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“Mientras los conventos no abran sus muros, no sabremos la verdad de la posguerra”

Público, 08/03/2011 | 10 marzo 2011

Entrevista a Ana R. Cañil, autora de la novela “Si a los tres años no he vuelto”

La periodista Ana R. Cañil, se sumerge en la historia de la implacable María Topete para escribir la novela, Si a los tres años no he vuelto (Espasa), un relato sobre los niños desaparecidos en el franquismo.

PAULA CORROTO Madrid

María Topete (1900-2000) fue una de las carceleras más crueles de las prisiones para mujeres de Madrid durante la posguerra. Ella fue la encargada de separar a muchos de los niños de sus madres presas y entregarlos a los conventos. Era la ejecutora de la doctrina del doctor Antonio Vallejo-Nágera: salvar a los hijos de las rojos porque ellos no eran culpables de la deficiencia mental de sus padres. La periodista Ana R. Cañil, autora del ensayo La mujer del maquis, se ha sumergido en la historia de esta mujer implacable para escribir la novela, Si a los tres años no he vuelto (Espasa), un relato sobre aquellos niños desaparecidos. Es ficción, pero también es parte de una de las zonas más oscuras de nuestra memoria

¿Cómo llegó a conocer la historia de la carcelera María Topete?

Algunas de las mujeres que salen en La mujer del maquis pasaron por la prisión maternal de Ventas y San Isidro, y todas hablaban de una carcelera terrible que se llamaba María Topete. También leí la recopilación que hizo Tomasa Cuevas, magnetofón en mano, de los testimonios de sus compañeras presas. Y en esta lectura vi que María Topete era un personaje transversal en la memoria de las mujeres republicanas que fueron madres.

¿Cómo era María Topete?

Lo que me fascinó es que era una mujer de una familia ilustrada que se convierte en alguien cruel. Era una mujer conservadora, monárquica, criada en un ambiente social donde no eran golpistas. Una católica acérrima, pero no era fascista.

En su novela también narra la educación represiva que recibió, canalizada principalmente por ese fanatismo católico.

Sí, porque lo que he intentado es poner a María Topete en el contexto con todas esas influencias del catolicismo añejo que la lleva a pensar que es su deber salvar a los hijos de los rojos porque, según Vallejo-Nájera, tenían un defecto genético. Cuando empecé a investigar sobre ella fue cuando el libro se convirtió en novela, ya que María Topete murió en el año 2000 a los cien años y sus hermanas están todas muertas. También fue fascinante descubrir que de los diez hermanos Topete, de las siete mujeres, ninguna se casó y los tres hombres no tuvieron hijos. Todos procedían de un ambiente cerrado, pero eso tampoco no la justifica para convertirse en una mujer tan cruel.

Sin embargo, también fue víctima de una ideología.

Sí, ella es víctima de su fe y pasión mística. También pasó siete meses en el cárcel, donde se vio sometida a vejaciones que la marcaron de por vida. Pero ya antes tenía un posicionamiento político. Era gilrroblista, estaba en Acción Católica…

¿La violencia psicológica fue más dañina que la física?

La guerra es una sublevación de unos golpistas contra un régimen establecido. Pero resulta más difícil de entender la crueldad de los vencedores en la posguerra. Habían arrasado, ¿qué necesidad tenían de esa posguerra tan larga y tan dura? Toda la posguerra fue brutal, pero sí, esos primeros años con esa mansalva de fusilamientos fueron terribles.

Otro de los aspectos que usted toca en la novela es el de los niños desaparecidos tras nacer en las cárceles franquistas. ¿Ese secuestro de niños fue ideológico o social?

Hay dos etapas. Una, la que se ha descubierto últimamente, que se deben a mafias que pueden venir derivadas de lo que ocurrió en la posguerra y los agujeros que dejó la ley hasta 1999. Pero las adopciones o desapariciones de la primera etapa, según mi investigación, son de carácter ideológico. Al menos los casos que he trabajado, que son los de las cárceles de Ventas y San Isidro, en Madrid. Había una motivación ideológica basada en las teorías de Antonio Vallejo-Nágera, que pretendían salvar a los hijos de los rojos disfrazado de una caridad católica que venía a decir: “Somos tan generosos que estos pobres niños no son culpables de los defectos de los padres”. Y esto fue así durante buena parte de la posguerra.

