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La Segunda República y el revisionismo

Edward Malefakis. El País, | 12 junio 2011

La Segunda República fue un régimen democrático del que España debe sentirse orgullosa

 

 

A pesar de los ataques de aquellos que, como Pío Moa, ofrecen hoy una versión aligerada del argumentario franquista, la Segunda República fue un régimen democrático del que España debe sentirse orgullosa

EDWARD MALEFAKIS 12/06/2011

Durante el régimen de Franco, y de acuerdo con la ideología impuesta por la dictadura, la República había sido una catastrófica mezcla de separatismo regional, radicalismo social y anticlericalismo feroz que se deslizó hacia una situación parecida a la de Rusia en 1917. Si el levantamiento militar del 18 de julio no hubiera intervenido, su resultado habría sido idéntico: una revolución social masiva y una dictadura del proletariado.

Hacia finales del franquismo, se cuestionó cada vez más esta línea argumental. Durante la transición a la democracia se fue sustituyendo por una valoración generalmente positiva de la República, que subrayaba sus virtudes y lamentaba la insurrección militar que la había destruido.

Durante los años noventa, Pío Moa lanzó una campaña revisionista que adquirió sorprendente fuerza, pese a que solo reciclaba los argumentos franquistas en forma suavizada. El revisionismo prosperó hasta 2006, cuando sus argumentos quedaron desacreditados por la avalancha de literatura producida por los aniversarios de la proclamación de la República y del comienzo de la Guerra Civil que establecieron de forma inequívoca un punto fundamental: que las declaraciones franquistas sobre lo catastrófico de la situación republicana reflejaban más la paranoia de sus propulsores que la realidad.

La desaparición del revisionismo moaísta dejó paso a la aparición gradual de lo que yo denomino neorrevisionismo, una tendencia que pone en entredicho el prestigio de la República de forma más indirecta y moderada. ¿Cómo se distinguen los neorrevisionistas de los revisionistas? Fundamentalmente porque no enfatizan las perspectivas catastrofistas que caracterizan al franco-moaísmo. Tampoco las rechazan del todo; prefieren permanecer callados al respecto. Otro rasgo distintivo es que se dividen en dos corrientes. Una consiste en lo que podría llamarse una interpretación “purista” o “puritana”. Su base es que, si bien la República no fue quizá tan catastrófica ni mereciera la insurrección militar que desencadenó la Guerra Civil, no debemos lamentar su destrucción porque nunca fue sino una seudodemocracia que violó los principios democráticos más esenciales. Su carácter antidemocrático quedó demostrado con la revolución de octubre de 1934, cuando los socialistas pretendieron derrocar al Gobierno elegido democráticamente e imponer otro.

La segunda línea podría llamarse la “comparativista”. Subraya el contraste entre la transición democrática que apareció en España después de 1975, pacífica y fructífera, y la historia conflictiva de la República, para demostrar que esta no fue digna. Ambos argumentos parecen plausibles, pero no soportan un examen detallado.

Para empezar por la interpretación puritana, es cierto que la República tuvo mil fallos y, en ocasiones, se comportó de manera antidemocrática. La revolución de octubre de 1934, en especial, fue catastrófica porque dañó gravemente las credenciales democráticas del régimen y sentó un precedente que los conspiradores militares de 1936 utilizaron para justificar su propia insurrección. No puede librarse de nuestra más merecida condena. Lo único que podemos hacer es tratar de entender sus motivos, situándola en el contexto de su tiempo. Los años treinta del siglo XX fue una de las décadas más conflictivas de toda la historia mundial. Europa estaba desgarrada por una guerra ideológica entre fascismo, comunismo y democracia. En 1934, parecía que estaban ganando las fuerzas fascistas, que acababan de destruir la democracia alemana y la austriaca por medios pacíficos y legales. ¿Era posible que el Gobierno centrista de España siguiera el mismo rumbo, dado el creciente poder de los elementos derechistas dentro de él? La revolución socialista fue, en parte, reflejo de ese miedo, aunque también influyó la fuerza del mito revolucionario en círculos proletarios.

