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«La II República fue el único régimen que quiso realmente cambiar las cosas»

La Voz de Asturias, 12/04/2011 | 13 abril 2011

Francisco Erice,  Profesor Titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo

 

Rebeca Castiñeira Oviedo

Para Francisco Erice hablar de la II República es hablar de un despertar ideológico, del mayor proceso de cambio en la política española de los últimos tiempos. Sus palabras no ocultan su entusiasmo, aunque como historiador apoye con hechos todas sus ideas.

Se cumplen 80 años de la proclamación de la II República. ¿Qué significó para España y para Asturias? La República de alguna manera es una especie de estallido de expectativas de cambio. Toda una serie de sectores de la sociedad española, que por distintas razones políticas, sociales, culturales, deseaban modernizar el país, y establecer un régimen de mayor justicia e igualdad, de alguna forma vieron en la República la oportunidad para conseguirlo. Desde el punto de vista político fue un intento de modernización del país y de democratización, que al final terminó frustrándose, pero que representó, como se decía entonces, una nueva primavera para España.

¿Hasta qué punto llegaron a cumplirse todos los objetivos de los que habla? Los objetivos no se cumplieron porque la República, primero tuvo que afrontar muchísimas resistencias de sectores que consideraban que la propuesta de reformas republicana suponía de alguna manera acabar con la auténtica España, la tradicional. Y, por otro lado, porque los republicanos al final también cometieron algunos errores graves. Y todo eso abrió el camino para el golpe militar.

¿En que fallaron los republicanos? Los republicanos, sobre todo los que de alguna manera representan el proyecto genuino de cambio, los republicanos de izquierdas, que representan la parte dirigente entre 31 y 33, sobrevaloraron la capacidad de acción con respecto a la resistencia que había y de alguna forma creyeron que simplemente con la voluntad era posible transformar el país. Además, no fueron capaces de crear un bloque de fuerzas políticas y sociales para llevar a cabo un proceso de reformas audaz. Se equivocaron en muchas medidas, por ejemplo en la reforma agraria, que estaba muy mal planteada. Hubiera sido una muy buena oportunidad para ganarse la voluntad de los sectores obreros y campesinos. Pero estaba muy mal planteada técnicamente, era muy lenta… En definitiva, intentaron una política de reformas que no fue lo suficientemente audaz como para contentar a los de abajo, pero que fue lo suficientemente radical como para desagradar a los de arriba. Ni consiguieron vencer la resistencia de los arriba ni consiguieron despertar suficiente entusiasmo de los de abajo.

Del legado que se consiguió implantar durante esos años, ¿qué sigue vigente? La República es el gran proyecto de democratización de la España contemporánea. El primero y único régimen de los últimos siglos que quiso realmente cambiar las cosas. Lo que hay después de 1977, aunque supone la implantación de un régimen democrático parlamentario, no tiene la voluntad de cambio y de transformación que tenía la República. Este periodo significa, entre otras cosas, la llegada de la democracia a España. Antes, las elecciones estaban absolutamente manipuladas por métodos caciquiles y las mujeres no votaban. Pero también fue el único periodo donde se intentó llevar a cabo por primera vez un proyecto de modernización social y cultural en términos progresistas, de igualdad social. A pesar de sus contradicciones, que en la época provocaron un cierto desencanto, sobre todo de los sectores populares, visto desde la actualidad, el legado, sobre todo del periodo reformista de 1931 a 1933 y del periodo del Frente Popular, es un legado absolutamente impresionante. Desde la reforma agraria, de la enseñanza, la militar… Es decir, se mire por donde se mire, la República hoy, casi casi, solo puede causar admiración, más allá de que luego, en ese periodo, como consecuencia de la herencia envenenada del pasado, se produjeran conflictos y disensiones muy fuertes que al final fueron aprovechados en un sentido de justificación o legitimación del golpe.

