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Justicia transatlántica para el abuelo republicano

Periodismo Humano, 18.03.2011 | 19 marzo 2011

La nieta de un jornalero leonés fusilado en 1936 se suma en Argentina a la querella por genocidio contra la dictadura franquista

“Para que no haya impunidad, para que se haga justicia y para reivindicar una muerte injusta, porque nadie tiene que morir por pensar distinto”

· Armando Camino · (Buenos Aires)

Antonio Fernández murió “a consecuencia de la lucha contra el marxismo según resulta de la prueba testifical ofrecida al efecto”. Así consta en el acta de defunción del jornalero leonés de 24 años y también conocido como Cestero o Hijo del Castrón. Sin eufemismos, a Antonio Fernández lo mataron por rojo. “El día 9 de octubre de 1936 fueron a buscarlo a su casa en una camioneta ocupada por cinco hombres aproximadamente y se lo llevaron en presencia de su esposa, sus hijos pequeños y de su suegra para luego ser fusilado en la plaza de Villanueva de Valdueza”, detalla ahora, 75 años después, la querella interpuesta en Buenos Aires por su nieta Adriana Fernández, tercera demandante en la causa argentina por los presuntos delitos de genocidio y lesa humanidad perpetrados en España durante el periodo 1936-77.

De 47 años, casada y con cinco hijas, Fernández Galisteo invoca el ejercicio del principio de jurisdicción universal para sumarse a la causa 4.591/10 que iniciaron, precisamente el 14 de abril del pasado año y bajo idéntico argumento, Darío Rivas Cando, exiliado en Argentina como hijo del alcalde socialista de Castro Rei (Lugo) fusilado en 1936, e Inés García Holgado, también ciudadana del país austral y descendiente del regidor de Salamanca ajusticiado un año después. También anunciaron su adhesión a la querella en aquel 79º aniversario de la proclamación de la II República Española más de una decena de organizaciones no gubernamentales de las dos orillas del Atlántico, como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Centro de Estudios Legales y Sociales o Federación de Asociaciones Gallegas de la República Argentina. “Para que no haya impunidad, para que se haga justicia y para reivindicar una muerte injusta, porque nadie tiene que morir por pensar distinto”, razona ahora Adriana Fernández.

De acuerdo al texto redactado en el despacho de los abogados David Baigún, Ricardo Daniel Huñis, Beinusz Szmukler y Máximo Castex, “la versión que circuló en su momento y que llegó al resto de mi familia fue que lo mataron por haber avisado a un compañero que se escapara porque vendrían a buscarlo”. Sin embargo, Adriana Fernández ignoró durante casi toda su vida el destino de su abuelo paterno y, de hecho, no se enteró hasta principios del pasado año. “Mi papá no sabía nada, en la familia nunca se hablaba del franquismo sino de una reyerta por venganza y una sepultura en el campo. Pero no me cerraba nada. ¿Por qué está enterrado en el campo? ¿En una fosa? ¿Sería republicano?” Incógnitas sin más respuesta que el silencio, tan espeso como la lejanía geográfica y temporal del suceso. Incomprensión, hasta en el ámbito existencial. “Me crié en el ambiente muy conservador de un colegio católico, a favor del orden y de los militares, pero no enganchaba nada, estaba fuera de sitio y tampoco encajaba con mi familia materna”.

Aunque la fe católica se mantuvo y se transformó en profesión, “siempre tuve encontronazos con la jerarquía eclesiástica como docente catequista, siempre era la diferente”, recuerda Fernández, reconvertida ahora en profesora de seminarios sobre la Teología de la liberación. Sus convicciones también la condujeron hacia una militancia activa en la defensa de los derechos humanos, área sensible en Argentina a causa de la última dictadura en el país (1976-83). “Siempre me interesó el terrorismo de Estado y, aunque no tengo familiares desaparecidos, tomé la causa como propia. Sin saber que lo llevaba en el ADN, empecé una lucha por un lado y acabé pidiendo justicia para mi abuelo”. Una reclamación contundente en sede judicial después de contactar a través del correo electrónico con el vicepresidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, el leonés Santiago Macías, para tratar de despejar las dudas sobre su antepasado. Además de recabar la versión de una “vecina viejita” en San Esteban de Valdueza, en el municipio de Ponferrada, Macías logró el acta de defunción, convertida ahora en una de las pruebas de la querella, antes de informar a Fernández en febrero de 2010. “Fue un sacudón interno, porque me encontré de golpe con mi identidad”.