Esta parte sigue siendo una de las más oscuras del franquismo.

Sí, porque a la hora de investigar te pierdes en los archivos. Muchos de ellos están en Alcalá de Henares. Pero llegas allí y te encuentras un expediente en el que está escrito: “Ingresa embarazada”. Y sigues ese expediente hasta que el niño o la niña desaparece porque la madre se lo ha dado a las monjas o a los sacerdotes. Por tanto, mientras los conventos no abran sus muros de hace setenta años, no sabremos nada.

Desde que empezamos esta entrevista vemos como la Iglesia está detrás de la historia más reciente de España. Desde la represión de María Topete a los niños desaparecidos.

Sí, la más añeja y más rancia. Yo sé que se ha intentado abrir los archivos de los conventos para saber dónde han ido a parar esos niños… Pero va a ser un periodo muy complicado de conocer.

¿Qué motivo alegan para no abrir los archivos?

No tengo ni idea. No lo sé. Eso debe contestarlo el portavoz de la Conferencia Episcopal Martínez Camino.

La posguerra ha estado sepultada hasta hace muy poco. Apenas se sabe nada de aquella represión de los años cuarenta.

No estoy de acuerdo. Por ejemplo, el libro de Tomasa Cuevas es de 1978. Y de ahí hemos bebido todos los que nos hemos interesado por el tema. Tomasa grabó a sus compañeras. Y lo hizo porque tenía miedo de que en esa época de la Transición pasara algo y todo se olvidara.

Cierto que hay algunos testimonios. Pero están muy escondidos. No se ha hablado de esta represión.

Pero no porque no haya habido gente que no haya trabajado en ellos. Lo que ocurre es que la Transición fue tan intensa que, yo por ejemplo, no me paré a buscar esto. Pero no es cierto que ahora nos estemos inventando la memoria. Lo que ocurre es que el imaginario colectivo en la Transición estaba en otra parte. En la libertad, en la Movida…, pero no creo que se hubiera olvidado, sino que mirábamos a otro sitio.

¿Qué es lo que más le ha impactado mientras escribía esta novela?

La fortaleza de las protagonistas. Están todas noveladas y hay personajes inventados como Jimena, que es un trasunto de varias presas republicanas. Pero me ha sorprendido que en medio del dolor nunca perdieran el sentido del humor. Me impactó que en medio de todo aquello tuvieran ganas de cantar o disfrazarse en los baños. Yo las he preguntado por esto a ellas y me han contestado que era la juventud o la necesidad de vivir. También es muy sorprendente la solidaridad y las ganas que tuvieron de reivindicarse frente a sus compañeros. Porque se ha escrito mucho de los presos del PCE, pero casi nada de las presas del PCE. Ellas tienen el sentimiento de que estuvieron en la cárcel, murieron como chinches, pero la historia de los partidos que las ha ninguneado.

¿Qué ha quedado de estas mujeres en nuestra sociedad actual? ¿Ha calado su lucha?

No. Depende de los ámbitos en los que te muevas. Escuchar a estas mujeres me atrae muchísimo, porque si hablas con ellas son tolerantes…, pero sin olvidar. Este país es muy complicado y cuando abordamos estos temas sigue hablando mucha mala baba. Aún me sorprende que los libros de Historia cuenten tan mal la Dictadura y la Transición. Me deja perpleja.

Su novela se suma a otras muy recientes que tocan el tema de la preguerra, la guerra o la posguerra. ¿Cómo valora estas publicaciones?

Creo que ahora existe más tiempo para reflexionar y ver lo que aquello fue. Yo fui incapaz de verlo durante la Transición porque estaba inmersa en el periodismo económico y político y no tenía tiempo de pararme a pensar, pero ahora sí se puede hacer.

¿Usted cree que la Transición hizo lo correcto con respecto a nuestra memoria?

Creo que en aquellos momentos se hizo muy bien. Y a la vista está. El resultado es que podemos debatir ahora sin problemas sobre este tema. Sobre si se trató de sepultar la memoria, ahí están los tres tomos que escribió Tomasa Cuevas en 1978. O el de Juana Dueñas, En la niebla. Y hay una lista enorme.

http://www.publico.es/culturas/365174/mientras-los-conventos-no-abran-sus-muros-no-sabremos-la-verdad-de-la-posguerra