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‘Condenado a muerte sin vacilación’

El País, 20/03/2011 | 21 marzo 2011

Españoles de la División Azul fusilaron en Rusia a un compatriota que se la había jugado para luchar contra los alemanes

JORGE M. REVERTE

Si no fuera por su final trágico, la historia de Salvador Lorente Gómez de Agüero, natural de Rielves, en Toledo, hijo de Domiciano y de Felisa, y casado con Balbina Martínez González, podría pasar a las antologías del humor.

Negro, por supuesto. Porque a Lorente le juzgaron en enero de 1942 en los alrededores de Leningrado por adhesión a la rebelión militar en Madrid en 1936.

Lo de Lorente empezó en la estación de Delicias de Madrid, donde trabajaba. Allí se sumó a las milicias que querían derrotar al golpe de los militares. Luchó en el frente de Extremadura y en la defensa de la capital. Y se dedicó a pasar películas a los combatientes para enseñarles el funcionamiento de las armas con las que debían luchar. Luego pasó por unidades de tanques en Albacete. Y acabó fugándose a Orán en alguno de los pocos barcos que consiguieron escapar del cerco de la marina franquista y de la cobarde huida de la flota republicana, que se dejó a 20.000 personas abandonadas en el puerto de Alicante. Luego, Lorente pudo pasar a Francia y de allí embarcó en Le Havre con destino a la Unión Soviética.

A sus 39 años, este hombre tuvo el coraje de apuntarse a una unidad de guerrilleros que fueron lanzados desde un avión Douglas en paracaídas a la retaguardia alemana para efectuar operaciones de sabotaje contra trenes y depósitos de abastecimiento.

Hasta ese momento, en una fecha que no se especifica, se puede decir que Salvador Lorente había estado de suerte. Pero pisó una mina, y tuvo que arrastrarse hasta una carretera para pedir auxilio y no desangrarse.

Un coche ocupado por oficiales alemanes lo recogió y lo llevó al hospital.

Volvió a parecer que la suerte le sonreía a Salvador. Los alemanes no aplicaron con él la instrucción del ejército nazi de liquidar de inmediato a los guerrilleros. Le amputaron la pierna y siguió vivo.

Pero a algún oficial alemán se le ocurrió la idea de enviarle a la división 250, conocida en España como División Azul. Si Salvador era español, que se encargaran los españoles de él. Y a alguno de los mandos españoles se le ocurrió que ese hombre tenía que ser juzgado por un tribunal militar porque se rebeló en 1936 contra el alzamiento nacional.Osea, que Salvador no tenía que ir al banquillo por ser un parachutista (sic) que ha ido a hacer sabotajes a la retaguardia alemana, sino por haber combatido el golpe de Estado de 1936. En Rusia, en el hospital militar de Mestelewo, en las cercanías de Leningrado.

Antes de eso, Salvador dio una versión de los hechos que era difícil que colara. Según él, todo su periplo desde que entró en la Unión Soviética había estado dirigido por el deseo de encontrarse con los compatriotas de la División Azul para volver a España con ellos.

Para dar más credibilidad a su declaración, Salvador contó todo lo que sabía sobre el armamento, losmétodos de entrenamiento y las intenciones de los rusos: atacar a los alemanes cuando la nieve estuviera dura.

Además, un listado de sus compañeros españoles de aventura. Uno se llama Aurelio, y es malencarado y de Madrid; otro, José Sandoval, que es ni grueso ni delgado; Villena es de Albacete, y no tiene señas particulares.

Todos rondan los 28 años y casi todos tienen el pelo negro. El jefe se llama Bullón, según Salvador. Y así lo transcribe el soldado que le toma la declaración, aunque se trata de Francisco Gullón, un guerrillero madrileño de historial legendario.

El instructor de la causa es el teniente José Navarro Pérez. Entre los vocales figura el capitán Aramburu Topete. A Salvador le dicen que escoja abogado, pero no conoce a ninguno entre los que halla en el asedio de Leningrado, así que le cae de oficio el teniente Manuel Cabello Otero.

El juicio se va a celebrar el día 9 de enero de 1943, en Mestelewo. Un trámite que ocupa amucha gente. Una decena de oficiales y jefes y un montón de soldados escribientes y guardias de seguridad. El fiscal no entiende de arrepentimientos en el caso de Lorente, y el defensor solo puede argumentar que Lorente vio renacer su amor a la patria y por eso quería enlazar con los divisionarios españoles.

Pero la versión no cuela. El tribunal decide que es culpable de adhesión a la rebelión en grado de consumación. Y pide la pena de muerte.

El general jefe, Emilio Esteban-Infantes, que lleva apenas unos días al mando de la división, lo tiene claro: no procede conmutar la pena, sino aplicarla de una manera imperiosa y sin vacilación alguna 148;, porque 147;el reo es un español, pero es un combatiente de las filas enemigas.

Sin vacilación ninguna, a Salvador Lorente le fusilan el 11 de enero en Mestelewo, mientras los cañones soviéticos retumban y aplastan a las tropas españolas en Krasni Bor, a pocos kilómetros de distancia. Quién se lo iba a decir a un hombre que se la había jugado por luchar contra los alemanes en su retaguardia.

Del fusilamiento de Salvador Lorente no va a tener noticia ni su familia ni sus compañeros.

Solo se conservará su historia en el archivo de la División Española de Voluntarios, en Ávila.

El grupo de guerrilleros con el que comenzó su aventura en la retaguardia alemana está muy mermado por los combates, el frío y el hambre. A su frente, mientras su compañero es juzgado, sigue Francisco Gullón, un capitán del Ejército Popular republicano que tiene apenas 22 años y se ha forjado ya una leyenda con sus golpes en el mar de Azov y en Rusia Central.

A Gullón le ha reclutado directamente el jefe del Estado Mayor del Movimiento Guerrillero, el camarada Nikitin. Y su objetivo no es una casualidad: se ha formado un grupo demedio centenar de españoles y soviéticos que van a inquietar, justamente, a la División Azul.

Lo que no puede contar Lorente es el enorme éxito de la unidad a la que ha pertenecido.

Hasta que vuelvan a las líneas soviéticas a mediados de marzo, Gullón y los suyos van a volar 14 trenes, varios puentes, tramos de vía y muchas líneas telegráficas.

Además van a causar muchas bajas en combates directos a los alemanes.

El coste es alto. Del medio centenar de parachutistas lanzados tras las líneas en octubre solo van a salir vivos tres: Joaquín Gómez, Cristino Pérez Lobo y Francisco Gullón. El único ileso, Gómez.

A Gullón le van a dar la medalla de la Orden de Lenin y le van a organizar unos funerales dignos de héroe de la Unión Soviética cuando muera por una afección pulmonar en noviembre de 1944, cuando ya sepa que la guerra está ganada para la Unión Soviética. De eso, Lorente no llegará a enterarse.

http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Condenado/muerte/vacilacion/elpepusocdmg/20110320elpdmgrep_6/Tes