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El robo de bebés en la dictadura entendido como plan sistemático

Sur-El Argentino.com, | 6 marzo 2011

Videla, Bignone y otros seis militares en el banquillo por 33 casos de apropiación de menores

Año 3. Edición número 146. Domingo 6 de marzo de 2011

El juicio por la causa “Plan Sistemático”, que lleva adelante el Tribunal Oral Federal Nº 6 de la Capital Federal, pasará a una nueva etapa el miércoles 15 de marzo, cuando comience el debate oral en el que serán juzgados los ex presidentes de facto Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, junto a otros seis imputados, por 33 casos de apropiación de menores durante el último gobierno militar.

Tal cual sucedió con el Juicio a las Juntas, con el que se demostró que las Fuerzas Armadas instauraron a sangre y fuego un plan sistemático de exterminio para eliminar a las organizaciones políticas, gremiales y estudiantiles opositoras, en esta oportunidad, la Fiscalía y las querellas intentarán demostrar que el robo de los hijos de los detenidos-desaparecidos también formó parte de una estrategia fría y perversamente calculada.

Sin la denuncia por apropiación de menores que hiciesen las Abuelas de Plaza de Mayo el 30 de diciembre de 1996, aprovechando el descuido jurídico que habían dejado las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, el Tribunal Oral y Federal Nº 6 de la Capital Federal hoy no tendría chances de sentar a los acusados en el banquillo. Dentro de ocho meses, deberán decidir qué pena les cabe a Jorge Rafael Videla, Reynaldo Bignone y otros seis represores, entre ellos el “Tigre” Acosta, por haber planificado, y después concretado, un plan para apropiarse de 400 bebés. Son 34 los casos de chicos nacidos en cautiverio o apropiados en la vía pública –junto a sus padres– que llegaron al juicio. De ese total, 25 ya recuperaron la identidad, entre ellos Juan Cabandié y Victoria Donda, hoy diputados de la Ciudad y la Nación, respectivamente. El resto sigue aprisionado en la más aberrante de las mentiras.

Durante las primeras jornadas, el fiscal Federico Delgado leyó la acusación que le cabe a cada uno de los imputados. El planteo, minucioso y escalofriante, giró alrededor del funcionamiento de maternidades clandestinas. La antigua Escuela Mecánica de la Armada, Campo de Mayo y el Pozo de Banfield contaban con estructuras y médicos para facilitar el parto de las detenidas. Pero también se detalló que hubo nacimientos clandestinos en La Cacha, La Comisaría 5 de La Plata, Orletti, El Vesubio y Olimpo.

Seguramente, mientras torturaban a sus padres, los represores nunca imaginaron que aquellos bebés, un par de décadas más tarde, les bombardearían con tinta roja el frente de su casa para señalarlos ante el barrio como asesinos, o que ahora estarían sentados en el Tribunal, junto a las Madres y Abuelas, viéndolos entrar con esposas en las manos, custodiados por el Servicio Penitenciario Federal.

Miradas al Sur se juntó con una nieta recuperada, cuyo caso está implicado en el juicio. Se llama Victoria Montenegro y tiene 35 años. Trabaja en la Jefatura de Gabinete del Ministerio de Desarrollo Social. Está casada y tiene tres hijos. Sus padres eran salteños y militaban en el ERP: Hilda Ramona Torres y Roque Orlando Montenegro. En 1975 se vinieron a Buenos Aires, escapando del Operativo. Victoria nació el 31/01/1976, y trece días después, una patota del Ejército irrumpió en la casa y asesina a sus padres. “Mary, mi apropiadora”, dice Victoria, “me contó que yo tenía los ojos cerrados y que por los disparos me salía sangre de los oídos”. El relato es de 2001, cuando Victoria recuperó su identidad, y María Eduartes –ese era el nombre de Mary–, acorralada, escupió la verdad. “Mi apropiador se llamaba Hérman Tetzlaff y era el jefe de los grupos de tareas del Vesubio. Él mismo mató a mis viejos. Y quedó enganchado conmigo después del operativo.” Cinco meses después, el matrimonio Tetzlaff fue a la Comisaría Femenina de San Martín a buscarla. Ella estaba en manos de unas monjas. La había entregado un comisario. Y les bajó línea: somos cristianos y le damos otra oportunidad; hay que criarla hecha y derecha porque genéticamente es una subversiva.