Si es imposible disculpar la revolución de octubre, es fácil rechazar las otras acusaciones neorrevisionistas. Ningún régimen democrático de la historia ha estado libre de desviaciones ocasionales. Por tanto, al evaluar las credenciales democráticas de cualquier régimen, hay que valorar sus iniciativas positivas como sus actos discutibles. La República censuró la prensa opositora varias veces, pero también construyó la primera democracia auténtica de España. Primero, con la celebración de elecciones honradas, libres de las prácticas caciquistas que las habían corrompido bajo la monarquía. Segundo, ampliando enormemente el electorado, al hacer de España el primer país de mayoría católica que permitió el sufragio femenino. Tercero, la República acercó el Gobierno al pueblo al darles más dimensión a los Gobiernos regionales. Cuarto, todas las leyes importantes fueron aprobadas por el Parlamento, no impuestas por decretos. Quinto, la República debilitó las fuerzas extraparlamentarias -los círculos cortesanos y el Ejército- que en el pasado habían anulado a menudo las iniciativas democráticas. Desde esta perspectiva, la balanza se inclina hacia la conclusión de que la República fue un régimen excepcionalmente democrático.

La rama “comparativista” del neorrevisionismo contiene algunos puntos válidos, pero ignora otros igualmente significativos. La transición a la democracia es el logro español mayor del siglo XX, y se ha convertido en modelo mundial. Pero no debemos olvidar dos factores importantes. Primero, resulta engañoso evaluar cualquier cosa fuera de su contexto. Segundo, es preciso comparar todos los aspectos de los dos regímenes, no solo los que convienen el argumento que deseamos defender. Y no se puede olvidar que, bajo la superficie, ambas tuvieron un espíritu similar. Todo lo que aportó la Transición -más libertad, más igualdad social, modernización cultural, etcétera- habían sido también objetivos fundamentales de la República.

Ahora bien, si la República y la Transición tuvieron grandes semejanzas, sus épocas respectivas no pudieron ser más distintas. Como hemos visto, los años treinta estuvieron entre los más turbulentos de la historia mundial, mientras que las décadas setenta y ochenta en Europa fueron tranquilas y ordenadas. Además, las condiciones habían cambiado drásticamente dentro de España. Durante los años treinta, el Ejército conservaba sus tradiciones pretorianas decimonónicas e intervenía repetidamente en la política. Los movimientos obreros estaban aún poseídos por diversas mitologías revolucionarias. En la derecha, parte de la CEDA coqueteaba con el fascismo y, además de la Falange, varios pequeños partidos monárquicos conspiraron para derrocar la República. La Iglesia católica seguía rígida doctrinariamente, y rechazaba cualquier disminución del inmenso poder que tenía. Además, por la Gran Depresión, la economía española estaba en peor situación que nunca. Algo más de la mitad de la población trabajaba en el campo, y dos terceras partes de las mujeres adultas eran analfabetas. La situación internacional era amenazadora, y Mussolini procuraba desestabilizar a la República.

El contraste con la situación de la Transición es enorme. En los años setenta, España se incluía entre las economías más avanzadas. El analfabetismo y el hambre habían desaparecido. Todas las instituciones fundamentales habían experimentado una evolución positiva. El Ejército ya no era pretoriano, las organizaciones obreras habían abandonado sus mitos revolucionarios, el catolicismo posterior al Concilio Vaticano II estaba dispuesto a negociar un debilitamiento gradual de sus privilegios.

En resumen, dos contextos extraordinariamente distintos. La República fracasó o fue destruida, pero también lo fueron casi todos los demás elementos humanitarios y progresistas en los años treinta. De las 20 repúblicas europeas proclamadas entre 1918 y 1931, solo una, la irlandesa, sobrevivió hasta la madurez. Las otras 19 fueron barridas o se autodestruyeron.

Creo que esto basta para arrojar los argumentos revisionistas y neorrevisionistas a la papelera que les corresponde. La próxima vez que alguien diga, como hizo recientemente en Abc Stanley Payne, que “La República es el principal mito histórico de todo el siglo XX”, debemos responder con seguridad: “¡No, señor! ¡La República no es ningún mito! A pesar de sus muchos errores y defectos es, con la Transición, una verdadera gloria del siglo XX español”.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Segunda/Republica/revisionismo/elpepiopi/20110612elpepiopi_12/Tes?print=1