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“El 14 de abril de 1931 los españoles dejaron de ser súbditos”

La voz de Asturias 21 abril 2011 | 23 abril 2011

Entrevista a David Ruiz, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo

 

Javier G. Caso

A sus 77 años David Ruiz, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo, se mantiene activo después de finalizar los cuatro años de profesor emérito. Aún está pendiente de que Arturo López Zapico y Rafael Sempau, sus dos últimos alumnos del doctorado, finalicen sus respectivas tesis sobre las “Relaciones hispano-norteamericanas durante la transición a la democracia” y “La Universidad de Oviedo bajo el régimen de Franco”. También después de haber revisado y puesto al día el Octubre del 34. Revolución en la República Española publicado a finales de 2008, hará lo mismo con otra de sus obras: La España democrática 1975-2000, publicada en 2002 sin descartar incluir una aproximación al segundo Gobierno de Aznar y a los dos de José Luis Rodríguez Zapatero.

Llega el 80º aniversario de la proclamación de la II República, ¿Qué significó el 14 de abril de 1931?

El mayor cambio político de la historia moderna española: los españoles pasaron de la noche a la mañana de súbditos a ciudadanos, condición a la que se sumaron las españolas ya que la monarquía les tenía vedado desde siempre el derecho al voto. A su lado la transición del franquismo a la democracia que nos rige fue un episodio de rango muy inferior como lo prueba que el jefe del Estado del actual régimen siga siendo Juan Carlos I, impuesto que no plebiscitado por el dictador que le precedió. El cambio de abril de 1931 además de pacífico fue de coste casi cero para las arcas del Estado: llegó por unas sencillas elecciones municipales que, paradójicamente, ganaron los monárquicos gracias al fraude que siguieron cometiendo en el mundo rural, pero como los republicanos arrasaron en la inmensa mayoría de las ciudades, entre ellas en 41 de las 50 capitales de provincia, el rey Alfonso XIII tomará la decisión de exiliarse. Eso sí, no sin antes de hacer las maletas procurar poner a buen recauda la fortuna acumulada durante sus 29 años de reinado.

¿Influyó el factor económico en la caída de la monarquía?

Para nada, pese a que ya se habían notado los primeros síntomas de la crisis de 1929 pero la escasa integración internacional de la economía española retrasaría hasta 1933 sus principales efectos. Lo que realmente contó fue la degeneración del sistema bipartidista de la restauración monárquica que tras décadas de “oligarquía y caciquismo como formas de gobierno” como denunciaría Joaquín Costa a principios de siglo, en 1923 el monarca lo transformara en una dictadura militar regentada por el general Primo de Rivera que se prolongó durante más de siete años. Tan descomunal desaguisado no solo sería condenado por los republicanos sino también por los monárquicos más sinceros que a partir de entonces volverán la espalda al rey hasta el punto de que uno de ellos, Niceto Alcalá Zamora, ocuparía la presidencia de la República durante los primeros cinco años de esta.

¿Qué opina de los últimos revisionistas que vuelven a resucitar la idea de que aquella España de los años 30 no estaba madura para un régimen de libertades como el republicano?

Cierto fue que la Constitución de 1931 no fue consensuada en el parlamento con los diputados monárquicos pero a escala internacional será considerada entre las más avanzadas de la época por los sectores del centro-izquierda. Y sobre la inmadurez de los españoles para convivir no hay que generalizar comportamientos indeseables protagonizados por anticlericales del viejo estilo que incendiaron algunos edificios religiosos al comienzo del régimen o por los golpistas que secundaron al general Sanjurjo en agosto de 1932. En cambio en los momentos más cruciales como fueron las tres elecciones generales de las que dos ganó la izquierda y una la derecha, la civilidad y limpieza fueron modélicas. La ineptitud y engreimiento del socialista Largo Caballero secundado a su pesar por el oportunista Indalecio Prieto, provocaría la huelga insurreccional de octubre de 1934 al que solo secundaron la quinta parte de la UGT, pero la inmadurez más agresiva sería monopolizada por la trama militar-fascista que asaltó al régimen en julio provocando la Guerra Civil.

¿Cómo era aquella España que vio llegar la II República?

Pues era un país de la periferia europea venido a menos en el que tras siglos de opresión política y explotación económica la modernización industrial solo había hecho acto de presencia y con muchos problemas en tres de las 50 provincias existentes: las de Barcelona, Vizcaya y Oviedo. Atraso que se debió a que siendo predominante agrario, la propiedad de la tierra estaba tan desigualmente repartida que, además de estar poblado por innumerables arrendatarios y pequeños propietarios, en él se acuñarían los términos de “bracero” y de “jornalero” para designar a los sin tierra que trataron de sobrevivir trabajaban la tierra de los grandes propietarios de sol a sol cuando había tarea quedando el resto del tiempo en paro. Cuando llegó la República casi un millón de varones se encontraban sometidos a aquella increíble condición laboral dependiendo sus existencia de la voluntad de los terratenientes, feudales hasta que la revolución liberal les permitió pasar pacíficamente de señores de siervos a burgueses de los nuevos obreros de la tierra.