En 1988, las Abuelas denunciaron que el entonces coronel del Ejército Tetzlaff tenía en su poder a una nena que podía llegar a ser hija de desaparecidos: Victoria. En el año 1993 llegó una carta a la casa de los apropiadores, en Lugano I y II. Era de Abuelas, y exigía que María Sol –así se llamaba Victoria– debía extraerse sangre. “Germán –así llama Victoria todavía hoy a su apropiador– me dijo: hicieron una denuncia de que vos podés ser hija de la subversión. Te van a hacer estudios y te van a sacar de casa”. María Sol le juró que iba a dar pelea, que no la iban a separar de él. Tenía quince años y esperaba a su primer hijo. “Ahí me enteré de que no era hija de ellos, pero mantenía la esperanza de que me hayan adoptado en un acto de amor”, cuenta. “Me convertí en el mejor abogado de Germán”, recuerda. Creía que la estaban utilizando para perjudicarlo a él. “Las Abuelas son parte de la subversión y nos quieren pegar en la parte que más duele: la familia bien constituida”, le decía el hombre, con tanta perversidad en sus 1,90 de alto y 140 kilos de peso. “Mi mayor miedo era que él me dejase de querer”, confiesa.

Pasarían seis jueces y nueve años hasta que, finalmente, en 2001, el juez Roberto Marquevich condenara al represor a ocho años y medio de prisión –aunque terminaría cumpliendo menos de un tercio de la condena–, y le devolviera a María Sol su verdadera identidad: Hilda Victoria Montenegro. La Justicia la obligó a hacerse los exámenes de ADN porque ella no quería. “Mi caso fue el primer precedente de la negativa a una extracción de sangre”, detalla, incómoda. Con los resultados científicos en la mano, y el peso de la verdad histórica, Tetzlaff le confesó que él mismo había matado a sus padres, en el marco de una guerra, y que lo hizo para salvarle la vida.

“Estuve como un año para saludar a mi familia biológica”, cuenta. Otros dos para entender que no era hija de la subversión, sino de subversivos; y dos más para afrontar que no era hija de subversivos, sino de sus padres. Hace no mucho dejó de presentarse como María Sol. “Yo cuidé a Germán hasta el día que murió. Lo adoraba”, aclara. El genocida murió el 14 de mayo de 2003 en prisión.

Tetzlaff se jactaba, delante de María Sol, de los operativos que había comandado y de los guerrilleros que se había cargado. En 2003, las Abuelas recuperan a Horacio Pietragalla, y Victoria se lo comentó a Germán. El coronel sabía muy bien quién era ese chico espigado porque él mismo se lo había robado a su madre después de matarla, y se lo había entregado a la empleada que trabajaba en su casa. “Me contó todos los detalles del operativo en el que asesinaron a la madre, su nombre de guerra, cómo había caído, todo”. El hombre manejaba demasiada información para llevársela a la tumba. “Ese mismo día me contó que en nuestra torre de departamentos habíamos llegado a ser cinco los bebés apropiados”.

“Te lleva un tiempo largo procesar las cosas”, asume Victoria. Y tira, finalmente, algunas definiciones. “No fue un acto de amor. En el peor de los casos debieron entregarme a mi familia.” Recuerda cuando Mary le contó, a modo de ejemplo de amor, cuando la monja les ofreció un nene rubio y el apropiador, en cambio, la eligió a ella, “una negrita”.

“Mis viejos me habían puesto un nombre, un sueño, y estas personas me criaron con una concepción perversa de la vida”, afirma Victoria, subiendo el tono de voz, claramente conmovida. Tose una y otra vez. “Son los nervios”, reconoce. Y se despide con una última anécdota: “Íbamos en el coche, y yo canté la primera oración de la Marcha de la Bronca, que ni sabía de qué se trataba, pero que se te pegaba, y Germán me dio vuelta la cara de una trompada. Mary, entonces, me dijo, en voz baja, que tenía que cantar canciones de Luis Miguel, y no temas subversivos”. Años después, puso el tema en su casa, e inmediatamente, por instinto, bajó el volumen. Hoy, Victoria disfruta de su familia, corre con la agenda de Alicia Kirchner, y cuando puede, viaja a Salta, para los cumpleaños familiares de los que la buscaron durante más de veinticinco años.

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