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Paul Preston, Historiador, acaba de publicar «El holocausto español»

La Nueva España, | 15 mayo 2011

«Hablar del holocausto de la guerra civil es una manera de expresar el horror de lo que pasó»

 

Paul Preston

«Es evidente que Carrillo sabía lo que estaba pasando en Paracuellos porque recibía informes diarios»

Diez años ha invertido Paul Preston (Liverpool 1946) en «El holocausto español», que lleva el clarificador subtítulo de «Odio y exterminio en la guerra civil y después». Las 150 páginas de bibliografía de este volumen de 700 son el reflejo de una labor de recopilación que a punto estuvo de «desalojarlo de casa», como cuenta desde Londres en conversación con LA NUEVA ESPAÑA. Su propósito es dar una visión global del sufrimiento de la contienda, que abarca desde las múltiples historias personales hasta la gran historia que se resume en esas, al menos, 200.000 víctimas que perecieron en la retaguardia de ambos bandos.

-¿Cuánto tiempo hay detrás de este libro y cuál ha sido el proceso de elaboración y documentación?

-El libro me costó más de diez años y tiene su arranque en mi tesis doctoral, en la que indagaba ya sobre los orígenes de la guerra. Siempre mantuve el interés por lo que ocurrió en la contienda y, a lo largo de los años, fui haciendo libros sobre distintos aspectos, aunque la curiosidad en torno a lo que les ocurrió a los civiles en la retaguardia se iba incrementando. En 1987 publiqué un libro cuyo título versaba sobre la memoria histórica, uno de los primeros en abordar esta cuestión pero analizándola desde el punto de vista de los intentos de la dictadura de Franco de manipular y tergiversar esa memoria. Lo digo como síntoma de ese interés. Y a finales de los noventa se produjo lo que yo denomino el «auge de los nietos». Los familiares que sobrevivían a las víctimas no querían hablar. Sus hijos tampoco porque fueron criados en el silencio. Los que realmente presionaron para saber lo que pasó fueron los nietos y esto propició las asociaciones de la memoria histórica. Pero casi desde la muerte de Franco hubo una avalancha de libros de historiadores locales que escribían sobre lo que ocurrió en sus pueblos. A finales de los años noventa empecé a comprar casi todo lo que salía sobre este asunto y la cantidad de libros que junté casi me echa de mi propia casa. En aquel momento estaba con la biografía del Rey, pero ya tenía muy claro que iba a hacer un libro sobre esto. También es un asunto que se nutría de muchos años de veteranía en el estudio del franquismo y la guerra civil. Tomé la decisión de que para hablar con autoridad había que abordar lo ocurrido en las dos zonas, en la franquista y en la republicana, lo que incrementó muchísimo el trabajo. Esto es una síntesis de libros publicados, de husmear en documentos, de hablar con gente… utilicé todos los métodos a mi alcance.

-Usted manifiesta que su intención es llegar a la raíz de aquel odio fratricida que estalló en la guerra civil.

-Di por terminado el libro cuando consideré que había contestado ya a las preguntas que me había hecho al principio. Las causas de ese odio eran las tremendas injusticias sociales que constituían la nota dominante de la vida en España a comienzos de los años treinta y que se arrastraban desde hace siglos. Con la República hubo un intento de cambiar esa situación, algo que los sectores sociales que habían sacado más beneficio de ella no estaban dispuestos a tolerar. El hambre lleva a la gente a la desesperación y eso puede explicar el odio que estalla en la guerra.

-Pese al tiempo transcurrido, la de la guerra civil es una herida que no se cierra y sigue provocando un fuerte encono social. ¿A qué lo atribuye?