“Al menos estará en un cementerio”

A partir de ahí, el proceso de interposición de la demanda fue “muy rápido, pero muy pensado”, gracias al apoyo de su hija mayor y, sobre todo, de su padre. “Para él también era nuevo, no tenía ni idea”. Nacido en 1935, apenas 17 meses antes del fusilamiento de su padre, Constantino Fernández corrobora que “mucho no se decía en el pueblo y la abuela tampoco contaba nada, sólo que era una persona querida por todos y nunca se metió con nadie”. Por aquel entonces, ya conocía el lugar de enterramiento de su progenitor en un campo del paraje conocido como La Cortea: “Plantaban centeno, cebada, garbanzos o papas y pasaba por ahí casi todos los días”. Tras la muerte prematura de su madre, él y su hermano menor, Antonio Fernández, se criaron uno con cada abuela hasta el fallecimiento de las dos, por lo que viajaron a la Argentina en 1952 para vivir con unos tíos. En apariencia, dos más entre los millares de emigrantes económicos españoles de aquella época. Ignorantes, en realidad, de la semejanza de su caso con la condición de otros miles de compatriotas exiliados políticos de la dictadura franquista.

Y en Buenos Aires se ganó la vida Constantino Fernández, en los sectores comercial e industrial, sin regresar a España hasta 1990. Desde entonces viajó en varias ocasiones a León, para pasear por las montañas de El Bierzo y disfrutar de las fiestas de San Roque, pero ya nunca pensó en abandonar Argentina: “Qué sé yo… Ya tengo la vida hecha acá”. En cualquier caso, un próximo vuelo transatlántico en compañía de su hija, que todavía no visitó la tierra origen de sus antepasados, quizá sirva para exhumar el cuerpo de su padre gracias a la iniciativa de Adriana Fernández. “Me parece fenómeno, al menos estará en un cementerio”, opina Constantino Fernández sobre la acción judicial emprendida por su hija. Y ella se muestra “optimista” sobre la evolución de la querella en la Justicia Federal después de la admisión, a principios del pasado septiembre, del recurso de apelación presentado por los demandantes para revocar el archivo inicial de la causa decretado durante mayo por la juez María Romilda Servini de Cubría.

Tras la reapertura del caso, la titular del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº 1 libró exhorto por vía diplomática a finales de octubre para que el Gobierno de España informe de “si se está investigando en ese país la existencia de un plan sistemático, generalizado, deliberado y planificado para aterrorizar españoles partidarios de la forma representativa de gobierno a través de su eliminación física, y de uno que propició la desaparición legalizada de menores de edad con pérdida de su identidad, llevados a cabo en el periodo comprendido entre el 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977”. Sin embargo, todavía “no hay noticias desde España y no es normal” un retraso de cuatro meses para responder a un exhorto judicial, lamentan desde el despacho de la acusación. En cualquier caso, los abogados de la acusación no cejan en su empeño y, de hecho, anuncian la próxima adhesión a la causa de 4.591/10 de los descendientes, en este caso residentes en España, de otras dos víctimas de la dictadura franquista en las provincias de Toledo y Salamanca. Y, además, desde el despacho de Máximo Castex no descartan nuevas incorporaciones durante los próximos meses al proceso contra la dictadura de Francisco Franco.

“No hay que callarse más, lo viví acá, en Argentina”, sentencia Adriana Fernández. “Tengo el ejemplo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que tenían todo el contra y no bajaron los brazos jamás. Hace 10 años también parecía que todo era imposible y lo han conseguido”.

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