¿Y las organizaciones obreras? ¿Respaldaron activamente la llegada de la República?

Sí aunque de las dos grandes que había UGT y CNT, la primera más que la segunda. Para ello conviene recordar porque se han dado casos de olvido deliberado, que la UGT liderada por Largo Caballero llegaba a 1931 después de haber colaborado nada menos que cinco años con la dictadura militar de Primo de Rivera, mientras el dictador perseguía con dureza a la CNT y también a los comunistas que se habían escindido dos años antes del PSOE y aún no tenían sindicato propio. De ahí que tras la proclamación de la República el antagonismo sindical se acrecentó a pesar de que los socialistas participaron en los Gobiernos del primer bienio y consiguieron mejoras para el conjunto de los asalariados. Sin embargo, los cenetistas influidos por los anarquistas de la FAI aprovecharon las libertades republicanas para declarar tres grandes huelgas insurreccionales con el objetivo de ensayar el establecimiento del comunismo libertario aprendido del ideario de Bakunin. Por su parte, el sectarismo de los comunistas vinculados a la III Internacional en la fase de “clase contra clase” les llevaría en 1931 a tratar de aguar la fiesta popular del 14 de abril en lugares tan emblemáticos como la Puerta del Sol de Madrid gritando vivas a la “República Soviética” y mueras a la “República burguesa” española que se acababa de proclamar. Tendrían que pasar tres largos años para que la trágica experiencia de Octubre de 1934 aleccione a los obreros españoles sobre las ventajas de la democracia republicana para realizar el cambio social pacífico. En ello estaban la mayoría el 18 de julio de 1936 cuando se produjo el asalto de los militares y fascistas reaccionando en defensa del régimen que habían maltratado con anterioridad. Decenas de millares de obreros perderán la vida por la República siendo justamente el Partido Comunista de España, el que más la había despreciado en 1931 tildándola de burguesa, el que llevó la resistencia antifascista hasta las últimas consecuencias.

Entonces en 1931 ¿quien defendió incondicionalmente la República?

Una multitud. Todos ellos representados en el Gobierno Provisional compuesto por republicanos de izquierdas (Manuel Azaña, Casares Quiroga) de derechas (Alcalá Zamora, Miguel Maura) de centro (Alejandro Lerroux, Marcelino Domingo), catalanistas (Nicolau D’Olwer) y socialistas (Indalecio Prieto, Largo Caballero y Fernando Giner de los Ríos). Este será el Gobierno que además de aprobar la nueva Constitución promoverá la realización de las principales reformas del nuevo régimen: la agraria, la laboral, la educativa, la militar y la eclesiástica. El programa más ambiciosos hasta entonces imaginado por Gobierno alguno de la monarquía que infortunadamente se verá lastrado por problemas de financiación y de orden político para sacarlos adelante en su totalidad, en los cinco años que precedieron a la sublevación de los militares de julio de 1936. Aún así frustrando expectativas de los braceros por su lentitud como fue el caso de la reforma agraria, el golpe del 18 de julio no se explica sin la resolución del Gobierno del Frente Popular de llevarlos a buen fin.

Finalmente ¿a qué se debe que la II República, durando solo cinco años, suscite tantos recuerdos a los 80 de su proclamación?

A que lo merece, según la memoria selectiva de las tres generaciones de padres, hijos y nietos que hoy conviven y se reclaman herederos de la misma. Tres generaciones que prefieren recordar el modo pacífico de la proclamación de la II República y no su trágico final en una contienda incivil que desembocó en otra dictadura militar. Probablemente por ello el 14 de abril de 1931 ha resistido como ninguna otra efemérides la idealización de que ha sido objeto durante ocho décadas. Circunstancia que solo se produce cuando como entonces se estableció la conjunción de minorías ilustradas dispuestas a correr riesgos personales para acabar con la sociedad de privilegios, con los amplios colectivos de desfavorecidos dispuestos a su vez a abreviar la realización de expectativas de mejora largamente acariciadas. El éxito de la conjunción de intelectuales, profesionales y políticos con las clases populares fue el que provocó aquella explosión de la fiesta del 14 de abril. Una especie de verbena continuada que recorrió plazas y calles de todo el territorio según el escritor Ramón J. Sender.

http://www.lavozdeasturias.es/asturias/espanoles-dejaron-subditos_0_463753661.html