-La herida sigue viva, aunque no estoy tan seguro de que esté tan abierta como se dice en la prensa o como interesa a ciertos políticos, porque el paso del tiempo soluciona estas cosas. Los que empezaron la guerra, los militares y sus aliados, cometieron grandes atrocidades que trataron de justificar con la mitología de las dos Españas, la de los españoles reales y verídicos y la Antiespaña dominada por Moscú y los judíos. Durante toda la dictadura nunca hubo el más mínimo intento de reconciliación. Franco quería tener a los españoles divididos en vencedores y vencidos. Eso se mantuvo a través del control de la educación y los medios de comunicación que machacaban el mensaje de que la República era el mal frente a la bondad del franquismo. Con la muerte de Franco ese control desaparece. El esfuerzo de quienes quieren recuperar a sus familiares se ha descalificado como un intento de remover las cenizas, cuando esa gente lo único que quiere es conocer el paradero de sus seres queridos: buscan justicia, no venganza; pero eso incomoda a mucha gente y resulta útil políticamente para algunos que agitan de nuevo el fantasma de la guerra. Pero la mejor manera de evitar otra guerra es saber lo que pasó.

-Usted identifica en el libro dos maneras de llevar a cabo ese ataque contra la población civil, una propia de cada bando.

-Existen inmensas diferencias entre lo que ocurrió en cada bando. La primera, la numérica. Los muertos a manos de los franquistas son, como mínimo, tres veces más. Lo que nos va a llevar a otra diferencia, que es la de la intencionalidad. En la zona rebelde y después, durante la dictadura, las autoridades alentaban las matanzas, mientras que en la zona republicana los responsables trataban de evitar esas atrocidades. Pero además hubo, como en cualquier otra sociedad, unas capas que cuando se levanta toda restricción de justicia y de orden público o moral, aprovechan para matar., robar y eso era común a ambas zonas.

-Cuando dice que las víctimas en el lado franquista triplican a las republicanas ¿de qué cifras estamos hablando?

-La mayoría de las atrocidades que se cometieron en zona republicana ocurrieron en grandes ciudades, Madrid, Valencia, Bilbao, Gijón… ciudades en las que había cónsules de otros países, corresponsales de prensa. Se sabía lo que pasaba. Y las autoridades republicanas, que estaban intentado evitar esto, trataban de identificar los cadáveres de los asesinados. Eso es importante porque para dar cifras hay que tener nombres. Cuando entraban los rebeldes, ellos realizaban su propia investigación; y cuando Franco dominó toda España, se pusieron los recursos del Estado al servicio de una inmensa investigación que se conoció como la Causa General. En zona republicana el número de víctimas se encuentra en torno a las 50.000 -oscilan entre 49.000 y 52.000-. En cambio, los cifras para la zona rebelde presentan el problema de la falta de nombres. Muchas de las atrocidades ocurrieron en el campo, sin testigos oficiales. Y hablamos de una población campesina, sin documento nacional de identidad que cuando moría lejos de su casa nadie sabía quién era. Pese a esas circunstancias, tenemos 130.000 identificaciones con lo que, pensando en aquellos lugares en los que no se ha llevado cabo una investigación tan minuciosa, es perfectamente razonable extrapolar que el número mínimo debe rondar los 150.000, aunque podrían ser bastantes más. Pero hay muchos muertos inocentes en situaciones como la evacuación de Málaga o la salida de los 450.000 refugiados en Barcelona casi al término de la guerra civil. Por lo que decir que la proporción de muertos en la retaguardia es de tres en el bando franquista por cada uno en el republicano resulta razonable.

-Estamos hablando entonces de 200.000 víctimas civiles de la contienda.

-Eso es el mínimo, aunque determinar el número con total precisión requeriría una amplísima investigación estatal con cientos de investigadores bien financiados. Yo me refiero a las cifras de los investigadores que han trabajado sobre el tema con sus problemas y limitaciones, pero si se desarrollase esa investigación exhaustiva no me extrañaría que se llegase a las 250.00 víctimas. Esto incluye a personas asesinadas en procesos militares que eran una auténtica farsa: veinte o treinta personas juzgadas a la vez, en cuestión de minutos y sin posibilidad de defensa profesional.

-Pese a estas cifras, hay quien considera excesivo que en el título de su libro figure la palabra «holocausto», término que, referido al siglo pasado, tiene unas connotaciones muy precisas y se relaciona con el holocausto judío.

