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“Los intelectuales han dejado de preguntarse dónde está el combate”

Público, 17/04/2011 | 18 abril 2011

Aubert y Brihuega analizan la relación entre arte y política en los años republicanos

 

PEIO H. RIAÑO Madrid

Ochenta años después de la proclamación de la II República, Paul Aubert, catedrático de Literatura y Civilización Española Contemporánea en la Universidad de Provence, y Jaime Brihuega, profesor de Historia del Arte Contemporáneo en la UCM, charlan sobre el arte en tiempos republicanos en el Museo Reina Sofía, en un descanso del seminario internacional Desde/hacia la II República.

¿Cómo fueron las relaciones entre el arte y la política en tiempos de la República?

Paul Aubert. Fue Azorín quien dijo que la República era la República de los intelectuales. Parece exagerado, pero es evidente que hacía hincapié en la importancia que le otorgó el primer gobierno de la República a la cultura. Por una parte construyendo escuelas y por otro lado haciendo caso a los artistas, que vivían aislados en España. Los intelectuales se presentan como profetas para cambiar la visión de la realidad. En ese momento cambian los enfoques y España deja de ser un país que se nutre de las experiencias artísticas exteriores. Con la República, se proyecta hacia afuera. Además, la vanguardia asume su rol político como agitador de las masas.

Jaime Brihuega. Los años treinta en España son tiempos en los que el compromiso político del arte se manifiesta con toda su fuerza, algo que no había ocurrido en décadas anteriores. El arte se va a considerar patrimonio de la ciudadanía. Se rompe el muro entre la ciudadanía y el arte. Desde principios de los treinta, la participación del arte en movimientos ciudadanos crece hasta que llega la Guerra Civil. España mostró en esos momentos experiencias tan singulares como la de la poética de Vallecas, donde Alberto Sánchez y Benjamín Palencia quisieron saltar de Vallecas al mundo entero, es decir, experimentos de una política revolucionaria asombrosa.

¿Qué tradición condujo al arte español a ese momento?

JB. Más que una tradición fue la esencia misma del arte del siglo XX, en la que se suceden vanguardias unas detrás de otras. El primer vanguardista de la historia es Courbet. Y Courbet se plantea desde el principio la relación entre el lenguaje y su proyección social.

PA. Y la importancia de la cultura. “Ser culto para ser libre”, que dijo José Martí.

JB. Esa idea de que el artista tiene una posición mesiánica, que lo que hace no muere en su torre de marfil, sino que puede movilizar, es especialmente rica en los treinta.

PA. La idea de que la institución pública lo cambiará todo. Querían formar a los ciudadanos, como Giner de los Ríos, cuyos nietos hacen la República.

JB. Florecen la generación del 27, la Institución Libre de Enseñanza. En los años treinta a esto se le suma la necesidad de que el ciudadano sea el protagonista de la transformación histórica. Ahí estuvo el salto cualitativo.

PA. A mí siempre me llama la atención la posibilidad de implantar la libertad en un país minado por el analfabetismo y el caciquismo. Hay un proceso lento de maduración que parte de los años cincuenta del siglo anterior. El liberalismo se fundamenta en una ecuación utópica: un individuo es igual a un voto. La legitimación de la Segunda República fue formar al ciudadano. Porque el pueblo no existía, el intelectual tuvo que formar al pueblo.

JB. Yo conmemoro echando de menos, porque la República tenía una noción que hemos olvidado: porvenir, es decir, el futuro que transformamos con nuestras propias manos. En ese sentido, la instrucción pública, la cultura, era un bien importante. En la actualidad esta noción de porvenir ha desaparecido, ha sido literalmente triturada. Al arbitrio del toma el dinero y corre de los mercados se ha dejado de pensar en el porvenir.

PA. Quizá la llegada de la posmodernidad también lo agudizó.

¿El artista asumió que su voz representaba el cambio social?

JB. Asumen el papel de abanderados, porque los artistas podían hacer visible el porvenir de la población. El artista se situó en el lado de los explotados y acentuó sus demandas, no de los explotadores para adornar sus espacios privados. La República apoyó a los que no tuvieron formación, de ahí las Misiones pedagógicas o La Barraca.

PA. El artista estaba dividido entre la práctica del arte puro y este papel de profeta. Fue el tiempo en el que el artista salió a la calle.

