con más de 90 años y nunca, nunca, se quitó la ropa negra.

La mayor de aquellas niñas, Isabel, de 9 añitos, maduró del golpe. Le tocó ayudar en la tienda de la familia. Usaba un calzo porque ni siquiera llegaba al mostrador. Nunca más vio a su padre. Se calló esa pena y luchó por vivir. Se casó y sacó adelante a tres hijos. En junio de 2010 su cuerpo dijo basta. Se murió con el deber cumplido, pero siguió cargando una pena, la que le dejó su padre. Por eso se fue dejando un único encargo a los suyos, que la incinerasen y que arrojasen sus cenizas a la Sima de Jinámar. Siempre le dijeron que allí fue a parar su padre. Tampoco supo de qué se le acusó. Si acaso, era amigo del socialista Fernando Egea, farmacéutico de Agaete que fue fusilado en 1936.

Carmen sólo logró averiguar que se lo habían llevado a la comisaría de la capital, que entonces estaba en la plaza de La Feria. El primer día le dejaron llevarle ropa limpia. En la sucia que le devolvió, Justo le escondió un papelito. «Carmen, mañana tráeme algo de dinero para cuando me dejen salir y otra muda». Al día siguiente ya no estaba. Hasta hoy.

Han pasado 74 años y ni Carmen ni Isabel están ya en este mundo. La pena familiar la han heredado Fidelia González y sus dos hermanos, hijos de Isabel y nietos de Justo y Carmen. A ellos se les abre ahora una oportunidad para cerrar por fin esa herida. Cumplieron a medias la última voluntad de su madre. La incineraron, pero no quieren arrojar sus cenizas en la Sima hasta no saber si allí está o no Justo.

«No queremos remover nada, por Dios», balbucea entre lágrimas Fidelia, «sólo queremos saber si mi abuelito está ahí abajo y cumplir el deseo de mi madre». Necesita que se excave la Sima para saber si Justo está entre los que fueron arrojados por la represión franquista en lo más hondo de ese tubo volcánico, de 76 metros de profundidad. Con ese fin colabora con la Coordinadora de Memoria Histórica, que está haciendo de altavoz de familiares de represaliados para pedir que Cabildo y Gobierno les ayude.

Su madre dejó muestras de su ADN para si algún día hay que cotejar sus genes con los de su padre. Mientras no se aclare si Justo está en la Sima, ella descansa en una urna dentro del nicho de su madre en Agaete. «A veces me pregunto qué ha hecho mi madre para sufrir tanto, ni ahora que está muerta consigo que descanse en paz», llora Fidelia.

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=202406