-Ése sería el Gran Holocausto, con mayúsculas, y yo hablo del holocausto español, son cosas diferentes. En el Diccionario, «holocausto» se define como una gran matanza, lo que no es nada concreto. Y muchos historiadores del holocausto judío emplean cada vez más la palabra «shoa», que resulta más específica. Utilicé la palabra porque me aprecía la única adecuada para expresar el sufrimientos de las personas de las que hablo en el libro. Que las dimensiones de lo ocurrido aquí no sean como lo sucedido en Europa no quita que lo que pasó en España no fuera un holocausto porque estamos hablando de las muertes innecesarias de cientos de miles de personas. Si hubiese utilizado la palabra genocidio se le podrían haber puesto objeciones jurídicas. Hablar de holocausto es una manera de expresar el horror de lo que pasó.

-Desentrañar lo que ocurrió de la manera que lo hace ¿considera que contribuye a restañar esa herida y que tengamos una visión más ponderada de ese conflicto?

-Ésa es mi esperanza. Espero que esta libro contribuya a la reconciliación, entre otras cosas porque tratar desde la misma óptica moral a los dos bandos confío que contribuya a mostrar que hubo sufrimiento en ambos lados. Estoy seguro de que eso no volverá a pasar. Lo que espero haber ofrecido con el libro es una visión de la totalidad para que quien lo lea conozca que hubo sufrimiento en toda España y que los que lo padecieron eran españoles, sin ninguno de los adjetivos que les colocó la retórica de las dos Españas. Éste es un paso hacia la reconciliación.

-Usted se refiere a la matanza de Paracuellos como la peor atrocidad ocurrida en el bando republicano y ese nombre se vincula siempre con Santiago Carrillo.

-El capítulo sobre Paracuellos se nutre de todo lo publicado sobre el tema, pero también de una minuciosísima investigación que yo hice en los fondos de la causa general y en fondos rusos. Creo sinceramente haber llegado a la versión más fidedigna posible de lo que ocurrió en Paracuellos y por qué. Primero establezco el contexto: Madrid es una ciudad asediada, se acercan las tropas africanas, la ciudad está abarrotada de refugiados que llegan con historias alucinantes sobre las atrocidades cometidas por las tropas rebeldes. Hay numerosos militares que han roto su juramento de fidelidad a la República y se niegan a combatir en favor de ésta y es evidente que se incorporarán a los franquistas en cuanto éstos entren en la ciudad. Esto obliga a evacuarlos. Este proceso se realiza en varias etapas. La primera es la autorización. En este primer momento intervienen el general Miaja, presidente de la Junta de Defensa de Madrid, otro militares, los rusos y los líderes del Partido Comunista. Y ahí hay una ambigüedad porque algunos creen que están autorizando una evacuación y otros, incluyendo los rusos, piensan que están evacuando para matar. La segunda etapa es la organización de esa salida y es donde entra Santiago Carrillo. La organización queda en manos de la Consejería de Orden Público, cuyo responsable es Carrillo. Él y su aparato montan esa operación en colaboración con los anarquistas, que son los que controlan las carreteras y las entradas y salidas a Madrid. Sin ellos no se podía hacer nada y poco antes de esos hechos los anarquistas ya habían practicado «sacas» de las cárceles y habían matado a presos. Por último está la cuestión de la implementación porque para matar a más de 2.500 personas hace falta mucha gente. De la primera etapa, la autorización, tenemos fuentes secundarias, memorias, indicaciones que podemos contrastar con lo que sabemos de la autoridad de cada uno. Pero de lo que sí hay una masa ingente de material es de la etapa de organización. Y de la implementación es más difícil porque quién estaba en Paracuellos apretando el gatillo no lo sabremos nunca a ciencia cierta. Decir de Paracuellos «Carrillo responsable» es insostenible porque ahí había muchos responsables en todo ese proceso, participan muchas personas. Pero él es un elemento clave en todo eso y resulta absurda su afirmación de todos estos años de que no sabía nada. Es evidente que lo sabía porque recibía informes diarios de lo que estaba pasando.

http://www.lne.es/siglo-xxi/2011/05/15/evidente-carrillo-sabia-pasando-paracuellos-recibia-informes-diarios/1075096.html