¿Dónde han quedado esos valores y responsabilidades en el arte?

JB. Tengo una visión bastante pesimista al respecto, en principio porque la maldita época posmoderna creó la idea de que la diversión era lo único, que la historia había muerto Lo político en ese sentido se consideró algo antiguo, el arte pasó a ser un juego, aparecieron ciertas formas llamadas de acción política que eran simples sintonías de estilo, que desactivaban las raíces políticas. En cualquier caso, el terreno del arte era entonces un terreno de combate donde se podía fraguar una visión colectiva del mundo. Hoy la visión colectiva del mundo se cristaliza en los medios de comunicación de masas. El arte ha entrado en un régimen de ineficacia y los intelectuales han dejado de preguntarse dónde está la trinchera de combate.

PA. Me llama la atención de una tradición como la española la sucesión de generaciones sin maestros ni discípulos. Se llega a un callejón sin salida: los intelectuales siempre tuvieron la impresión de que todo estaba por hacer, pero ninguna generación quiso coger el relevo porque no había herederos. De ahí que la definición de España se cuestione una y otra vez. Son preguntas que parecen continuamente como si los jóvenes no leyeran nunca a los mayores. Desde Ganivet, a Unamuno, hasta Ortega y Gasset, siguen interrogándose qué es España, sin hacer caso a la huella que habían dejado sus mayores.

JB. El conocimiento del arte y la cultura en tiempos de la República tiene lugar en pleno franquismo, por lo que tuvo mucho de combate. Desenterrar la memoria era un motivo de lucha, lo que hizo que a veces se desenterrara distorsionándola un poco. Hoy nuestro conocimiento es crítico y razonado. No se trata de rescatar una edad de oro, sino de contraponerla con el presente. Hemos olvidado objetivos que debieran estar en marcha. La política cultural en la actualidad es una política de gestos y se preocupa mucho por la gestión de los derechos de autor de los productos culturales. Eso debe exigirlo el ciudadano. Pero la ciudadanía ya no es sólo presa de la incultura sino también de la mala cultura.

PA. Hay zonas oscuras y zonas oscurecidas. Los mismos intelectuales que teorizaron el franquismo teorizaron luego la Transición. Y practicaron la política del calamar: oscureciendo su propio camino de tal manera que nunca sabremos lo que hicieron y pretendían. Nos vendieron una visión de la Transición angelical.

JB. Claro, la Transición no era el final del camino. Pero desde entonces tanto la derecha como la socialdemocracia se han dedicado a un efectivo desmontaje ideológico del ciudadano. Y ahora que a la ciudadanía le haría falta tener carga ideológica… ya no la tiene.

¿Fue utilizado el artista al servicio de la política?

JB. Ejemplarmente no fue utilizado. La República se planteó una estrategia de transformación de la conciencia estética colectiva y para ello no optó por lo más brillante, sino por lo más eficaz. El arte y la cultura eran herramientas de transformación de la conciencia colectiva. Esto ha desaparecido del horizonte de la política. La cultura se ha convertido para la política en un simple escaparate ornamental. De ahí esas grandes estructuras desatendidas. Todos estos centros de arte serán cascarones que floten en la nada.

PA. Es que la cultura se ha convertido en una mercancía. Y pierde este carácter crítico que era lo que la República quería transmitir a los ciudadanos.

JB. Mira lo que ha ocurrido estos días en el museo Thyssen Málaga. Es absolutamente patético, porque han hecho que renuncie una directora estupenda llena de proyectos. El nombramiento del gerente por encima del especialista artístico para convertir al museo en una empresa más, cuando la cultura es otra cosa. Es trágico pero coherente con el cariz que están tomando las cosas.

PA. Un museo hoy se plantea para desarrollar el turismo. Francia está ahora imitando a España en la creación de centros de arte en cada región. Con exposiciones temporales veraniegas que atraen a mucha gente. ¿Pero pasada la exposición qué queda? Los carteles.

JB. La trinchera está en la escuela y en los medios de comunicación públicos. Es la única manera de que el ciudadano se dote de criterio propio.

PA. El arte es un mercado en el que la gente sabe lo que hay que ver.

http://www.publico.es/culturas/371664/los-intelectuales-han-dejado-de-preguntarse-donde-esta-el-combate