Por ejemplo, la revolución de octubre de 1934 en Asturias, ¿oscureció las reformas logradas hasta el momento? La revolución es una reacción que hay que entender en el contexto de los años 30, momento en el que las democracias parlamentarias están cayendo una a una bajo regímenes fascistas. El miedo a que sucediera lo mismo en España y la expectativa de cambio de alguna manera frustrada es lo que provoca la revolución de octubre. No es una revolución contra la República en el sentido estricto, es un proceso que hay que entender en el contexto de las convulsiones, de las fuertes luchas de los años 30 entre el fascismo y el antifascismo. Hay que tener en cuenta que es la etapa de la gran depresión, de la radicalización social, de idealización del modelo soviético… Entenderla, como hacen los historiadores revisionistas, como una especie de golpe de estado o cosas por el estilo es no entender absolutamente nada.

Algunos historiadores relacionan algunas de las reformas de la II República, como el establecimiento de un sistema laico, con medidas tomadas por el Gobierno de Zapatero, sobre todo en temas de laicismo y educación, ¿es posible esa comparación? Son absolutamente incomparables. El proyecto laicista de la II República es mucho más coherente, la de Zapatero, sinceramente, es un broma como para compararla con la de la República. Otra cosa es que la política laicista de la República, que era muy necesaria como un factor de modernización y democratización, no fue aplic ada de manera lo suficientemente sensible a los sentimientos de los católicos. A veces, los republicanos también se equivocaron, porque se dejaron llevar por un viejo anticlericalismo. Pero la política de seperación de la iglesia y el Estado era absolutamente imprescindible en el proceso de modernización del país. La política de Zapatero es una política de medias tintas, de nadar entre dos aguas, de poner una vela a dios y otra al diablo. Otra cosa es que se atice desde sectores eclesiásticos el tema como una especie de espantajo, pero eso no tiene ningún tipo de rigor. Además, en la sociedad española actual el conflicto entre clericalismo y anticlericalismo no está vigente. La gente no discute por cuestiones de creencias religiosas en los bares, en las calles… Yo creo que es un tema bastante sobrepasado.

En el momento de proclamación de la II República había una fuerte depresión económica. ¿Cómo influyó eso en España? La crisis económica influye en la II República, pero en menor grado que en otros países, tanto europeos o como por ejemplo en Estados Unidos, donde los efectos fueron demoledores. España gozaba de la ventaja del aislamiento, si es que se puede utilizar esa paradoja. La economía española estaba poco vinculada a la economía mundial. En concreto los efectos tienen que ver con el aumento del paro, y con algunas dificultades económicas de carácter general que es verdad que dificultaban las reformas, no es lo mismo hacer reformas en épocas de prosperidad que de retroceso económico. Sin embargo, los problemas a los que se enfrenta España son, sobre todo, políticos, ideológicos y culturales.

En Asturias, las características de este periodo ¿son similares a las del resto de España? Sí, bastante similares, con un factor bastante específico, como es la importancia del movimiento obrero, un elemento central en la dinámica, no solamente central, sino también política. Asturias es una región con tradición mayoritariamente izquierdista, en función de la fuerza sobre todo del movimiento obrero en las zonas mineras, eso de alguna forma condiciona la especificidad de Asturias. Pero el resto de dinámicas y políticas son muy parecidas: el entusiasmo inicial, el apoyo al Gobierno de coalición de republicanos y socialistas en el primer bienio por parte de la fuerza mayoritaria de la izquierda en Asturias que era el partido socialista, el triunfo de la derecha en el año 33, la victoria del Frente Popular en el 36, el auge del partido comunista… En resumen, la diferencia está en la fuerza del movimiento obrero, que es la que otorga la especificidad más llamativa de todas, que es el octubre asturiano.

En Asturias no se estableció durante la República un estatuto de autonomía. ¿No había un movimiento regionalista de otros territorios? El modelo político de la República es lo que se llama estado integral compatible con la autonomía de provincias y ayuntamientos. Se permitía el establecimiento de un estatuto de autonomía para aquellas comunidades –utilizando una terminología actual– que lo demandaran, con unos requisitos que eran bastante duros y que estaban pensados sobre todo para lo que podríamos llamar hoy nacionalidades históricas, aquellas que tenían un desarrollo de movimientos regionalistas amplio, como Cataluña, País Vasco, y en menor medida Galicia. En otras regiones los proyectos de autonomía no acabaron de cuajar. Realmente no había una sensibilidad en la sociedad asturiana, como no había tampoco la suficiente en Andalucía o en otros sitios. Las condiciones eran además relativamente duras. Se necesitaba un alto porcentaje de actuación, el apoyo de la mayoría de los ayuntamientos, tenía que ser aprobado en referéndum por una amplia mayoría… No fueron las condiciones que se recogían en la Constitución de 1978, que se estableció un régimen de descentralización a base de autonomías en todos los territorios.

