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‘Las cloacas de la Transición’, un recorrido por las zonas oscuras del poder

Cuarto Poder, | 11 abril 2011

El libro “Las cloacas de la Transición”, de Luis Díez, saldrá el 12 de abril

 

 

LUNES, 11 DE ABRIL DE 2011

Si en términos políticos podemos considerar la Transición de la dictadura a la democracia como un proceso modélico, en materia de seguridad y respeto a los derechos humanos, dejó mucho que desear. La Transición heredó las cloacas del franquismo. Los servicios secretos del almirante Carrero Blanco no fueron renovados. Los represores de la brigada político-social se convirtieron en los nuevos responsables de la lucha contra el terrorismo, y desde las zonas oscuras del poder militar y policial se alentó el involucionismo por un lado y la guerra sucia contra ETA por otro, dificultando extraordinariamente la consecución de la normalidad democrática.

En el libro Las cloacas de la Transición (Editorial Espasa), que saldrá el 12 de abril, he repasado la década apasionante entre 1975 –año de la desaparición física del dictador– y 1985 en que España ingresó en la en la Comunidad Económica Europea (CEE) y Francia y los demás socios europeos comenzaron a colaborar plenamente contra el terrorismo.

Durante ese periodo, las conquistas democráticas se vieron condicionadas por la permanente amenaza de militares golpistas que, incluso, en 1985 planearon un atentado contra el rey Juan Carlos. ¿Se pudo haber conjurado el golpe del 23-F de 1981? La perspectiva histórica nos permite afirmar que muchas decisiones de los gobiernos de Adolfo Suárez –figura emblemática de la Transición sin ruptura y autor, con Santiago Carrillo y Felipe González, de la reconciliación entre los vencedores y los vencidos en la Guerra Civil– no siempre fueron acertadas. Por ejemplo, un trato más generoso a los militares demócratas habría permitido tener mejor información sobre el golpismo. He aquí un avance del libro al respecto.

Los fallos de Gutiérrez Mellado

Dos días después del Golpe del 23-F, en un emotivo pleno del Congreso del Congreso de los Diputados, el general Manuel Gutiérrez Mellado recibió la cálida ovación de los representantes de la soberanía nacional por el valor que había demostrado ante los golpistas. El Guti, como le decían, era un hombre huesudo y correoso, un señor mayor, de frente amplia, pelo en retroceso y movimientos lentos pero decididos. Los guardias civiles al mando de Tejero le habían zarandeado y, uno de ellos, el capitán Muñecas, le puso la zancadilla para derribarlo. Un teniente general por los suelos, el odiado Guti, habría sido una imagen histórica que hubiera hecho felices a los ultras que lo odiaban. No la consiguieron.

El general Gutiérrez Mellado descubrió la noche del 23-F algunos errores. Muchos diputados que ahora le aplaudían con entusiasmo no ignoraban su decisión de entregar por ley el mando de los servicios de inteligencia a los militares. Tampoco ignoraban su afán de anteponer la reforma de las Reales Ordenanzas a la aprobación de la Constitución para  evitar tensiones en el Ejército. Su inflexibilidad con los militares demócratas, los “húmedos” de la Unión Militar Democrática (UMD), había sido tan injusta como absoluta. La amnistía que decretó Adolfo Suárez el 30 de julio de 1976 les permitió salir de la cárcel pero les impidió volver a los cuarteles de los que habían sido expulsados. Es cierto que algunos mantenían contacto con la oposición democrática, el PSOE y el PCE en la clandestinidad, y que estaban “políticamente contaminados”, algo que, al parecer, no ocurría con los franquistas y reaccionarios que se alineaban políticamente con Blas Piñar y con Manuel Fraga. También es cierto que algunos “húmedos” se habían reunido en Lisboa con determinados protagonistas militares de la Revolución de los Claveles. Teodulfo Lagunero, benefactor de Santiago Carrillo, les ayudó en algunos viajes y actividades. Nada que ver, sin embargo, con el entusiasmo, las actividades conjuntas y los intercambios remunerados que los mandos intensificaron con los golpistas chilenos comandados por Augusto Pinochet y posteriormente con los colegas argentinos.

Aunque los oficiales demócratas de la UMD y su entorno, unos doscientos o trescientos a lo sumo, funcionaban a cara descubierta y no eran ni conspiradores ni golpistas, sino demócratas sinceros, el general Gutiérrez Mellado respaldó primero desde su puesto de jefe del Estado Mayor Central –al que accedió durante el periclitante Gobierno de Arias a propuesta del ministro del Ejército y compañero suyo de promoción, Félix Álvarez-Arenas– su exclusión del Ejército (1976), y después, como vicepresidente primero, cortó la posibilidad de que pudieran reincorporarse al Ejército (1979). Vale añadir que tras la amnistía de 1976 los cuatro ministros militares del Gobierno de Suárez: De Santiago, Álvarez-Arenas, Pita da Veiga y Franco Iribarnegaray se opusieron a la readmisión de aquellos “apestados”. Pero el informe de Gutiérrez Mellado fue inequívoco: “El Ejército no puede volver a admitir en él, como miembros de pleno derecho, a quienes de forma tan equivocada han puesto en grave peligro su disciplina y su unidad”. Como vicepresidente para asuntos de Defensa pidió en abril de 1979 a los senadores de la UCD que no apoyaran la proposición de ley del grupo Progresistas y Socialistas Independientes solicitando el reingreso de los militares represaliados, “pues ello obligaría a cuestionar la totalidad de las sentencias condenatorias”.

De haber tratado con equidad y sensibilidad democrática y no con desprecio e injusticia cuartelera a aquellos oficiales, la conspiración golpista habría podido ser detectada y el 23-F desactivado a tiempo. En la primavera de 1977, antes de las primeras elecciones democráticas, los militares de la UMD separados del servicio solicitaron entrevistarse con él. Pero tanto el presidente Suárez como el teniente general consideraron comprometida una entrevista de aquellas características y encargaron al subsecretario del presidente, José Manuel Otero Novas, que hablara con ellos. Éste les citó discretamente en su casa. Cuando los militares se ofrecieron a colaborar con el Gobierno en “labores de información y apoyo”, el ayudante de Suárez se asustó. Aquellos oficiales sabían que era difícil que les readmitieran en el Ejército y no pedían, como suponían Suárez, Gutiérrez Mellado y el propio Novas, la reintegración a sus unidades. En realidad, pese a las dificultades personales por las que pasaban algunos y sus familias, no pedían nada; todo lo contrario: estaban dispuestos a dar, es decir, a utilizar su amplia red de contactos y relaciones militares para realizar tareas de inteligencia. Otero Novas aseguró que había trasladado aquella oferta al presidente Suárez y que éste decidió “no dar por recibido el ofrecimiento”.

http://www.cuartopoder.es/laespumadeldia/2011/04/11/las-cloacas-de-la-transicion-un-recorrido-por-las-zonas-oscuras-del-poder/