Si tuviera que resumir con nombres el papel asturiano en la República, ¿a quiénes destacaría? En este periodo están todos los dirigentes socialistas de la época que participaron en mayor o menor medida en el proceso político o incluso en la propia revolución. Por ejemplo, Gónzalez Peña, Belarmino Tomás, Matilde de la Torre. Todos ellos destacaron en las filas de la izquierda. Al margen de los dirigentes políticos propiamente dichos, los anarquistas tenían una fuerte tradición en Asturias, desde Eleuterio Quintanilla hasta González Mallada. En la derecha destacó la figura fundamental de Melquíades Álvarez, que representaba a un partido republicano moderado en un proceso de derechización. La derecha asturiana también aportó otros dirigentes, como Fernández Ladreda. Sin embargo, en general, y salvo en el caso del socialismo y el anarquismo, los dirigentes asturianos no son de importancia nacional, –excepto Melquíades Álvarez– sino que tienen una cierta importancia sobre todo en Asturias.

Con la perspectiva del tiempo, ¿que valoración hace de la II República? Yo creo que más allá de mitificaciones excesivas, que tampoco tienen sentido desde un punto de vista histórico, a mí me parece que el legado de la República ha sido impresionante. Uno se acerca a este periodo y le apetece dejarse llevar por ese espíritu. Es conmovedor que una serie de personas ilustradas, cultas, con deseo de cambiar las cosas, fueran capaces de llevar a cabo un proyecto de estas características, que más allá de sus errores, representó una oportunidad realmente espléndida para un cambio en España. Es difícil saber qué habría pasado si no se hubiera proclamado la II República, pero este periodo representa un proceso de modernización y cambio social importantísimo. Sobre todo era el despertar de las expectativas, de los trabajadores que empezaban a tener derechos, de los intelectuales que vieron por fin que la vieja España tradicional, inquisitorial, terminaba cediendo ante un proceso de democratización y transformación profunda. Vista desde hoy, la República, y sin idealizarla, que tuvo sus contradicciones y sus insuficiencias, realmente representa un momento cumbre de la historia contemporánea en nuestro país. Es el primer régimen que intenta sustituir el dominio de las viejas oligarquías por un gobierno auténticamente representativo.

¿Cabe esperar una tercera República en España? Pasando ahora un poco de historiador a ciudadano, yo diría que sería muy deseable. Que se proclamara una tercera República, que no va a ser nunca como la segunda, pero que sí debería contener algunos de sus elementos inspiradores. Ese afán de moralización de la vida pública, la ética republicana, el sentido de la ciudadanía como sentido de cooperación, de participación en el bien público… Son elementos para una posible regeneración de una democracia que en nuestro país está bastante muerta. Está convertida en una especie de sistema partitocrático donde una serie de notables dirige mientras los demás nos limitamos a votar cada cuatro años. Yo creo que una República es algo totalmente distinto. La democracia entendida como participación, co mo gestión, integración de los ciudadanos en la cosa pública, y un profundo sentir de la igualdad social, sin la cual la libertad no tiene ningún sentido. La libertad se convierte en algo formal o abstracto cuando no parte de ciudadanos que tienen solucionados sus problemas básicos. Eso es lo que podría representar una futura tercera república que espero todavía llegar a ver. Yo creo que el propio agotamiento de la transición en España, con sus efectos positivos, pero con sus muchos lastres, permitirá avanza r en el futuro hacia una tercera república, que estoy convencido de que llegará. Aunque no sé si será más temprano que tarde o más tarde que temprano, espero que lo primero.

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